JUSTO TRIBUTO A COPPINGER Y AVISO
A FERNANDO VII(1)
Honor de las naciones ilustradas es rendir homenaje a la virtud donde se encuentra, y faltaríamos a tan justo deber si no consagráramos unos cuantos rasgos de nuestra pluma a la memoria del último gobernador español en Ulúa,(2) el benemérito brigadier Coppinger,(3) quien en medio de su desgracia acaba de dar a los hijos de Marte el más admirable ejemplo de heroicidad, honradez, valor y filantropía en el acto de rendir la fortaleza.
Fiel servidor de su amo, sostuvo hasta el último momento sus deberes; pero estrechado, como pocos generales, de la hambre más voraz y de la peste(4) más asoladora, capituló con la plaza de Veracruz(5) y entregó el castillo, llenas sobradamente las condiciones de la ordenanza, convertido en hospital, por no abandonarlo como un silencioso cementerio.(6)
Como la mayor parte del público ignora las apuradas circunstancias en que se vio este buen general, creemos hacerle un obsequio en instruirlo de ellas, según que nos informan de Veracruz con fecha de 23 del pasado.
“El número de muertos que hubo en el fuerte, desde agosto hasta el día de la bajada de los enfermos a tierra (es decir, en tres meses), ha sido de trescientos cuarenta y tres hombres; la hambre llegó a tal punto, que un huevo valía cuatro pesos,(7) un gato ocho y diez, un perro cuatro o seis, y un pobre caballo que tenían muy gordo con el verde de la puntilla, le llegaron a hacer su consejo de guerra para matarlo, de cuya sentencia lo escaparon los facultativos, haciéndoles ver que así por la calidad de su carne como por el estado de debilidad en que se hallaban, morirían en comiéndola.
“En fin, una gallina valía veinte pesos, y concluyeron con los ratones, pagándolos a tres y cuatro pesos. Los enfermos que a la fecha hay en el hospital son ciento ochenta hombres, entre ellos el comandante de artillería.(8) Los capitulados que han salido del castillo para embarcarse son ciento ocho, pero se han pasado en el acto como veinte tantos. El bergantín nuestro de guerra, el Victoria,(9) convoyará los capitulados hasta La Habana; Coppinger lleva en rehenes a Barbabosa(10) y Ciriaco Vázquez.(11) Luego que estuvieron a distancia de tres millas de la bahía, el bergantín que conducía al exgobernador, conforme a los tratados, se arrió el pabellón español, al saludo de veinte y un cañonazos que hizo la plaza y fuerte; y se mantuvo, así sin izarse el nuestro, hasta que llegó la escuadrilla a las mismas tres millas; entonces, el mismo señor Barragán(12) enarboló nuestro pabellón al saludo de veinte y un cañonazos. Todas las fuerzas de mar y tierra lo continuaron por cada cuarto de hora, hasta haber tomado posesión el general y tropa nuestra, lo que duraría como dos horas. Las músicas, repiques y todo ha sido brillante, reinando el mejor orden, etcétera.”
Por lo dicho conocerá el lector la extrema necesidad en que se vio Coppinger de capitular con Veracruz. La proclama que dirigió a sus soldados, es un testimonio curioso de su carácter, y debe transcribirse para que la examinen los lectores. Dice así:
“Proclama a los restos de la benemérita guarnición del castillo de Ulúa,
su gobernador, el brigadier de los reales ejércitos
don José Coppinger
“Soldados: el motivo que me obliga a dirigiros la palabra es demasiado sensible para todos; lo conozco, pero cuando los males y vuestros sufrimientos llegan a ser insoportables, necesario es poner coto y no mirar con indiferencia la humanidad afligida. Vuestra resignación hasta el día, después de diez meses de trabajos y privaciones, sin la más remota esperanza de alivio, ha tocado en lo infinito; habéis visto desaparecer, por la fatal epidemia escorbútica, a más de trescientos de vuestros camaradas, paisanos y amigos, a quienes las balas respetaron en centenares de batallas y acciones parciales; y veis el resto, postrado por el mismo mal en los hospitales, esperando de momento en momento igual suerte y aún con mayor aceleración por la falta total de alimentos y sirvientes, sin que todo esto nos haya hecho olvidar nuestros sentimientos de honor; del contrario, cuando habéis visto que vuestros dignos jefes y oficiales han partido con vosotros las fatigas, habéis observado sus virtudes imitando su ejemplo, redoblando la vigilancia; esta conducta será un nuevo testimonio a la Europa, que teniendo clavados sus ojos sobre este pequeño y aislado recinto, verá que capitulasteis en el último extremo, y admirando vuestra constancia dirá: ¡al fin son españoles! Sí, compañeros de armas, yo me glorío, a pesar de la amargura de que está herido mi corazón, de haber sido vuestro jefe, y como tal no me olvidaré de manifestar al rey nuestro señor (que Dios guarde), lo digno que os habéis hecho de una mirada paternal, no para que sirva de estímulo, sino para eternizar en la historia vuestro valor y sufrimiento, del que siempre será admirador vuestro jefe. José Coppinger. Castillo de San Juan de Ulúa, noviembre 18 de 1825.”
Aquí no reluce sino el honor y la filantropía, con su punta de arrogancia natural española. La capitulación manifiesta bien el noble orgullo de Coppinger, especialmente en el artículo cuarto, en el que parece que impone la ley a los sitiadores, pues dice: “Hasta que la fortaleza no esté evacuada, y a la vela los buques que conduzcan la guarnición, no entrará la de los bloqueadores, ni se enarbolará otro pabellón que el español; y sólo los jefes e individuos que deban hacerse cargo de ella y de sus diferentes ramos, entrarán a este efecto luego que se cierre y ratifique esta capitulación; con la precisa condición (nótense bien éstas) de que en el acto de arriar el pabellón español, será saludado por la fortaleza y correspondido por las baterías de esta plaza.” ¿No es esto obligar a los vencedores a honrar su pabellón hasta en el acto de rendirlo?
Los artículos 6o y 7o manifiestan igual carácter. El primero dice: “que a los paisanos existentes en el castillo se les conservarán sus haciendas, privilegios y demás prerrogativas; y... no serán inquietados, ni se les hará cargo por sus opiniones políticas o cualquier delito que pudiesen haber cometido antes o en el discurso del sitio.”
Esto es conceder un indulto amplísimo a los suyos el general vencido. Nuestras Cámaras no han tenido a bien imitarlo, sin embargo de que no puede haber motivo más plausible ni estimulante.
El artículo 7° dice: “que a los sitiados se les admitirá la entrega que hagan de municiones, armas, etcétera, bajo su buena fe, sin otro escrúpulo ni averiguación.” Generales de esta clase deben ser apreciados y respetados, no sólo de sus tropas sino de sus reyes o gobiernos.
Pero vos, señor don Fernando de Borbón, ¿seréis capaz de estas gratas consideraciones? ¡Ah! Plegue a Dios que don José Coppinger y nuestros pobres rehenes no corran en vuestro poder la suerte que los desgraciados Quiroga(13) y Empecinado.(14) Mas ya no hay qué esperar en dominarnos: se ha roto de una vez la miserable argolla que pendía de vuestro gobierno en esta tierra. Entreteneos en leer esas décimas que me franqueó un amigo, para que veáis la serenidad y confianza con que esperamos las resultas de vuestra augusta cólera:
Ese castillo que ves
es el que impone la ley
al imperio mexicano.
Cuando este pasquín salió
en la heroica Veracruz,
dije: ¿si será andaluz
Mucho que reír nos dio
ese orgullo y altivez;
mas como lo que ahora es
otro día ya no será,
bloquearlo, que hay [sic] se dará
ese castillo que ves.
Sus uñas trató afilar
de nuevo el león(17) desterrado
cuatro años, esperanzado
en volver a manotear.
Para jamás tolerar
restos del poder hispano.
Victoria, del seno ulano
lo lanza y muy triste va,
en medio del mar océano.
Han ya desaparecido
de Castilla los pendones;
y os lleva tristes razones
Coppinger adolorido.
¡Cómo será recibido
por aquella servil grey!,
y dirá Fernando el rey
al ver que el fuerte perdió,
¿conque, por fin, ya éste no
es el que impone la ley?
No señor, murióse ya
toda la esperanza ibera;
sombra de lo que antes era
ya no es, ni a ser volverá.
Reconocer deberá
la Independencia (esto es llano)
de un pueblo republicano
que su libertad colmó,
después que el cetro quitó
al imperio mexicano.
Conque no hay que perderlo todo. Volved sobre vos y sobre la infeliz España que tenéis reducida a la miseria, aprovechando el caritativo aviso que voy a daros: reconoced nuestra Independencia y entablad con las Américas relaciones de amistad y comercio; de lo contrario, esperad que la España exacerbada con vuestra crueldad y mala política, os quite la cabeza en un suplicio. Yo no lo deseo, pero lo temo.
Por todas partes no se oyen sino quejas contra vos, los periódicos abundan de anécdotas horrorosas que os dibujan con los más vivos colores, y vuestro mismo deudo, el infante don Carlos(19) se prepara para derribaros del trono.
En toda la Europa y América os burlan y detestan vuestra criminal existencia. A vos solo se atribuyen todas las desgracias que afligen a la infeliz España. Vos sois la causa de todos los furibundos partidos que la dividen; vuestra corona está muy vacilante, y con el peso de la ignominia que la cubre, puede venir a tierra junta con vuestra cruel cabeza.
No eran tan odiosas ni delincuentes las de Luis XVI de Francia, ni la de nuestro Iturbide,(20) y ya visteis lo fácilmente que cayeron. ¿Qué esperáis vos, cuyos hechos inmorales y tiranos os han granjeado los títulos de Heliogábalo y Nerón del siglo?
Temed y temed más, cuando advirtáis que no tenéis amigos que os amen, sino esclavos que os teman; pero advertid también que el sufrimiento y el temor tienen sus límites, y que el sumo despotismo conduce a los pueblos a la libertad.
Conque o tomad mis consejos o huid a los desiertos, porque vuestra vida está muy mal segura.
México, diciembre 3 de 1825.
El Pensador.
SUBSCRIPCIÓN A FAVOR DE EL PAYO DEL ROSARIO(21)
Sin meternos a sostener las opiniones de este escritor, ni menos en criticar las operaciones del gobierno, creemos únicamente de nuestro deber el considerar a El Payo del Rosario como a un hombre que por una parte ha dado repetidas pruebas de su patriotismo, y por otra se halla en el día envuelto en la desgracia, confinado a un destierro, sin recursos, en la última miseria, y en la misma, sepultada su familia.
La desgracia, como saben todos, es una recomendación muy especial a favor de los que la padecen. En este caso, el hombre de bien no debe distraer su vista sobre las cualidades, buenas o malas, del infeliz, sino contraerla únicamente a su estado; y si éste es un deber general que obligue distintamente a todos los hombres, ¿cuánto más no obligará a los que tienen con el desgraciado relaciones de parentesco o amistad?
El Payo del Rosario tiene aún bastantes amigos en México; y es muy creíble que le presten los socorros que puedan, así para que él se alivie en su destino, como para que cuente con algún auxilio en México su pobre familia.
Animado de esta esperanza, he pensado abrir una subscripción a su favor, como desde luego queda abierta en la Alacena de don José Sánchez,(22) Portal de Mercaderes,(23) donde se recibirán las cantidades con que mensualmente quieran contribuir los amigos de El Payo a su beneficio. Hay algunos amigos ya comprometidos para ello; pero como los más ignoran esta resolución, se les avisa para los fines consiguientes.
Como la necesidad es urgente, el plazo no debe ser dilatado. Estamos en principios del mes, y es tiempo oportuno para comenzar esta buena obra.
El Pensador.
(1) Oficina del finado Ontiveros [Cf. nota 1 a La tragedia de los gatos...].
(2) Ulúa. Cf. nota 55 a Impugnación que los gatos...
(3) José Coppinger. El general José Dávila fue sustituido por Francisco Lemour, y éste por el brigadier José Coppinger en el castillo de San Juan de Ulúa, último reducto de los españoles en México después de la Independencia.
(4) La peste era de escorbuto. “Hay mucha miseria y escorbuto por los malos víveres.” “Si es cierta la relación de [...] Ulúa la peste devoraba la guarnición, los muertos diarios eran cuatro a siete.” Diario histórico de Bustamante [noticias del 9 de agosto y 5 de octubre de 1825], op. cit., t. III, vol. 1, pp. 116 y 140.
(5) Veracruz. Cf. nota 53 a Impugnación que los gatos...
(6) Desde mayo de 1824 el gran número de enfermos de escorbuto dificultó que los españoles prolongaran su resistencia, después de que las fuerzas españolistas capitularon, el 19 de noviembre de 1825, los enfermos fueron trasladados a Veracruz.
(7) pesos. Cf. nota 4 a Mañas viejas...
(8) comandante de artillería. Anteriormente había sido Francisco Lemour o Lemaur. Ya en la noticia del miércoles 8 de diciembre de 1824 se supo que “Lemaur quedaba enfermo en el Castillo y que en él ha habido revueltas entre la guarnición por la severidad con que se conduce en el castigo de los que pretenden fugarse para la Plaza de Veracruz.” Bustamante, Diario histórico de México, op. cit., t. II, p. 167.
(9) Victoria. El 16 de agosto Sáinz de la Baranda, a la sazón comandante del Departamento de Marina y de la escuadrilla nacional, reorganizó esta última empleando los mejores buques; quedó formada por la fragata Libertad, por las balandras Tampico, Papaloapan, Chalco y Orizaba, por el pailebote Federal, y por los bergantines Victoria y Bravo. Según datos desde el 21 de noviembre Coppinger y su estado mayor habían embarcado en el Victoria rumbo a La Habana.
(10) Mariano Barbabosa. Fue uno de los firmantes del Extracto de las sesiones del Congreso en el que se declaró a don Agustín de Iturbide fuera de la ley. Fue enviado como rehén, junto con Ciriaco Vázquez, en cumplimiento de las estipulaciones; paralelamente dos oficiales españoles permanecieron en Veracruz.
(11) Ciriaco Vázquez (1794-1847). Militar veracruzano. Sirvió al gobierno español de 1809 a 1821, cuando se adhirió al Ejército Trigarante; combatió en Ulúa (1822). En 1832 obtuvo el rango de general de brigada. Murió en la batalla de Cerro Gordo. Póstumamente fue nombrado general de división.
(12) Miguel Barragán. En las Conversaciones del Payo y el Sacristán núm. 14 del t. III, Fernández de Lizardi reproduce la noticia de El Sol (1º de mayo de 1825) sobre el movimiento sedicioso en la isla de Sacrificios: el 24 de abril, al toque de retreta, del regimiento número 9 gritaron ¡viva España! Fueron arrestados los oficiales. “El general Barragán, que se hallaba en Veracruz, ocurrió con tropas de la guarnición de esta plaza a reforzar el rumbo de Mocambo. En la tarde del 25, el capitán Bringas logró hacer obedecer de los revoltosos [...]. El general Barragán hizo pasar inmediatamente a la isla con refuerzos de tropa al coronel Barbabosa, y a las diez de la noche del 25 todo estaba tranquilo.” Obras V, op. cit., pp. 398-399. Miguel Barragán (1789-1836) fue comandante general de Veracruz y concretó la capitulación de los españoles. Llegó a ser presidente de la República (28 de enero de 1835 al 27 de febrero de 1836).
(13) Antonio Quiroga.Cf. nota 13 a Defensa de un gachupín...
(14) Martín El Empecinado. Este labrador español se hizo soldado y se enlistó en el Regimiento de Caballería de España en la guerra de Francia. Su valor y conducta ejemplar le granjearon el afecto de todos. Cuando la invasión de los franceses, en abril de 1808, proclamó la libertad e independencia nacional; proclamada por primera vez la Constitución de 1812, Martín y sus tropas la juraron. En Alcalá de Henares, en 1813, se había levantado una pirámide en su honor y de sus tropas, que fue derribada en 1816 porque le pidió a Fernando VII el restablecimiento de la Constitución. Fue desterrado de la Corte y destinado a Valladolid. Estimulado por Lacy y Porlier secundó la sublevación de Riego. El 22 de noviembre de 1823 fue preso en la cárcel de Roa; se cometieron varias crueldades con él, llegando a exponerlo públicamente en una jaula. Murió peleando al ser conducido al cadalso. Un grupo de liberales llevaron sus restos a Burgos y le dedicaron un monumento.
(16) gasconada. Cf. nota 5 a A ti te lo digo...
(17) león. Cf. nota 44 a La tragedia de los gatos...
(18) sulcando. “Lo mismo que surcar, que es como mas comunmente se dice, aunque esta voz es mas conforme á su origen, del latino Sulcare.” Dic. de autoridades.
(19) infante don Carlos.Cf. nota 48 a La tragedia de los gatos... y nota 17 aRespuesta de El Pensador...
(20) Iturbide. Cf. nota 17 a La tragedia de los gatos...
(21) Payo del Rosario.Cf. nota 52 a Qué mal hará...
(22) Alacena de don José Sánchez. De la cual Lizardi habló en Hemos dado en ser borricos y nos saldremos con ello (Obras XI, op. cit., pp. 495-499).
(23) Portal de Mercaderes. Cf. nota 2 a La vieja de la jeringa...