Fábula I
LOS LISIADOS AL ESPEJO, Y EL AUTOR
Por sólo ver dos hermosos
espejos que yo tenía,
fueron a mi casa un día
unos pobres defectuosos.
Pero al punto que se vieron
en el cristal retratados
tales como eran, montados
en cólera así dijeron:
—Es insufrible insolencia
la del bribonzuelo autor
de estos lienzos. Sí, señor.
A nuestra misma presencia
nos injuria, nos maltrata,
nos insulta, nos apoca
y nuestra rabia provoca,
pues nuestras faltas retrata.
Es menester acabar
con bicho tan insolente,
y mientras, precisamente,
estos lienzos destrozar.
Mirando yo que trataba
aquella turba destruir
mis espejos, el salir
advertí no se excusaba.
Salí, en fin, y revestido
de mi propia autoridad
les dije: —Necios, notad
que aquí nadie os ha zaherido.
Advertid, tontos, trebejos,
que son vidrios los que veis,
y así otro día no llaméis
retratos a los espejos.
Es propio de este cristal
y otros así, sin que ultrajen
el representar la imagen
conforme el original.
Si alguno se viere viejo,
tuerto o corcovado aquí,
échese la culpa a sí
y no al autor del espejo.
El que los hizo, a fe mía,
retrataros no pensó,
pues cuando los fabricó
para nada os conocía.
Si vosotros estuvierais
sin lacras, seguramente
de modo muy diferente
en los espejos os vierais.
Dije, y se acabó, señores,
toda la riña al momento.
¡Ojalá entiendan el cuento
algunos de mis lectores!
