ENTRE BOBOS ANDA EL JUEGO:
LLEVÓSELO TODO EL DIABLO(1)
Azótenme en la plaza
y que no lo sepan en mi casa.(2)
Hecho un arsénico(3) estaba el señor don Victores Manero,(4) presidente del Ayuntamiento de Oaxaca,(5) cuando firmó la ridícula y fanfarrona proclama que dirigió a los oaxaqueños el día 5 de septiembre de este año, acompañada de una denuncia calumniosa y nula que quiere haga el síndico más antiguo de esta capital, de mi impreso titulado Ya en Oaxaca y en Durango acabó la libertad.(6)
Yo no sé por qué estaba tan enojado el señor Manero contra mí, porque escribí la friolerilla de que las elecciones primarias de Oaxaca no fueron libres, sino hechas a contentillo(7) de los aceiteros,(8) que siempre quieren ir encima, aunque se concilien el odio de la parte sana del pueblo.
Ese Ayuntamiento, con su proclama y poder, se ha puesto en ridículo delante de los que piensan, y cuando los editores de El Sol(9) reimprimieron tan brillante producción, acaso no la leyeron, ni mi impreso, ni nada; pero creo de su imparcialidad que pondrán una notita mía, relativa al asunto.
La proclama y la relación son un tejido de falsedades y desatinos, que vergonzosamente prueban la supina ignorancia del Ayuntamiento.
Como su objeto es malquistarme(10) con el ilustre pueblo de Oaxaca, y con su respetable clero, para ponerse a cubierto de la ilegalidad con que procedió la facción de los fanáticos, no se para en pintas,(11) sino que miente con la mayor desvergüenza, levantándome unos testimonios tan falsos como la alma de Judas.
Dirigiéndose a los habitantes de Oaxaca, les dice que: yo los he calumniado (a todos), que les llamo populacho insolentado y vil; que acrimino al respetable clero; que llamo al pueblo canalla; que este pueblo fue el que gritó: ¡mueran los herejes..., viva España, mueran los impíos!, etcétera; que... ¿pero dónde voy? Se dicen tantos despropósitos y falsedades, que es imposible enumerarlos.
Para que en dos por tres vea el pueblo de Oaxaca la gracia que tiene su Ayuntamiento para mentir y contradecirse, me valdré de sus mismas palabras.
Jamás hablé yo contra el pueblo de Oaxaca, ni a éste le acomodé los epítetos deinsolentado, vil y canalla. Sé (lo que no sabe el Ayuntamiento), sé distinguir al pueblo del populacho. Donde quiera hay pueblo y populacho. El pueblo es un cuerpo colectivo que abraza a todos los hombres de una ciudad o de un Estado; en él entran los hombres y mujeres, niños y viejos, eclesiásticos y seculares, ignorantes y sabios, ilustrados y fanáticos, virtuosos y viciosos, honrados y bribones..., en una palabra, todos. Por populacho no se entiende sino la aglomeración de los léperos,(12) gente sin luces, sin educación ni principios, indiferente al honor y a la bribonería, y más a propósito para ésta, cuando se lisonjea o su interés pecuniario o el error de sus ideas. Este conjunto de léperos es la parte corrompida de la sociedad: es la más temible por su mayoría cuando se acuartelan las tropas que pudieran contener sus excesos, como sucedió en Oaxaca con el batallón del número once, que tuvo la prudencia de abstenerse de votar, por no hacerlo con listas aceitadas. ¡Honor eterno al patriotismo del número once! Pero esta parte corrompida es la más despreciable y cobarde cuando hay un militar que, llenando este digno nombre, y no sucumbiendo a pretensiones injustas, haga observar la ley valiéndose de sus soldados para guardar el orden. En este caso, el populacho es nada. Con cien soldados obedientes yo me haré respetar de un populacho de dos mil hombres, y de trescientos clérigos y frailes traidores, aunque vayan armados de santos Cristos y reliquias. La imagen del Crucificado jamás deberá servir de escudo de infamias y bribonadas.
Así es que yo hablé contra el populacho de Oaxaca, sin confundir en este nombre al ilustre, benemérito y patriota pueblo. Ésta es una cavilosidad del Ayuntamiento, pero una cavilosidad muy pueril. Cualquiera que lea mi papel verá que ni una vez digo pueblo, sino siempre populacho; esta distinción no supo hacer aquel ilustre y sabio Ayuntamiento, y por eso incurrió en una equivocación tan grosera. Con letras muy grandes digo que ¡EL PUEBLO ES EL REY! Lo que prueba que sé la diferencia que hay de pueblo a populacho.
Asimismo hablo contra los malos clérigos y frailes facciosos, que sedujeron al populacho, no contra el respetable y virtuoso clero de Oaxaca, en cuya corporación cuento amigos sabios, patriotas y virtuosos.
Es verdad que no cuento entre esos al señor obispo,(13) ni padres canónigos, que aún mantienen a la Virgen de la Soledad(14) con los arremuecos(15) de espadita, bastón y banda de generala de los ejércitos españoles, contraviniendo a la orden soberana y novísima del Congreso de la Unión que manda se quiten de todos los lugares públicos todo signo que recuerde la dominación opresora.(16) Tal superstición del señor obispo y Cabildo Eclesiástico es tan criminal y ridícula como vana. Es criminal porque es contra la ley, es ridícula porque hacen de la Virgen un huehuenche.(17) A la Virgen de la Soledad le está tan bien la banda y el bastón, como a un santo Cristo un par de trabucos y sus botas campaneras.(18) Es vana tal superstición del obispo, porque si mañana vienen a reconquistarnos los gachupines,(19) los primeros que morirán serán los que tenemos marcados por enemigos de nuestra Independencia; y en tal caso, yo temo que sea el primer gachupín ahorcado el señor obispo, a quien aseguro que no lo defenderá la generala, ni ese populacho ignorante. Entonces no habrá lugar de intrigas ni el fanatismo podrá hacer valer sus títeres. El patriotismo parece amortecido(20) por la confianza que tiene en sus prosélitos; mas al primer grito despertará y entonces... ¡temblad, chaquetones(21)fanáticos y aristócratas de Oaxaca! Entonces veréis si hay patriotas en vuestro ilustre Estado. Yo me divago...
El Ayuntamiento de Oaxaca MIENTE en cuanto dice; y para probarlo me remito a su impreso, y al mío. En éste jamás hablo del pueblo ni del clero, sino del populacho que no es pueblo, y de varios clérigos y frailes que no son el clero. Asimismo acuso los desórdenes que hubo en las elecciones, refiriéndome a innumerables cartas que hay en México y documentos que yo tengo. El Ayuntamiento pretende probar que todo estuvo tranquilo, y dice que: “en los días de las elecciones todo fue júbilo, y no se acibararon con ningún disgusto”; y a los cuatro renglones confiesa que: “en la calle del senador don Manuel Santaella,(22) efectivamente, dice el Ayuntamiento, una porción de gente del pueblo(a) efectivamente gritó ¡muera el vinagre!”(b) Y ¿esto no es decir: mueran los liberales, mueran los despreocupados, mucho más gritándose a las puertas de las tiendas del ilustrado y patriota senador Santaella, quien tuvo que encerrarse mientras dos alcaldes invocaron el auxilio de las patrullas, que se mantuvieron hasta las nueve para contener a la canalla? ¿Y esto se quiere cohonestar por el Ayuntamiento de Oaxaca? ¡Infeliz pueblo gobernado por tales autoridades!
No es mi intención por ahora (ni lo será nunca, si nunca me vuelven a provocar), no es mi intención hacer ver quiénes son las autoridades de Oaxaca. Tengo mil documentos irrefragables de sus defectillos. Esto demandaba en mí culpa o miedo, y nada tengo; además demandaba gastos mayores de imprenta, y no tengo necesidad de meterme en tales empeños para decir al Ayuntamiento de Oaxaca que falta a la verdad en cuanto habla, que no ha leído las leyes que denuncio, y que su travesura, lejos de haberle servido para desacreditarme en Oaxaca, a mí me ha servido para hacerme más recomendable ante ese ilustre y patriótico pueblo.
Siento que no llegue el caso de que pueda yo desarrollar todas mis ideas, porque no es tiempo de verificarse la intentona del Ayuntamiento con su ridícula denuncia, ni habrá quien admita su poder; ni aunque haya, entraré yo en cuestión, pues le diré al apoderado en la conciliación: sine actione agis:te niego el pito,(23) y asunto concluido. Esto es muy claro, porque ni el Ayuntamiento de Oaxaca, ni Manero su presidente, ni Guerrero(24) que lo indujo a denunciarme,(c) ni sus cuatro clérigos o frailes, ni su populacho ignorante, entienden lo que traen entre manos.
Supuesto que son aceiteros, esto es, cristianísimos como el rey de Francia, o fanáticos hasta el extremo, deben saber que el octavo precepto del Decálogo es no mentirás ni levantarás falsos testimonios a tu prójimo, y ellos en esto no han sido muy cristianos conmigo.
También, como instruidos en el Catecismo del padre Ripalda,(25) de la Compañía de Jesús,(26) sabrán que es obra de misericordia enseñar al que no sabe, y esta caridad voy a ejercitar con el Ayuntamiento de Oaxaca.
Señores: en ustedes no reside poder alguno para denunciar mi papel como injurioso al pueblo y clero de Oaxaca. En primer lugar, porque yo no hablo del pueblo ni del clero, sino del populacho y de varios clérigos malos; y éstos no hacen persona legal; de consiguiente, éstos no pueden presentarse contra mí, ni por sí, ni por apoderado, así como no se presentarán contra mí los ladrones cuando hable o escriba yo contra ellos. Remitan ustedes a México los poderes de los malos clérigos de Oaxaca, y de la canalla de su populacho, y entonces entraremos a las pruebas. ¿A que no hay un clérigo que dé su firma como mal clérigo, ni un lépero que quiera ser canalla? ¿Ven ustedes qué segura la llevo?
Sepan ustedes que en punto de injurias no hay acción popular: sólo el agraviado o su legítimo apoderado puede representar. Ustedes, señores regidores, no representan al pueblo, ni menos a la canalla, y así es que no tienen acción para denunciar injurias hechas a uno o a otra.
El título 6 del Reglamento de libertad de imprenta, hablando de las personas hábiles para denunciar, dice que: “en todos casos, excepto los de injurias, el fiscal o los síndicos pueden denunciar de oficio, o en virtud de excitación del gobierno”, etcétera.(27) Todas estas denuncias puede hacer un Ayuntamiento; pero menos enasunto de injurias.
En un pliego de papel no cabe lo que tengo que decir. Parece que lo dicho sobra. Protesto mis respetos al ilustre pueblo de Oaxaca, a su respetable clero, al mismo Ayuntamiento y señor Manero que me llama infame, impostor, embustero, y que desea que me quiten la cabeza, y sólo les ruego que, antes de escribir desatinos, consulten con su razón, y que no revuelvan este caldo(28) porque ha de apestar mucho.
México, septiembre 23 de 1826.
El Pensador
(1) México: 1826. Oficina de la Testamentaría de Ontiveros [Cf. nota 1 a La tragedia de los gatos...].
(2) azótenme en la plaza y que no lo sepan en mi casa. “Lo que no quieres que se sepa en la plaza ni en barrio ajeno, téntelo siempre en tu seno.” Lizardi escribió: “‘Muy enojado encontré a mi lorito porque he publicado nuestras pláticas [...]. ¿De qué sirve que en casa conversemos en secreto, si tú me descubres en la calle? Esto es propiamente lo que dice el refrán: azótenme en la plaza y que no lo sepan en mi casa’.” El Hermano del Perico que cantaba la Victoria, número 3, Obras V, op. cit., p. 44.
(3) hecho un arsénico. Equivale a estar hecho un veneno: afectado de ira, rencor u otro mal sentimiento. Lizardi usó esta frase: “Está hecho un veneno porque le echaron el albur, el tecolote”, Segunda carta de El Pensador a El Payo del Rosario, enObras XII, op. cit., p. 629.
(4) Victores Manero. Aparece mencionado su nombre en un documento del Congreso de 1824: “Comunicación de la Primera Secretaría de Estado, de 5 de noviembre de 1824, que inserta la de la misma fecha del Congreso General, sobre elección de Valentín Gómez Farías como presidente del Congreso, Victores Manero, como vicepresidente y Manuel Crecencio Rejón y José Miguel Llorente, como secretarios”, con fecha de México, 5 de noviembre de 1824.
(5) Oaxaca. Cf. nota 40 a La tragedia de los gatos...
(6) Ya en Oaxaca y en Durango acabó la libertad.
(7) contentillo. Cf. nota 58 a Que respondan...
(8) aceiteros. Cf. nota b a este folleto.
(9) El Sol. Cf. nota a de La tragedia de los gatos...
(10) malquistarme. Cf. nota 40 a Diálogos... 1.
(11) no pararse en pintas. Muy usado en México: que se obra, o se va a obrar, sin vacilaciones, sin miramiento alguno y sin medir los riesgos que hubiera que lamentar. Darío Rubio, Refranes, proverbios y dichos y dicharachos mexicanos, op. cit., p. 332.
(12) léperos. Cf. nota 266 a Observaciones que El Pensador...
(13) Manuel Isidoro Pérez Suárez fue obispo de Oaxaca de 1820 a 1837.
(14) En el “Anexo 76” firmado por A.F.A., incluido por Bustamante en el Diario histórico de México leemos: “Ciudadano Editor del Águila. —Ya que se halla V. comprometido con el respetable público para publicar y circular por el órgano de su periódico las ideas que escriben los ciudadanos, le suplico se sirva estampar esta ocurrencia sobre el Sr. obispo de Oajaca, para que llegue á su noticia, y lo que opina de su conducta en el asunto siguiente. Cuando comuniqué en el artículo del número 293 del periódico Águila, la ridícula degradación que habia hecho antaño el Illmo. Sr. obispo D. Antonio Bergosa, en la santísima Virgen de la Soledad de Oajaca, poniendo aquellas insignias oprobiosas como espada y baston, sobre lo que dije bastante creí no sin fundamento que el Illmo. Sr. D. Manuel Isidoro Perez, tan luego como leyese las líneas de dicho artículo hubiera procurado que en adelante no aparesiese la Reina de los ángeles como generala; mas me engañé concibiendo que así lo haría, y que poseía ideas y luces propias del siglo ilustrado y alguna docilidad; pero pues aun permanece de esta manera degradante á nuestro culto esterior, quisiera preguntar á S.S. Illma. ¿por qué no lo ha hecho?, ¿acaso teme con este acto decoroso ofender la memoria de su antecesor, confirmando que hizo muy mal en poner semejantes insignias? Pero ¿y el continuar permitiendo que asi aparezca, no es aprobar en cierto modo lo que aquel hizo, y los objetos que se propuso entonces? ¿Quiere acaso aparecer ante la opinión del público tan feamente el Sr. Perez, como el Sr. Bergosa, por la conducta política que tuvo [...]? Pues sepa que el gobernador de esta mitra ya hizo desaparecer la banda y baston en la imágen de los Remedios, que representaba otra generala de españoles [...]. Juzgo que S.S. Illma. no dará lugar á que se diga algo mas sobre este asunto, sino que convencido mandará persona de respeto para que cuando nadie lo vea, quite á la santísima Virgen el bastón y espada [...] creyendo no será necesario si aun despreciare esta insinuacion que el congreso de Oajaca (aunque de ruego y encargo) se lo mande por un decretito dimanado de la buena policía; y lo mismo puede hacerse con el patriarca Sr. S. José que está graduado de general: de modo que los santos iban sirviendo de instrumento ciego de las pasiones serviles de los que gobernaban, en términos que faltó poco para hacer oficiales efectivos á los santos S. Antonio, S. Francisco, Sto. Domingo, S. Juan de Dios [etc.], y sargentos, cabos y soldados á toda la corte celestial, como se hizo con el clero que se llamó mermelada [...]. México julio 8 de 1825”. Op. cit., t. III, vol. 2, pp. 425-426. Sobre este asunto véanse los folletos de Fernández de Lizardi siguientes: Carta primera de El Pensador al Papista y Carta segunda de El Pensador al Papista, en Obras XI, op. cit., pp. 550-551 y 567.
(15) arremuecos. Corrupción de arrumacos. También arremuescos, doble corrupción de arrumacos: adornos, especialmente de mal gusto. Santamaría, Dic. mej. Se entiende, asimismo, como gestos afectados.
(16) En el “Decreto de 2 de mayo de 1826”, por el cual se abolieron los títulos de nobleza y los escudos de armas que recordaban la dominación española.
(17) huehuenche. Danza de indios (de “yeueuetlacatl, anciano, terminada en el diminutivo tzin, que los españoles pronunciaban che, é indica respeto ó afecto, como si se dijese ‘viejecitos’ que es lo que representan tales figurones.” Lucas Alamán,Historia de México, México, Imprenta de Victoriano Agüeros y Comp., editores, 1885, t. V, pp. 490-491). Huehuenche es el “personaje tradicional entre los indios de origen azteca, disfrazado con máscara y traje, que representa algún animal y canta y baila la danza.” Santamaría, Dic. mej. Algunos lo escriben güegüenche.
(18) botas campaneras. O de campana. “Parte del traje de rancheros y charros, que consistía en una pieza grande de gamuza con que se envolvía la pantorrilla sujetándola abajo de la rodilla con un atadero, y bajaba hasta tocar la espuela. En la parte exterior tenía corte diagonal y avanzaba hasta la punta del pie, lo que le daba cierta semejanza con una media campana. Las había también de lujo, primorosamente bordadas de seda y metales, con ataderos de estas mismas materias. Hoy se ven rara vez, y solamente en los campos: las de lujo han desaparecido del todo.” Santamaría, Dic. mej.
(19) gachupines. Cf. nota 22 a Breve sumaria...
(20) amortecido. Amortiguado o desmayado.
(21) chaquetones. Cf. nota d a Breve sumaria...
(22) Manuel Santaella. En el Correo Semanario de México núm. 15, del 25 de febrero de 1827, en un Comunicado firmado por El Enemigo de los Fanáticos y Amante de los Patriotas, a raíz de la muerte del gobernador de Jalisco, Prisciliano Sánchez: “¿y debe sentirse menos la del ciudadano Manuel Santaella, senador del estado de Oaxaca? [...] era un patriota, era un hombre de bien, lo que ciertamente no podrán negar ni aun sus más acérrimos enemigos [...]. Santaella deseaba la ilustración y ésta se opone a los abusos de los que se llaman defensores de la religión [...] observaba una conducta irreprehensible”, en Obras VI, op. cit., p. 244.
(a) Gente del pueblo es frase viciosa para mí, porque el pueblo no es una cosa distinta de la gente que lo compone. Yo sé lo que quiso decir el Ayuntamiento. Quiso decir que tales voces las produjo una parte del pueblo: entonces estaba bien dicho; pero el Ayuntamiento de Oaxaca tiene una gramática que yo ignoro.
(b) En Oaxaca hay partidos. Los del vinagre son los liberales; los del aceite, los fanáticos y serviles.
(23) pito. Cf. nota 5 a Lavativa a un gachupín...
(24) Guerrero. Cf. nota 36 a La tragedia de los gatos...
(c) Manero y Guerrero han sido diputados o legisladores y no entienden las leyes. ¿Esto qué prueba?
(25) Catecismo de Ripalda. Cf. nota 171 a Observaciones que El Pensador...
(26) Compañía de Jesús. Cf. nota 143 a Observaciones que El Pensador...
(27) “Título VI. De las personas que pueden denunciar los impresos. [Art.] 33. En todos los casos, excepto los de injurias, en que se abuse de la libertad de imprenta, deberán, el Fiscal nombrado al efecto, ó de los síndicos del Ayuntamiento Constitucional, denunciar de oficio ó en virtud de excitación del Gobierno ó del jefe político de la provincia, ó de los Alcaldes constitucionales.” Reglamento para el uso de la libertad de imprenta en La Constitución de 1812 en la Nueva España, op. cit., tít. 1º, pp. 137-138.
(28) revolver caldos. Desenterrar cuentos viejos para mover disputas o rencillas.