HEMOS DADO EN SER BORRICOS
Y NOS SALDREMOS CON ELLO(1)
Diálogo
Entre don Braulio y don Porrás
DON PORRÁS: Por más que usted me diga, amigo don Braulio, yo no puedo creer que la ilustración se propague con la lectura de tanto miserable folleto como ve la luz pública, llenos de chocarrerías, contradicciones y disparates, y cuyos títulos nos indican bastantemente su futilidad y ningún nervio. Hágome yo bien de no leer nada ni gastar mi medio(2) ni mi real(3) en esas paparruchas.
DON BRAULIO: Está usted rematado, don Porrás; si acaba usted de asentar que no lee nada, ¿cómo asegura que todos los papeles contienen chocarrerías y sandeces?
DON PORRÁS: Así lo dicen otros.
DON BRAULIO: Pero si esos otros son como usted, que tampoco leen, no hay duda sino que será muy justa su opinión. Amigo, nada hay más propio para fomentar la ilustración que esa clase de papeles que por su poco precio y volumen se hacen accesibles y fáciles de leer a cualquiera.
Verdad es que muchos están vacíos de gracia e instrucción, como usted ha dicho; pero otros contienen bellas sentencias, noticias curiosas, rasgos de erudición admirables, moralidades oportunas y lecciones juiciosas en distintas materias. El que procura leer todo lo que sale distingue el grano de la paja(4) y aprovecha el primero. Aun los papeles malos nos enseñan.(5)
DON PORRÁS: ¿Qué nos pueden enseñar tales papeles?
DON BRAULIO: Nos enseñan de cuántos errores es susceptible el entendimiento de los hombres y qué fácilmente se precipita en ellos la voluntad cuando obran las pasiones sin el freno de la razón.
DON PORRÁS: Supongo por un momento que es todo como usted lo dice, pero ¿quién es capaz de soportar un gasto tan enorme como el que se echaría uno a cuestas si comprase cuanto papelucho sale a luz?
DON BRAULIO: En primer lugar, que yo no, ni digo ni puedo querer que todos compren cuantos papeles salen, sino que compren algunos, los que más les gusten, y de este modo se instruirían muchos, pues no sólo los leerían los compradores, sino otros a quienes los prestarán.
DON PORRÁS: ¿Pues así no se hace? ¿No compran bastantes papeles todos los días?
DON BRAULIO: No, señor, apenas hay quien compre papeles. Casi siempre se pierden los autores, y éste es el camino más corto para que nadie escriba, y de consiguiente, para que cese la tal ilustración que pudiera haber si los hombres, excitados del interés, poderoso resorte hasta de las acciones benéficas, se dedicaran a escribir sobre materias dignas de ser leídas. Pero si ven que no se venden los papeles y los autores se pierden, ¿cómo han de querer escribir, por más buena disposición que tengan?
También hay otra razón para que no se vendan los papeles, y es que los muchachos vendedores apenas salen de los recintos del Porta1.(6) ¿Cuántas veces les coge a muchos de nuevo la noticia de que ha salido este papel u el otro, y no lo han oído gritar?
DON PORRÁS: Eso es porque los muchachos saben que los papeles son mulas,(7)como ellos les dicen, y no quieren cansarse en anunciarlos. Para que vea usted cuán ilustrados estamos, que los muchachos que no saben leer son los calificadores de los impresos; de modo que basta que ellos amulen(8) un papel para que no se venda, por bueno que sea.
DON BRAULIO: Esa es la mejor prueba de nuestra poca policía. Si los papeles los vendieran solamente los ciegos y pobres impedidos, como en España se mandó por ley, éstos harían mejor diligencia, y los muchachos y gente holgazana que descredita los impresos que no entiende, se dedicaría[n] a ser útil[es], en otras cosas.
Para suplir la falta de vendedores es muy bueno anunciar al público los impresos que han de salir, por rotuloncitos fijados en los lugares públicos, dándose en ellos una ligera idea de su contenido.
DON PORRÁS: Pues yo no he de leer, ni menos comprar un papel, mas que me lo anuncien con clarines. Ese dinero es mejor gastarlo en los toros,(9) Coliseo,(10) almuercitos(11) etcétera.
DON BRAULIO: Pues, amigo, ocioso es porfiar con usted. Si damos en ser borricos, seguramente nos saldremos con ello. A Dios.
SUBSCRIPCIÓN
Días hace hubiera dado a luz la Vida y hechos del famoso caballero don Catrín de la Fachenda, que anuncié antes de la Independencia;(12) pero no pude verificarlo por no haber habido subscriptores suficientes.
Habilitado ya de una imprenta(13) repito el convite a subscripción. Saldrá la obrita en un tomo en octavo con diez o doce láminas.(14) Su precio será de dos pesos(15)en México y veinte reales fuera de la Corte.
En ésta se recibirán las subscripciones en el Portal, Alacena de Sánchez.
(1) México, Imprenta del Autor, 1822.
(2) medio. Antigua moneda, mitad de un real fuerte y equivalente a treinta y un céntimos de peseta. Santamaría, Dic. mej.
(3) real. Cf. nota 15 a Satisfacción al público...
(4) apartar el grano de la paja. Saber distinguir lo substancial de lo que no lo es.
(5) aun los papeles malos nos enseñan. Cf. nota 2 a Chamorro y Dominiquín... independencia. ..
(6) Portal. Cf. nota 37 a Observaciones político-legales....
(7) los papeles son mulas. Cf. nota 12 a Satisfacción al público...
(8) amularse. Volverse mula una cosa; hacerse invendible. Muy usado en el comercio. Santamaría, Dic. mej.
(9) Antonio García Cubas escribió en sus "Cuadros de costumbres" lo siguiente: "Las corridas de toros, las maromas, los paseos de la Alameda y Bucareli, el atrio de Catedral, la Pradera y la Retama, constituían las diversiones favoritas del pueblo." Más adelante explica que: "Dos eran las plazas [de toros] que existían en la capital, ambas tan espaciosas que podían contener de 10,000 a 11,000 espectadores, siendo la más antigua la llamada de San Pablo, que se hallaba situada al SE. e inmediata al templo de aquel nombre y cuyos datos acerca de su construcción están perdidos." (Actualmente estaría situada entre las calles de Jesús María, Carretones, Santo Tomás y Topacio). La segunda plaza que menciona dicho autor fue la llamada del Paseo, estrenada en 1851. El libro de mis recuerdos, 7ª ed., México, Editorial Patria, 1978 (Colección México en el Siglo XIX), pp. 333 y 335.
(10) Coliseo. "Hasta principio del siglo XVII la Ciudad de México careció de un lugar que mereciera el nombre de Teatro. El primero que hubo fué construido por los religiosos de San Hipólito, junto al Hospital Real y en él se daban funciones con el objeto de obtener fondos para ayudar á sostener dicho establecimiento. La primera representación se dió allí la noche del 19 de Enero de 1722. Poco después se incendió y entonces los religiosos construyeron uno nuevo el año de 1725, en la calle que entonces se llamaba de la Acequia que después se llamó del Coliseo Viejo [hoy 16 de Septiembre]. Poco duró ese teatro sin deteriorarse y por fin fué demolido para levantar uno nuevo en 1732." Leduc, Lara y Pardo y Roumagnac, Diccionario de geografía, historia y biografía mexicanas, op. cit., p. 945. Por más de un cuarto de siglo fue el principal teatro de Nueva España. El. 6 de febrero de 1752 fue iniciada la construcción del Coliseo Nuevo. Fue estrenado el 25 de diciembre de 1753. Estaba situado en la calle del Colegio de Niñas (hoy Bolívar). En 1826 cambió su nombre por el de Teatro Principal. Fue destruido por un incendio el 1º de marzo de 1931.
(11) almuercitos. En la época de Lizardi, la gente del pueblo frecuentaba lasalmuercerías: fondas de mala clase, al decir de Jack Emory Davis, en que se expendían viandas improvisadas. Estudio lexicográfico de El Periquillo Sarniento, op. cit., p. 6. Más datos sobre dichos lugares nos los da el propio Lizardi: "Ya a las once del día no veía yo de hambre, y para más atormentar mi necesidad tuve que pasar por la Alcaicería, donde saben ustedes que hay tantas almuercerías, y como los bocaditos están en las puertas provocando con sus olores el apetito, mi ansioso estómago piaba por soplarse un par de platos de tlemolillo con su pilón de tostaditas fritas." El Periquillo Sarniento, t. III, cap. VI; en Obras IX, presentación, edición y notas de Felipe Reyes Palacios, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Filológicas, Centro de Estudios Literarios, 1982 (Nueva Biblioteca Mexicana, 87), p. 98.
(12) Don Catrín de la Fachenda. Se trata de la cuarta y última novela de Fernández de Lizardi; la primera edición fue publicada en 1832 y la segunda en 1843. En laCarta segunda de El Pensador al Papista, que publicamos en este volumen, el propio Lizardi nos proporciona uno de los datos más valiosos sobre la fecha en que ya se hallaba terminada la novela, es decir, escribió ahí que desde febrero de 1820 ya estaba aprobada para darse a luz. En un folleto de octubre de ese año intituladoRociada de El Pensador a sus débiles rivales dijo que: "El Catrín no ha salido a luz." (Obras X, op. cit., p. 315)
(13) Al parecer esta es la primera publicación salida de la imprenta de Fernández de Lizardi. En Rociada de El Pensador a sus débiles rivales había escrito lo siguiente: "El Periquillo quedó trunco porque el superior gobierno prohibió la publicación del cuarto tomo, como lo saben todos; y así de esta falta no tuve yo la culpa. Ninguna otra obra mía ha quedado incompleta, a excepción de La Quijotita [en la primera edición de 1818 sólo aparecieron los tomos 1 y II; la segunda edición, completa, es de 1831-1832]; y por ahora, pues se concluirá, así que logre hacerme de una imprentita." Obras X, op. cit., p. 315. Luis González Obregón puntualizó lo que sigue: "Muy fecunda fué la pluma de Fernández de Lizardi; se puede asegurar que durante los años transcurridos desde 1811 hasta su muerte acaecida en 1827, publicó más de veinticinco gruesos volúmenes, incluyendo, por supuesto sus obras literarias. Admira la gran facilidad que tenía para escribir sobre toda clase de materias, lo que indica que era hombre estudioso y de talento no común, y sorprende a la vez, cómo podía imprimir tanto, dado el estado que guardaba en materia de fondos, pues exceptuando una que otra ocasión en que por falta absoluta de recursos como ya hemos visto, le fué vedado hacerlo, casi siempre publicaba folletos a su costa, y se puede afirmar que ocupó la mayor parte de las imprentas que había entonces en México. Esto nos hace suponer, no sin fundamento, pues D. Carlos María Bustamante dice: que 'los escritos del Pensador Mexicano, no sólo se leían, sino que se reimprimían en Guadalajara'; esto nos hace suponer, repetimos, que sus obras y folletos eran buscados con afán, y por consiguiente muy vendidos, y con lo que esto le producía, medio subsistía, y consagraba la mayor parte de las utilidades a sus impresiones, ayudándose también en sus gastos con lo que ganaba en una alacena que tuvo en el portal de Mercaderes, donde expendía los periódicos y los papeles que entonces se publicaban." Novelistas mexicanos. Don José Joaquín Fernández de Lizardi, op. cit., pp. 47-48.