IDEAS POLÍTICAS Y LIBERALES

 

Por El Pensador Mexicano(1)

 


Ni[hi]l factum si aliquid superesset agendum.
Nada se ha hecho si falta algo que hacer.(2)

 

 

PRÓLOGO

 

Decidido a ser útil a mi patria, desde que se nos permitió por la primera vez el uso libre de la imprenta,(3) no temí estampar las verdades que me parecieron conducentes al beneficio de aquélla, y esto bajo los gobiernos despóticos de los Venegas(4) y Callejas,(5) y aun después en el del Señor Apodaca.(6) Son bien públicas las persecuciones que he sufrido por esta causa. Sin embargo, no me ha faltado la firmeza necesaria para hacer frente a las murmuraciones de los necios, a los ladridos de los envidiosos, a las injurias de mis enemigos y al terror que deben infundir tres prisiones.(7)

Cuando nada de esto me ha arredrado para decir la verdad en los tiempos de la opresión, ¿cómo la dejaré de decir ahora bajo un gobierno que deberá ser verdaderamente liberal y benéfico, y cuando la patria espera y aun desea que se la digan con franqueza?

No me tengo por un oráculo para exigir una fe rendida de mis lectores. Tal vez, o siempre, me equivocaré en mis conjeturas, se confundirán mis ideas, se contrariarán mis principios y se errarán mis cálculos enteramente.

Empero, esto será efecto de mi poca instrucción, de mi escaso talento y de mi ninguna práctica en asuntos de tanta gravedad, como los que se deben tratar hoy, mas cuando por estas causas sean despreciables mis reflexiones, no deberá serlo la buena intención con que las escribo, que no es otra sino que mi patria disfrute alguna vez de verdadera felicidad.

 

 

IDEAS POLÍTICAS Y LIBERALES

 

CAPÍTULO I

 

La felicidad de la América no consiste en que sea independiente de la España, sino en que conserve su independencia con brillo y majestad.


El hombre del siglo, el padre de la patria, el inmortal Iturbide acaba de perfeccionar la grande obra de nuestra independencia; obra tan magnífica en su conclusión como difícil en sus principios y fines; obra augusta que necesitaba un héroe que reuniera el valor y la prudencia, la práctica y la teórica en el arte de la guerra, el talento, la afabilidad, la resolución y... tantas virtudes cuantas son necesarias en un general que no trata de vencer, sino de atraer a sí a los enemigos de su empresa.(8)

Los Hidalgos(9) y Allendes,(10) los Matamoros(11) y Morelos,(12) los Bravos(13) y Galeanas,(14) los Minas(15) y cuantos jefes tuvo la insurrección desde sus principios hasta el felice marzo de [1]821, fueron asimismo héroes y padres de la patria; su memoria siempre será grata a todo buen americano, y sus nombres permanecerán indelebles en las páginas de la historia. Pero, ¡oh desgracia!, el reino estaba envuelto en las tinieblas de la ignorancia. La Inquisición, muchos eclesiásticos y algunos hombres sabios,(a) por adulación o por malicia, y confundiendo los fines con los medios, trataron de hacer causa de religión la que era puramente de estado, persuadiéndonos a que era la voluntad de Dios que fuéramos esclavos eternamente.

Aunque casi todos los primeros jefes de la revolución estaban adornados de muy bellas circunstancias, no reunió ninguno todas las necesarias para el caso. Así es que el que era valiente, no era sabio; el que tenía intrepidez, carecía de prudencia; el que estaba adornado de literatura, no tenía táctica militar; el que era buen guerrero, era mal político, y así todos.

De la multitud de tales jefes, de los que nadie quería ser el último, resultó entre ellos la emulación y desconfianza, la que se hizo trascendental a las tropas, llamadas por el gobierno de México chusma y gavillas con toda propiedad, por su poca o ninguna disciplina, y su casi general inmoralidad e insubordinación, con cuyos vicios no pudiendo muchos ser soldados, se convirtieron en opresores de los pueblos.

No fue mucho que bajo tal aspecto presentase la insurrección una faz horrorosa desde sus principios, ni que sus mejores jefes hubiesen sido destruidos y olvidados, ni que, contrariada la opinión y aun casi como extinguido en todos el amor de la patria, hubiera triunfado el gobierno opresor de la constancia de los buenos, después de haber talado nuestros campos, asesinado a nuestros defensores y derramado nuestra sangre con tanta profusión como inhumanidad.

En este triste estado: sin jefes, sin armas, sin soldados, sin protección y sin concepto, estábamos llorando en el silencio las desgracias de nuestra patria, mirando entronizarse a los aduladores y egoístas, acaso y sin acaso sobre las ruinas de los hombres de bien, y precisados a sucumbir al capricho y antojo de los directores del gobierno.

Así permaneciéramos si el cielo, apiadado de nuestras prolijas desventuras, no nos hubiera deparado un ángel tutelar, un genio bienhechor en el inmortal Iturbide, que dando en el pueblo de Iguala el grito santo de la independencia, y resonando por todo el septentrión americano, al suave impulso de sus dulces ecos, cayeron rotas nuestras viejas cadenas con la misma facilidad que en otro tiempo se desmoronaron las murallas de Jericó al ruido de las trompetas que acompañaban la [sic]arca del Antiguo Testamento.

El Dios de Israel, que libertó a su pueblo de la dura esclavitud de Egipto, es el mismo que visiblemente ha protegido nuestra causa. Estamos obligados al más sincero reconocimiento, y desde luego le tributamos las más rendidas gracias por tan visibles beneficios.

Empero, este Dios augusto que adornó a Moisés con las virtudes necesarias para que fuese libertador de Israel, adornó a nuestro digno general con las mismas para que fuese el Moisés de nuestros días, el libertador del Anáhuac.(16)

A Dios se debe dar lo que es de Dios, y al César lo que es del César.(17) Las primeras gracias se le deben a Dios como autor de todo lo bueno, que destinó al inmortal Iturbide para esta grande obra, y las segundas al héroe porque correspondió fielmente a sus bondades usando bien de las virtudes que se le concedieron, con cuya reunión ha logrado la completa emancipación de la América, de un modo y en un tiempo, que hará la admiración de las edades presentes y futuras. Es decir, sin sangre(b) y en el corto espacio de seis meses.

Pero y qué ¿la felicidad de la patria consistirá en haberse hecho independiente de la España? De ninguna manera, si esto es lo que se ha conseguido solamente. La felicidad sólida de la Patria no está en no recibir leyes de España, ni de otra potencia extranjera, no estriba en que los primeros puestos civiles, políticos y militares los ocupen sus hijos, ni menos en que se llame potencia soberana o magno imperio. Con estos títulos augustos, con esta absoluta libertad de darse leyes, y con la felicidad que ya tiene de premiar a sus hijos beneméritos, no pasará de un reino obscurecido, y jamás figurará entre las altas potencias de la Europa, si no procura desde los principios que su soberanía sea respetable, inviolable su unión interior, sus leyes sabias, su gobierno benéfico, y su independencia brillante y duradera. En esto sí que consiste la felicidad de la patria, y no en una aparente independencia que con nombre de señora la haga esclava del lujo y de las costumbres extranjeras, la sujete a los caprichos de ajenos gabinetes o la subordine a los antojos de sus propios, mal elegidos, gobernantes.

¿Y cómo conseguirá libertarse de unos males que ya desde lejos le amenazan? Volviendo atrás la vista, advirtiendo que, como decían los antiguos: "Nada se ha hecho si falta algo que hacerse." Hacer ver cuánto es lo que nos falta para asegurar nuestra felicidad, y de qué medios nos debemos valer para conseguir lo que nos falta, será la materia de los capítulos siguientes.


CAPÍTULO II

Es de la primera necesidad instalar un gobierno provisional que juzgue, en lo que no se oponga a nuestro sistema independiente, con arreglo a las antiguas leyes y Constitución española, ínterin se celebran las Cortes americanas.

Las leyes y los gobiernos justos son tan necesarios para que florezcan los estados, como las velas y los timones para que las naos naveguen felizmente.

Las leyes son los preceptos por lo que se arreglan o deben arreglarse las acciones de los hombres reunidos en sociedad, y los gobiernos son los conductos por donde se comunican estos preceptos; o más bien, las fuerzas motrices que dan impulso y vigor a estas leyes que, escritas y sin practicarse, no son sino conceptos quiméricos o entes de razón imaginarios.

Tan ciertos han estado los hombres de estas verdades, que apenas hubo pueblos, cuando dictaron leyes y establecieron gobiernos protectores de la seguridad individual del ciudadano y de sus intereses. Y si estos auxilios han sido tan urgentes en los principios de las sociedades, ¿cuánto más lo serán en las mutaciones de sus sistemas políticos?

Éste es uno de los puntos de la mayor atención que debe ocupar la de los que se han encargado de la felicidad de la patria.

Difícil es dictar leyes justas y sabias para un pueblo naciente, y que acaba de salir de la barbarie, pero lo es mucho más dictarlas para un grande imperio ya ilustrado, que no necesita que lo arreglen, sino que lo mejoren de legislación.

Siempre son peligrosos los tránsitos repentinos de un estado a otro, sea en lo físico o en lo moral. Por tanto, juzgo de la mayor delicadeza la instalación del nuevo gobierno, y me parece muy conveniente que, sea como fuere, importa mucho que por ahora se hagan pocas innovaciones en la legislación, sino que se juzgue según el sistema liberal con arreglo a la Constitución española, en cuanto no se oponga al sistema liberal independiente que hemos adoptado, ya porque no conviene poner de un golpe en posesión de toda su libertad política a un pueblo acostumbrado por tantos años a la más ciega subordinación, así como no conviene franquear una mesa espléndida a un febricitante en el primer día de su convalecencia y ya porque siendo tal vez necesaria la creación de nuevas leyes, tendrían éstas siempre el defecto de nulidad por falta de autoridad bastante en los dictadores.

De que deducimos: Primero, que es necesario un gobierno para la recta administración de justicia y para la conservación del orden público.

Segundo, que no residiendo en estos gobernantes facultades legislativas, deben regirse por las mejores leyes que hasta hoy conocemos, cuales son las constitucionales de España, hasta tanto no se instale el augusto Congreso de las Cortes americanas.

 


CAPÍTULO III

 

De la necesidad de la pronta celebración de Cortes y del modo con que debe procederse a la elección de diputados.


La naturaleza de los males indica la clase de los remedios oportunos, la urgencia de aquéllos inspira la pronta aplicación de éstos. Un reino que acaba de hacerse independiente porque, entre otras cosas, no se acomoda con el gobierno español, no debe de estar contento muchos días con que se le mantenga bajo el mismo, ni bajo las mismas leyes, pues dirá, y dirá bien, que éstas no le proporcionan la felicidad que desea, y que su independencia es fantástica y se ha quedado en juego de palabras.

A un golpe de vista se ve que no nos sería de ningún provecho el descontento general del pueblo por esta causa, y todo político convendrá en que interesa removerla dando prisa a la instalación del Congreso, como que él sólo puede crear leyes nuevas, justas, valederas y benéficas a la nación que legítimamente representa.

Hay cosas tan claras que, luego que se dicen, se entienden, y es acreditarse de ignorantes insistir en probarlas. Tal es la necesidad de la pronta instalación de Cortes. Pasemos a tratar de la elección de diputados.

Ésta es una materia tan importante al pueblo, que exige más prolija detención, y deseara tener el caudal de luces suficientes para tratarla con la debida dignidad; pero diré brevemente lo que me parezca con la claridad y sencillez posible, en obsequio de una patria que tanto amo.

Es tan importante el acierto en la elección de diputados, que de él depende nada menos que la felicidad de los pueblos, y siendo siempre necesario este acierto, lo es aun mucho más en las primeras elecciones, como que los primeros diputados son los que van a zanjar, no menos que los cimientos de la grande obra que se va a levantar a nuestra vista.

Pero qué, ¿el pueblo ha de elegir a sus representantes? Sí, el pueblo es a quien pertenece únicamente tan alta e interesante facultad. Al pueblo digo, y no a algunos del pueblo, toca elegir sus diputados, porque en todo él, y no en algunos, reside la soberanía, y así todo él es quien puede delegar en algunos una gran parte de esta soberanía autorizándolos para que desempeñen sus funciones en beneficio de la patria. Y pregunto: según estos principios inconcusos, ¿se verifica que el pueblo elija diputados, eligiéndolos como previene la Constitución española? Elegidos de esta manera, ¿serán válidas las elecciones? He aquí dos preguntas que pueden cuestionarse con ardor, pero que son bien fáciles de resolver.

Venero como debo los talentos de los señores que prescribieron la fórmula de las elecciones de diputados; pero si no me engaño, creo que bajo de ella no le queda al pueblo la justa libertad para elegir, y de consiguiente, que son nulas las elecciones hechas a nombre del pueblo, y no por el pueblo mismo.

Los únicos que elige el pueblo libremente son los compromisarios; después de éstos nada elige, y de aquí se sigue que pasada la jerga de electores de parroquia y de partido, van saliendo unos diputados, mil veces tan contra la voluntad general, que el pueblo se admira y aun se irrita de que lo representen unos hombres de quienes siempre ha desconfiado, y a quienes jamás tuvo intención de elegir.(18)

¿Y de qué hace esta monstruosidad? De que el pueblo elige libremente(c)compromisarios; éstos eligen electores de parroquia con menos libertad; los de parroquia con menos a los de partido, y éstos con menos que nadie a los diputados a Cortes:(19) de modo que en estas elecciones alambicadas se va perdiendo la libertad del pueblo a proporción que se va subdelegando de unos en otros; así como, según las leyes del movimiento, el cuerpo impelido va perdiendo su fuerza a proporción de lo que se aleja del cuerpo impelente.

De todo lo que se deduce que el modo de elegir diputados conforme al sistema español, es casi siempre muy expuesto a las intrigas, cohechos y seducciones de los malos, y esto trae funestos resultados, que deben serlo más en las próximas y primeras elecciones de la América, si no las hace el pueblo inmediatamente y con entera libertad.

Ninguna dificultad se advierte para que esto suceda si se quiere. Avísele al pueblo con tiempo para qué día se han de hacer las elecciones de diputados en cada capital de provincia y en cada lugar que llegue a mil vecinos.

Hecho esto, el día citado, después de una misa solemne en que se implore la gracia del Espíritu Santo para el acierto de las elecciones, se juntarán en las plazas más públicas la primera autoridad civil y la eclesiástica, los síndicos del común y diez testigos imparciales, tomados en el acto de entre la multitud de concurrentes.

De estos diez, se nombrará un secretario, un fiscal, seis colectores de votos y dos revisadores.

Ya nombrados, se les tomará solemne juramento, que harán delante de un santo Cristo, hincada la rodilla y puesta la mano sobre los santos Evangelios.

La fórmula del juramento sería ésta: ¿Juráis a Dios (diría la autoridad eclesiástica),juráis a Dios cumplir fiel y exactamente con el encargo que os hace la nación? Sí, juro,respondería el juramentado. Si así lo hiciereis, continuaría el superior, Dios os proteja, y si no, os castigue severamente.

Sin embargo de una conminación tan seria en un acto sagrado y religioso, como la vieja decía que con excomuniones se podía pasar, pero con multas no, porque la humana miseria más se contiene con la amenaza de penas temporales que con las eternas, sería muy útil que, concluido el juramento, se levantara el síndico del común y leyese en voz bien alta y comprensible el siguiente decreto: "La regencia del imperio manda que cualquiera de los jueces y juramentados que aquí nos hallamos, que se le advierta y justifique alguna ocultación de votos, transferencia de ellos u otro género de maquinación, sea en el acto y a presencia del pueblo, pasado por las armas, sin darle más tiempo que una hora para que se disponga a morir, siendo su cabeza puesta en un palo por tres días en este mismo lugar, con un mote que digapor traidor a la confianza pública.

Si por desgracia hubiera alguno tan desesperado que se atreviera a serlo, sería ejecutado en el acto, e inmediatamente se escogería de entre la multitud otro individuo que lo reemplazara y se continuaría la votación, corregido el vicio castigado.

Para esto asistirían tres jueces letrados con su escribano y el número de tropa suficiente para sostener su sentencia y sus personas.

La votación se haría de esta manera: solamente los padres de familia de todas clases y castas del estado tendrían voz y voto en las elecciones, sin que ningún eclesiástico, ni soltero ni viudo, la tuviese. Así se haría tan apreciable el matrimonio como ahora lo es el celibato para los libertinos.

Cada casado, padre de familia, antes de votar presentaría a los jueces por medio de los colectores de votos la certificación de su cura.

Como estas elecciones en las ciudades populosas debían distribuirse por parroquias, sería muy necesario que asistiesen a ellas los curas acompañados de sus notarios, que llevasen los libros de partidas de matrimonios, para que, en caso de duda, pudiesen comprobar fácilmente las certificaciones que presentan sus feligreses, para cerrar así la puerta a toda superchería que propendiera a suplantar las firmas, o a fingirse con diverso nombre del propio.

Concluida esta diligencia, se procedería a la votación por cédulas, así como usaban su ostracismo los griegos y romanos.

Cada votante pondría en la cédula su nombre y el de la persona a quien daba su voto.

Esta cédula la entregaría al colector que le tocara, quien la tomaría y levantada en alto, la colocaría en uno de muchos y grandes tablones que debían estar a los lados del tribunal con sus líneas señaladas con grandes números, y allí se pegaría con engrudo, de suerte que cualquiera pudiera estar seguro de que su voto estaba en el número seis, o diez, o veinte, o mil.

Puestas las cédulas en este orden y con tal publicidad, uno de los revisores por una parte y otro por otra, iría leyendo en alta voz los votos de esta manera: número uno, don Fulano de Tal, diciendo el nombre del votado y nunca del votante.

Los escribientes formarían sus listas, encargándose de una vez del nombre de los votados, del número a que correspondían y de los votos que sacaban, que se pudieran hacer de este modo:

 

Números

12

15

125

 

Nombres

don Juan H.

don Pedro B.

don Andrés N.


Votos

0000

0000

0000

 

O si hallaban otro modo más seguro y fácil, se valdrían de él, el caso es que las listas se facilitaran a la comprensión de los jueces y secretarios.

Cotejados los votos y sacado el número excedente a favor de los votados, el fiscal revisaría las listas para si estaban correctas, presentarlas con su visto bueno a los señores jueces para su autorización; y si no, corregirlas u [sic]averiguar el fraude si lo hubiese.

Cualquier votante estaría autorizado para advertir un fraude cuando lo notase. Por ejemplo, el colector leía: número diez don Francisco Camacho; número once, don Manuel Pérez; número veinte, don Francisco Camacho; en este caso cualquiera podría decir: ese nombre está en el número diez, y no necesita sino una raya más, y así en el número veinte debe haber otro nombre distinto.

No sé si se me he explicado, y deseo ser claro en estas ocasiones.

Pondré las listas de los tablones:


Números

1

2

3


Nombres

don Juan N.

don Pedro B.

don Ignacio Z.


Votos

0000

0000

0000

 

Así es que los colectores tendrían el trabajo de revisar los nombres y de ir poniendo su raya (que aquí impreso vale por ceros) a cada voto.

Aquí ocurre una dificultad y no pequeña. Hay en una parroquia dos o tres sujetos beneméritos a quien muchos dan su voto y son de un mismo nombre y apellido. ¿Qué haremos para saber quién tiene la pluralidad? Yo no encuentro sino éste: que, después de escribir en las cédulas el nombre del votado, se ponga su oficio u ejercicio público. Esto es: don Juan Nabogado, don Juan Nlabrador, etcétera, y de este modo cuando se hallen dos en un mismo apellido, pueden distinguirse por sus oficios u [sic]ejercicios.

Yo conozco y confieso que esto es muy difícil, que es muy trabajoso para los colectores y revisadores de voto, pero no encuentro medio más fácil con qué simplificarlo. El caso es que conviene que el pueblo, digo, todo individuo de él, esté satisfecho de que se publica, se escribe y se coteja el nombre del sujeto a quien dé su voto.

Haga juicio el público de que si con tantas reservas y prolijas precauciones se notan mil dificultades para exprimir el voto legítimo y uniforme de la nación, ¿qué será si se hace con el atropellamiento y exposición que se nota en el modo anterior?

Hechas las elecciones de esta suerte, en un mismo día, supongamos, el primero de enero, y en todas las ciudades y pueblos grandes de provincia, se imprimirían listas de los individuos que en cada parte hubieran sacado más votos, y se fijarían en los parajes públicos, así como se hace con los números premiados en la lotería. Donde no hubiera imprenta, se harían en el acto las listas manuscritas; pero de un modo o de otro se fijarían, autorizadas por los jueces, para que fuesen dignas de crédito.

Inmediatamente se pasarían copias certificadas a las capitales de provincia, y en éstas el día cinco, previas las formalidades del juramento, se abrirían públicamente, se leerían, se cotejarían y se extractarían los sujetos que hubiesen reunido la pluralidad de votos de todos los pueblos, los que serían los legítimos diputados a Cortes.

Acto continuo se darían a conocer al pueblo por medio de listas, y al día siguiente, con asistencia de los que hubiese en la capital, se cantaría una misa solemne en acción de gracias al Todopoderoso.

Sin pérdida de tiempo se daría parte de todo a la capital del imperio, y el día quince en ésta se publicarían los nombres de todos los señores diputados.

Para el día treinta y uno deberían estar en México todos los señores vocales, y el día primero de febrero asistirían a una misa solemne que, en invocación de la gracia del Espíritu Santo, diría, por ahora, el señor arzobispo, y en los años siguientes el eminentísimo nuncio apostólico, que debe residir en la capital del imperio.

Concluida la misa, saldrían en procesión los señores diputados, acompañados de las primeras dignidades eclesiásticas y autoridades civiles y militares, repicándose generalmente en el acto, y haciéndose por la artillería y tropas las mismas salvas que se harían a un emperador a la entrada en su capital. De esta manera se conducirían al salón de Cortes, y después de arengar el presidente, se abriría la primera sesión.

He aquí el modo mejor a mi entender de que las elecciones de diputados fuesen libres, públicas, justas, valederas y a satisfacción de todos. Acaso se notaran mil dificultades, que vencerían los talentos ilustrados poco a poco, según las mismas dificultades se ofreciesen, pero sin perder de vista el punto principal de que fuesen hechas inmediatamente por el pueblo, y tan a su satisfacción que descansara con confianza en sus representantes.

Resuelto el mejor modo de la elección de éstos, pasemos a instruir al pueblo en las circunstancias que debe tener un diputado.

 

 


(1) México, Imprenta Imperial, 1821.

(2) Nihil factum si aliquid superesset agendum. Lucano, Farsalia,II, 657. Esta premisa se considera como la expresión del rasgo principal del carácter de César.

(3) En el artículo 371, capítulo único del título IX de la Constitución Política de la Monarquía Española.

(4) "Venegas experimentó la suerte que es común en los que mandan durante las grandes crisis. Aplaudido y admirado a su llegada; considerado por los españoles como su libertador; fue después censurado, según los diversos humores de los partidos: aborrecíanlo los insurgentes; porque había impedido que se consumase la revolución; llamábanlo cruel y sanguinario, porque había tenido que hacer uso de medios de rigor que las circunstancias habían hecho indispensables; el clero, sobre todo, lo detestaba por haber atacado sus privilegios; los realistas, por el contrario, le reprendían su demasiada benignidad; a ella y a la falta de plan de sus operaciones atribuían los progresos que la insurrección había tenido recientemente, y de aquí resultó que no estando bien con ningún partido, todos, si no aplaudieron; vieron por lo menos con indiferencia su separación del mando. Juzgándolo ahora con la imparcialidad que el transcurso del tiempo y la variación de las circunstancias permiten, la justicia exige que se diga que fue hombre de grande integridad, mérito que le reconocen aun sus más acérrimos enemigos; no sólo no empleó ninguno de los medios abusivos de enriquecer introducidos por Iturrigaray, sino que ni aun recibió aquellos regalos autorizados por la costumbre, y así es que volvió pobre a España, necesitando que sus amigos le facilitaran auxilios para hacer el viaje [...]. Fecundo en recursos, los encontró para sostener los gastos de la guerra, pareciendo poseer el secreto de hacer salir soldados del polvo de la tierra, pues cuando nada había, logró formar un ejército numeroso, y supo oponer divisiones de tropa a las cuadrillas de insurgentes que por todas partes se levantaban." L. Alamán, "Don Francisco Javier Venegas", en Semblanzas e ideario, prólogo y selección de Arturo Arnáiz y Freg, México, Ediciones de la Universidad Nacional Autónoma, 1939 (Biblioteca del Estudiante Universitario, 8), pp. 66-67. Cf. nota 29 a Chamorro y Dominiquín. Segundo Diálogo...

(5) Calleja. Cf. nota 30 a Chamorro y Dominiquín. Segundo diálogo...

(6) Juan Ruiz de Apodaca. En su administración se le reconocen grandes aciertos: contuvo a los monopolistas, fijando el costo del maíz; socorrió a los miserables, prodigó perdones; descargó considerablemente el erario. Se le otorgó el título de conde del Venadito como premio a la campaña que dirigió y apoyó contra Mina. Fue autor de un opúsculo sobre la aplicación de los pararrayos a los buques. Cf. nota 31 a Contestación de El Pensador... y 33 a Chamorro y Dominiquín. Segundo diálogo...

(7) Lizardi estuvo preso en tres ocasiones: entre diciembre de 1810 y enero de 1811. Cuando era subdelegado interino del Real de Minas de Taxco, fue aprehendido por Nicolás Cosío y traído a la ciudad de México en cuerda de presos. En diciembre de 1812, el día 3, Lizardi entregó personalmente al virrey Francisco Xavier Venegas el número 9, dedicado a él por ser su onomástico, de El Pensador Mexicano, donde se le pedía como gracia la revocación del edicto que decretaba juicio para los sacerdotes revolucionarios [cf. nota 10 a Reflexiones interesantes...]. Ante este reto, el Consejo de Seguridad pidió formalmente al virrey un escarmiento para el autor de la propuesta. Al día siguiente, se responsabilizó de la autoría a Lizardi, por lo cual se expidió orden de aprehensión en su contra. El día 5 se suspendió la libertad de imprenta. El día 7, y debido a que el acusado se negó a entregarse, Lizardi fue sorprendido en su domicilio y fue conducido a la Cárcel de la Corte. El periódico de El Pensador continuó publicándose, así como los suplementosPensamientos Extraordinarios. Lizardi dirigió dos cartas a Calleja, el nuevo virrey, quien le negó la libertad, pero le concedió permiso para salir periódicamente a visitar a su familia. Aconsejaron al virrey la conveniencia de que Lizardi fuera puesto en libertad, éste dio su aprobación el 31 de junio de 1813. El 1º de marzo de 1821, Lizardi publicó su panfleto Chamorro y Dominiquín. Diálogo jocoserio sobre la Independencia de la América [en este volumen], declara que es necesario llegar a una independencia garantizada por las Cortes. El 8 de marzo el impreso fue prohibido y su autor encarcelado. Desde la prisión escribió su Defensa que el Pensador Mexicano presentó a la Junta... [en este volumen]. A los pocos días, el autor de El Periquillorecobró su libertad.

(8) El 28 de octubre de 1822 había llegado a México mister Joel Roberts Poinsett, como agente confidencial, del gobierno de los Estados Unidos, un "maligno agente masónico", a decir del padre Cuevas en su Historia de la nación mexicana. Poinsett escribió más tarde un libro muy curioso sobre México, que tituló Notes on México, made in the autumn of 1822 (Filadelfia, 1824) donde el 3 de noviembre, dejó asentado su punto de vista sobre Iturbide: "Esta mañana fui presentado a Su Majestad... No repetiré los cuentos que se oyen diariamente sobre el carácter y la conducta de este hombre. Antes de la última revolución triunfante, mandaba una fuerza pequeña al servicio de los realistas, y se le acusa de haber sido el más cruel y sanguinario perseguidor de los patriotas, y que nunca había perdonado a un prisionero. Sus cartas oficiales al virrey lo atestiguan. En el intervalo entre el desastre de los insurgentes y la última revolución, residía en la metrópoli, y en una sociedad que no se distingue por su moral estricta se distinguió por su inmoralidad. Su usurpación del más alto puesto ha sido la más notable e injustificada; y su ejercicio del poder ha sido arbitrario y tiránico. Con trato agradable y exterior atractivo, y con generosidad exagerada, se ha ganado a los oficiales y los soldados, y mientras posea los medios para pagarles y recompensarles podrá mantenerse en el trono; pero cuando le falten esos medios, se derrumbará. Es una ley histórica, que probablemente se comprobará de nuevo con este ejemplo, que un gobierno que no está fundado sobre la opinión pública, sino establecido y sostenido por la corrupción y la violencia, no puede existir sin amplios recursos para pagar a los soldados y mantener a los pensionistas y los partidarios. Consciente de su situación y de las probables consecuencias de su fracaso personal, está haciendo grandes esfuerzos para negociar empréstitos en Inglaterra [...]. Si se juzga a Itutbide por sus proclamas públicas, no me parece que sea un hombre de talento. Es rápido, atrevido y decisivo y no tiene escrúpulos respecto a los medios que debe emplear para conseguir lo que se propone." Rafael Heliodoro Valle, Iturbide, varón de Dios, op, cit., pp. 80 y 81. Cf. notas 2 y 6 a Contestación de El Pensador...

(9) Miguel Hidalgo y Costilla, Cf. nota 7 a Reflexiones interesantes...

(10) Ignacio María de Allende (1779-1811). Héroe de la independencia de México. Inició su carrera militar en el ejército realista; ganó sus primeros ascensos a las órdenes de Calleja. Era capitán en 1806 y empezaba a mostrarse partidario de la lucha por la independencia; en San Miguel, población de la intendencia de Guanajuato, donde mandaba el regimiento de caballería de la Reina, acogió con entusiasmo los proyectos de los conspiradores de Valladolid, que fracasaron, pero, en 1810, también estaba de acuerdo con la conspiración de Miguel Hidalgo, que fue descubierta y entonces Allende se adhirió abiertamente al movimiento insurgente. En septiembre de ese año ya era teniente general de las tropas capitaneadas por el cura Hidalgo.

(11) Mariano Matamoros. Cf. nota 47 a Chamorro y Dominiquín... independencia...

(12) José María Morelos y Pavón. Cf. nota 46 a Chamorro y Dominiquín. independencia...

(13) Nicolás Bravo. Cf. nota 44 a Chamorro y Dominiquín... independencia...

(14) Hermenegildo Galeana, Cf. nota 45 a Chamorro y Dominiquín... independencia...

(15) Francisco Javier Mina. Cf. nota 48 a Chamorro y Dominiquín... independencia...

(a) No ha faltado ahora tal cual cura, y uno que otro escritorcillo obscuro que, a los principios de nuestra gloriosa lucha, trataron de desacreditar al héroe y la causa que defendía; pero muy en breve se vieron despreciados por la opinión común y enmudecieron confundidos como los ídolos de Egipto a la presencia del Mesías ["Hay una nota de Iturbide en su diario militar que corresponde al 30 de abril de 1815: 'Fueron fusilados 13, a quienes se calificó delito de infidencia'. Esta es una de las más inocentes noticias que, con toda franqueza, proporciona. Zavala escribe: 'Los mismos jefes españoles apenas llegaban a igualar en crueldad a este americano desnaturalizado; y verlo como por encanto presentarse a sostener una causa que había combatido, parece que debía inspirar recelos a hombres que, como los insurgentes mexicanos, habían sido muchas veces víctimas de su crueldad y de perfidias repetidas'. Fue en el Bajío en donde más sangre derramó. Don Justo Sierra dijo bien: 'Exageró su celo, lo que calentó al rojo blanco, por lo mismo que no era sincero, y la espada de la represión se tiñó en sus manos de sangre insurgente hasta la empuñadura'. Aun cuando gustaba de exagerar en sus partes oficiales el número de los fusilados por su orden, y aun cuando varios de sus enemigos sistemáticamente tratan de poner de relieve su crueldad. (Vicente Rocafuerte, Carlos María de Bustamante) no puede ya negarse que superó al brigadier Calleja en las hazañas sanguinarias. El Padre Mier decía: 'Téngase presente a este animal de las Indias' [...]. Don Francisco Bulnes lo llama 'Un hombre de guerra notablemente cruel y acostumbrado a matar tanto como a comer y a dormir'." Rafael Heliodoro Valle, Iturbide, varón de Dios, p. 21. Al lado de estos testimonios desacreditadores, hay otros, contemporáneos de Iturbide, en donde lo defienden; nos han llamado la atención dos de ellos: Callen unos y hablen otros, o El Americano Imparcial (México, Imprenta de Ontiveros, 1821), donde el autor refuta los principales argumentos de los escritores que atacaban a Iturbide; otro es la Carta de un filósofo sobre los últimos acaecimientos políticos (México, Imprenta Imperial de D. Alejandro Valdés, 1821), que defiende al generalísimo de los ataques de algunos escritores que querían nublar sus acciones sembrando la desconfianza y propiciando divisiones peligrosas para la tranquilidad del país].

(16) Anáhuac. Palabra mexicana que significa junto o cerca del agua, con la que designaban los naturales del país la costa de México. El franciscano Motolinía fue el primero que empleó esta palabra para designar con ella a toda la Nueva España. Su error procede de que los mexicanos usaban la voz cam-anahuac, "todo Anáhuac", es decir, "todo el país comprendido entre las costas", queriendo indicar con ella "toda la tierra", "todo el mundo". A la llegada de los españoles, el territorio del Anáhuac comprendía los estados de Querétaro, Colima, Guerrero, Oaxaca, partes de Chiapas, denominada Anahuac Ayotlan y México, Puebla, Veracruz y Tabasco o Anáhuac Zilanca.

(17) Cf. nota 34 a Papeles contra sermones.

(b) Aunque se ha derramado alguna sangre en Tepeaca, Córdoba, Querétaro y Azcapotzalco, ha sido muy poca, comparada con la que debía haberse derramado, si otro jefe menos prudente y humano hubiera emprendido tan alta empresa.

(18) En la Constitución Política de la Monarquía Española consultamos, en el título III, los siguientes capítulos y artículos: "Capítulo II. Del nombramiento de diputados de Cortes. Art.34. Para la elección de diputados de Cortes se celebrarán juntas electorales de parroquia, de partido y de provincia. Capítulo III. De las juntas electorales de parroquia. Art. 35. Las juntas electorales de parroquia se compondrán de todos los ciudadanos avecindados y residentes en el territorio de la parroquia respectiva, entre los que se comprenden los eclesiásticos seculares. Art. 36. Estas juntas se celebrarán siempre, en la península e islas y posesiones adyacentes, el primer domingo, del mes de octubre del año anterior al de la celebración de las Cortes. Art. 37. En las provincias de Ultramar se celebrarán el primer domingo del mes de diciembre, quince meses antes de la celebración de las Cortes, con aviso que para unas y otras hayan de dar anticipadamente las justicias. Art. 38. En las juntas de parroquia se nombrará por cada doscientos vecinos un elector parroquial. Art. 39. Si el número de vecinos de la parroquia excediese de trescientos, aunque no llegue a cuatrocientos, se nombrarán dos electores; si excediese de quinientos aunque no llegue a seiscientos, se nombrarán tres, y así progresivamente. Art. 40. En las parroquias cuyo número de vecinos no llegue a doscientos, con tal que tengan ciento cincuenta, se nombrará ya un elector, y en aquellas en que no haya este número, se reunirán los vecinos a las de otra inmediata para nombrar el elector o electores que le corresponda. Art. 41. La junta parroquial eligirá, a pluralidad de votos, once compromisarios, para que éstos nombren el elector parroquial." Cf. F. Tena Ramírez, Leyes fundamentales de México, op. cit., pp. 64-65. Fernández de Lizardi, en El Pensador Mexicano, tomo I, número 8, escribió lo siguiente: "El primer domingo de diciembre se ha de proceder a las juntas electorales por parroquias, según el articulo 37 del capítulo III de la Constitución. Estas juntas han de componerse de todos los ciudadanos avecindados y residentes de la parroquia respectiva. Cada una de dichas juntas ha de elegir, a pluralidad de votos, once, veintinuno o treinta y un compromisarios, para que éstos nombren el elector parroquial. De la libre elección de los ciudadanos de estos compromisarios depende la justa votación de éstos a los electores; de la justa votación de éstos debe resultar el justo nombramiento para los electores de partido; de la de éstos últimos pende la acertada elección de diputados para las Cortes. Y de la bondad, probidad, justicia y sabiduría de los vocales se debe esperar la futura felicidad de la nación. Conque cuidado, por amor de Dios, con la más religiosa y escrupulosa observancia en esteprimer paso. Acordémonos que lo que bien se comienza, bien se sigue. Cuidado con las trácalas; no vayamos a salir con que 'al primer tapón zurrapas'. Yo sé que haymuchos ojos, muchas orejas y muchas plumas en expectativa de estos actos públicos. Conque, cuidado, hermanos." Obras III, op. cit., p. 82.

(c) Cuando los elige libremente, pues las más veces los elige según la voluntad de los curas y jueces de los pueblos. El año pasado en Oaxaca fueron las eleccionescanónico mercantiles. Esto es: hechas al gusto de cuatro canónigos y otros tantos comerciantes.

(19) La elección indirecta de diputados pasaba por tres juntas electorales: la de parroquia, la de partido y la de provincia.