JUANILLO Y EL TÍO TORIBIO
Lunes 8 de noviembre de 1813(1)
JUANILLO: ¡Hola, tío...! Eh, señor don Toribio, acá lo somos de usted; guarde la bolsa y hable a su sobrino Juanillo...
TORIBIO: ¡Muchacho! ¿Qué haces? ¿Quién te había conocido? Como estás disfrazado no pensé que eras tú. ¿Y qué te ha sucedido, que has variado de traje tan de repente?
JUANILLO: ¿Cómo qué me ha sucedido? Que tomé el consejo de usted y le dije a mi padre lo que usted me dijo, de que los pobres del estado medio la pasan peor que los de la última plebe, porque están en la dura necesidad de sostener casa, traje y decencia, nada compatible con sus facultades; y que así, era prudencia despojarse uno mismo y de grado de aquellos muebles y adornos postizos, que antes pueden serles perjudiciales que benéficos, y no esperar a que la fortuna (que jamás es permanente en su favor) se los quite por fuerza. Mi padre, convencido de esas verdades, tratando de darme gusto y no mortificar a mis hermanos, me respondió: "Hijo, yo no me opongo a la máxima racional de tu tío. Me parece muy bien el que el hombre se desnude no sólo de sus pasiones, sino de los estimulantes de ellas, antes que los tiempos, con sus continuas vicisitudes o mudanzas, lo hagan arrepentirse de no haberlo hecho con oportunidad, y entonces se vea obligado a hacerlo sin mérito alguno. Por tanto, si tú quieres abrazar el consejo de Toribio, te permito mi licencia para que elijas a tu gusto el modo de vida y traje que te acomode. Aunque yo quisiera que tus hermanos fueran de la opinión de tu tío, no me atrevo a aconsejárselos, porque no digan que yo, por ahorrar de gastos los pretendo seducir, inclinándolos a una mudanza igual de vida. Ellos están entusiasmados con su nobleza y caballería, y más fácil será sujetarlos a no salir nunca a la calle que a vivir en accesoria, ni vestir a lo campestre, ni sin lujo. Tú sí tienes mi aprobación para hacer lo que te parezca en el particular." Esto me dijo mi padre.
TORIBIO: ¿Y tú, qué hiciste?
JUANILLO: ¿Qué? Al instante tiré la chaqueta noramala y los pantalones también, y me encajé mis botas de campaña...; mírelas qué buenas, tío: y mis calzones de cuero y mi cotón, y mírelo hasta con sus borlitas, y todo ello le costó a mi señor padre menos que la maldita chaqueta, porque, tío, ¡Jesús, cómo está todo! Sólo de botoncitos, cordoncito de plata y hechura le importó como veinte pesos, fuera del paño. Conque mire usted qué bien dice y qué bien he hecho yo en deshacerme de estos muebles condenados y en ahorrarle a mi padre esos gastos ociosos.
TORIBIO: Cierto que ahora te has vestido, como dice el vulgo, de pechera y manga;(2) mas ¿no ves que dirán que eres insurgente porque has tirado la chaqueta?
JUANILLO: Ésas son simplezas de tontos. El hábito no hace al monje.
TORIBIO: Sí, pero otro refrán dice: vístete como te llamas...
JUANILLO: Pues yo quiero llamarme payo y no ciudadano, y así, es preciso que vista según los payos o gente del campo.
TORIBIO: En parte dices bien: conveniunt rebus nomina saepe suis.
JUANILLO: ¿Qué es eso, tío, que dice usted?
TORIBIO: Que las más veces convienen los nombres a las cosas que los tienen, y así, tú haces bien de vestirse de payo, si ésa es tu vocación.
JUANILLO: Yo sí, tío; me voy al campo a trabajar en las siembras, en el ganado y todo..., porque yo he leído en un autor inglés, que creo que se llama Buchán,(3) que la felicidad es imposible esperarla de la ciudad, sino viene del campo. Y así, payito soy y campo me llamo, pues no hay como andar a caballo todo el día, colear los toros, ordeñar la buena lecha amamantada, corretear, torear, travesear, andar limpio o puerco, greñudo o peinado; pero harto de comida y a gusto, tío, a gusto, sin que tenga uno quien le diga ¡so!, ni ¡arre! Y no en la ciudad que todo se vuelve respetos, miramientos, hambre y faramallas entre los cortesanos. ¡Ah, fucha en la vida de la ciudad, tan melindrosa y arrastrada en los ricos y en los pobres! Aquellos todos se vuelven etiquetas y monadas, y éstos, piojos y desesperación.
TORIBIO: Cada día te quiero más, Juanillo, por tu viveza y resolución. Ésta de ahora te la alabo mucho y te la envidio. ¡Dichoso tú!
JUANILLO: Vámonos, tío.
TORIBIO: ¡Ojalá, hijo, ojalá y yo pudiera acompañarte! Pero esta familia, esta familia son unos grillos terribles para los pobres.
JUANILLO: Deje a mi tía y a mis primas; Dios no falta. Vámonos. Nos acomodamos en alguna hacienda con un mayordomo, pues, no con cualquiera, sino con uno bueno, ¿me entiende usted?, que tenga mucha tierra, buen ganado y harto en que trabajar y nos pague bien. Le servimos seis o siete meses, sembramos, y manda usted a mi tía el producto de sus cosechitas con el primer convoy que se proporcione.
TORIBIO: Esas facilidades son de muchacho. Eso se llama hacer la cuenta sin la huéspeda. ¿Y si no podemos hallar ese amo bueno, y si no está en ocasión de darnos qué hacer, y si no hay tierra desocupada, y si no sembramos, y si aunque sembramos se pierde la cosecha, ¿qué enviaremos a nuestra casa? ¿Y si aunque sembremos y cosechemos, no hay convoy ni correo? Si aunque lo haya, éste se hurta los encargos o lo interceptan, como ha sucedido y puede suceder, hemos echado buen viaje.
JUANILLO: ¡Oh, tío!, perdone usted, pero hombre muy prudente es poco valiente.
TORIBIO: Antes el común proloquio dice que hombre prevenido es menos combatido. La prudencia, hijo mío, es el arte de resguardarse de los peligros. Para tenerla es necesario madurez, conocimiento y reflexión, y en faltando esto no se ejercitan bien sus actos, porque en no teniendo el hombre prudencia para prevenir lo futuro a sangre fría, mal podrá tener tino para precaverse ni escaparse del peligro presente e improviso. Los mozos como tú, que tienen la sangre hirviendo, por todo arrostran, nada se les pone por delante cuando tratan de satisfacer sus pasiones o lograr su comodidad. En realidad nada hacen sino por sí y para sí, con lo que se constituyen verdaderos egoístas. El pobre hombre casado (como ama a su familia) no es así; primero piensa en el buen pasaje de su mujer y de sus hijos que en el suyo propio. Y por esto verás casados que sufren y padecen lo que no quisieran, aún teniendo facilidades que los liberten, por no desamparar a su familia. Y así, no pienses que el no acompañarte es efecto de cobardía por no exponerme a las contingencias de los caminos, ni a los diversos climas, ni al trabajo del campo, sino por no dejar a la pobre de tu tía y tus primas expuestas a una mendicidad vergonzosa. Conque mira tú si será justo desampararlas. Quién más quisiera que yo salir de México, pues ya no se puede vivir aquí. Parece que esta ciudad se ha transformado en el Río Frío o Sierra Morena antiguos, según está infestada de ladrones. Mira el carbón, hombre, por María santísima, en qué predicamento tan alto nos lo han puesto, que ya los pobres apenas tenemos para el carbonero y nos quedamos sin pan, chocolate, chile, sal, etcétera, porque nos dan escasa una libra (a veces no pocas) por medio, de suerte que casi se va el medio en hacer un pocillo de chocolate.
JUANILLO: ¡Jesús, tío!, pues esta carestía no es por escasez del efecto, sino por los infames resgatones.(4)
TORIBIO: Pues ni por ellos es, hijo.
JUANILLO: ¿Cómo no, tío? ¿Pues por quién es?
TORIBIO: ¡Ay, hijo Juanillo! No sé como te lo diga.
JUANILLO: Reviente usted, tío; ¿qué hemos de hacer?
TORIBIO: Pues, hijo, es porque sí y porque no.
JUANILLO: ¿Es posible, tío?
TORIBIO: Sí, Juanillo. Lo siento decir. Estos señores (pues hablo con los que les toque, no con todos), estos señores, digo, no tienen, o a lo menos no deben tener, limitada su autoridad cuando en la esfera de su jurisdicción traten de remediar muchos abusos que se cometen contra el público, su poderdante. Uno de ellos es el presente y probado como lo está por nuestros ojos que no hay la escasez de carbón que se presenta para encarecerlo hasta el extremo, convencidos de que la nobilísima ciudad de México tiene por indisputable privilegio de la ley, facultad y autoridad bastante para contener estos abusos, dictar providencias y castigar a los transgresores, se sigue que, si no experimenta el público el resultado benéfico de este ilustre cuerpo, su tutor, dirá (como dice) que no hacen aprecio los regidores de sus cuitas, que no los afectan las calamidades que padece, siendo como son muchas de ellas remediables; y que esto proviene, o de falta de atingencia en las disposiciones contra el abuso, o de falta de energía para hacerlas útiles y efectivas.
JUANILLO: ¡Caramba!, y qué enojada se habían de dar con usted los señores diputados si lo oyeran.
TORIBIO: Se enojaría uno que otro no muy ilustrado ni veraz, pero los más, que son sabios y hombres de bien, conocerían la razón y disimularían, ínterin se les proporcionaba ocasión de satisfacer al público.
JUANILLO: Pues mejor ocasión no pueden tener que ésta.
TORIBIO: Eso no me toca.
JUANILLO: Y usted, tío, si fuera regidor, ¡Dios lo libre y el diablo sea sordo!, si usted fuera regidor, digo, ¿qué haría para quitar de México, ¡y brevecito porque las carnes se quedan crudas!, esta maldita polilla de monopolistas resgatones de carbón, que quemados los vea yo con el que nos encierran...?
TORIBIO: No, hijo, no es bueno desearle mal ni a nuestro mayor enemigo.
JUANILLO: Vaya, vaya. Éstos son cumplimientos; pero la verdad, si yo deseo ver a estos ladrones quemados, usted y todos los quisiéramos ver hechos cenizas.
TORIBIO: ¡Qué dices, Juanillo! ¡Jesús! ¡Jesús!
JUANILLO: Sí, ¡Jesú, Jesú!, como dice el andalú. Vamos al caso. ¿Qué haría usted si tuviera autoridad para remediar este fatal abuso?
TORIBIO: Mira, ya sabes que esto no es más que hablar por pasar el rato, pues aunque mis proyectos fueran los únicos para cortar el daño en su raíz, aunque fuera muy fácil y aunque el bien público ejecutara su más pronto cumplimiento, ni la ciudad se metería en nada, ni se extirparían los ladrones, ni se evitaría el presente abuso. Y todo, en fin, se quedaría como lo ves. Pero para satisfacer tu curiosidad, te diré lo que haría. Hoy mismo mandaría imprimir unos rotulones que, fijados en las calles, dijesen: Se asignaban [sic] veinte y cinco pesos de premio a todo el que dentro de veinte y cuatro horas denunciase a cualquier individuo que no sacase a las públicas plazas, dentro del mismo término de tiempo, todo el carbón que tuviera embodegado de cuatro cargas arriba, cuyos abarrotadores quedarían sujetos (en caso de infracción y justificación de la denuncia) al total perdimiento del efecto.
JUANILLO: Me parece bien la diligencia para sacar el carbón encerrado. Y para que no se ocultara o resgatara nuevamente, ¿qué haríamos?
TORIBIO: Esto: se asignarían dos guardas a cada garita con el título de celadores de resgatones. Éstos deberían ser muy hombres de bien y no alcahuetes de los resgatones, fueran los que fueran, pues ningún empleo ni distintivo puede justificar ni solapar la resgatonería como tan contraria a las leyes de las buenas sociedades, debiendo todos tener entendido que esta clase de abarrotadores no son ciudadanos ni han pensado serlo, sino legítimos traidores de su patria, pues no sólo es traidor el que conspira contra sus paisanos con las armas, sino también el que los trata de dañar de cualesquier[a] modo. Y así pues, los dichos guardas que incurriesen en el feo crimen de cooperar a tan inicuas ideas por dinero, respetos o negligencia, deberían ser confinados a Ceuta u Orán como reos de público latrocinio y lesa patria.
Deberían, además, estar pagados a proporción y según la cuota que les señalara el ayuntamiento, cuyos emolumentos o salarios se deberían escalfar de lo más sagrado de los fondos, como que se invertían en un objeto tan interesante y benéfico al público.
Debían estar autorizados por el superior gobierno para que se auxiliasen de cualquier tropa, en caso de que algún resgatón rico o condecorado quisiera embarazarles sus funciones.
También deberían estar equipados de armas y caballo, cuyo privilegio no dudo les fuera concedido por el señor virrey, en atención a la necesidad que tendrían de él.
Ya dispuesto todo lo dicho, sería de la obligación de estos guardas ir por las mañanas muy temprano a las garitas, y cuando fuera entrando el carbón, detenerlo hasta que se juntaran cincuenta o más cargas o las que se pudieran, y entonces uno de ellos se quedaría en la garita y el otro conduciría el carbón a la plazuela que le tocara más inmediata. El que se quedase en la garita detendría el restante carbón que entrase hasta la vuelta del compañero, quien se quedaría de guarda y el otro vendría acompañando el segundo viaje de carbón. Y de este modo alternarían todos los guardas en todas las garitas para minorarse el trabajo.
Éste es el modo más fácil y más seguro para impedir la resgatonería. Faltan algunas reglitas esenciales, que no se debían omitir.
No valdría a nadie el pretexto de que le venía carbón consignado de su hacienda, para no ser dirigido a la plaza con el guarda y públicamente vendido, por dos razones: la primera, porque tolerando esta trillada disculpa quedaba abierta la puerta al monopolio; y la segunda, porque cuando fuera cierto que el carbón era de la propiedad de estos individuos, sin duda tenían menos necesidad de este efecto que el público, a quien debe servir en estos caos todo buen ciudadano por su dinero. Y si decía algún señor don fulano de tal: "Este carbón es de mi hacienda y los arrieros conductores de él son mis mozos", "Señor —respondiera el guarda—, la orden superior es que se venda públicamente a como corre en las plazas. Usted se informará del precio y recogerá su importe de sus criados que serán los que lo vendan." He aquí una tranca que no pod[r]ía saltar el más ligero monopolista, y una providencia por la que no pod[r]ía alegar el más mínimo perjuicio.
Tampoco se debían reunir los carboneros en un paraje determinado, sino separarlos en las plazuelas del Volador, de Jesús, de San Juan,(5) Santa Catalina, Santo Domingo, Vizcaínas(6) y otras, de suerte que los carboneros de una plazuela ignorasen, si era posible, a cómo se vendía en otras partes el carbón, pues como ha dicho El Pensador (núm. 8) "los monopolistas no pueden hacer de las suyas estando separados con la misma facilidad que juntos." Y así, debían estar lejitos unos de otros, y no reunidos como se han puesto en la plazuela de Jesús, lo que no conduce a otra cosa sino a que ellos adunen en el precio excesivo, a que la pobre gente se agolpe, se incomode y se lastime, y a que los léperos, aprovechándose de esta confusión y desorden, roben cuanto puedan.
Últimamente, no debería prefijárseles precio alguno a los indios vendedores de carbón, sino dejarlos vender a como quisieran, pues a los introductores infelices no es política tasarles sus efectos (esto se debe quedar para los lobos gordos). La libertad en el vender aumenta la introducción del efecto, y ésta, mientras es mayor, minora la escasez y baja los precios.
Éstos son, Juanillo, los proyectos que me parecen eficaces para hacer que cese esta plaga del día; tocante al carbón, no siendo lo peor el que esté caro por ahora, sino que en descuidándonos nos sucederá con este efecto lo que nos ha sucedido con todos, y es la ensayada de los mexicanos, como dicen por ahí. Se encarece una cosa por ésta o la otra circunstancia; se enseñan los comerciantes a venderla bien; después, aunque sobre el mismo efecto, más bien lo encierran que venderlo al precio antiguo; de modo que podemos decir que no sentimos que escasee un efecto unos días, sino la mañita que les queda a los señores monopolistas. Ya hemos visto lo que ha sucedido con el papel, abarrotes, dulces, etcétera. Pues lo mismo sucederá con el carbón si no se toman éstas o mejores medicinas en contra.
JUANILLO: Tío, a mí me parece muy acertado ese plan; creo que, practicado legalmente, dentro de ocho días se abarataba el carbón. Podía usted decirlo al gobierno y a la ciudad.
TORIBIO: ¿Para qué, hijo? Era gastar mi saliva en balde. ¿Qué caso me harían los regidores?
JUANILLO: Tío, juzgo que estos señores le deben a usted muy mal concepto.
TORIBIO: Te engañas. Los amo mucho, aunque no tengo el honor de tratarlos. Y los amo por regidores y por paisanos míos, y cuando no mediaran estas lisonjeras razones, bastará para quererlos el ser yo tan católico cristiano como ellos, para no tratar jamás de ofenderlos, aun cuando fueran mis enemigos.
JUANILLO: Pues ¿por qué dice usted que se desentenderán de poner en ejecución unos proyectos tan benéficos al público como honorables al mismo ilustre cuerpo?
TORIBIO: Porque ésta es la rutina que observa el mundo. Si un rico galoneado propone sobre cualquier asunto el arbitrio más mezquino, impolítico y descabellado, al instante se abraza y ejecuta. ¿Lo ha dicho don fulano? Es menester hacerlo; ¿cómo se ha de desairar su pensamiento? ¿Propone un pobre un proyecto útil, económico y liberal? Se ve con indiferencia, cuando no se dice: ese fulano es un botarate ignorante; vea usted qué disparates propone sin hacerse cargo de ésta y aquella dificultad. ¿No has visto este modo de proceder constantemente practicado en el mundo?
JUANILLO: Es así. Por eso y por todo quisiera yo que nos fuéramos a otra tierra.
TORIBIO: Yo también quisiera; pero no puede ser. Ya te he dicho que estoy aburrido con la pobreza; cada día estoy peor; todo empeñado y mi familia casi desnuda, porque cuanto tenía está en el Monte Pío...
JUANILLO: ¡Ésa es otra!, pues necesitaba usted un dineral para sacar las prendas.
TORIBIO: Y lo peor es que nada he remediado: ni he podido pagar al casero ni otros piquillos que me urgen, ni hacer una camisa, ni vivir unos días sin ansias, ni nada; porque como en el Monte dizque no hay fondos, han dado en no prestar más que cuatro pesos sobre cualquier cosa, aunque valga cuarenta. En cuatro pesos está el túnico(7) negro de paño de seda de tu tía; en cuatro, el azul de raso de Tulitas; en cuatro, dos chales de Isabel; en cuatro, mi levita negra; en cuatro, dos cubiertos quintados,(8) y en cuatro cada cosa de las que he empeñado.
JUANILLO: Pues para que pasen de cuatro pesos yo daré a usted arbitrio.
TORIBIO: ¿Qué arbitrio, hijo, si no hay dinero?
JUANILLO: Cuando quieren y para quien quieren, sí hay.
TORIBIO: Pues en esto no debe haber distinciones, porque no fue ésa la mente del fundador. ¿Y cuál es el arbitrio?
JUANILLO: Mire usted, cuando vaya a empeñar, vea si consigue una esquelita de recomendación del director, o que se le dé una galita al portero, o que Isabel (que es la más bonita) le haga dos o tres pucheritos al tasador, y verá usted tío, usted se acordará de mí.
TORIBIO: ¡Ha, ha, ha, ha; qué pícaro eres, Juanillo!
JUANILLO: No se ría usted, que hablo la verdad; pero a Dios, tío, que ya es tarde y me he dilatado.
TORIBIO: ¿Has de volver a despedirte?
JUANILLO: Preciso.
TORIBIO: Pues a Dios.
Preguntitas sueltas de El Pensador dirigidas
a quien sepa y quiera responderlas
Primera. ¿El súbdito más fiel está obligado a más que a cumplir con la ley que le prescribe el gobierno bajo cuya égida vive?
Segunda. Durante la suspensión temporal de la libertad de la imprenta en el reino, ¿está obligado el escritor público a otra cosa que a sujetar sus producciones a la previa censura?
Tercera. Calificadas éstas de no ser indignas de la luz pública por el censor nombrado por el superior gobierno, ¿quedará el autor responsable y sujeto a los caprichos de aquellos que se incomoden por las verdades que incluyan?
Cuarta. En este caso, ¿estará autorizado ningún individuo ni corporación para perjudicar al autor?
Quinta. Cuando esto se solicite contra justicia, ¿deberá ningún gobierno acceder a su pretensión, olvidándose de la misma ley que ha establecido y con cuyo arreglo se escribe?
Sexta y última. ¿El escritor público debe consagrar sus tareas a la adulación particular o más bien al beneficio general de sus conciudadanos?
Se encargan las respuestas prontitas por lo que pueda encoger
NOTA. Después de puesto en la prensa este papel, leí los rotulones por los que previene el señor corregidor haber dado las órdenes oportunas a fin de que no se embarguen los bagajes a los indios ni otros conductores de carbón. ¿Quién no alabará el tino de esta providencia y quién no reconocerá su justicia y eficacia?
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) de pechera y manga. Referencia a una especie de coleto que usaban los arrieros. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(3) Buchán. En Don Catrín de la Fachenda también cita a este autor. Posiblemente sea, al igual que en la novela, Guillermo Buchán, médico inglés, autor de Domestic Medicine (1769), obra que fue traducida al español por Antonio de Alcedo (1798).
(4) resgatones. Cf. t. I, núm. 3, nota 2.
(5) plazuelas de Volador, de Jesús, de San Juan. Cf. t. II, núm. 7, notas 4, 5 y 8.
(6) plazuelas de Santa Catalina, santo Domingo y Vizcaínas. La de Santa Catalina estuvo en la calle de Argentina, frente a la Secretaría de Educación Pública. La de Santo Domingo, frente al portal del mismo nombre. Hoy desembocan en ella las calles de República de Cuba, Brasil, Belisario Domínguez y Leandro Valle. La de Vizcaínas está rodeada y desembocan en ella: San Jerónimo, Esperanza, Aldaco, San Ignacio y San Juan de Letrán.
(7) túnico. Cf. t. II, núm. 6, nota 3.
(8) quintados. De quintar: sacar por suerte uno de cada cinco. OJO ¿pagar el quinto?