LA NUEVA REVOLUCIÓN QUE SE ESPERA EN LA NACIÓN(1)
Cuando el común de mis compatriotas descansan arrullándose en la cuna de la confianza por nuestra naciente libertad, yo me desvelo temiendo una revolución más sangrienta que la del año de diez, promovida so pretexto de religión, sostenida con las armas que ésta prohíbe, y apoyada en la ignorancia y fanatismo de los pueblos. Acaso mis temores serán efecto de mi complexión hipocondriaca;(2) pero si por desgracia no carecen de fundamento, diré con toda la franqueza de hombre libre, cuál o cuáles son los que tengo para que a nadie coja de nuevo lo que pueda suceder, y los padres de la patria determinen las precauciones convenientes.
Está ya muy manifestada la opinión a favor del gobierno republicano en que debemos constituirnos, por razón y por necesidad. Por razón, porque ya no estamos en el caso de invitar con el trono mexicano ni a un vástago de la casa de Borbón, ni a ninguno de cualquiera otro de la Europa.
Tampoco tenemos a quién designárselo en América, después de los acaecimientos del señor Iturbide.(3) Por otra parte, una triste experiencia nos ha convencido de que el gobierno monárquico moderado constitucional es una paradoja inconcebible: porque un monarca sin responsabilidad, inviolable, y que dispone de los premios y de la fuerza armada, es imposible, si es hombre, que guarde la tal moderación por mucho tiempo, aunque así lo jure por lo más sagrado del cielo y de la tierra. El celo de su propia autoridad lo ha de tener en una continua alarma contra el poder legislativo, y luego que pueda lo ha de absorber, erigiéndose en absoluto, como lo supimos de España, y con nuestros ojos lo acabamos de ver en nuestra patria. He aquí de donde se deduce que el gobierno republicano es el que nos conviene por razón.
También por necesidad, pues no pudiendo darse medio entre monarquía absoluta o república, detestando nosotros la primera, estamos en estrecha necesidad de elegir la segunda. A más de que estando rodeados por el sur y el norte de repúblicas, no pudiéramos sostener un monarca sin causarles celos, privándonos de su alianza y exponiéndonos de consiguiente a que nos hagan la guerra de un día a otro.
Según esto, es muy regular que el Soberano Congreso(4) constituya la nación bajo un gobierno aristo-democrático.(5) Éste, como todos saben, es el que más garantiza la seguridad del ciudadano y su igualdad ante la ley: la república es enemiga de las distinciones que se compran y no se adquieren por medio del mérito y el talento; y como tal, desdeña los ridículos e insultantes tratamientos de usías, excelencias, altezas y majestades, y no se engalana con esa multitud de cintas, cruces, bandas, perendengues, baronías, condazgos, marquesados y demás ilusiones que han inventado los reyes para hacerse del partido de los ricos y nobles que los sostengan, oprimiendo el resto del pueblo pobre. De aquí es que la alta nobleza, los grandes potentados y señores de vasallos, que aquí no tenemos, son enemigos mortales de las repúblicas, como que les cercena[n] o quita[n] del todo sus prerrogativas soberanas. De esta clase de enemigos no tienen las repúblicas de América: antes nuestra nobleza es la más fácil de unir sus intereses con los del pueblo, luego que se acostumbren a despreciar los títulos y tratamientos huecos, que nada significan sino vanidad y quijotería.(6)
Pero bajo el sistema republicano, la religión del país debe ser no la única sino la dominante, sin exclusión de ninguna otra. Este principio social, conforme en todo con el instituto cristiano, se ha hecho característico en los gobiernos liberales como las repúblicas: está admitido por los semiliberales, como en las monarquías de Francia, Inglaterra, Portugal, etcétera; no se ha rehusado en la corte de Roma; y para decirlo todo, el tolerantismo religioso es tan conforme con la naturaleza humana y con la ilustración del siglo, que en Constantinopla, donde nos dicen que tiene su trono el despotismo, es permitido. Sólo en México se espantan de él, lo mismo que de los masones. Pero ¿quiénes se espantan? Los muy ignorantes, los fanáticos, que afectan mucho celo por su religión que ni observan ni conocen, los supersticiosos y los hipócritas de costumbres más relajadas. Estos, estos bribones son los enemigos de la república, de la libertad de la imprenta, de todo sistema liberal y del tolerantismo religioso, porque los desnuda de sus altivas y soberbias preeminencias sobre los pobres, acusa sus vicios públicamente y reprehende (el tolerantismo) su conducta hipócrita y criminal. Por ejemplo: nunca se ve un sacerdote protestante mezclado en los negocios civiles, mucho menos en los teatros, circos, tabernas, juegos, bailes, etcétera. Ellos no gozan más privilegios que los de ciudadanos; son iguales ante la ley, y el que delinque contra ella, es castigado como cualquiera otro. De aquí es que son ejemplos de moderación y de virtud. No puede sufrir un sacerdote vicioso y católico el reproche que le hagan con la moral del sacerdote protestante. Entre ser hombre de bien o entrar en comparación no hay medio: lo primero no contenta las pasiones, lo segundo no halaga el amor propio; luego, necesaria, maliciosa e hipócritamente debemos detestar la compañía del hereje, cuya conducta moral nos ha de avergonzar y descubrir quiénes somos, algún día.
Yo siento explicarme con tanta claridad, pero quiero que me entiendan aun los muchachos. Ningún eclesiástico, clérigo o fraile, si es sabio y no alucinado, si es liberal y no maromero,(7) si es virtuoso y no hipócrita, no aborrece la república, el tolerantismo, ni las reformas eclesiásticas. Entendedlo, conciudadanos: cualquiera eclesiástico o secular que se pronuncia contra algo de esto, es o muy necio o un refinado hipócrita servil de costumbres perversas, aunque ocultas. Desconfiad de los que aborrecen la luz y la libertad. Son nuestros enemigos y no dejan de maquinar contra nuestra seguridad. A éstos temo; no que triunfen, pero sí que nos envuelvan en una sangrienta guerra, a pretexto de religión.
Como que un gobierno republicano es verdaderamente liberal, siempre tiene presente el bien público. De consiguiente, sostiene el tolerantismo, disminuye los privilegios, hace reformas eclesiásticas para que los pueblos vivan menos cargados de tributos y contribuciones. Entonces, los curas dotados por el gobierno, carecen de aranceles; los ciudadanos ─en cuyo número entran los indios y castas(8) como cualquier blanco─, no pagan, como ahora, el bautismo, el casamiento, el entierro, la misa, confesión y todo. Nada de esto: el párroco, sostenido decentemente por el gobierno, en cuya administración entran los diezmos, tiene obligación de administrar los santos sacramentos sin cobrar derechos; se ahorran simonías y los pueblos están mejor surtidos del pasto espiritual.
Las repúblicas no consienten gastos superfluos, y así, no sostienen canónigos regalones e inútiles con coches, palacios y lujo, contra el instituto de la primitiva Iglesia, que no los conoció; ni obispos riquísimos, con ochenta, ciento y doscientos mil pesos(9) de renta,(10) que ni los supo contar san Pedro, ni el actual Pío VII(11)los tiene. Tampoco permiten un número excesivo de frailes inútiles, ignorantes, vagos, escandalosos y relajados, que abruman las sociedades y destruyen la moral y la población con su hipócrita celibatismo. Las que consienten frailes, establecen que sean pocos, sabios, liberales, útiles y benéficos, para sostener la santa religión con su buena doctrina y mejor ejemplo.
Tampoco consienten muchos monasterios de monjas, ni que éstas profesen los votos de clausura y castidad antes de los cuarenta años.(12)
La experiencia muestra que las niñas, por un fervor mal entendido, por la codicia de sus padres y tutores, y algunas veces por un pique amoroso, se enclaustran, se ligan y después se arrepienten y desesperan, haciéndose unas criaturas desgraciadas y privando a la sociedad de ciudadanos útiles, sin hacerle al Ser Supremo ningún obsequio con este sacrificio forzado.
Estos y otros muchos abusos que se han sostenido tanto tiempo, a pretexto de religión, en nuestra América, van a ser derrocados tarde o temprano por el gobierno aristo-democrático o liberal, so pena de caracterizarse de impropio, irregular y ridículo, un gobierno republicano con religión exclusiva, enemiga mortal de la humanidad y de la filosofía.
Empero, todos los que viven a merced de la ignorancia de los pueblos, de su superstición y fanatismo, de sus credulidades y supercherías ─sobre cuyas bases han levantado abusos criminales que hacen pasar por dogmas religiosos con los que gozan buena vida a nuestra costa─, es preciso, es de necesidad que sean antirrepublicanos o, lo que es lo mismo, enemigos declarados de nuestra libertad y felicidad, y no perderán medio para destruirnos.
¿Y cuál hallarán más a mano que el de la religión? Sí, conciudadanos: ellos os dirán y os harán creer que los republicanos son herejes, que van a destruir la religión de vuestros padres, que cuantos los auxilien y sigan son enemigos de la Iglesia; que, por tanto, están excomulgados, que en honra y gloria de Dios os debéis oponer a sus fines aún con las armas, y que todo aquel que muera en esta dichosa guerra es, sin más ni más, un santo mártir que será llevado a las mansiones eternas en brazos de angelitos, con su palma y su corona, a recibir el premio de su fe.
Esto os han de decir, como ya lo han dicho no ha dos meses;(a) con esto os han de alucinar y alarmar para que unos con otros, padres con hijos y hermanos con hermanos, os matéis. Cuidado con creer a esos impostores, a esos doctores falsos, a esos lobos que tratan [de] devoraros disfrazados con la piel de oveja. La guerra os espera y la muerte os hallará sin duda, si necios y fanáticos, no sabéis distinguir la verdadera doctrina de la falsa.
Entended que el clero no es la Iglesia católica, sino parte de ella, lo mismo que los magistrados ni los sabios son la nación; los abusos de este clero tampoco constituyen su esencia ni primitiva disciplina, así como los abusos de los malos jueces no hacen la esencia de la justicia. De consiguiente, atacar los abusos del clero con los cánones de la Iglesia, y obligarlo a entrar en sus deberes, no es atacar la religión; antes sí, procurar que domine con todo su esplendor y brillantez.
Seamos cristianos católicos en hora buena; pero seámoslo así, como quiso y mandó Jesucristo, no como nos han querido hacer, desfigurando y haciendo odiosa su religión santísima, porque estos desfiguros serán útiles a sus hipócritas parásitos; mas no al común de los pueblos.
Es muy vasta la materia para tratarla en un folleto, y así me contentaré con decir: que supuestas las reformas religiosas que deberá hacer el Soberano Congreso, o alto senado que lo substituya, habrá muchos enemigos que se alarmen contra el nuevo gobierno, haciéndonos la guerra a pretexto de sostener la religión de Jesucristo. Esta guerra será más sangrienta que la del año de diez, como lo han sido sus semejantes. Desde el principio del cristianismo hasta la época presente se calculan, con mucha rebaja, cuarenta millones de hombres sacrificados al furor religioso de los fanáticos.
Temed, conciudadanos, este [sic] catástrofe os amenaza si os descuidáis, si dais oídos a los seductores y no acabáis de conocer que los intereses del Estado son los vuestros, y éstos, los de vuestra religión. Tened presente que debéis obedecer a las autoridades, legítimamente constituidas, circunstancia que no falta a nuestro Congreso, ni al supremo poder ejecutivo; y, por último, advertid que nuestra religión es religión de paz y confraternidad, no de divisiones ni de sangre. Jesucristo no os manda que matéis a los herejes, ni que os dejéis degollar por sostener su religión, sino que los améis como a vosotros mismos; luego, aun en el caso falsísimo de que nuestra república fuera contraria a la religión, no debéis matar a sus enemigos, ni exponeros a morir a sus manos. Cualquiera que os persuada lo contrario, miente delante del Evangelio, os engaña, y sólo pretende alucinaros para defender sus abominables intereses.
Los púlpitos y confesonarios en estos tiempos son unos parapetos desde los que se hace a la libertad una oposición formidable sobre seguro. Alerta, padres de la patria: ninguna precaución está por demás en la ocasión. Apresurad el establecimiento de las milicias nacionales; mandad que no se predique ningún sermón, sin ser revisado antes por una comisión; castíguese con destierro perpetuo a cualquier escritor que impugne vuestras deliberaciones, a pretexto de religión; y si es eclesiástico que predique o en el confesonario seduzca al pueblo, extráñesele y ocúpense sus temporalidades si las tuviere; y declaremos todos guerra eterna a cualquiera que os desacredite para trastornar el Estado.
El Pensador.
(1) México, Imprenta Liberal de Moreno Hermanos, 1823.
(2) Las conspiraciones se sucedieron una a otra: el coronel Márquez se pronunció en San Luis Potosí al grito de república federal. Proponía que el poder ejecutivo lo formasen Gabriel Armijo, Zenón Fernández y F. Noriega. En Real de Catorce se sublevaron unos sargentos, cuyo único objetivo fue saquear a la población; hubo otras asonadas en Querétaro y Texas. El gobernador de este último, Tres Palacios, se pronunció a favor del Imperio; en Yucatán hubo otros levantamientos y el obispo de Sonora se enfrentó al nuevo gobierno; en Oaxaca se instaló un congreso; el 4 de octubre se descubrió una conspiración en la que estaban comprometidos cuerpos de la tropa, y entre ellos el general Andrade, que fue diputado (se le deportó a Guayaquil); a fines de 1823 se levantó en Puebla Vicente Gómez, guerrillero de la primera insurrección que fue famoso por sus crueldades, y cuya gavilla se llamó la Santa Liga, declarándose partidario del trono; en Tehuacán, Reguera se levantó en Cerro Colorado; el 12 de diciembre hubo otro motín, ahora del regimiento de caballería, en Querétaro. Fue preso José Calvo; en el mismo mes, se trató de que Puebla fuese un estado soberano bajo el gobierno de José Calderón, Manuel Posada Garduño y otros. En 1824 se insubordinó en Tepic el barón de Rosemberg, aventurero alemán, y Eduardo García, iturbidista. Además hubo la conspiración de Cuernavaca en que estuvo implicado el propio Lizardi. Como se ve, todos estos movimientos no tuvieron la misma bandera y hasta los hubo sin ella.
(3) Iturbide. Cf. nota 7 a De don Servilio al clamor...
(4) Congreso. Cf. nota 2 a Sentencia contra el emperador...
(5) aristo-democrático. Concepto que, como se lee, no tiene nada que ver con las ideas que sugiere.
(6) quijotería. La Quijotita, personaje central de La educación de las mujeres o la Quijotita y su prima se caracteriza por tener ambiciones de nobleza. Cf. Obras VII, op. cit.
(7) maromero Cf. nota 9 a Chamorro y Dominiquín...
(8) castas. Las principales eran europeos, americanos, indios, mestizos, mulatos, negros y pardos. Hablando de la ciudad de México en el siglo XVII, Francisco de la Maza dice que era una población heterogénea, dividida en españoles peninsulares y sus hijos, indios, negros, mulatos, chinos. De las castas "se cuentan tantas mezclas que sus nombres acabaron, finalmente, en broma. Había las castas de 'salta atrás', de 'allí te estás' y de 'no te entiendo'." La ciudad de México en el siglo XVII, México, F.C.E., 1968 (Presencia de México, núm. 2), p. 18. Algunas castas eran: los naturales de aquí (criollos), con ascendientes españoles, por ambos lados o por uno, es decir, mestizos; mestizo con española, castizo; castizo con española, español; español con negra, mulato; mulato con española, morisco; morisco con española, chino; chino con judía, salta atrás; salta atrás con mulata, lobo; lobo con china, gíbaro; gíbaro con mulata, albarazado; albarazado con negra, cambujo, y muchas otras.
(9) pesos. Cf. nota 8 a El cucharero político...
(10) En su "Constitución política de una república imaginaria" (1825), Fernández de Lizardi escribió: "Título tercero. Capítulo primero. Reforma eclesiástica. Artículo 67[...] Cuarta. Todo fraile deberá contar diariamente con dos pesos para su subsistencia, y no con más ni menos de parte del convento. De esta manera, no se absorberán los frailes gordos las rentas de piadosas fundaciones, ni andarán los frailes flacos muertos de hambre y peleándose por la pitanza de la misa [...] Artículo 71. Quedan suprimidas las canonjías por ser unas plazas, a más de inútiles, sumamente gravosas a la sociedad [...] Artículo 73. Ningún obispo ni arzobispo podrá tener de sueldo más de seis mil pesos anuales, pues si esta cantidad se tiene por bastante para que subsista con decencia un general o un ministro con su familia y que pertenecen al siglo, debe creerse más que suficiente para mantener con decencia a un sucesor de los apóstoles, que ha renunciado al mundo, sus vanidades y riquezas." Obras V, op. cit., pp. 466, 468 y 469.
(11) Pío VII. Cf. nota 16 a Pulgas y vómito...
(12) En la misma "Constitución" mencionada en la nota 10 se lee: "Artículo 67 [...]Primera. No se admitirá de novicio o novicia sino al que tenga veinte y cinco años cumplidos [...]. Tercera. Las mujeres que quieran ser monjas sufrirán cuatro años de noviciado, en cuyo tiempo o confirmarán su vocación o, desengañadas de su falsedad, podrán saltarse a la calle y no morir desesperadas, como mueren tantas."Obras V, op. cit., p. 466.
(a) En Guadalajara lo predicó un cura el mes pasado [esta posición también la asumió en 1824 el autor de un folleto titulado Preservativo contra la irreligión, Guadalajara, Imprenta del ciudadano Mariano Rodríguez. Ahí se incita a la población a rebelarse en contra de la tolerancia religiosa propuesta por el Congreso de Jalisco].