Fábula V
ESOPO Y LOS ANIMALES
Esopo, aquel excelente
e ingenioso fabulista,
de cuya habilidad tienen
hasta los niños noticia,
fue unos días a cierta quinta
que de animales estaba
bastantemente provista;
y como Esopo lograba
la rara prerrogativa
de entender de cualquier bruto
su idioma o lengua nativa,
he aquí que de cuando en cuando
muy mucho se divertía
oyendo a los animales
hablar cosas peregrinas.
Una de estas ocasiones
oyó cuánto maldecían
todos su suerte, deseando
del compañero la vida.
Decía el caballo: ¡Quién fuera
carnero! Por vida mía
que este briboncillo logra
en esta caballeriza
una vida deliciosa,
floja, holgazana y tranquila.
Él come, él bebe y él ronca
sin hacer cosa maldita.
Pero yo, ¡pobre de mí!
ando cargando la timba
de mi ridículo dueño,
o amarrado me he de estar
a mi argolla prevenida.
—¡Quién fuera caballo! ¡oh, cielos!
—el carnero profería—;
¡qué buena vida se pasa
este flojón! Bien lo cuidan,
lo engalanan y pasean,
lo afeitan y lo acarician,
lo calzan…; pero ¿qué más,
si aun la cebada le limpian?
A fe que yo aquí me estoy
siempre en esta bartolina.
Nadie me halaga, y un poco
de zacate me lo tiran
con desprecio, y en lugar
de que me aliñen y vistan,
la poca lana que tengo
cuando quieren me la quitan.
Decía el asno: —Si yo fuera
cochino, me raparía
una vida bien hartada,
sin trabajar todo el día
como trabajo, por sólo
una comida mezquina.
—A fe que si fuera burro
—decía el puerco— gozaría
más libertad, más salud
y también más larga vida.
Así el gorrión envidiaba
la suerte de la gallina.
El mastín al falderillo,
y éste a aquél. Era una grima
oír a todos; pero Esopo,
como que los entendía,
dijo al caballo en la oreja:
—Ese carnero que envidias
dentro de poco será
pábulo de mi barriga.
Al carnero dijo: —Advierte
que ese caballo que admiras
sufre el freno y acicate,
que mucho lo mortifican;
con el peso de mi cuerpo
todo el día se fatiga,
y al fin morirá en campaña
lleno de crueles heridas.
Al asno dijo: —Del cerdo,
cuya vida desearías,
dentro de pocas semanas
verás su sangre en morcillas.
Al gorrión así le dijo:
—Esa gallina que envidias,
a la noche la verás
en un asador bien frita;
y si yo te permitiera
la libertad a que aspiras,
serías plato luego luego
de una ave de rapiña.
Así a cada uno en secreto
la suerte que correrían
les reveló, y a su tiempo
a todos juntos les brinda
con que si querían trocar
el estado que tenían
con el de sus compañeros,
se los facilitaría.
Todos callaron. Ninguno
desde entonces solicita
trocar con otros su suerte,
y contentos hasta el día
con la suya, viven libres
de temores y de envidias.
Así el hombre viviera
si la suerte que envidia conociera.
(a) mudar temperamento.“Temperamento: la constitución del aire o ambiente, en orden al frío, calor, humedad o sequedad.” (Dic. R. A. E., 2ª ed., 1780.)
