FÁBULA
La disputa de dos médicos.
Alude a los daños que causa la lisonja
-¡Qué tal! ¿Muere el enfermo, compañero?
-Los síntomas que advierto son fatales
para que viva más, y a lo que infiero
tiene las cadavéricas señales;
yo la ciencia de usted no la condeno;
pero según síntomas mortales,
dudo pueda salir del catorceno.(2)
-Eso no puede ser; aún da esperanza
de que haga mal, tal vez, un crisis bueno;
y así, no hay que inspirarle desconfianza.
Que tiene de vivir yo le prometo,
y a su salud he de llenar la panza.
-En eso, compañero, no me meto;
mas no he de prometerle yo la vida,
cuando tengo otra cosa en mi coleto.
Vea usted, tiene la bilis corrompida;
casi las fuerzas todas extenuadas;
la vista débil, turbia, obscurecida;
las graves accesiones prolongadas;
los letargos son crueles; el aliento
mucho se dificulta; las poleadas
ni las puede pasar por alimento;
el vómito es continuo y aun quiloso;
por la cámara arroja un humor cruento;
el delirio es fatal y de furioso;
el frío sudor le corre, y ya no quiere
pasar ni el agua; a ratos soporoso
me lo suelo encontrar. ¡Qué tal! ¿Se infiere
que pueda mi pronóstico ser cierto
y que muere el enfermo, o que no muere?
-Aunque todo es verdad, según advierto,
suele tener algunos intervalos,
en los que puede revivir un muerto.
-Pues estos intervalos son muy malos,
según que nos enseña la experiencia;
y yo, por Dios, que aunque me den de palos
creo que el enfermo muere en mi conciencia.
-Usted puede decir lo que se quiera,
yo he de buscar mi propia conveniencia;
y cuando su opinión sea verdadera,
no tengo de asustar a la señora;
el paciente lo diga cuando muera
-Yo diré una verdad. -Yo, pues la azora
y a mí me desacredita, no la digo,
aunque se pierda todo en la demora.
-Vea usted que ésa no es ley de buen amigo;
el hablar la verdad se lo aseguro.
-Antes suele pasar por enemigo
el que claro la dice, y lo aseguro.
-Con todo, la verdad es lo primero,
por más que su expediente sea tan duro.
-Pues (en confianza) yo soy lisonjero
y así la paso bien; usted, querido,
a pesar de su genio verdadero,
por charlatán de muchos es tenido.
El paciente, no hay duda que perece
en el catorce...; ya...; quedo entendido;
mas diciendo que vive, se merece
con sus dolientes, porque el mundo todo
cuando lo engañan más, más agradece.
Los médicos se fueron, y yo beodo
al oír qué de sistemas tan contrarios;
sin embargo, al primero me acomodo,
y haya los que haya pareceres varios,
los embustes lo son y son quimera,
por más que partos sean extraordinarios.
¡Quién aplicar la fábula pudiera!
Vuelta de Juanillo a la capital
JUANILLO: Aquí vivía mi tío don Toribio. ¡Pobres muchachas! Tulillas, abre.
TORIBIO: Hijo, Juanillo, ¡gracias a Dios que te vuelvo a ver...!
JUANILLO: ¡Jesús me ayude! De parte de Dios lo conjuro y le digo que me diga qué quiere; si es un responsillo de a real, cuente con él; pero si es una misa de a peso, a otra puerta, porque estoy muy arrancado..., y múdese, por mi señora de Guadalupe, que yo con los muertos no quiero pláticas; si fuera de noche ya me hubiera dado mi pataleta.
TORIBIO: Juanillo de mi alma, ¿eso has conseguido en esas tierras, perder el juicio? Entra, tatita.
JUANILLO: ¿Entra? Primero entrara en un sepulcro. Váyase con Dios, señor difunto, y si está condenado, váyase con el diablo... ¡Jesús, Jesús! ¡Ave María Santísima...! ¡Kirielyson! ¡Sanctus fortis...!
TORIBIO: Cállate, Juan; entra hijo. ¿Dónde te has vuelto loco?
JUANILLO: ¿Dónde? En su casa de usted. ¿Pues no es bastante motivo estar hablando con un muerto?
TORIBIO: ¿Qué muerto ni qué calabaza?
JUANILLO: ¿Qué muerto? Usted. ¿Pues qué ha resucitado tan pronto?
TORIBIO: Hijo, por Dios, ¿qué hablas? Dime la verdad, ¿estás en tus cabales?
JUANILLO: Y usted dígame, tío ¿está en esta vida o en la otra?
TORIBIO: ¿No lo ves, hijo, que todavía estoy vivo por la gracia de Dios?
JUANILLO: A ver, arrímese, le daré un abrazo para saber si tiene cuerpo real y físico, o aéreo y fingido.
TORIBIO: No has dicho nada. Abrázame...
JUANILLO: Ahora sí, ya salí de la duda.
TORIBIO: ¿Qué duda, hijo?
JUANILLO: La duda de saber si usted era mi tío don Toribio o algún espíritu espantador, pues como me habían jurado que había usted muerto, tenía mucho miedo ahora que lo vi.
TORIBIO: ¿Y quién te había dicho esa mentira?
JUANILLO: Todo el mundo, tío, todo el mundo. No se suena por ahí otra cosa sino que ha muerto el dueño de la plaza de don Toribio, y como sabía que usted era su dueño y el mismo don Toribio, de fuerza había de creer que había usted muerto, y aun pensé venir a hallarme con mortuorio.
TORIBIO: ¡Válgame Dios, y cómo se engaña la gente en sus opiniones! Es verdad que hay una plaza de toros llamada de don Toribio; es verdad que yo me llamo don Toribio; es verdad que ha pocos días que murió el dueño de esta plaza; pero es mentira que yo hubiera sido su dueño ni que hubiera muerto, como lo ves.
JUANILLO: Según eso, ¿está usted tan pobre como siempre?
TORIBIO: Peor cada día Juanillo, peor cada día.
JUANILLO: ¡Válgate Dios! Pues peor es hallar a usted pobre que muerto, porque la pobreza es muerte civil, lo mismo que la cárcel.
TORIBIO: ¿Qué hemos de hacer si la providencia nos ha puesto en este estado? Y ¿cómo te ha ido por esas tierras?
JUANILLO: Así, así; no me faltó qué comer, a Dios gracias, ni una que otra satisfacción.
TORIBIO: ¿Pues por qué te volviste tan presto?
JUANILLO: Porque no me probó el temperamento; pero por lo demás, yo no extrañaba a México.
TORIBIO: Y cuéntame aquí en confianza, ¿estuviste con los insurgentes?
JUANILLO: Sí, señor, estuve en pueblos de los americanos, porque insurgentes todavía tengo miedo de decirlo aquí.
Se continuará