JUANILLO Y EL TÍO TORIBIO
Lunes 28 de febrero de 1814(1)
TORIBIO: Hijo, ¡qué milagro!, cuánto ha que no te vemos. ¿Dónde has ido estas noches que no has aparecido por acá?
JUANILLO: Al Coliseo, tío.
TORIBIO: Te habrás divertido mucho.
JUANILLO: Y también me he incomodado bastante.
TORIBIO: Pero, ¿por qué, hijo?
JUANILLO: Como ¿por qué? ¿Pues qué no sobran en el Coliseo motivos justos de incomodidad, capaces de desabrir al espectador más jovial?
TORIBIO: Yo, como tantos años hace que no visito ese corral, ignoro cuáles sean esos motivos de que te quejas.
JUANILLO: Pues yo, tío, por mis pecados he tomado un asiento en la luneta, y por no gastar mi dinero en balde, tengo que sufrir las majaderías de dentro y fuera del telón todas las noches.
TORIBIO: ¿Pues tan infeliz es el estado de nuestro singular Coliseo?
JUANILLO: Sí, tío, necesita de mucha reforma nuestro teatro por activa y por pasiva.
TORIBIO: Explícate.
JUANILLO: Pues oiga usted. Un carácter mal sostenido, una falta de propiedad en la acción, un afecto mal expresado, una voz ronca o lánguida, etcétera, son defectos propios de este o aquel actor, y de esta o la otra cómica. Pero es constante que entre ellos y ellas tenemos algunos que se esfuerzan cuanto pueden por agradarnos y es también innegable que lo consiguen muchas noches; y así a cambio de la gracias del señor Luciano,(2) de la expresión del señor Amador,(3) de la dulce voz de la señora Montenegro,(4) podemos perdonar las faltas naturales y de enseñanza que suelen disgustarnos en otros; mas yo jamás perdonaré la mala disposición de los que dirigen el teatro, porque no encuentro disculpa para perdonar aquella insípida elección que tienen para darnos las piezas más mohosas y ruines y que no tienen ya lugar sino en el Coliseo de México, habiendo tantas modernas, exquisitas y sujetas a las reglas del arte, por ejemplo, nos presentan La fuente de la judía,(5) El anillo de Giges,(6) El diablo predicador,(7) El diluvio y otras que son propias para divertir muchachos e ignorantes, y se olvidan de tantas piezas cómicas y trágicas que hay modernas, en los que resplandece la elegancia del estilo, la dulzura del verso, la naturalidad de la fábula y la delicadeza de la sátira moral...
TORIBIO: Espérate. Yo creo que tú no lo entiendes, porque he oído celebrar mucho el parto del caballo en la de Giges, el vuelo de la hechicera en La Genoveva, las gracias de fray Antolín en la del Diablo misionero y sobre todo, sobre todo la admirable pieza del Diluvio. Ya digo, yo no las he visto, pero muchos que las han visto, se hacen lenguas en sus elogios.
JUANILLO: ¡Tales serán esos muchos! Yo sí he tenido la desgracia de asistir a semejantes títeres y por eso hablo tan mal de ellas. La tal comedia del Diluvio me dejó hostigado hasta el copete. No he visto porquería igual; lo único bueno que tuvo fue que desempeñó muy bien el título desde que comenzó hasta que acabó, porque toda ella fue un diluvio de mentiras, impropiedades y tonterías; a más de un diluvio de reatas que nos presentaron dizque para figurar el aguacero. Yo, cuando vi descolgarse tantos mecates, creí que era llegada la hora de los cómicos y que iban a morir ahorcados en pago de sus despropósitos, y movido de mi piadoso natural iba a gritar: No, por Dios, dejen a esos pobres y no les den tan semejante muerte, que está prohibida en nuestro Código; fuera de que estos señores no tienen la más ligera culpa en el particular. Ellos, según su contrata, han de representar la comedia que les mandan, sin meterse a inquirir si es buena o si es mala. Así iba a prorrumpir, cuando uno de los que estaban a mi lado, me dijo: serénese usted que esos lazos no pronostican muertes ni garrotillos, sino que los cuelgan y mueven para representar el aguacero y para lo mismo se suenan esos cueros de toro que usted oye y ese ayacaxtle(8) o teponaxtle(9) que quieren remedar el ruido del agua. ¡Válgame Dios! -exclamé- y ¿por qué nos dan estos sustos a los espectadores? ¿No fuera mejor que al lado del teatro hubiera un comentador que nos estuviera diciendo: esos mixtos de pólvora y alquitrán son los rayos, ese ayacaxtle es el ruido del agua; esos lazos son el agua misma, etcétera? Y no que como la apariencia representa cosa tan distinta con el objeto que se quiere figurar nos exponemos los espectadores no sólo a las dudas, sino a otros temores más funestos. Finalmente, yo pasé el rato lleno de incomodidad, y me prometí no volver a tal pieza, así cayera en efecto otro diluvio y no hubiera más arca en qué salvarme que la del Coliseo.
TORIBIO: Pero, hijo, los directores del teatro son disculpables de estas faltas en razón de su interés. ¿En qué comedias se llena más el Coliseo de gente que en éstas?
JUANILLO: Pero ¿de qué gente, tío?, de mujeres y plebeyos vulgarísimos e ignorantes; pero de gentes de una mediana instrucción, poca concurre a semejantes zambras.
TORIBIO: Es verdad, pero al asentista ¿qué cuidado se le da de esos dengues? A él lo que le importa es la plata, déla quien la dé y venga como viniere.
JUANILLO: Eso es ver más bien por su particular interés que por la ilustración de la patria.
Por tanto, yo soy de opinión que siendo los teatros las escuelas de las costumbres y los gimnasios de la ilustración popular, y careciendo tanto de semejantes academias nuestro México, a nadie tocaba tomar el asiento del Coliseo sino al nombrado Ayuntamiento, por dos razones: la primera, porque le resultaba el beneficio de hallar en su fondo aquella utilidad que percibe un asentista(10) mercenario, la que pudiera servir para el socorro de algunas necesidades públicas, y la segunda, porque ya que disfrutan los capitulares de la confianza del pueblo que los colocó en esas honoríficas plazas, correspondieran a ella[s] procurando su ilustración, su diversión y su enseñanza por medio del teatro, desterrando de él esas paparruchadas que repugnan los sabios, murmuran los extranjeros, y ayudan a idiotizar más y más a la plebe, porque le enseñan mentiras y necesidades que creen a la par de los artículos de la fe, y más cuando saben que lo que se representa en el Coliseo pasa por la censura de uno que suponen(a) es sabio, e ignoran que a éste no tanto le toca dar su parecer sobre el buen gusto, cuanto sobre lo tocante al dogma, costumbres y a las regalías de la nación.
TORIBIO: Todo lo que dices es verdad; pero no es mentira que los cómicos, por la mayor parte, es gente vulgar e ignorante, y así nunca se podrán librar de la justa censura que debe recaer sobre ellos por sus faltas particulares, y así era menester que estas plazas las ocuparan personas instruidas y de una regular educación; ¿pero cuál de éstas (si no muy rara) querrá sujetarse a un ejercicio tan vilipendiado?
JUANILLO: Usted mismo puso la dificultad y dio la solución. Este vilipendio con que se ve a los pobres cómicos es la causa de la decadencia de los teatros; pero yo (salvando el respeto debido a las leyes de la materia) creo que este desprecio es una preocupación apadrinada solamente por la antigüedad y lo he de probar con algunas razones.
Se continuará
BOFETÓN AL GARROTERO
del Diario 20 de febrero de 1814
Señor Mexicano: Ya van tres con usted que salen al público a hacer dos papeles que en la vida desempeñarán y son de literatos y patricios, y por cierto que lo más que han hecho es acreditarse de ignorantes. ¡Ojalá se usara en mi tierra el ostracismo!, que ya vería usted y sus compañeros los pocos votos que sacaba su opinión rastrera y tontamente apasionada; pero así como a tres en la presente disputa como a trescientos; para todos habrá como no arrebaten. Lo único que siento es no poder explicarme con la libertad que quisiera y que los más de mis paisanos (aun de traje decente y con títulos, acaso huecos, de bachilleres, licenciados y doctores sean tan desaplicados a leer los papeles públicos, quedándose por esta razón tan bobos como siempre en unas materias tan generalmente interesantes). Esto siento, pero no que usted y diez o doce como usted y sus confabulantes empuñen sus péñolas débiles contra mí; porque más le darán que hacer a la prensa para estampar sus desatinos, que a mí para responderlos.
Esto no es vanidad; es afecto de la razón que me asiste y advierta usted y sus pobres compañeros, que lo que también siento es haberme de ver en la precisión de ir desecando el cadáver hediondo de nuestros vicios cívicos, porque aunque no quiera, yo debo ir haciendo ver los grados de ignorancia, desunión, prodigalidad, etcétera que afectan característicamente a los más de nuestros paisanos.
Usted y los necios cooperadores de una injusta defensa han creído atraerse con esta quijotada la voluntad de mis compatricios, pero cuando algo consigan, serán los asquerosos sufragios de unos cuantos botarates desnudos de lógica, de verdad, de justicia, y lo peor de todo, del verdadero amor patrio, que consiste en no lisonjear los vicios de los paisanos, sino en manifestárselos llanamente o ponérselos en ridículo para que los detesten y se enmienden.
Todo esto tiene cara de introducción. Quiero ya darle a usted su bofetón.
Me copia usted un párrafo de Hekel(11) para probarme que el vulgo de mi tierra es igual al vulgo de Francia y de todo el mundo. ¡Proposición absurda que no se deduce de las palabras de Hekel, y que si él quisiera decirlo, a él mismo lo refutaría! ¿Acaso Hekel es algún santo padre cuya decisión es infalible? No por cierto: fue un hombre miserable sin la especial asistencia de la revelación de Dios, sujeto como usted y como yo a trastabillar en sus asertos. ¿Por qué, pues, yo he de sujetar mi entendimiento a sus opiniones? Esto fuera bestialidad el pretenderlo, así como fuera en mí querer que todos se conformaran con mi dictamen sobre ninguna cosa.
Pero el autor que usted cita está muy lejos de sostener el disparate que usted quiere, esto es: que todos los vulgos son iguales; mírelo usted probado con su mismo autor. Usted escribe que él dice: "Ese débil vulgo, cuyo gran número de individuos en casi todas las naciones envejece entre su grosería natural", etcétera. Si como dice en casi dijera en todas, a lo menos lo hubiera usted citado con oportunidad; pero aquel casi del autor es exclusivo del todo el mundo de usted y entre una proposición limitada a una absoluta hay su diferencia; mas usted ni fue capaz de advertir cuanto quiso decir el autor que cita con su casi.
Usted me trata de necio, pero usted sabihondo de mis pecados ¿por qué no sabe siquiera dar a las palabras el propio valor que merecen en su idioma original? Su autor de usted dice casi, y usted a ese casi le da el valor de todo el mundo; ¡oh, que es usted más liberal que Alejandro!
Sapientísimo Mexicano ¿quién le ha dicho a usted ni le ha enseñado que porque en todo el mundo haya vulgo, y porque todo el vulgo es ignorante, haya de ser tal en el mismo grado de vulgaridad e ignorancia? Es usted un filósofo raro, y argumentista intolerable; ¿con que porque los enfermos que están en San Hipólito(12) son locos, diremos que todos tiene igual grado de locura? No señor, hay locos de remate, hay otros que dan esperanza; unos mansos, otros de atar, etcétera. Así son los vulgos, todos son ignorantes, es verdad; pero no todos en igual grado de ignorancia, y así en usted no sólo es ignorancia sino necedad decir que el vulgo de Francia es tan vulgo como el de América. Los extranjeros que viven con nosotros, y nosotros los que hemos tratado con algunos vulgares de Inglaterra, Francia, Rusia, etcétera, hemos de reír esta hinchada afirmación de usted, hemos de creer que no ha salido de las garitas de México, y hemos de creer que no ha tratado sino con los aguadores de México y por lo mismo lo hemos de tener por un botarate incapaz de hablar con tino en la materia.
Sépase usted que los vulgos de la Europa civilizada pueden ser maestros de nuestro vulgo tosco; no me desdigo, el vulgo de mis Indias es el vulgo de los vulgos de las naciones civilizadas.
Señores, los que habéis andado mundo, decidle a este Mexicano si tendrá comparación una tortillera nuestra con una pasiega de la España y si podrá compararse el despejo, el raciocinio y la semifinura de un labrador francés, de un anglo-marinero, de un artesano inglés con la cultura (diré barbaridad) de uno de nuestros cargadores, aguadores y cuchareros.(b)
Pero para que vea cuán necio es, sólo le pido que me responda ¿por qué un animal de México, esto es, un cochero, un carretonero, u otro de tantos que ni pueden hablar con nosotros por su rudeza, porque, digo, tratan de payos a los vulgares de los pueblos, sino porque están satisfechos de que son más hábiles que ellos, y aunque con intrigas la convencen? Conque si en un mismo país hay vulgos más tontos que otros vulgos, ¿cómo ningún mexicano necio ha de persuadirnos que todos los vulgos son iguales en ignorancia? Agradezca usted que no hay papel, ni mi impresión se coquea(13) en el Diario; si no oyera con más extensión y robustez la pluma de El Pensador.
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) señor Luciano. Luciano Cortés. Actor que formó parte de la compañía del Coliseo Nuevo. Representó el 11 de abril de 1806, El unipersonal de las contradanzas; el 24 del mismo mes representó el papel de gracioso en el Galeote cautivo.
(3) señor Amador. José María Amador. Formó parte de la susodicha compañía. En la temporada de 1807 a 1808 tuvo el papel de primer galán.
(4) señora Montenegro. Agustina Montenegro. Formó parte de la Compañía del Coliseo Nuevo de 1806 a 1807. Actuó como segunda dama en la temporada de 1806 a 1807. En 1810 era ya primera dama.
(5) Fuente de la judía. Obra presentada en septiembre de 1806. Su título completo es El encanto de los celos o La fuente de la judía.
(6) El anillo de Giges. Obra presentada en octubre de 1806.
(7) El diablo predicador. Comedia en tres actos en verso, Barcelona, 1764. Se supone que el autor era Luis de Belmonte Bermúdez, quien se inspiró en Fray Diablo y el diablo predicador de Lope de Vega.
(8) ayacaxtle. Variante de ayacaste. Planta cucurbitácea cuyo fruto seco sirve de sonajería a los niños. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(9) teponaxtle. Instrumento músico de madera en forma de cilindro hueco. Cf. Cecilio A. Robelo, Diccionario de ztequismos, o sea Jardín de las raíces aztecas. Palabras del idioma nahuátl, azteca o mexicano, introducidas al idioma castellano bajo diversas formas. 3ª ed., México, Ediciones Fuente Cultural, s. a.
(10) asentista: el que hace asiento o contrata con el gobierno o público para la provisión o suministro de víveres u otros efectos del ejército, armada, presidio, plaza, etcétera.
(a) Esta voz, suponen, la añadió el señor censor por su modestia; pero debemos hacer justicia debida a su mérito. Pensador.
(11) Hekel. Hekel escribió Recreos morales del ciudadano Hekel sobre los asuntos más importantes al hombre, libro que tradujo del francés el doctor Marqués y Espejo.
(12) San Hipólito. Hospital para dementes. Cf. t. I, núm. 11, nota 3.
(b) Con esta voz vulgar se significan los ladronzuelos de a por menor.
(13) coquea. De coquear: destrozar la honra ajena. Hablar de otro en forma maldiciente. Cf. Santamaría, Dic. mej.