HASTA EN EL TEATRO HACEN DAÑO
LOS GACHUPINES CON MANDO(1)

 

 

Como por lo regular lo que pensamos de día soñamos de noche, sucedió que en una de éstas me acosté pensando en mi enfermedad(2) y en el modo con que me habilitaría de dinero para irme unos días a mudar temperamento fuera de México. En estos pensamientos me sorprendió el sueño, y me hallé en la glorieta de la fuente principal de la Alameda.(3)

Se llegó a mí un sujeto decente, vestido de negro y bien apersonado, quien me saludó con mucha atención y cariño, sentándose junto a mí. Yo le correspondí del mismo modo: me preguntó por el estado de mi salud, le informé de todo; aprobó la variación de temperamento, y me preguntó ¿qué por qué no la ponía en práctica cuanto antes?, le contesté que por falta de dinero, pues esto de sostener dos casas a un tiempo, caballos, mozo, gastos de coche de ida y vuelta, etcétera, demandaba algunos pesillos,(4) y yo no los tenía.

—¡Válgame Dios!, exclamó el caballero, quién había de creer a “El Pensador Mexicano”, al cabo de la vejez,(5) y quizá después de haber sacrificado su salud y su vida trabajando sin cesar en obsequio de su patria, le habían de faltar cien pesos para curarse. —No se admire usted de eso, caballero, le contesté: ésta es la suerte de los escritores que nacieron bajo el despotismo e ignorancia española, o bien han sido despreciados porque no han sido entendidos, o bien los han perseguido porque se han explicado con demasiada claridad, y siempre han muerto en la miseria. Cuando Apolo mandó a Cervantes que doblara su capa y se sentara, éste le dijo: “señor, no tengo capa”. Tal era la suerte de este célebre español, honor de su patria, que no tenía capa, cuando escribió su Viaje al Parnaso,(6) conque, ¿qué mucho será que a mí me falten auxilios de mayor tamaño, no pudiendo compararme con Cervantes en lo escritor, aunque sí en lo desgraciado? No se canse usted, caballero, el oficio de escritor es lo peor a que se puede dedicar un hombre en España, y en las tierras que dominó. Por eso el coronel don José Cadalso, en susCartas marruecas dice con mucha gracia a su mujer, en boca de un interlocutor, lo que sigue: “Hija mía, si el fruto que llevas en tu vientre fuere varón, no le enseñes a leer ni escribir, ni que sepa algo de provecho; deja que sólo se familiarice con el cochero y con los criados, y que sea un tontonete de primera, y él heredará a sus parientes, tendrá honores y te dará muchos doblones”.(7) —Bien conocía ese español el carácter de la mayor parte de sus paisanos, dijo el caballero. —Sí, señor, contesté, y nosotros hemos heredado sus mismos vicios, su misma ignorancia y fanatismo, su mismo orgullo y presunción, y por eso no es extraño que seamos tan ilustrados como somos, y lo peor es que para que se olviden esas malas mañas, va muy despacio. Algunas generaciones es menester que se hundan en el sepulcro para que los americanos se purguen de los vicios y malos hábitos contraídos con la educación española, pues están bien hallados con ellas. La vasija conserva mucho tiempo el olor de lo primero en que la infurtieron(8) cuando nueva Quo semel est imbuta recens, servabit odorem testa diu, dijo Horacio.(9)

—Pero usted, me preguntó el caballero, ¿qué diligencias ha hecho en estos días para habilitarse de dinero para promover su curación, que es lo que más importa? —Pocas, le dije, y todas infructuosas. La que me pareció mejor fue empeñar una comedia a la empresa, en cincuenta pesos, dándole desde luego el permiso de que la representase de su cuenta, percibiendo todas las utilidades de la primera noche.

—Con mil manos, dijo el caballero, le enviarían a usted los cincuenta pesos, como que la propuesta no podía ser más ventajosa. —Pues no, señor, le dije, no fue así. Se me contestó que por ahora no podía echarse. ¿Y qué comedia es? Las viejas y el fra[n]cmasón (10) —¡Oh amigo! ¿Como quiere usted que se represente, cuando tiene un enemigo mortal en el teatro? —Sí, señor, le dije, ya lo conozco, don Cayetano Castañeda,(11) administrador del Coliseo(12) fue el que se empeñó el año pasado en que no se representara, poniéndome mil excusas y trampantojos, de los que tuve que vencer algunos; pero, por fin, se salió conque no se representara.

—Pero se representó el Tiberio, tragedia del habanero don José María Heredia;(13)y demandaba gastos, que se erogaron, y el señor Prieto(14) apuró los esfuerzos de su habilidad, aunque con poca suerte, según el triste aplauso que tuvo.

—¡Oh señor!, le dije, ¿qué quiere usted? Esa tragedia o su autor tienen un sacramento que a mí me falta, cual es un bañito de agua salada de la mar. Primores hace aquí la tal agua; es sin comparación mejor que la agua de la reina,(15) la de colonia, la de lavanda, la de la vida y cuantas ha inventado la habilidad humana.

—A mí me ha incomodado el tal Castañeda, dijo el señor, por vano y orgulloso, y me ha incomodado porque soy interesado en la comedia. Pues ¿quién es usted y dispense? Yo soy don Urbano, me dijo, y el futuro esposo de doña Angelita.

Asombrado me quedé al ver que tenían existencia real unos personajes a quienes yo se las había dado ideal. Ya se ve, no advertía que estaba soñando, y así oculté mi admiración con el silencio.

Don Urbano la advirtió y me dijo: —Vea usted, por entre aquellos árboles vienen todos los compañeros de la comedia. En efecto, vi venir hacia nosotros a doña Elvira y su marido, con tamaño birrete, a Angelita y Margarita, muy compuestas como de campo, al padre don Celestino, muy circunspecto, y al oficial don Jacinto, triscando sobre las yerbas, como un muchacho, y cantando qué sé yo qué sonecitos. La tía Casilda venía platicando con su madre de Margarita y, en una palabra, hasta Juana venía pelando un pollo. Luego que llegaron a nosotros me saludaron con mucha cortesía, e impuestos por don Urbano de nuestra conversación, callaron todos y tomando la palabra don Jacinto dijo: —Vean ustedes, éstas y otras muchas inconsecuencias se siguen de que el único teatro que tenemos se haya erigido en un ramo escandaloso de monopolio, en cuyos pactos ni los actores ni los empresarios llevan otro objeto que sacarle al público el dinero, sea como fuere. De aquí las repetidas y ruidosas desaveniencias entre los cómicos y la empresa, de aquí la mala elección de las piezas,(16) y de aquí en fin, el descrédito de la ilustración nacional.

El gobierno, que debería tomar el teatro bajo su inmediata dirección, para darle el lleno y decoro posible, es aquí un frío espectador, y parece que nada le interesa este ramo, sin advertir que los teatros son los termómetros por donde se gradúa la ilustración de las naciones. ¿Y qué juicio se formarán los extranjeros de la nuestra al ver representarse tantas vidas de santos, apócrifas, tantos comediones insulsos y tanto sainete lánguido e inmoral? Dirán, y no se alejarán del acierto, que somos unos ignorantes, fanáticos y supersticiosos; que no conocemos el buen gusto, que los señores magistrados y gobernantes que consienten la representación de tales mamarrachos, son harina del mismo costal, y que si tal es la ilustración de la capital de los Supremos Poderes, ¿qué tal será la de los Estados?, ¿cuál la de los Territorios?(17) En esto estaba don Jacinto, cuando, por sus negros pecados, pasó por frente de nosotros el mismo don Cayetano Castañeda, en cuerpo y alma. —Vean ustedes, dijo don Jacinto, allí va el famoso calificador de las comedias de los americanos, el incomparable Castañeda. Apenas lo entendió la compañía, cuando todos se levantaron, y más de fuerza que de gana, lo hicieron entrar en rueda y oír de boca del atronado Jacinto, lo siguiente: —¿Conque, amigo, usted se empeñó demasiado el año pasado en que no se representara la comedia de El Pensador, yendo aprobada por dos doctores, a quienes no puede usted desatar la correa del zapato en materia de bella literatura? ¿A qué se atiene usted, hombre de Dios?, ¿qué piensa que sabe para calificar un drama como el que he reprobado? Él tendrá mil defectos, pero usted ¿por qué no los señala? Además, ¿que quién es usted ni nadie de la empresa, ni el mismo Prieto, para calificar el mérito de una pieza original en su clase? Sólo el público, y no más el público, es el legítimo juez, censor y calificador de estas obras. Dejara usted que se representara la comedia, y el público la aprobaría o silbaría como puede; pero negársela a su visita, mientras se le sacan las pesetas(18) y se le hace rabiar con San Tristeza, el Entremés de Olaya, el Resucita muertos y otras porquerías de éstas, donde lo primero que hostiga es la inverosimilitud, y de ahí la necedad y languidez, es cosa de desesperarse.

¿Qué no se confunde usted?, ¿no tiene usted vergüenza de que se le eche en cara que su reprobación no fue por otra causa sino por ser de un americano y ser usted gachupín?(19) Pues por esta razón, y por ser la comedia de quien era, esto es, de un americano patriota y el escritor más antiguo de la revolución, debió usted haber proporcionado se representara, y porque no se dijera, como se dice, que esto fue efecto de rivalidad y no otra cosa.

El autor no ha menester que su comedia se presente en este teatro. La imprimirá y se representará en otros, y aun en casas particulares, y ya el público formará de ella el justo juicio que merezca.

Por ahora, sólo aconsejo a usted que no se meta a reprobar comedias que no entiende ni es capaz de mejorar, y si no ¿a que no presenta usted al público una pieza enteramente suya, y de un asunto totalmente original, como El Pensador ha presentado su comedia? No, amigo, no es lo mismo ser autor que refundidor o remendón de comedias, y usted creo que no pasa de ahí.

Concluyó su sermón don Jacinto, y don Cayetano, que estaba que habas se le podía tostar en el lomo, quería dar algún género de satisfacción; mas apenas comenzó a hablar, cuando lo interrumpió Angelita, diciéndole: —Cállese usted, gachupín maldito, que ésta es la hora que no me caso por usted. —Ni yo tampoco, decía Margarita. —Ni yo me acabo de colocar en mi destino, decía el padre... En fin, aquello iba tomando muy feo semblante, porque todos le echaban la culpa a don Cayetano de la suspensión de su buena suerte. Las viejas y las muchachas cada vez se electrizaban más, y ya yo las veía en punto de saltar a la cara a don Cayetano; pero don Urbano, siempre prudente, calmó aquella tempestad y sacó del peligro a Castañeda, quien no dejara de acordarse de Las viejas y el fra[n]cmasón, pues el susto no fue para menos.

Querían aquellos señores continuar su conversación, cuando me despertó la tos, privándome de tan agradable ilusión.

 

 

SUSCRI[P]CIÓN A LA COMEDIA

 

Desde hoy queda abierta en la librería del finado Ontiveros a la comedia titulada LAS VIEJAS Y EL FRA[N]CMASÓN, siendo su precio cuatro reales.(20) Se procurará que vaya de buena letra y muy correcta.

Luego que esté en corriente se avisará por rotulones, para que los señores suscri[p]tores ocurran por sus ejemplares.

Aunque deseamos tener muchos suscri[p]tores, y entre éstos bastantes fanáticos para que se desengañen de mil necedades, si no se han de aprovechar, mejor es que no se encolericen y se enfermen de balde, y así no se suscriban.

 

México, mayo 17 de 1827.


El Pensador

 

 


(1) México: 1827. Oficinas de la Testamentaría de Ontiveros [Cf. nota 1 a La tragedia de los gatos...].

(2) “When he wrote this pamphlet, Lizardi was extremely ill with tuberculosis. This may, in fact, be the last article he ever wrote, since he died less than six weeks later, on June 27th, 1827, and no article of his bearing a later date has come to light.” James C. McKegney, “Some recently discovered pamphlets by Fernández de Lizardi”, opcit.

(3) Alameda. Cf. nota 8 a El ángel que anoche... Las glorietas de la Alameda estaban formadas de la siguiente manera, según descripción de José Ma. Marroquí: “La combinación de sus calles es bastante artificiosa: dos calles perpendiculares á sus lados, que parten de la mitad de ellas cruzándose en el centro, la dividen en cuatro partes iguales; otras dos líneas también perpendiculares á sus lados mayores y seis oblicuas á ellas, dejan toda la superficie del paseo dividida en veinticuatro triángulos, cubiertos de verde pasto. Los puntos de intersección de estas líneas forman siete glorietas abiertas, circulares, rodeadas de asientos de piedra con balaustrada de lo mismo por respaldo y en los extremos de ellas doce glorietas semicirculares con asientos iguales. En los dos lados mayores del Sur y del Norte, hay asientos de fierro.” La Ciudad de México, t. I, op. cit., p. 225. En cuanto a la fuente, el mismo autor escribió que eran cinco y fueron estrenadas el 8 de diciembre de 1775, empero, a causa de un accidente ocurrido en 1786, la fuente principal fue sustituida; “se resolvió hacer de nuevo toda la fuente: el brocal dejó de ser polígono de ocho lados y fué una curva compuesta, montada sobre un escalón, y es el mismo que todavía se conserva; el surtidor tuvo la forma de una pirámide cuadrangular, cuyos lados eran cóncavos, por manera que base y sección alta eran iguales; la base estaba adornada de zócalo, friso y cornisa, y sobre la sección superior descansaba un capitel que sostenía una gran traza de fierro, de forma circular, y en cuatro puntos de ella, opuestos, leones echados que arrojaban agua por la boca; la superficie de la pirámide no estaba aplanada lisa, sino con arte formadas escamas, pintadas de amarillo, al óleo. A la redonda del surtidor, á igual distancia de éste y del brocal, había ocho pilarejos, surtidores pequeños, que remataban en cañones de plomo extendidos en forma de abanicos, y esta misma forma daban á los chorros del agua que por ellos salía. Esta fuente duró hasta el año 1853 que se cambió por la actual.” Ibid., p. 262.

(4) pesillos. Cf. nota 4 a Mañas viejas...

(5) Tenía 51 años.

(6) Viaje del Parnaso (Madrid, 1614).

(7) “si yo fuera casado, y mi mujer se hallara próxima a dar sucesión a mi casa, la diría con frecuencia: desea con mucha vehemencia tener un hijo tonto, verás qué vejez tan descansada y honorífica nos da. Heredará a todos sus abuelos y tíos y tendrá robusta salud. Hará boda ventajosa y fortuna brillante. Será reverenciado en el pueblo y favorecido de los poderosos; y moriremos llenos de convenencias. ¡Pero si el hijo que tienes en tus entrañas saliere con talento, cuánta pesadumbre ha de prepararnos! Me estremezco al pensarlo, y me guardaré muy bien de decírtelo por miedo de hacerte malparir de susto. Sea cual sea el fruto de nuestro matrimonio, yo te aseguro a fe de buen padre de familia, que no le he de enseñar a leer ni a escribir, ni ha de tratar con más gente que el lacayo de casa.” José Cadalso, Cartas marruecas, ed., pról. y notas de Juan Tamayo y Rubio, 6ª ed., Madrid, Espasa-Calpe, 1971 (Clásicos Castellanos, 112), p. 208 (se trata de la “Carta LXXXIII”).

(8) enfurtieron. Llenaron.

(9) Horacio, Epístola 1, 2.

(10) Las viejas y el fra[n]cmasón... Cf. nota 2 a ese folleto.

(11) Cayetano Castañeda. Cf. nota 6 a Una buena zurra...

(12) Coliseo. Cf. nota 36 a Hoy truena...

(13) José María Heredia. Bachiller, humanista y escritor cubano que estuvo en México de 1819 a 1821, y después vino invitado por Guadalupe Victoria en 1825. Fue secretario y confidente de López de Santa-Anna. En México fue, además, diputado, ministro de la Audiencia y rector del Instituto Literario de Toluca. Fue conocido por su oda Al Niágara. En 1826, junto con Claudio Linati y Florencio Galli dirigió el periódico crítico-literario El Iris. Escribió, tradujo y arregló obras de teatro, entre ellas: El campesino espantadoEduardo IVo el usurpador clementeLos últimos romanosSila y Tiberio.

(14) Prieto. Cf. nota 21 a Las viejas y el fra[n]cmasón...

(15) agua de la reina. Utilizada para “la frente, sienes, nuca, narices y coyunturas de los insultados”, y la posología era: “item: Desátese media onza de triaca magna en dos onzas de agua de la Reina de Ungría”, en Juan Manuel Venegas, Compendio de medicina o Medicina práctica, en que se declara lacónicamente lo más útil de ella, que el autor tiene observado en estas regiones de Nueva España, para casi todas las enfermedades que acometen al cuerpo humano, México, Felipe de Zúñiga y Ontiveros, 1788, p. 26.

(16) “En el Diario de Noticias de hoy [31 de agosto de 1825] se da idea exacta del movimiento que hace quatro noches hubo en el teatro antiguo. El movimiento pudo ser mayor y de más trascendencia si los jueces no se hubieran revestido de paciencia para tolerar la imprudencia del público el qual se desvergonzó altamente con el Albino Marqués de Salinas llamándole Coyote, Cabeza de Pita, y aún aseguran que le tyraron pedazos de sillas.” Carlos Ma. de Bustamante, Diario histórico de Méxicoop. cit., t. III, vol. 1, p. 118. “TEATRO. Parece que al fin terminarán las diferencias sobre teatro, y que habrá un avenimiento entre las partes. El público celebrará esta deferencia que propenderá á su mejor entrenamiento.- Hasta mañana.” Águila Mexicana, año III, núm. 75 (28 junio 1825), reproducido por Bustamante, op. cit., t. III, vol. 2, “Anexo 40”, p. 301. Hubo desavenencias entre empresas del teatro antiguo y “teatro provisional”, por incumplimientos de “un bailarín”; Bustamante reproduce el Diario de Noticias o El Amigo del Pueblo Mexicano, t. I, núm. XLVIH (31 agosto 1825), pp. 189-192 y el Águila Mexicana, año III, núm. 137 (30 agosto 1825), en los anexos 48 y 49 del Diario histórico de Méxicoop. cit., t. III, vol. 2, pp. 323 y 324. Este autor nos da más noticias sobre el tema: Águila Mexicana, año III, núm. 153 (15 septiembre 1825): “Sr. editor: el abonado autor del comunicado inserto en su estimable periódico de U. del 12 del corriente sobre teatro, ha dado la primera mano a la contestación que le correspondía al del abonado en los gallos, del Indicador del 9, y yo ahora quiero concluir la obra manifestando francamente mi opinión. Soy también abonado en los gallos, porque he gustado de las mejores representaciones; pero esto no obsta para que indique, que la última medida adoptada por el empresario ó empresarios de ambos teatros, es de todas maneras tan perjudicial al público, como lo era la división de la empresa. Por ella queda aun subsistente la rivalidad de entre los actores y actrices, que aunque endémica, es contraria al buen servicio del público, pues que solo los abonados de los gallos tenemos buenas representaciones, operas y grandes bailes, no siendo un medio juicioso que carezcan de lo que nosotros gozamos los abonados en el teatro principal”, firma El Abonado Anti-Egoísta; reproducido por Bustamante en “Anexo 56”. Ibid., p. 353; éste también reproduce los juicios de Un Maestro de Obra Prima de esta Capital (publicado en Águila Mexicana, año III, núm. 175, 7 octubre 1825): “Con frecuencia he oido decir que el teatro es la escuela de las costumbres; que en él se civilizan los hombres [...], con otras mil aserciones de igual naturaleza y cuya certeza admito, porque dando ellas sanción á la institución teatral, á ellas debo apelar para corregir abusos [...]. Mas para que una cosa sea útil es necesario que sea común, asequible y manejada de tal suerte, que llene todos los fines de su institución: estos son cabalmente los esenciales requisitos de que carece el teatro llamado provisional, y acaso también el antiguo.” Ibid., pp. 370-371.

(17) “El 12 de junio de 1823, el gobierno expidió el siguiente comunicado: ‘El Soberano Congreso Constituyente, en sesión extraordinaria de esta noche, ha tenido a bien acordar que el gobierno puede proceder a decir a las provincias estar el voto de su soberanía por el sistema de República Federal, y que no lo ha declarado en virtud de haber decretado se forma convocatoria para nuevo Congreso que constituya a la Nación’. El 30 de octubre cerró sus sesiones el Primer Congreso y el 7 de noviembre siguiente se instaló el Segundo, ante el cual promovió el gobierno ‘que se estableciese cuanto antes la forma de gobierno por la cual se habían declarado las provincias’. El 31 de enero de 1824, la asamblea aprobó el Acta Constitutiva de la Federación, redactada por Miguel Ramos Arizpe. En el art. 1º se dice: ‘La nación mexicana se compone de las provincias comprendidas en el territorio del virreinato llamado antes Nueva España, en el que se decía capitanía general de Yucatán, y en el de las comandancias generales de provincias internas de Oriente y Occidente.’ En esta vasta extensión se alojaban —salvo Guatemala que ya se había independizado— las 23 provincias que fueron convocadas al Congreso”: California —Alta y Baja—, Coahuila, Durango, Guanajuato, Guadalajara, México, Michoacán, Nuevo León, Nuevo México, Oaxaca, Puebla, Querétaro, San Luis Potosí, Santander, Sinaloa, Sonora, Tabasco, Texas, Tlaxcala, Veracruz, Yucatán y Zacatecas. Cf.Enciclopedia de MéxicoImpresora y Editora Mexicana, 1977, t. IV, cols. 129-131.

(18) pesetas. Cf. nota 19 a Lavativa a un gachupín...

(19) gachupín. Cf. nota 22 a Breve sumaria...

(20) reales. Cf. nota 20 a Una buena zurra