LA ABEJA Y EL ZÁNGANO(1)
Ya de las azucenas,
ya de las clavellinas,
dulce néctar chupaba
la oficiosa abejilla;
el zángano envidioso
con fisga la decía:
—Tonta, ¿para qué sacas
zumo a las florecitas?;
si para hacer tu miel,
es cosa que fastidia;
si para cera... ¡vaya
ocupación mezquina!
La lechuza no aprecia
la luz de tus bujías,
ni al jumento le gusta
de tu miel la ambrosía;
con que saco por cuenta
que todas tus fatigas
son, sin ninguna duda,
valientes fruslerías.
La abeja le responde:
—Insecto necio, mira:
con que saco por cuenta
mis panales admita,
de ti y tus semejantes
despreciaré la risa.
Así digo al autor
que, sólo por malicia,
del piojo y las hormigas.
(1)Es ésta la primera fábula conocida de Lizardi. Fue publicada en el D. de M., t. XVI, núm. 2325, viernes 14 de febrero de 1812, p. 179. Motivó esta fábula una anterior que Lacunza insertó en uno de sus artículos contra El Pensador (ibid., t. XVI, núm. 2311, viernes 31 de enero de 1812, p. 121). Transcribimos la composición de Lacunza, que guarda estrecha relación y aclara la de Lizardi:
Hallóse al paso
de unas hormigas
cierto embustero
piojo arbitrista,
para venderlas
mil chucherías
bajo unos nombres
que significan
alguna cosa.
Las simplecillas
para comprarlas
se precipitan,
porque lo nuevo,
entre las mismas,
siempre acalora
su fantasía.
A poco rato,
con ignominia,
notan que es todo
superchería
(pues sólo encuentran
la perspectiva)
paja y sandeces
tal vez mal dichas.
Se dan al diablo,
lloran la intriga,
reconociendo
que sacrifican
sus intereses
a la codicia
del piojo astuto.
Éste, egoísta,
se burla de ellas,
y como se hinchan
sus talegones,
de nada cuida.
¡Cuántos impresos
hoy se publican
que al vulgo halagan
con fruslerías,
más que en el fondo
son sacaliñas
y nuestra patria
desacreditan!
Paréceme excusado prevenir que en la generalidad de la fábula anterior no se comprenden algunos de los impresos a que se contrae; aunque a la verdad son muy pocos. Soy justo y sincero, señor editor, y no tengo embarazo en confesar, que el papel de D. J. F.[ernández] de L.[izardi] Hacen las cosas tan claras, que hasta los ciegos las ven, publicado recientemente, es uno de los menos malos de este autor; y aun estoy por decir que, quitando uno que otro escrupulillo, es bueno en su clase. Esta mi ingenuidad es tanto más sincera, cuanto que el citado D. J. F. de L. publicó días pasados, en mi contra, el papel quien llama al toro, que sufra la cornada, cuya contestación mandé a usted oportunamente, y ha tenido la bondad de empezar a publicar en su Diario, núm. 2302. Batilo.
(a)Como don J[uan] M[aría] L[acunza], o sea Batilo, el Inglés, Canazul o lo que quiera, mantiene conmigo la tela literaria desde 1811, debo creer sin duda que a mí dirigió la fabulilla de El piojo y las hormigas (estampada en el núm. 2311 o día 31 del pasado enero). Dije que está impropia; no sé si me expliqué bien: digo que esta despilfarrada, insulsa, fría, no conforme a las reglas del arte; es más bien sátira que fábula. Si en mi papel hacen las cosas tan claras que hasta los ciegos las ven, hay escrupulillos, según D. J. J. F. D. L., que lo constituyen malo, en su fábula Hay pecados mortales que la constituyen nefanda.