LA CIEGA Y SU MUCHACHITA
Lunes 13 de diciembre de 1813(1)
MUCHACHITA: ¡Madre, qué hambre tengo! Ya son las ocho de la noche y no hemos comido sino los frijolitos que nos dieron al mediodía revueltos con caldo; y eso, yo apenas comí unos pedacitos de pan duro, porque los frijoles, ya usted vido, estaban acedos que amargaban.
CIEGA: Hija, Dios se lo pague a quien nos los dio aunque estuvieran acedos; quizá no tendrían más.
MUCHACHITA: No, madre; ¿cómo no habían de tener otra cosa en aquella casa tan decente? Sino que hay algunas personas que aquello que no quieren ni los perros, lo guardan para dárselo a los pobres, más que se enfermen.
CIEGA: Hijita, mira, es verdad que hay caridades que mejor fuera no hacerlas; pero Dios, que nos ha puesto en estado de mendigar el alimento diario, graduará el mérito de los frijoles acedos mejor que tú y que yo.
MUCHACHITA: Madre, usted aunque es pobre es buena cristiana.
CIEGA: ¡Ojalá fuera como debía ser! Pero ¿por qué haces la prevención de que aunque soy pobre? ¿Pues que te parece que los pobres no son capaces de virtud?
MUCHACHITA: ¡Ay, mamita de mi alma! Si según el desprecio con que nos tratan los señores, me parece que somos lo peor del mundo e incapaces de nada bueno; y la verdad, que en diciendo pobre es lo mismo que decir demonio salido del infierno. Yo lo que veo es que los que tienen huyen de nosotros como del diablo.
CIEGA: Aunque muchas veces así nos sucede, como dice, es menester paciencia, hija, que algún día tendremos otra suerte más aventajada que muchos de esos señores y señoras que ahora te parecen tan felices.
MUCHACHITA: ¡Ay, madrecita! ¿Y cuándo será esos?
CIEGA: Cuando muramos, hija, porque la muerte, cuando menos, es el término de los males temporales, y espero en Dios que para nosotros sea el principio de las felicidades eternas, si sabemos llevar con paciencia estos trabajos.
MUCHACHITA: Eso es mucha verdad; pero ahora tengo mucha hambre. Con esos cuatro tlacos(2) que nos dieron, voy en una carrera a la tienda y traeré cuartilla de pambacitos y cuartilla de frijoles de la esquina; con eso cenamos. ¿Quiere usted madre?
CIEGA: De fuerza he de querer, hija. No te tardes.
MUCHACHITA: No, madre, a bien que está la tienda cerca. Ya vengo. Madre, ¿me tardé?
CIEGA: No, mi alma; y ¿qué trajiste? ¿Y por qué lloras?
MUCHACHITA: ¡Ay madrecita! ¿No he de llorar de ver nuestra infelicidad?
CIEGA: ¿Pues qué te ha sucedido, hija? ¿Perdiste los tlacos?
MUCHACHITA: No, madrecita, pero lo mismo que si los hubiera perdido. Todas las tiendas de por aquí por Monserrate he andado y en ninguna parte quieren estas señales, porque dicen que unas son de por el barrio de Santa Catarina,(3) y las otras no las conocen.
CIEGA: Pues, hija, sea por Dios. ¿Qué hemos de hacer? Hacerte ir sola tan lejos a esta hora, y enviarte a adivinar la tienda, es imprudencia. Acompañarte no puede ser, porque estoy mala. Obligar al tendero a que te los reciba, es tontera pensarlo; con que no hay más sino acostarnos a dormir muertas de hambre y con cuatro tlacos en la bolsa, que no será la primera vez.
MUCHACHITA: Ésta si es mano(4) de darse una a Barrabás.
POLICÍA
Ni el caso es fingido, ni singular, ni el solo a que se puede contraer la impolítica e inveterada costumbre de que cada tendero tenga sus tlacos exclusivos. Esta clase de moneda es indecentísima en una ciudad y en un reino civilizado; nadie de la gente de lujo o mediano porte se conforma con traerla en su bolsa; más bien saldrán sin una moneda que traer ésta, de lo que se siguen no pocas malas consecuencias.
El tlaco es una libranza del tendero contra los efectos de su casa o, por mejor decir, es un pagaré a que se obliga entretanto el consumidor gasta todo el medio real que ha dejado en prendas en su tienda. De esto se origina el que un tendero no quiere recibir los tlacos de otro, porque no le saquen a él los efectos y le dejen a aquél plata. De aquí se sigue que aunque el comprador quiera mejorar del efecto que necesita y hay en otra tienda, no puede lograrlo con tlacos ajenos. Después de esto, la distinción de tlacos favorece el monopolio de los tenderos, pues éstos dan sus propias señales sobre las prendas que empeñan los pobres, perdiendo éstos lo menos un real en cada peso en el acto del empeño y quedando obligados a comprar lo que haya en aquella tienda, sea malo o bueno, poco o mucho. Síguese también que, como en las carnicerías, boticas y otras partes es proscrita la moneda tlaquearia,(5) los infelices que no pueden habilitarse de otra y necesitan estos efectos, se quedan con ella y sin éstos, sin ser mendigos como la ciega. Muchas veces también se le da medio a un muchacho por un mandado que estuviera pagado con un tlaco, por no ser esta moneda corriente; otras veces no se le da a un pobre lismosna por la estimación en que se considera el medio real, y sí se le daría si esta moneda de cobre fuera común y bien recibida en todas partes.
Éstos son los principales perjuicios que se siguen a la república de estas monedas parciales, y me parece que haría un gran servicio a la patria el gobierno que aboliera esta corruptela. El introducir mucha moneda de cobre en el reino no me parece ni útil ni político, pero el reducir los tlacos a una moneda general creo que traería mucho provecho. Era bien fácil el acuñar una porción considerable de esta moneda, graduándola su valor (en lo posible) en razón de su peso, y de modo que nueve tlacos importasen medio real de plata. El cobre debía ser de la mejor ley y los tenderos o comerciantes deberían entregar todo el que tuvieran, bonificando la calidad, con más, los derechos de monedaje, si en esta clase se debieran pagar, y cuando no, el cuño de ella. De esta suerte, los tlacos de un día a otro tendrían un valor excesivo al que hoy tienen y, de consiguiente, el público se vería mejor servido en todas ocasiones, pues siendo moneda común la emplearía según y como mejor le interesara.
PÍLDORA
Señor Pánfilo. Amigo, me dicen que usted recibió muy de mal talante mi papel del sábado 4 del corriente titulado Reflexión patriótica sobre la próxima elección. Me aseguran que usted pateó, gritó, se desesperó y prorrumpió en mil execraciones y anatemas contra su autor. Pero yo, después que lo supe he comido, bebido y reído de su cólera de usted a pierna suelta, porque quien me dio la noticia me informó que usted era un botarate, impolítico, inmoral, incivil, amén de tonto y presumido de... usted me entiende, ¡oh, señor!, dije al oír tales elogios de usted, ¿eso hay? Pues a buen seguro que ese sujeto entienda ni los mandamientos de la ley de Dios. Dígale usted que yo no puedo enseñarlo a deletrear, que en Belem enseñan a cambio de azotes. Esto pasó, señor don Pánfilo. Dé usted mis memorias a sus hermanos don Cándido, don Junípero, don Juan de Buena Alma, etcétera, etcétera, etcétera, y mande a su afectísimo,
El Pensador
IMPRESO. Auto Mariano para representar la aparición de nuestra madre, señora de Guadalupe, por el autor. Se hallará en la Imprenta de Jáuregui, y en los puestos del Portal, a tres y medio reales.(6)
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) tlacos. Voz náhuatl que significa medio, mitad. Moneda que se usó en México en la época virreinal y algún tiempo después por valor de centavo y medio.
(3) Santa Catarina. Cf. t. II, núm. 7, nota 8.
(4) es mano. Mano vale aquí por "caso, cuestión, cosa". Cf. Santamaría.
(5) moneda tlaquearia. Cf. t. II, núm. 18, nota 8.
(6) Auto mariano. Véase el t. II de las Obras de José Joaquín Fernández de Lizardi (Centro de Estudios Literarios, UNAM, México, 1965).