FÁBULA

Lunes 24 de enero de 1814(1)

La riña de dos hermanas


El que no quiera creer,

el que no se persuada

que hay mortales encuentros

aun entre las hermanas,

oiga lo que mi abuela

de niño me contaba.

"Éranse que se eran

dos de éstas ya citadas,

y una a otra (cierta vez)

decía: —Ve noramala;

soy tu hermana mayor

y he de mandar la casa.

—Un cuerno para ti—

la otra la replicaba,

—que aunque mayor me seas

ya estoy emancipada

después que mi mamá

murió de cefalalgia.

—Sin embargo de todo—

la primera gritaba,

—te tengo de mandar

porque eres muy muchacha,

sin experiencia, tonta

y asaz desperdiciada.

—¿Y quién te mete en esto?

No quiero tener nana;

para saber vivir

tengo edad que me basta.

Si ya tú disipaste

tu herencia, allá te lo hayas;

aunque el diablo me lleve

no quiero tu compaña.

—Pues más que no la quieras—

la mayor contestaba,

—¿quién eres tú? ¿No sabes

con quién te desacatas?

Pésete o no te pese,

yo he de mandar en casa,

perra, tonta, soberbia,

indecentona, ingrata.

—Tú lo serás— responde

la chica, y que se agarran,

se gritan, se aporrean,

se lastiman, se arañan,

y luego como locas

dan tras la pobre casa.

La una rompe una mesa,

la otra el cofre y la caja;

aquélla tira un nicho,

ésta otro despedaza.

Por aquí rueda el loro,

y por allí una cama;

el gato se espeluza;

el falderillo ladra;

el alboroto crece;

las furias se desatan;

se dicen mil injurias

y a sus hijos maltratan.

Ya los muchachos lloran,

ya los criados se matan,

ya truena entre sus pies

el clave, la guitarra,

la loza y el reloj,

con otras zarandajas;

ya no habiendo quedado

ni cosa que lo valga

dan tras de las vidrieras,

pinturas y mamparas.

Todo era confusión,

todo era zarra, zarra.

El ladrón se aprovecha

del desorden, y carga

con las mejores joyas

y la plata sellada.

En esto, por fortuna,

entró una vieja cana

llamada tía Prudencia,

y así a las niñas habla;

—Basta por Dios, señoras;

aquiétense, muchachas;

¿Por qué son estas cosas

que la vida me acaban?

que quieran que no quieran

ustedes son hermanas,

y entre hermanas tal riña

es cosa que me espanta.

Ya yo de vuestras quejas

estoy bien informada;

pero éste no es el modo:

así nada adelantan.

Las gentes con razones

sus derechos aclaran,

pues privativamente

sólo a la fiera agrada

disputar con la fuerza

lo que apetece o ama;

pero a las gentes toca,

racionales y humanas,

defender su justicia

con leyes, no con armas.

¡Oh, mal hayan las guerras

que los reinos acaban!

Así pues, si vosotras

reñís por esta casa,

decidme, ¿qué provecho

podrá resultar a ambas

si ahora la destruyen,

la desolan y arrasan?

Después que de la ira

se os aplaque la saña,

veréis que ni a una ni a otra

os sirve para nada,

y ya en ese abandono,

quizá vendrá a ocuparla

una india tortillera

o alguna blanca extraña

a quien tengáis vosotras

que mirarla a la cara.

Y así, por Dios hijitas,

basta de riñas, basta.

Compónganse con orden,

recojan sus alhajas,

por sus hijos atiendan,

y para que paz haya,

de su derecho pierda

cada una su migaja,

que más vale perder

la pata que la vaca.

Esto dijo la vieja,

y arrastrando la chancla,

se fue para la calle

con su santa cachaza,

y a mí se me olvidó

lo que del cuento falta.

No sé por fin qué harían

las tales dos hermanas;

pero a fe que la vieja

no debía de ser rana.

¡Ojalá que en el mundo

la tía Prudencia hablara!,

que oyéndola despacio,

no hubiera riñas tantas.

 

CARTA DE JUANILLO AL TÍO TORIBIO


Chamacuero, 3 de enero de 1814

Querido tío:

Ya con el pie en el estribo recibí la de usted de 18 de diciembre último, porque nosotros siempre andamos como los salta paredes,(a) de aquí para allí; mas esto no es del caso.

Agradezco a usted mucho sus buenos documentos, que me servirán en lo sucesivo.

Es muy laudable el empeño con que usted insiste a los ricos sobre que partan de su abundancia con los pobres, especialmente vergonzantes; pero, tío, me parece que eso se llama predicar en desierto. Sin embargo, después que han leído su carta de usted algunos ricos de por acá, los advierto más humanos y limosneros.

Me dicen que en esa ciudad sigue la epidemia de la pobreza; pero no lo creo, porque también me dicen que hay muchas diversiones, y para todas sobra gente, siendo así que a ninguna se va de balde ni en ninguna se fía. Los domingos y fiestas de guardar dizque en la entrada principal del Portal de Mercaderes no hay ojos con que ver los muchos convites que se ponen para las dichas diversiones. Cartel de Comedia, Aviso de la plaza de gallos, Convite al gabinete de estatuas, Citación a la plaza de toros de usted, Emplazamiento a la otra Jamaica y no sé qué otros.

Y ya se ve que no puede ser pobre la ciudad que sostiene tantas y tan costosas diversiones, pues me dicen que en Jamaica vale una lumbrera veinte pesos duros como unos huesos, un asiento en sombra doce reales, y en donde da el sol (que es bastante molesto) seis realillos, y que con todo eso y haber habido toros en ambas plazas, no ha cabido la gente y mucha se ha vuelto sin ver nada. Yo me alegro mucho de esto por la parte que a usted toca de su plaza, ahora sí que ya no andará usted regañando por la miseria de su casa, pues con ese socorrillo habrá descansado de sus penurias; pero achocar, tío, achocar,(2) que no siempre ha de estar la mar en leche; no siempre ha de tener usted proporción de tener plaza de toros.

Ésta es una diversión cruel e inhumana, sobre la que han declamado siempre los extranjeros y los de casa, usada sólo en dominios de España, por lo que han dicho que somos bárbaros y crueles aun cuando nos divertimos; pero ya de esta nota ha lavado a todos los españoles la prudencia del señor intendente, haciendo que las presentes corridas sean la cosa más inocente y divertida, en la que no puede correr más sangre que la de los caballos y los toros, pues me dicen que éstos salen con medios cuernos menos y los toreros embolados, o no sé cómo está eso, con cuya diligencia no hay riesgo; me parece muy prudente precaución la del señor intendente, pues si aún así hay sus revolcados y sus caballos heridos, ¡qué fuera dejando a estas fieras con sus armas naturales! Ya hubiera algunas viudas más y muchos caballos menos.(b) También me dicen que el ganado es famoso, pero durísimo para morir; que hay toro que sufre ocho o diez estocadas y no puede caer, ni cayera si no lo desjarretara el cruel carnicero, que dizque son siempre los que consuman el sacrificio. Por Dios, tío, haga usted que no se lidien toros tan duros y tan de mal pergeño, sino como los de los tiempos de un señor Gálvez,(3) de un Branciforte,(4) allá cuando toreaba los Tomasitos, los Zamoranos, los Felipes, los Moretillas, los Tarimbareños y otros. Esos toros sí eran blanditos de corazón; a la primera o segunda estocada caían redonditos sin tener que hacer con ellos los carniceros, y no estos perros toros de ahora, que ya tienen el cuero como una criba y ni gota de sangre en el cuerpo y tiesos que tiesos, de modo que si no les cortaran los nervios de las piernas, toro teníamos con uno de éstos para esperar el antecristo.

Pero sin embargo de esto, yo aseguro que no se perderá usted ni el dueño de la plaza de Jamaica, porque la gente de mi tierra es demasiado dócil, con todo se divierte, todo le satisface y por cualquier cosa prodiga sus aplausos. Me dicen que cuando el carnicero (ya tirado el toro en el suelo y medio muerto) moja su sopita, no le falta su palmoteo, como si hiciera la mejor hazaña torera.(c) Esto sí que es entenderlo; esto sí que es estar alegres y saber distinguir el mérito. Yo creo, sin que me lo juren, que esta clase de gente lo mismo celebrará una pieza oratoria del mayor trabajo que un sermoncillo doctrinal de a doce en tarea.

¿Qué hemos de hacer? Ahora comienza el pueblo a desasnarse; pero he mentido, que todavía ni comienza. Me han escrito que están prevenidas para las próximas pascuas unas corridas de carneros cuartezones en la plaza del pueblo de Santa Anita,(5) en la que manifestarán sus habilidades los niños de la casa patriótica, pero que han de ser muy costosas las entradas. Después de esto, yo creo que se despoblará México, y sobrarán drogas y tuniquitos(6) empeñados en las tiendas para no perder tarde.

Tal vez no gozaré de ellas, pues me he enfermado en estas tierras, y en obsequio de mi salud deseo pasar a esa capital cuanto antes, y hablaremos despacio.

Entre tanto, salude usted a mi tía y a mis primas, prevéngame una lumbrera, y mande como puede a su afectísimo sobrino.


Juanillo

 


(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.

(a) Pajaritos insosegables, bien conocidos en América con este nombre.

(2) achocar. Ahorrar dinero, y particularmente guardado en canto, en fila y apretado.

(b)  Si los caballos tuvieran racionalidad, al verse maltratar tan toscamente de estas fieras no podrían menos que exclamar llenos de gratitud: "Oh, sierra bendita! ¡Oh, prudentísima consideración del caballero intendente de México, y de cuántas heridas y muertes nos habéis librado! ¡Si por vosotros no fuera, ya nuestra raza hubiera fenecido en las astas de estos malditos animales!"

(3) Gálvez. Cf. t. I, núm. 8, nota 2.

(4) Branciforte. Cf. t. I, núm. 5, nota 7.

(c)  No se satiriza el que nos divirtamos, sino los absolutos aplausos aun por lo que merece zumba. Tan impropio es silbar por un accidente (supongamos la caída de un torero en la carrera) como celebrar una tontería.

(5) Santa Anita. "Pueblecillo de indígenas de la municipalidad de Iztapalapa, D. F., a 4 kilómetros de la ciudad de México. Tiene renombre por su chinampas y los paseos que se hacen, sobre todo en la Semana Santa." Cf. Leduc, Alberto, Luis Lara y Carlos Roumagnac. Diccionario de geografía, historia y biografía mexicanas. París: Librería de la Vda. de C. Bouret, 1910.

(6) tuquinitos. Cf. t. II, núm. 6, nota 3.