Deus noster refugium et virtus; adiutor in
tribulationibus... Propterea non timebimus
dum turbabitur terra, et trasferentur montes
in cor maris. Psalmo 45.
Nuestro Dios es nuestro refugio y fortaleza;
es nuestro amparo en las tribulaciones...
Por eso no temeremos aunque todo el mundo
se conmueva y aunque los montes se pasen al centro del mar.
IMPUGNACIÓN Y DEFENSA DEL FOLLETO TITULADO
UN BOSQUEJO DE LOS FRAUDES QUE LAS PASIONES
DE LOS HOMBRES HAN INTRODUCIDO
EN NUESTRA SANTA RELIGIÓN
En unos tiempos tan difíciles y en donde son tan críticas las circunstancias, pues la mudanza de gobierno no trae más que oposición de intereses y variedad de opiniones, no es mucho que los liberales procuren valerse de todos los medios posibles para establecer su sistema, y los serviles, de cuantos les sugiera su bajo modo de pensar para entablar el suyo.
El sistema de los primeros es instaurar para siempre la libertad individual del hombre que nació para ser libre, sancionar para esto leyes justas y sabias, desarraigar abusos, hacer reformas y no perdonar sacrificios para que los pueblos sean felices y los ciudadanos iguales delante de la ley.
El sistema de los segundos que conocemos con el nombre de serviles es abatir la libertad del pueblo para entronizarse sobre sus infandas cadenas; para esto se valen del nombre del rey, de los derechos de la soberanía, y cuando esto no alcanza, hacen por alucinar al pueblo, a pretexto de religión, y para lo que propalan que son herejes cuantos persuaden la reforma del clero. ¿Y para qué? Para alarmar de una vez a los clérigos y frailes, sean de la clase y condición que fueren, entusiasmando de paso al pueblo a fin de hacerle creer que todo el que denuncia sus abusos es enemigo de la sagrada religión de Jesucristo.
Este arbitrio es tan mezquino como viejo. Los serviles egoístas cuando no pueden llevar sus miras al cabo so pretexto de lealtad al rey, hacen por llevarlas so capa de religión. No es menester registrar la historia de los siglos pasados, bastantes ejemplos nos ministran los presentes para poner esta verdad lejos de toda duda.
Apenas hay causa de estado que no se pretenda volver de religión. Luego que cuatro díscolos se apoderaron de la persona del benemérito, excelentísimo Iturrigaray, virrey de esta Nueva España, para alucinar al pueblo ignorante, lo pusieron en la santa Inquisición, juzgando que haciéndolo pasar por hereje justificaría su reprobada acción.
Más hicieron: asegurados del grande afecto que profesan los americanos a María santísima de Guadalupe, inventaron que el virrey iba a quemar su santuario con unos cirios o no sé qué artificio ridículo.(2)
Luego que el cura de Dolores levantó el grito de la insurrección, se apresuró la Inquisición, en desempeño de su santo oficio, a declararlo por hereje, y no se paró en las enormes contradicciones que envolvía su maliciosísimo edicto. A Morelos se juzgó por hereje y se le hizo sufrir el vejamen más terrible en un autillo público. A todos los insurgentes se aterró con que estaban excomulgados. En los púlpitos se blasfemaba sin temor de Dios, asegurando que eran herejes y que querían perder la religión. Las más pueriles patrañas se contaban, se imprimían y se proclamaban en los púlpitos, como la milagrosa neblina de Tenango, las palmitas de Cuautla, etcétera.
No nos cansemos; jamás se ha reparado en que el pueblo sea supersticioso, con tal que sea obediente; en siendo manso, mas que sea burro. Conque, ¿por qué nos hemos de admirar de que en el día suceda lo mismo que ha sucedido siempre? ¿Qué cosa nueva es que llamen herejes a los que quieren reformar los abusos que la malicia ha introducido en nuestra santa religión?
El ministerio de reformador es arduo y arriesgado; los abusos tienen muchos prosélitos que son otros tantos enemigos del que los pretende desterrar de la sociedad.
Ni vale para librarse de sus lenguas, la sabiduría, la recta intención, la inocencia, ni la santidad misma, porque, ¿quién más sabio, más santo ni más benéfico que Jesucristo? Él solo pudo decir de sí "yo no tengo pecado... sed santos, porque yo soy santo",(3) y sin embargo, ¿qué sucedió? Que sus enemigos, aquellos a quienes no acomodaba su doctrina, lo llamaban samaritano y endemoniado, y aseguraban que decían bien nonne bene dicimus nos quia samaritanus es tu, et daemonium habes.(4)
Conque si ni Jesucristo se libró de tan feas notas, ¿cómo estaremos libres de ellas, o peores, los que escribimos contra los abusos del siglo, y en especial contra los que se hallan al abrigo de la religión? No es decir que ésta abrigue los abusos, sino que sus patronos los quieren abrigar con ella.
Empero, si cuando se puede hablar todos callamos en materias tan interesantes, el mal sigue y la ruina puede ser irreparable.
Se me dirá que éstos son asuntos escabrosos, dignos de tratarse dignamente por teólogos y canonistas consumados y no por un lego ignorantón como yo; pero pregunto: ¿cuando esos teólogos y canonistas enmudecen, o tal vez apoyan y defienden los abusos por interés, por condescendencia, por miedo, por malicia y mil ocasiones por ignorancia, no será bueno que un secular despreocupado los combata en sus mismas trincheras, aunque no lo haga con la misma destreza que los sabios? Sí, seguramente, porque con decir algo, se instruye el pueblo; con callarlo todo, se queda ignorante como siempre.
Lo que se hace con un hombre en una enfermedad ejecutiva, se debe hacer con la república en igual caso en sus enfermedades morales. A falta de un médico, se echa mano de un curandero o una vieja herbolaria, quien tal vez acierta con el remedio y cura el mal radicalmente.
En este caso nos hallamos. El mal es grave y ejecutivo: el pueblo sencillo, ignorante y religioso está oyendo declamar contra las Cortes, con disimulo, por la extinción de los jesuitas, por la reforma de los frailes, por el arreglo del clero, por el de diezmos, etcétera. Hay moros en la costa. Sí, hay muchos serviles eclesiásticos y seculares que no perdonan medios para malquistar el nuevo sistema. El pueblo ve, pero no mira; oye, pero no escucha; cualquiera cosa que ve u oye sobre su religión, la cree a puño cerrado y, preparándole el ánimo con ciertas frases misteriosas, haciéndolo creer que la Constitución es herética, ya tenemos un nuevo germen de odiosidades que pueden traernos funestos resultados.
¿Y qué diremos cuando advertimos que la Constitución(5) tiene infinitos clérigos y frailes enemigos que, aunque en los púlpitos se moderen, en los confesionarios hacen una guerra sorda, como que se despachan por su mano y sobre seguro? ¡Ah! Esto hace más daño del que parece.
¿Y en qué consiste? En la muy superficial instrucción que tiene el pueblo sobre su religión, y en la ninguna de la historia y disciplina eclesiástica. Pues instrúyase y no temerá los escrúpulos en que lo pretendan inducir máximas erróneas que escuchen dondequiera contra a sabia, cristiana y meditada Constitución.
Muy bien, ¿y quién lo cura?, ¿quién lo enseña? No los teólogos, no los sabios, porque callan. Pues venga el curandero, que haga lo que pueda, y este curandero sea por ahora yo.
En los presentes tiempos, en que a España y América amenaza un cisma fatal, acaso por los mismos principios que el de Francia, es demasiado interesante a la iglesia católica instruir al pueblo acerca de lo que es la religión en su origen, cuál es su dogma, cuál su disciplina eclesiástica, cuáles son las reformas que pretenden las Cortes en el clero, y cuál la fuerza y diligencias de que se valdrá el mismo clero (hablo del corrompido, fanático y codicioso) para entorpecerlas y entusiasmar al pueblo a su favor.
¿Y sólo la parte corrompida del clero conspirará contra la reforma? No. Una no pequeña porción de serviles y egoístas seculares, empeñados siempre en deslustrar las nuevas instituciones, apurarán sus últimos esfuerzos para malquistar las determinaciones de las Cortes y a todos sus beneméritos vocales, diciendo y pretendiendo que el pueblo ignorante crea que son herejes, impíos, jansenistas, francmasones, etcétera. El pueblo neciamente piadoso, luego que concibe que se trata de atacar su religión, no titubea en alarmarse contra los motores de la novedad, y tanto más pronto se decide cuanto estima el voto de los que oye, y si son sacerdotes, si son reputados por sabios virtuosos, si son obispos o prelados de alta jerarquía los deponentes... ¡Santo Dios!, el pueblo oye y lee sus producciones como de unos oráculos infalibles; ¿y qué sucede? Qué ha de suceder, que como los grandes votos imponentes se dividen en sus pareceres, el pueblo también se divide en los suyos: cada partido cree que sus doctores son los maestros legítimos, que su opinión es la segura, que arriesgarán sus conciencias si no la siguen, y que siendo su causa de religión, están obligados a defenderla a toda costa.
Cuando los pueblos llegan a una efervescencia semejante, todo es temible. A la ignorancia sigue la preocupación; a ésta, el desorden, los odios recíprocos y no pocas veces la guerra, fruto de la anarquía y del cisma.
Veintiocho han afligido la Iglesia hasta hoy, y según los preparativos, no es fuera de camino temer el veintinueve en las circunstancias y reino en que nos hallamos. Las circunstancias son prolijas y dificultosas. Se trata no menos que de la reforma del clero y disciplina eclesiástica en cuanto consideren los legisladores convenientes de la nación.
Para esto es necesario arreglar los diezmos, aumentar y dotar a los párrocos, extinguir muchas religiones, limitar el número de otras, suprimir los más días festivos, calcular con exactitud si conviene o no que la Bula de la Cruzada, santos lugares de Jerusalén, redención de cautivos y otros arbitrios espirituales se reformen o queden en el pie en que se hallan, lo que en mi opinión es incompatible con la ilustración del día y la reforma de que se trata.
Todo esto causa novedad al pueblo, y como ha estado acostumbrado a venerar como infalibilidades hasta las preocupaciones más groseras, se sigue que lo mismo es pretender desengañarlo que querer arrancar con las manos un roble antiguo profundamente enraizado por diecinueve siglos en la tierra.
La resistencia que opondría este árbol, opondrá el pueblo sencillo a la reforma, mientras no se ilustre. En éste de América, preciado de católico y cuya mayor parte carece de ilustración por experiencia y por principios, puede ser mayor la opinión y más funestos los resultados.
Para precaverlos, en cuanto esté de nuestra parte, emprendemos este trabajo, que aunque superior a nuestras fuerzas, esperamos lo recibirá el público benignamente, por la buena intención con que se lo dedicamos.
Si desint vires, tamen est laudanda voluntas.
Queda abierta la subscripción a esta obrita en la Imprenta de don J. M. Benavente,(6) y en mi Alacena, siendo su precio de dos pesos en la capital y veinte reales(7) para fuera, franca de porte.
(1) México, Oficina de D. J. M. Benavente y Socios, 1821. Cf. la nota 2 aImpugnación y defensa... prospecto...
(2) Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe. Al pie del cerro del Tepeyac, en la ciudad de México, ahí se venera una imagen de la Virgen María. La Basílica fue construida en el sitio en que existió un templo azteca, dedicado a Tonantzin, madre de los dioses. El templo fue erigido en Colegiata en marzo de 1749, por Bula de Benedicto XIV; fue erigida en Basílica en 1894, con motivo de la coronación de la Virgen de Guadalupe, proclamada patrona de la Hispanidad por decreto de Pío X en 1910. Fue construida una nueva Basílica, por deterioro de la original, que fue inaugurada en 1976.
(3) Yo no estoy poseído del demonio: Ego daemonium non habeo. Jn. 8, 49. Sed, pues, vosotros perfectos, así como vuestro Padre celestial es perfecto. Mt. 5, 48.
(4) ¿No decimos bien nosotros, que tú eres un samaritano, y que estás endemoniado? Jn. 8, 48.
(5) Cf. la nota 27 a Quien mal pleito tiene...
(6) Imprenta de Benavente. Cf. nota 25 a Impugnación y defensa... prospecto...
(7) Cf. la nota 15 a Satisfacción al público...