LA HEREJÍA JUSTIFICADA Y DESENGAÑO
DE VIEJAS SEGUNDA PARTE(1)

 

 

Queda en la primera bien probado, según me parece, que el tolerantismo religioso no sólo no es destructivo de nuestra religión católica, sino antes, muy conforme con su instituto, que es todo de amor general a nuestros semejantes. Veamos si es fácil el probar que es útil a nuestra católica religión, útil y necesario a nuestra América.

 

 

Punto primero


El tolerantismo, en un país católico, es útil a la misma religión católica.

Por un principio natural, todo hombre apetece lo mejor; luego que lo conoce, ama la verdad y se decide por lo que le es más provechoso: nuestra religión es la verdadera, la mejor entre todas y la única que puede hacer nuestra felicidad eterna; luego, por una necesaria consecuencia, cualquier protestante, moro, judío o pagano debe abrazarla, luego que conozca su certidumbre y las ventajas que le proporciona. Esto creo que no tiene respuesta.

¿Y qué medio más pronto y eficaz puede darse para que adquieran este conocimiento que admitirlos a nuestra compañía? Claro es que cualquiera aprenderá el idioma francés, entre franceses, más fácilmente que entre alemanes, arábigos o persas. Así, más próximos están los protestantes, moros, etcétera, a conocer nuestra religión y a abrazarla, viviendo con los católicos, que no entre sus mismos compañeros. Este es un principio que clama por el tolerantismo.

Diráse, como se ha dicho, que enhorabuena se permita el tolerantismo político, pero no el de cultos; y yo digo que en este caso mejor es ninguno, pues el daño que temen los incautos no se evita, y el beneficio político y espiritual no puede seguirse. Se teme que los herejes nos seduzcan con menoscabo de nuestra religión; pues eso lo pueden hacer aun sin ejercitar sus cultos; éstos no son sino unas ceremonias exteriores, incapaces por sí, de persuadir la solidez de religión alguna; las razones, las demostraciones y argumentos, son las que persuaden a los hombres: luego, aunque los protestantes políticamente tolerados no hagan una ceremonia religiosa, si tienen lengua, queda el peligro en pie.

De la intolerancia religiosa no puede seguirse ningún bien político ni espiritual. Unos hombres, a quienes se les impide el ejercicio de su religión, no pueden ver la nuestra con mucho afecto, y ya esto es un embarazo para que la adopten en ningún tiempo. Tampoco querrán radicarse entre nosotros con sus familias, ni contraer enlaces con las nuestras, y éste es otro embarazo para los progresos del cristianismo; de consiguiente, se disminuirá o no se aumentará la población, se cerrarán las puertas a las artes e industria, y el comercio no girará como debía girar. Éste es un mal político. Los extranjeros vendrán transeúntes, como contrabandistas o vendedores de sus efectos o artefactos, y hecho su negocio se marcharán sin enseñarnos nada y sin aumentar nuestra población; pues los castos serán continentes, y los no castos serán libertinos; mas ¿cómo pensará ninguno en enlazarse con unas gentes que al disimulo los aborrecen secretamente por un principio religioso mal entendido?

Yo oigo declamar contra el tolerantismo porque se teme que destruya o disminuya nuestra religión. Pregunto a los declamadores: ¿no decís que la religión católica es la verdadera y única?, ¿que sus principios son incontestables, sus testimonios auténticos y sus pruebas ineluctables? ¿No aseguráis que las demás sectas son unos inventos humanos, llenos de mentiras, contradicciones y disparates? Pues entonces, quid timidi estis modificae fidei? ¿Qué teméis, hombres de poca fe?(2)¿Quién ha de haber tan incauto y tan necio que deje lo verdadero por lo falso, lo dudoso por lo seguro y lo útil por lo vano y perjudicial? Luego los intolerantes se han de ver estrechados a confesar una de dos: o que no tienen la confianza que dicen en la certeza de su religión, o que si la tienen, y temen serle traidores, no tienen fe, y venimos a quedar de cualquier modo en que sus declamaciones son hijas de su ignorancia e hipocresía, y no de un celo santo por la religión de Jesucristo.

Además, el intolerantismo, al tiempo que nos hace odiosos con todas las naciones, habilitándonos del título de idiotas, les da armas a los protestantes contra nuestra misma religión. Oid, intolerantes, y responded.

Los no católicos os dicen: Nosotros somos tolerantes de vosotros; os admitimos en nuestras patrias, os consentimos el ejercicio libre de vuestra religión, sin temer que nos seduzcáis, ni menos que destruyáis nuestra creencia; vosotros, por este temor, no queréis tolerarnos; luego no tenéis mucha confianza en vuestra religión. ¿Qué juicio formar[í]ais de un general que dijera: "mi ejército es el más valiente del mundo, sus armas de finísimo acero; a nadie teme, porque todas las tropas extranjeras son cobardes, sin táctica, sin disciplina y sin armas, porque tienen por fusiles, cerbatanas, y tejamaniles(3) por espada"; pero a la vuelta de esta arrogancia, decía: "sin embargo, yo no permitiré que ningún soldado extranjero se mezcle entre los míos, no sea que los enseñe a cobardes, que les contagie con su impericia militar o que los mate con su espada de palo." Esto no es miedo sino precaución. Decid, intolerantes: ¿no os burlaríais de semejante razonamiento? Pues igual es el vuestro.

El bien de la patria, el de mi religión, y mi honor vulnerado en vuestras plumas hipócritas e impías, me hacen hablaros estas verdades, que no una predilección a los protestantes, ni menos algún odio a nuestra religión católica ni sus dignos ministros, como impíamente dice el necio Beltrán,(4) a quien hacéis el bajo grandemente; jamás me caso con mi opinión, la abandono al momento que se me convence de errónea; estoy muy pronto a abjurar ésta del tolerantismo, en concluyéndome con razones, no con desvergüenzas. Responded, pues, a lo que tengo dicho, y pensad cómo responder lo que falta.

Los apóstoles se extendieron por el mundo predicando y tolerando. ¿Si se hubieran escondido en los desiertos, por no mezclarse con los gentiles y judíos, habrían hecho los progresos que hicieron?

Constantino, el emperador más protector del cristianismo, fue tolerante. Sabemos que en el Concilio Niceno hubo muchos obispos arrianos, y el confesor de santa Elena, su madre, era arriano;(5) y para no cansaros, así mezclados, herejes y católicos, paganos y judíos, se extendió esta divina religión. A un tiempo había en Roma templos de Jesucristo y de Júpiter, y las familias cristianas se enlazaban con las paganas, sin prohibirlo los obispos.

De los enlaces matrimoniales deben resultar ventajas a la religión católica en los países tolerantes, pues los padres, ordinariamente, fían la educación de la prole a las madres, y siendo estas católicas, la educación debe ser católica también; y según este principio, si vinieran a radicarse entre nosotros tres mil extranjeros no católicos, y se casaran, al año tendríamos casi igual número de cristianos; y a los cincuenta, más de seis millones, a proporción de las generaciones; pues de este e infinito número de cristianos (que no lo fueran en las patrias de sus padres), privamos a nuestra religión por intolerantes, sañudos, fanáticos, ignorantes, hipócritas y supersticiosos.

Además, las tiernas caricias de una mujer amable, son argumentos más irresistibles que los que se leen en los libros y que las mismas demostraciones matemáticas. ¿A cuántos protestantes no redujeran nuestras paisanas al gremio de la Iglesia? Esta verdad siempre fue conocida. San Pablo, instruyendo a los de Corinto en la doctrina de Jesucristo, les dice: (Corintios 7, 1) "Si alguna mujer cristiana está casada con algún varón infiel... no lo deje, ni se aparte de él, porque, algunas veces, ha sucedido que el marido infiel vino a ser santo por medio de la mujer cristiana; y al contrario, que la mujer infiel se convirtió a la fe por la compañía de su marido fiel."(6)

San Jerónimo, escribiendo a la matrona Leta, nieta cristiana del pontífice Albino, pagano, le dice: "ya la casa santa y fiel santifica al varón infiel., el cual está rodeado de hijos y nietos cristianos; yo tengo, para mí, que si el mismo Júpiter tuviera tal parentela, pudiera creer en Cristo."(7) Esto prueba que san Pablo y san Jerónimo eran tolerantes, y conocían las ventajas que trae a la religión el tolerantismo religioso. Solamente en América tiene enemigos. ¿Qué serán los anahuacenses(8)más sabios y católicos que los apóstoles y santos padres? Reinos enteros se han convertido a la fe por el tolerantismo. La España goda, toda era arriana, hasta que la reina Inegunda, católica, supo convertir a la fe a su marido Hermenegildo, a quien por esta causa hizo degollar su padre, Leovigildo; pero la sangre de este mártir fructificó en su hermano Recaredo, que abjurando el arrianismo, hizo católica la España.(9) Si no hubiera habido tolerantismo, la esposa de Hermenegildo hubiera sido arriana como él, y la España no habría sido católica. Lo mismo sucedió en Francia, convertido Clodoveo por medio de su cristiana mujer Clotilde; pero esto, o no se sabe o se ha olvidado.

Probado, como está, que el tolerantismo religioso, lejos de ser capaz de destruir la religión católica, ni pervertir a los verdaderos cristianos,(a) puede contribuir al aumento de aquélla. Pasemos a probar, ligeramente, que en lo político es útil y necesario a nuestra patria, y es el

 

 

Punto segundo


El tolerantismo religioso es útil y necesario a nuestra América.

¿Que diríamos de una hacienda de campo que tuviera muchas tierras excelentes, pero incultas, porque no había ni peones, ni bueyes ni instrumentos con que beneficiarlas? ¿No diríamos que aquella hacienda no valía nada a pesar de su vasto terreno? Pues lo mismo sucede en América: grande como un nuevo mundo, fértil como un paraíso; pero desierta como un yermo y baldía como un cerro pedregoso. Es de necesidad el aumento de la población para que esta gran tierra rinda las riquezas de que es capaz proveernos, y ésta la habrá cuando vengan a radicarse entre nosotros muchos hombres, sean quienes fueren; pero vendrán cuando sean recibidos con todo amor y sin molestarlos por causa de religión. De otra manera, no vendrán, repito, sino transeúntes, a vender sus maritatas,(10) llevarse el dinero y murmurar de nuestra intolerable ilustración.

En la industria, agricultura, etcétera, etcétera, estamos atrasadísimos, y sólo con maestros podemos aprender y percibir, desde luego, las ventajas de la industria extranjera. A mí, ciertamente, nada me importará que el médico que me cure sea protestante, judío o lo que le diera la gana; lo que desearé es que sea buen médico, que alivie mis dolencias, me restituya la salud y prolongue mi vida. Lo mismo digo de la señorita que compre un dije curioso, del que busque ropa para vestir a su familia, etcétera. Lo que todos querrán será que los efectos sean buenos y baratos, sin escrupulizar si los artífices son o no católicos. ¿Y cómo serán esos efectos más baratos, trayéndolos de allá o fabricándolos acá? ¿Cómo habrá menos vagos aquí, aprendiendo lo que no saben, o ignorándolo siempre? Y ¿cómo aprenderán, con maestros o sin ellos?

Estas reflexiones son hijas, ya lo he dicho, del amor a la patria, cuya prosperidad deseo, y no de adhesión a secta alguna. Amo a todos los extranjeros como a mis hermanos, hijos de un mismo padre, y respeto la ciencia y la virtud en cualquiera de ellos que la tenga.

Tros, rotulus ve sit, nemo discrimine habebo.

Si, sin embargo de lo dicho, el futuro Congreso Constituyente, ante quien debe ventilarse esta gran cuestión, y quien puede resolver y declarar si la religión católica ha de ser la única o la dominante en nuestro suelo, se pronunciare por lo primero, yo también seré el primero en conformarme con su decisión, mientras el tiempo hace ver el acierto o desacierto de ella.

El señor Beltrán (y no Bernal, como equivocadamente se lee en la primera parte de este impreso) me llama hereje: si el hablar sobre la necesidad de la reforma de ambos cleros, sobre la de diezmos, arreglo de catedrales, ventajas políticas del tolerantismo, dotación de párrocos, etcétera, etcétera, se tiene por herejía, ténganse por herejes a todos los sabios eclesiásticos y seculares que han hablado sobre lo mismo, y aun a los santos padres y doctores de la Iglesia; y si no se atreven a hacerles esta injuria, díganles a las viejas, para su desengaño, que El Pensador no es hereje, y que estas que llaman herejías, están justificadas.

México, julio 4 de 1823.

 

 


(1) México, Imprenta del Autor, 1823.

(2) Mt. 8, 26; 14, 31; Mr. 4, 40.

(3) tejamanil. Usual, por tejamanil: Rajas o tiras de madera de oyamel o abeto que se usan como teja. Santamaría, Dicmej.

(4) Beltrán. Veáse la primera parte de La herejía justificada...

(5) Constantino. Cf. nota 7 a Vida y entierro... "Las luces del siglo y el sistema de libertad ante la ley han hecho pedazos la capa criminal de Constantino.¡Buen Constantino, cuánto te debió el clero corrompido en otros tiempos! Tú querías cubrir con tu manto imperial los crímenes de los sacerdotes delincuentes, y con razón, pues, ellos apellidaban virtudes a los tuyos. Si así no lo hubieras hecho, hubieras sido un mal agradecido, Ya sabemos que fuiste un apóstata de tu religión, un asesino de tu mujer y tu hijo, un usurpador y asesino de tu colega, un hipócrita taimado, un supersticioso idólatra, un sacrílego, que te hiciste adorar en estatua en la plaza de tu nombre, un intrigante con los cristianos y arrianos, a cuya secta pertenecía el confesor de tu madre santa Elena." Obras V, op. cit., pp. 358-359.

(6) Co. 7, 12-14.

(7) Cf. nota 13 a Felicitación y reflexiones...

(8) anahuecenses. Encontramos la forma anahuatlaca. "Habitantes del Anahuac, que comprendían varias tribus: Xochimilca, Chalca, Tepaneca, Colhua, Tiahuica, Tlaxcalteca y Náhua o mexicanosñ." Diccionario de la lengua náhuatl o mexicana, redactado según los documentos impresos y manuscritos más auténticos y precedido de una introducción por Remi Simeon, traducción de Josefina Oliva de Coll, México, Siglo XXI, 1981 (Col. América Nuestra,1), p. 28.

(9) Esta historia la repite en La Quijotita y su prima, en Obras VIIop. cit., pp. 258-260.

(a) Con éstos se habla. A los que ni conocen su religión, o dudan de ella por su ignorancia, ningún daño les hará el tolerantismo, porque el que ignora la religión es lo mismo que el que no la cree: luego el tolerantismo a nadie puede dañar. No a los verdaderos cristianos, porque están firmes en la fe; no a los idiotas, porque ignoran su religión y nada tienen que perder. De consiguiente: es más el miedo de los intolerantes que lo que pueda suceder en realidad.

(10) maritatas. Cf. nota 15 a El cucharero político...