Fábula XXXII
HERÁCLITO, DEMÓCRITO Y MINOS
Ante Minos llevaron
de Pluto los ministros
a Heráclito, llorón,
y a Demócrito, vivo,
joven, alegre, chato,
socarrón y festivo.
Luego que el juez los tuvo
en su presencia listos,
con un semblante grave
estos cargos les hizo:
—Oyes tú, mozo alegre,
¿por qué siempre has reído
del mísero mortal
las faltas y extravíos?
Demócrito turbado
se disculpó y le dijo:
—¡Oh, señor! Yo a los hombres
por locos he tenido,
y como un loco siempre
es de la risa digno,
reí sin temor ninguno
sus faltas y delirios.
Minos dijo: —Está bien;
y al viejo convertido
le dice: —Y tú, ¿por qué
traes humedecidos
de lágrimas los ojos
y aun exhalas suspiros?
Heráclito responde:
—Señor, hermanos míos
son los hombres, y así
lloro sus extravíos,
sus desventuras siento,
lamento sus peligros.
Remediarlos quisiera,
pero no está en mi arbitrio;
y así desahogo
mi pena con sentirlos,
pues contemplo en cada hombre
un semejante mío.
—Tú eres un sabio —dice
el justiciero Minos—;
y tú, Demócrito, eres
un loco de capricho.
De filósofo el nombre
que siempre has pretendido,
que no logres decreto
por tu genio maldito,
y Heráclito lo goce
por uno y muchos siglos,
porque es digno de elogio
y de honor distinguido
el hombre que se duele,
con pecho compasivo,
del mal de sus hermanos,
que ama como a sí mismo;
y es digno de desprecio
el truhán, faceto, impío,
que en las faltas ajenas,
en ajenos delitos,
en los trabajos de otros
y en extraños martirios,
encuentra de su risa
el plato más indigno.
