LA HEREJÍA JUSTIFICADA
Y DESENGAÑO DE VIEJAS(1) (a)

 

 

Venga usted acá, bachiller José María Bernal, venga usted acá, fanático, ignorante y malcriado: menos desvergüenzas y más razones. Su folleto de usted con fecha de 26 de abril, impreso en casa de Benavente y titulado Ultrajes de la impiedad al que esta en el sacramento,(2) es un libelo infamatorio tan cáustico, desvergonzado y calumnioso, como lleno de disparates y bascosidades, bastantes a provocar la náusea al estómago más resistente.

Yo no le he de decir a usted más que necio, pero necio digno de freno y gurupera. Lea usted algunos de sus desatinos impugnados sin sofismas ni sarcasmos, sino con la solidez de la razón, con hechos positivos, con el ejemplo de Jesucristo, con su doctrina evangélica, con la de los apóstoles y padres de la Iglesia, y con la permisión de su cabeza visible en Roma.

Así se debe hablar, señor botarate, no con dicterios, personalidades y calumnias. Pare usted las orejas, ya que las tiene como las de la burra de Balaam,(3) y vaya oyendo.

Por primer disparate y por barbear al señor provisor,(4) asegura usted "que estoy justa y jurídicamente excomulgado." Nego majorem y punto concluido. Muy breve sabrá usted y el público si se excomulga justa y jurí[di]camente sin conocimiento de delito, sin autoridad y sin formalidad de juicio.

Dice usted que confundo el tolerantismo civil con el religioso; hace unas ridículas distinciones; habla mil desatinos, me calumnia sin término y miente a pierna suelta. Pero todos sus despropósitos se reducen a decir que la tolerancia religiosa, o de cultos, es incompatible con la creencia de la religión católica en un pueblo cristiano: "que es entera y absolutamente intrínseca y esencialmente opuesta y destruidora del cristianismo. Que el tolerantismo teológico no profesa ni sostiene una fe, un bautismo, un Cristo y una vida eterna..."

Para escribir estos disparates me parece que ha consultado usted algunos doctores tan sabios como usted. Me parece que no se llama usted José María Bernal, y que ha sudado la gota tan gorda para ensuciar medio pliego de papel, pues se ha tardado más de un mes en darlo a luz, y eso suponiendo que se lo enviaron de fuera de esta capital, y que lo ha impreso porque no se quede arrinconada en el olvido tan bella producción. ¡Qué cobardes, qué tontos y embusteros son los fanáticos!

Oiga usted, señor tonto: si el tolerantismo religioso tuviera las notas que usted le supone, no estuviera generalmente admitido en toda la Iglesia católica de Europa, entrando la Italia y la misma Roma, donde lo hay a vista y paciencia del papa mismo, el señor Pío VII que actualmente reina, y acaba de hacer un contrato político y religioso con el protestante rey de Prusia, y no se ha escandalizado de que en la capital de Wittenberg se hubiese inaugurado la estatua de Martín Lutero, aquel fraile agustino hereje que tanta guerra dio al papa León X, por no sé qué cosas de indulgencias o gracias que hizo como una tarifa en que puso precio a la absolución de los pecados (véase el Bulario magno, tomo 3, parte 3).(5)

Pero volvamos al asunto. Decía que si el tolerantismo religioso destruyera la religión de Jesucristo, no habría cristianos apostólicos romanos en Francia, en Alemania, en Inglaterra, en Italia, etcétera, etcétera, pues en todas partes habría destruido esa religión; usted ve cristianos en todas ellas, y no hipócritas como usted, sino caritativos y verdaderamente fieles: luego es falso, falsísimo que destruye la religión católica ni es incompatible con ella.

Sólo el temer que la destruya es no ser buen católico, es no tener fe, o tenerla pegada con mocos, es dudar de la verdad de Jesucristo, y esto sí es ser hereje y ultrajar al Ser Supremo; lo que puntualmente hace usted y los fanáticos supersticiosos como usted, que piensan que el tolerantismo religioso ha de destruir nuestra religión.

Vengan acá, ignorantes sin vergüenza: ¿no es de fe que Dios no puede faltar a su palabra?; y el mismo Dios hecho Hombre, ¿no dice en su Evangelio que la Iglesia padecerá sus vaivenes, pero que Él asistirá, y no perecerá mas que las puertas del infierno se conjuren contra ella, sino que durará hasta la consumación de los siglos?(6) Pues modorrones: ¿habéis leído esto?, ¿lo creéis?, ¿tenéis fe? Pues si lo sabéis y lo creéis, ¿cómo teméis que perezca la religión por el tolerantismo? Este temor, ¿no prueba vuestra duda?; y dudar de la palabra de Jesucristo, ¿no es falta de fe?, ¿y la falta de fe no es herejía formal? Pues ved ahí, miserables, que me llamáis hereje sin probarlo, como yo os pruebo que lo sois. Mientras que pensáis lo que habéis de responder, paso a confundir más al necio Bernal y a sus orejudos compañeros.

Jesucristo, que vino a enseñarnos con su vida y ejemplo el camino del Cielo, fue sin duda el genio más dulce y el más tolerante de la Tierra. Luego que vino al mundo, como que era omnipotente, pudo haber reducido a la nada a cuantos no creyeran su religión; así como acabó con el género humano con el diluvio universal, en que reservó ocho personas para repoblar el mundo. Así es que muy bien pudo acabar con todos los judíos y los paganos, pues, por lo menos, contaba a su devoción con doce apóstoles, bastantes para volverlo a repoblar, haciendo que todos sus descendientes abrazaran su religión. Dios pudo haber hecho este segundo castigo, llenando su providencia, y este poder no se lo niega ningún teólogo, aunque sea más modorro que usted.

Ya que no fue tan intolerante, pudo haberse manejado con algún desdén o displicencia con los saduceos, samaritanos, étnicos o publicanos, que eran (para que usted lo entienda) cismáticos, excomulgados, herejes, públicos pecadores y gentiles. Nada menos que eso: el que dijo que su ley era suave y que no se hiciera admitir su doctrina con la fuerza,(7) se prestaba a sus convites, los visitaba, curaba sus enfermos, los defendía, toleraba sus ritos, disimulaba sus faltas y era el amigo general de todo el mundo. ¿Y esto no es ser tolerantísimo y darnos el mayor ejemplo de tolerancia?

Además nos mandó ser tolerantes desde el tiempo de Moisés. Amad a vuestros semejantes como os amáis. Después del amor de Dios, nos re[co]mienda el amor del prójimo, y en estos dos amores consiste toda la verdadera religión, toda la ley y los profetas.(8) Desmiéntame usted, señor Bernal o como se llama.

Ni me diga usted que este precepto envuelve la tolerancia civil y no la del culto, religioso o teológica, como usted adisparatadamente la llama. Tolerancia de hombres sin tolerancia de sus costumbres y religión, es imposible. Ésta se mama con la primera leche, y no está en manos del hombre el desprenderse de ella fácilmente. Usted cree que su religión es la única, la verdadera, que fuera de ella no hay salvación, y que está obligado a creer sus dogmas y obedecer sus ritos. Esto mismo cree el judío, el moro, el pagano y el protestante, porque esto fue lo que les enseñaron desde niños. ¿Qué culpa pueden tener por esta creencia?

A más de que se engaña usted, de medio a medio, si cree que en la tolerancia de cultos entra la tolerancia de dogmatizar nadie su religión. No señor, esta tolerancia es puramente espiritual. A nadie se permite poner en ridículo la religión de otro, alabar la suya con preferencia a las extrañas, disputar sobre esto públicamente, ni hacerse prosélitos; ni mucho menos cambiar de religión por semanas. Son permitidos los ejercicios de todas; pero a nadie se obliga a que asista a ellos, siendo de otra religión, si no quiere. De suerte que aunque aquí hubiese sinagogas, mezquitas y otras iglesias, no habría quien a usted le pusiese un puñal al pecho para que fuera a ninguna de ellas. Pero sigamos.

Jesucristo, que vino a reformar la ley, y que se comunicaba amigablemente con los cismáticos, herejes, excomulgados, etcétera, estaba muy mal con los sacerdotes fariseos, hipócritas, que engañaban al pueblo so pretexto de religión. Ocho veces los maldice por san Mateo.(9) Lea usted sus anatemas y aplique el caso.

Los apóstoles, enseñados por Jesucristo, fueron tolerantes. Algunas veces se conformaron con los judíos y con las supersticiones de los gentiles. ¿No es esto algo más que tolerantismo?

Los padres de la Iglesia también lo fueron, y Roma cristiana toleraba en su seno muchas familias ilustres de gentiles.

Conque vea usted cómo el tolerantismo religioso no se opone a la religión católica, ni la destruye; vea cómo Jesucristo nos enseñó con su doctrina y ejemplo a ser tolerantes; vea cómo los apóstoles lo fueron; cómo lo fue la primitiva Iglesia, y cómo lo es hoy mismo permitiéndolo en todos los reinos y repúblicas cristianas. ¿Pues con qué cara se atreve usted a estampar tan crasos desatinos para alucinar al pueblo sencillo con sus calumnias, ignorancias e hipocresías?, ¿con qué alma, embustero, me calumnia, asegurando que yo he dicho "que las vírgenes enclaustradas (esto es, todas las monjas) están en vida de desesperación por haberse consagrado a Jesucristo en los santos monasterios"? ¿Dónde he dicho tal cosa, hombre impío, hombre sin caridad y sin honor, pues es infame ante la ley el público calumniador?

¿Quién le ha enseñado, ignorante, a torcer el sentido literal del Evangelio para engañar al pueblo incauto? Yo he dicho en mi papel titulado La nueva revolución, etcétera, que Jesucristo no nos manda que matemos a los herejes, ni que nos dejemos degollar por sostener su religión, sino que los amemos como a nosotros mismos; y usted, para probar que tenemos precepto divino para matarnos por causa de religión, alega que Jesucristo se dejó crucificar por cumplir la voluntad de su Padre, que no admitió al apostolado a los que no tuvieran disposición de ser perfectos, y el testimonio de los mártires que murieron por no negar o confesar públicamente la fe cristiana. ¿Cuánto va que no sabe usted qué quiere decir mártires?

Pues, señor mío, todos estos alegatos que usted cita como pruebas contra mi aserto, son pitos: no vienen al caso, y tiene usted en la lógica que no ha estudiado, y en el Evangelio que no ha leído, las más seguras convicciones de su error, o de la malicia con que quiere pasar por sabio y buen cristiano, engañando de una vez a los incautos. Me da por las narices que usted es un clérigo de ninguna moralidad y menos ciencia, y que ha llamado en su ayuda a algunos doctores, pues, pero no de la ley, ni sabios deveras. Sea lo que fuere.

El dejarse matar por no ofender a Dios, el ser perfectos si la gracia nos auxilia, y el sacrificarse a los tormentos y la muerte antes que renegar a Jesucristo, es uno, yo no me opongo a eso; pero reclutar gente a fuerza, alistarnos entre las tropas, presentar batallas, matar y morir en ellas, so pretexto de sostener la religión cristiana, es temeridad, es fanatismo, es picardía, es delito ante Dios y ante los hombres; y mucho más cuando éstos jamás riñen únicamente por causa de religión si no se complica con la de Estado, como lo vimos en la primera insurrección y lo estamos por ver en el nuevo sistema de gobierno.

Vuelvo a decir que miente usted delante del Evangelio, y mienten cuantos persuadan al pueblo lo que usted quiere. No hay precepto divino para alarmar los pueblos, ni hacerlos que se maten por defender la religión de Jesucristo. Miente y remiente, y es un pícaro, impostor y engañador de los pueblos quien se los diga o predique y... basta, que me irrito contra estos bribones y me sobra mucho qué decir.

Por ahora, señor Bernal, le digo que ya entraremos a juicio, y veremos si en él me prueba las calumnias con que me ha herido en lo más vivo de mi honor, cual es sobre la ciencia de la religión que usted ignora y afecta defender con la más crasa ignorancia y desvergonzada hipocresía.

Este papel tendrá segunda parte, y a Dios.


El Pensador.



NOTA. Este papel y el que le seguirá, se hallará en la Alacena de Rocha,(10) en la del Cieguito(11) y puesto de la Gaceta en el Portal de Mercaderes, y en la de Guerrero en el de Agustinos.(12)

 

 


(1) México, Imprenta del ciudadano Lizardi, 1823.

(a) En la segunda parte desempeñaremos el título de este papel [véase La herejía justificada y desengaño de viejas. Segunda parte.]

(2) José María Beltrán. En la segunda parte de La herejía justificada... Fernández de Lizardi aclara que se trata de José María Beltrán y no Bernal. Beltrán fue ministro de Hacienda en 1826. Escribió: Oración que ante la Junta Suprema pronunció el contador mayor don José María Beltrán, México, Imprenta Imperial de don Alejandro Valdés, 1821, donde felicita a Iturbide por haber consumado la Independencia.

(3) Balaam. Nm. 22-24. El episodio en que la burra que monta el profeta adquiere el don de la palabra y avisa a su amo de que un ángel les impide el paso, ha dado origen a la expresión "romper a hablar como la burra de Balaam", que se aplica a la persona indiscreta o necia.

(4) provisor. Cf. nota 9 a Desvergüenzas y excomuniones...

(5) Este tema también lo trata en su Segunda defensa de los francmasones.

(6) Mt. 28, 20.

(7) Cf. nota 10 a Desvergüenzas y excomuniones...

(8) Cf. nota 11 a Desvergüenzas y excomuniones...

(9) Cf. nota 8 a Mas que se enojen... En este folleto reproduce una versión del texto bíblico.

(10) alacena de Rocha. En el Portal de Mercaderes. Cf. nota 5 a De don Servilio al clamor...

(11) alacena del Cieguito. Cf. nota 40 a Concluye el sueño...

(12) Portal de Agustinos. Cf. nota 5 a De don Servilio al clamor... Se vendían periódicos en el Parián, frente al sitio de coches de providencia; y en estanquillos, entre otros en: la esquina de la Profesa, frente al Correo del Ángel; en los bajos de San Agustín, bajos de Porta Coeli, Puente del Correo, esquina de Santa Inés; y en la calles: 3ª del Relox; 2ª de Santo Domingo; 1ª de Tacuba y Cruz del Factor.