Fábula XVIII(a)

LA ARAÑA Y EL CHICHICUILOTE

 

Una Araña cualquiera

enredaba una mosca, cuidadosa

de que no se le fuera,

teniéndola por útil y sabrosa

para obsequiar con gusto a una arañita

que esperaba a la noche de visita.

Con un hilo y otro hilo

al insectillo ataba diligente,

cuando un buen Chichicuilo

a observarla llegó por accidente,

y haciendo del sensible y compasivo,

así le dijo con acento altivo:

—Araña cruel, tirana;

monstruo de las arañas, fementida;

Araña vil, insana,

¿por qué a esa mosca privas de la vida?

¿Qué te ha hecho la infeliz, en qué te daña,

para que no se libre de tu saña?

¡Ay! ¡pobre animalito!

¡triste de ti, que sufres y padeces

la muerte sin delito!

¡Cuánto en tu situación me compadeces!

¡Quién gavilán o girifalte fuera

para librarte de esa bestia fiera!

—Señor Chichicuilote

—dijo la Araña en tono malicioso—,

admiro que me note

que yo una mosca enrede. Es muy piadoso.

Mas si en mí coger una me condenas,

¿tú por qué te las comes en docenas?

Miróse convencido

de más tirano el Chichicuilo. Calla,

se retira fruncido,

y dice: —No hay qué hacer: aquel que se halla

plagado de delitos criminales

no debe reprehender faltas veniales.

 


(a) Avecilla de pico y zancas largas que en América llaman vulgarmente chichicui lotes. Son pequeños, cazan moscas y mosquitos; son amantísimos al agua, y continuamente se bañan como el pato y el ánsar; su carne es muy gustosa, especialmente asada. Ignoro si en la Europa hay tal ave conocida por otro nombre, o si es particular de estos climas.