Fábula VII
HIPÓCRATES Y LA MUERTE
—Viejo loco insolente,
que quieres prolongar eternamente
de los hombres la vida,
en virtud de tu ciencia encarecida.
¿Cómo te atreves, di, so mentecato,
sin juicio ni recato
a usurpar mi dominio,
pretendiendo librar del exterminio
a todos los mortales,
curándoles sus lacras y sus males?
¿No adviertes, necio, que por varios modos
morirán los humanos todos todos
cuantos la luz miraren,
y el aire que respiran respiraren?
Sábete que no hay ciencia
que los pueda eximir de esta sentencia.
Así reconvenía
a Hipócrates la Muerte cierto día,
y este apreciable griego,
temblando desde luego
a vista de la Muerte,
así la dice: —Gran señora, advierte
que jamás he intentado
lo que has imaginado.
Sé que es justo y debido
que mueran todos, pues que ya han nacido;
pero es mi corazón harto sensible,
y así me es insufrible
ver padecer, señora,
al mísero mortal, que a un tiempo ignora
el mal de que adolece
y el remedio oportuno; aunque apetece
tal vez lo que le daña y perjudica,
con lo que más y más se mortifica.
Tratando de curarles sus dolencias,
apliqué mis desvelos y experiencias,
mis estudios, mis años,
para proporcionarles desengaños
con que alivien sus males,
sin pretender hacerlos inmortales.
Ésta, señora, mi intención ha sido,
y ya veréis que en nada os he ofendido.
—Es muy verdad que no —la Muerte dijo—;
el estudio prolijo
que por ellos has hecho,
por hoy les servirá de algún provecho;
pero mil ignorantes
vendrán sin duda en siglos más distantes,
que armados de sistemas y opiniones,
torcerán tus renglones
y harán mil barbarismos
interpretando mal tus aforismos,
cuyos yerros fatales
de los enfermos crecerán los males,
pues en vez de curarlos,
me ahorrarán el trabajo de matarlos.
El gozo me resalta
al pensar que do estén yo no haré falta.
De suerte que, en mi juicio,
tú me acabas de hacer un gran servicio,
pues con lo que has escrito y estudiado
creo que me has reclutado,
a tu pesar, millones
de necios y matones,
los que se llamarán, si bien se advierte;
queridos aprendices de la Muerte.
Dijo ésta, fuese, y el vejete griego
escribió con su llanto el cuento luego.
Bien que en él no comprehende
al hábil profesor ni al que lo entiende.
