Fábula XXI
LA GATA Y LA MONA
Inadvertidamente
quebró un vaso una Gata
por coger una rata;
pero al fin la pilló con uña y diente.
Ufana retozaba
con su presa y contenta,
sin advertir que atenta
una insolente Mona la miraba.
Y muy escrupulosa
la dice la Monita:
—Diviértete, nanita,
¡que por cierto que has hecho linda cosa!
Ya tu muerte sospecho,
y si yo aquí mandara
al momento te ahorcara,
pues haces más perjuicio que provecho.
Tienes muy torpe el paso,
la vista confundida,
y eres tan aturdida
que al coger un ratón rompes un vaso.
En fin, eres tan mala,
que si mi Gata fueras,
en este día murieras
o a buen librar te echara noramala.
—Pues es usted tan diestra
—responde enardecida
la Gata—, por su vida,
¿no me hará favor de ser mi maestra?
Porque o yo estoy demente,
o quien tanto murmura
estará muy segura
de cazar los ratones diestramente.
Con un vano tonillo
la dice la Monita:
—¿Tanto se necesita,
necia, para coger un ratoncillo?
—Cierto que no, señora
—la responde la Gata—;
mas se me fue la rata
por un descuido; píllemela usted ahora.
Mire que es fácil cosa,
pues va la rata herida,
corre despavorida
y no acierta la pobre con su choza.
La Mona atolondrada,
corriendo con torpeza,
se rompió la cabeza
por afianzar la rata y no hizo nada.
—¡Vamos! ¡quién lo creyera!
—la Gata la decía—;
¡que sea usted tan baldía,
y que así a murmurarme se atreviera!
¡Oh Gata socarrona!
alabo tu descoco.
Murmurar cuesta poco,
¿pero hacer? Eso sí, como la Mona.
