ELOGIO A LA MEMORIA DE LAS RECOMENDABLES
VIRTUDES DE DON NICOLÁS DEL PUERTO(1)

 

Timenti dominum bene erit in extremis,
etcétera in die defunctionis suac benedicetur.
 
Ex. Ecclesiastés, capítulo I, versículo 13(2)

 

 

Dejó ya de existir entre nosotros, para recibir la inmarcesible corona de la gloria,(a)el digno, el justo, el benemérito don Nicolás del Puerto, a quien sus virtudes solamente harán en todo tiempo el más proporcionado panegiris.(3)

La debilidad de mis talentos no es bastante a darle todo el lleno que merece. La relación, aunque sucinta, de algunas de ellas desempeñará con más aire este asunto: complacerá a sus amigos y beneficiados, y concederá mis deseos aquel desahogo que no puedo disfrutar de otro modo.

Nació nuestro héroe en Santander de la antigua España... Nada hemos podido rastrear de su vida privada en la Península. Sabemos, sí, que fue hijo de buenos padres, que en aquellas montañas supieron cultivar el tierno vástago de su hijo con el santo temor de Dios, con la moral más cristiana y con la caridad más decidida, de cuyas saludables semillas logró una abundante cosecha este reino, luego que tuvo la dicha de que pisase sus arenas.

Llegó en compañía del excelentísimo señor frey(4) don Antonio María de Bucareli y Ursúa,(5) que fue no sólo virrey, sino padre de los pobres, hijo de la verdaderaTeotenantzi del Tepeyac,(6) y ejemplo de virtud y caridad en nuestra México. Con este caballero vino don Nicolás del Puerto. ¡Feliz agüero! Bien se conocerá quién seríaPuerto al verlo protegido de un Bucareli. Colocó éste en la secretaría del virreinato; pero, hallando en aquel destino escollos su escrupulosa conciencia, lo renunció y pasó a servir, con muy buen sueldo, al señor Chaves,(7) sujeto pudiente del comercio de esta capital. Aquí no sólo gastó con Nicolás cuanto tuvo en beneficio de los pobres, sino que encendió más la caritativa disposición de su amo hasta hacerlo distribuir crecidas sumas para alivio de los miserables necesitados. ¡Qué cierto es que al lado de un bueno, se hace un bueno, y al lado de un malo, un perverso" Cum sancto, sanctus eris, etcétera cum perverso, perverteris!(8)

No paró aquí el heroísmo de Puerto. Enamorado su amo justamente de la honradez y sólida virtud de su cajero, trató de darle la prueba más inequívoca de su confianza y cariño, proporcionándole para esposa una hija suya. Cualquiera que no hubiera sido Puerto, hubiera dádose los plácemes de tal fortuna, admitiendo tan ventajoso casamiento; pero nuestro montañés, decidido a seguir el camino de la perfección y enseñado a posponer toda brillantez y conveniencia al servicio de su amado Jesús, oyó como un agravio tan lisonjera propuesta e inmediatamente se despidió de la casa.

¿Es este rasgo de una virtud superficial? ¿Se hallarán acaso muchos Puertos? ¡Oh, que sólo el desprecio de las riquezas, lo confirman por bienaventurado! Beatus vir... qui post aurum non abiit, nec speravit in pecuniae tesauris.(9)

De esta casa pasó don Nicolás al Real de Angangueo(10) a solicitar su subsistencia por las minas; poco progreso hizo en éstas, aunque mucho en la virtud, estableciendo en aquel pueblo casas de ejercicios, socorriendo a los infelices con lo que tenía, y ejemplarizando a todos con su conducta. ¡Vosotras, gentes de Angangueo, fuisteis los más ciertos testigos de cuanto expongo!

De dicho pueblo volvió a esta capital a sus negocios particulares. ¿Y qué sabemos cuáles fueron? No por cierto; lo que no se nos pudo ocultar fue que, en esta ocasión, estableció la santa escuela en la Santa Veracruz,(11) inventó las camillas, para conducir los enfermos a los hospitales, siendo él mismo (siempre que podía) el conductor de los infelices; hizo pintar las dos bellas imágenes de María santísima que se venera[n] en las escaleras de Palacio Nacional y del Arzobispado,(12) con otras muchas; y arbitró el que los serenos o guardas nocturnas de la ciudad alabaran el dulcísimo nombre de esta Reina antes de gritar el estado del tiempo y la hora de la noche. Entonces...; pero para qué soy prolijo, si toda su vida la entretejió con una serie no interrumpida de virtudes, ya comulgando diariamente, ya haciendo una continua oración mental, ya socorriendo y solicitando con qué socorrer una porción de niñas destituidas, hasta colocar unas en los monasterios y otras en los mejores himeneos, ya fomentando curaciones en el Peñón,(13) ya logrando del rey permiso para hacer constituciones hospitalarias, ya visitando y curando personalmente a los pobres detenidos en ellos, ya solicitando los mayores alivios para el hospital de mujeres dementes,(14) y ya, en fin, ejercitándose en las virtudes heroicas y tejiendo siempre el laurel de los méritos, cuyo premio habrá ya recibido. Cuanto tuvo fue para sus hermanos, y sus hermanos fueron todos los hombres.

Su amor al próximo, su deseo de hacer bien y su verdadera religión, lo hicieron un perfecto discípulo de Jesucristo. Cuanto tuvo, dije, y cuanto debió, lo invirtió en el socorro de los pobres. Su corazón jamás fue susceptible al odio, y nunca sus labios se desplegaron sino en defensa de su religión y de sus próximos.

Llegó al estado de no tener casa en qué vivir ni arbitrios con qué subsistir, aunque tenía dos niñas huérfanas que mantener y con quienes desahogaba su caridad... Sí, pobres criaturas, ahora podéis con razón llorar vuestra orfandad... Ahora os ha faltado vuestro padre; sentídlo, sí, lloradlo eternamente, pues habéis perdido para siempre el ángel tutelar de vuestro honor, el ayo de vuestras costumbres, el tutor de vuestro pupilaje y el ejemplo mejor de vuestras virtudes...; pero no, enjugad esas lágrimas, cesen esos sollozos, sofóquense esos suspiros al acordaros que vuestro padre, vuestro ayo y vuestro maestro no os ha dejado, no, él, en premio de su virtud habrá ya recibido el dote de la inmortalidad; allí es más feliz que en este triste valle de lamentos; allí serán sus ruegos atendidos y allí impetrará para vosotras las misericordias del Señor. Consolaos, pues, consolaos y confiad en el Padre de las Luces que, distribuyéndolas en los corazones piadosos, hará que no os falte nada de lo necesario, como no faltó a nuestro padre, en la época más triste de su vida, pues don Manuel Vasconcelos(15) lo llevó a su casa con vosotras y partió su mesa francamente en vuestra amable compañía. Tú, feliz Vasconcelos, has tenido la gloria de tener en tu casa un hombre justo, un piadoso, un raro en nuestro siglo corrompido. Tú fuiste por tres años testigo ocular de sus virtudes; tú veías su oración; tú te deleitabas en sus edificantes conversaciones; tú aprendías sus saludables documentos; tú admirabas los prodigios de su caridad y tú, en fin, mereciste la honra de acompañarlo hasta el sepulcro.

¿Hasta el sepulcro dije? Sí, señores, hasta el sepulcro, porque allí lo condujo su ardiente caridad. La señora viuda del señor oidor con Cosme de Mier(16) le dio quinientos pesos para que los invirtiera en los pobres, según quisiese. Puertoentonces los unió con otros tantos que tenía el síndico y estableció el lazareto y hospitalito de San Lázaro,(17) al que nombraba su San Agustín de las Cuevas.(b) A la sazón disfrutaba un pobre acomodo que le había dado el señor Venegas(18) de cinco reales(19) diarios (de cuya corta cantidad aun cercenaba para los pobres); pero ya con el encargo de los quinientos pesos, estaba Puerto desasosegado por el cuidado de sus pobres enfermos; batallaba entre el escrúpulo de atender a su obligación y el deseo vehemente de socorrer a los necesitados, y no sabía si perder el destino o abandonar sus pobres (aunque esto jamás hubiera sucedido); pero el excelentísimo señor Calleja(20) lo sacó a salvo de tanto conflicto concediéndole que acudiese a los pobres libremente sin perjuicio de su obligación (acaso subrogándola en otro interinamente). Desde entonces nuestro don Nicolás se dedicó con tanto esmero a cuidar de los enfermos, a asistirlos personalmente, a darles de comer y cuidarlos, y últimamente a ser su más prolijo enfermero que, contagiándose de la presente peste,(21) murió entre los apestados en el mismo lazareto por su gusto, pues desde que lo instaló se radicó en él, y pasó su cama y baúl, el día 25 de junio de este año (a los 59 de su edad), día viernes, en que la santa Iglesia celebró el Corazón de Jesús, para que se viera, quizá, que Jesús amó tanto a Puerto que lo quiso recibir en su corazón, y que Puerto correspondió tan fino a Jesús, que exhaló el último suspiro en su corazón dulcísimo.

Su entierro fue decente, aunque sin pompa. El lúgubre sonido de las campanas no fue quien nos anunció su feliz muerte. El acompañamiento lucido y ruido estrepitoso de los coches no intervinieron al duelo de este justo; pero los pobres... sí, los pobres, los cojos, ciegos, enfermos y mendigos, substituyeron con más honra, verdad y sencillez al aparato vano que presta el mundo a los ricos en tales ocasiones.

Ayes y suspiros, rostros compungidos y cabizbajos, lágrimas derramadas sin adulación y un muy patético y general sentimiento de los pobres fue lo que dio todo el lleno a la función.

En el mismo suburbio de San Lázaro se sepultó su cadáver el veinte y seis del expresado junio... ¡Oh tú, lugar dichoso, complácete en buena hora y felicítate mil veces pues depositas en tu seno las cenizas de un genio bienhechor! Ellas descansarán tranquilas en tu polvo hasta el último día de los tiempos; su sueño será dulce y su reposo no será interrumpido por la execración de los delitos. No le demandará su tutela el defraudado menor; no su honor de prostituida doncella, ni el mísero afligido su existencia, porque no dejó memorias de agravios; antes sí, de muy muchos beneficios.

Vosotros, los que recibisteis, los que fuisteis el tierno y único objeto de sus desvelos, vosotros, sí, sois acreedores al consuelo y merecéis justamente los pésames más doloridos.

Ya no veréis entre los vivos aquel semblante dulce y apacible que exprimía por todas sus facciones la sensibilidad de su grande alma; ya no veréis aquellos ojos alegres y modestos que centelleaban el fuego ardiente de la caridad a la presencia del mísero afligido, aquella boca llena de sonrisa con que se insinuaba poderosamente en el corazón de cuantos lo trataban, ya no oiréis de sus labios aquellas palabras de paz y de consuelo, ya no veréis sus manos liberales extendidas siempre para socorrer vuestra indigencia, ya...; pero ¡qué os aflijo, si ya no lo veréis entre vosotros ni gozaréis la amable compañía de este hombre digno!

Llorad, sí llorad amargamente tan lamentable pérdida. Él era vuestro padre, vuestro hermano y vuestro amigo, y es muy justo llorar por semejante muerte. Jesucristo lloró por su querido Lázaro,(c) y está escrito que debemos llorar por los difuntos.(d) El hueco que acaba de dejar don Nicolás del Puerto no se reemplazará tan fácilmente... Sentidlo enhorabuena, tributadle vuestra debida gratitud, inunden vuestras lágrimas su sepulcro, no olvidéis su memoria eternamente, y en vuestros tristes ayes y congojas elevad vuestros votos al Eterno para que su feliz alma repose en la morada de los justos.

Sentidlo os digo; pero mezclad con vuestros sentimientos los halagüeños consuelos que presenta la verdadera religión. Lloradlo, sí; pero lloradlo poco, según Dios dice, porque fue a descansar en mejor vida.(e)

Enjugue vuestro llanto la placentera y segura idea de que Dios es muy fiel en sus promesas y ha ofrecido sus misericordias a aquel que hubiere sido misericordioso con los pobres, y nos ha dicho que el que lo teme no sólo será feliz en su muerte, sino que en ese día será bendito, timenti Dominum bene erit in extremis, et in die defunctionis suae bendicetur.(22) La constante conducta de nuestro beneméritoPuerto ¿no nos lo ha acreditado de timorato y de singularmente caritativo?, pues ¿cómo no deberemos creer piadosamente que descansa en el seno de los justos?, y estos solidísimos consuelos, esta fundada esperanza ¿no será bastante a cambiar la tristeza en alegría?

Me parece que veo la alma de este grande hombre anegada en un mar de delicias inconcebibles, que las bóvedas de los Elíseos resuenan con sus alabanzas, que mil genios hermosos vuelan en torno de su cabeza coronada con la inmortal guirnalda, cantándole en melodiosos himnos la enhorabuena de su dicha, que el Dios de majestad y de justicia, complaciéndose en la fidelidad de su siervo, le dice desde el trono de su gloria: Entra, bendito de mi Padre, al gozo de tu Señor, porque cuando tuve hambre me alimentaste; tuve sed, me diste de beber; anduve peregrino y me hospedaste; estuve desnudo, me vestiste; me vi enfermo, me curaste, y estuve en la cárcel y me visitaste...;(23) y que entonces en los transportes de aquella dulcísima fruición exclamará el espíritu de Puerto, como otro Alcántara,(24) ¡feliz conducta!, ¡dichosa caridad!, ¡dichosas limosnas!, ¡bien sufridos trabajos!, ¡bien remitidos agravios!, ¡bien impendidos pasos!, ¡dichosos anhelos por los pobres!, ¡bien gastado dinero en su servicio!, ¡felices ratos empleados en su alivio!, ¡feliz peste!, ¡feliz lazareto!, y ¡feliz muerte que me habéis acarreado tanta gloria!...

Para todo católico es ciertamente envidiable la suerte del justo; pero no inasequible. Tú nos consuelas, religión divina, tú robusteces nuestro desfallecido espíritu y nos conduces insensiblemente al camino de la verdad como no cerremos el oído a tus impulsos ¿Es posible que yo puedo gozar el mismo premio con tal que sepa poner los mismos medios? ¿Es posible que muchos de mis conciudadanos puedan disfrutar el paraíso con más facilidad que Puerto(f) como tengan la misma caritativa inclinación? Sí, no es sólo posible sino demasiadamente hacedero. Ahora es tiempo de atesorar para el Cielo, ahora es tiempo de sembrar para coger centuplicado, ahora es fácil hallar la infalible piedra filosofal que convierta todo cuanto dé la caridad en el oro inapreciable del mérito, ahora es tiempo, por fin, de dar limosnas y prevenir las piedades de Dios para la muerte... Mas ¡ay de vosotros, ricos,(g) si deslumbrados con el brillo de vuestro aparente poder os desentendéis de estas verdades, porque pereceréis como Sardanápalo abrasados con vuestros mismos tesoros!(25)

Ésta fue la vida de don Nicolás del Puerto, su feliz muerte y sus merecidos elogios, fríos por la languidez de mi pluma; pero muy elevados por la dignidad del sujeto que los motiva. No tiene necesidad de mis encomios cuando sus virtudes solas lo glorifican. Las bendiciones de sus amigos y agraciados preconizarán su nombre por las eternidades porque la memoria del justo no perece: in memoria aeterna erit justus.(26)

¿Quién podrá no admirar su sensibilidad?, ¿quién no alabará su perseverancia en el bien?, y ¿quién no se sentirá como obligado por la dulce fuerza de la virtud a tributar sus encomios a un hombre tan recomendable?

La acción suya más heroica, y acaso la más peregrina en nuestros días, digna de proclamarse por las plumas más sublimes y elocuentes, fue aquel espíritu verdaderamente evangélico con que no sólo perdonó a sus enemigos (los insurgentes de Angangueo), sino que les dio las pruebas más comprobadas de su decidido amor hacia ellos dándoles de comer (y muy bien) a los presos en las cárceles, asistiéndolos en los hospitales y consolándolos en los presidios. No solamente atendía su caridad a socorrer sus necesidades corporales, sino que se extendió al auxilio de las espirituales, solicitando del venerable Cabildo(27) en sede vacante provisión de ministros para que confesasen e instruyesen en la doctrina cristiana a los insurgentes que estaban en Tlatelolco,(28) cumpliendo así, al pie de la letra, el precepto de Jesucristo "amad a vuestros enemigos y haced bien a aquellos que os han aborrecido".(29)

Conoció que ante Dios no hay acepción de personas y que todos los hombres son sus criaturas y recíprocamente hermanos, y así amó nuestro héroe al paisano y al extraño, al rico y al pobre, al español y al indio, y al amigo y al enemigo, esmerándose en beneficiar a éste con cuanta particularidad podía, y deshaciéndose en obsequio de los mismos que otro hubiera visto con aborrecimiento.

Pero ¿estas heroicas virtudes habrán quedado sepultadas en el olvido? ¿El Dios justísimo se habrá desentendido de su premio? ¡Ah, qué bien escritas están en el libro de la vida!

Tal fue la caridad de don Nicolás del Puerto, tal el ejemplo digno de sus virtudes y tales los justos motivos que provocan naturalmente sus alabanzas: porque el que teme a Dios y ama a su próximo cumple en toda su plenitud con la ley y los profetas, y he aquí cómo se hará acreedor a las bendiciones del Señor y a las aclamaciones de los hombres.

Ésta es la verdadera fama póstuma a que deberían aspirar todos los hombres. Ésta es la verdadera gloria; ella estriba no en la mentira, no en la adulación ni el interés, sino en la misma realidad de los hechos. Nada tiene que fingir la pluma ni que recelar el lector cuando la dirige la imparcialidad y el solo conocimiento del mérito.(h)

¡Qué dieran los Ciros, Césares, Alejandros(30) y otros poderosos y conquistadores porque sus panegiris corrieran parejas con el que mal he formado de nuestro héroe! Ellos confundieron una u otra virtud moral en un caos de iniquidades, y sus pretendidas glorias se vieron siempre anegadas en la sangre de los hombres; pero el benemérito Puerto jamás hizo daño a sus semejantes y los favoreció siempre que pudo, y he aquí, en dos palabras, el más conciso y verdadero elogio de este hombre grande, a cuya tierna memoria dedico para su sepulcro el siguiente

 

EPITAFIO
Oye... para... detente, pasajero,
no irreflexivo pises esta losa;
antes advierte, sí, que aquí reposa
el cadáver de un hombre limosnero.
Aquí yace el desprecio del dinero,
la pauta de una vida religiosa,
la urna de una alma grande y bondadosa,
y un corazón benéfico y sincero.
Aquí están las cenizas... ¿quién lo duda?
do logró el infeliz asilo cierto,
padre el pupilo, protección la viuda.
Aquí descansa un justo que, aunque muerto,
predica caridad su lengua muda,
y yace aquí DON NICOLÁS DEL PUERTO.
 
El Pensador Mexicano

 


 

(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui. Según datos de Spell la censura data de julio de 1813. Nicolás del Puerto. Cf. nota 32 a Las porfías de El Pensador.

(2) Tenemos la versión: "et in diebus consummationis, illus benedicetur". El que teme al Señor, será feliz y bendito el día de su muerte (Eccle. I, 13 y 19). Cf. Blanchard, Escuela de las costumbresop. cit., t. I, p. 35. Traducciones frecuentes del texto son: "Al que teme al Señor le irá felizmente en sus postrimerías y será bendito en el día de su muerte" y "Quien teme al Señor será feliz, y bendito será en el día de su fallecimiento".

(a) En éstas y otras expresiones que se leerán en el discurso de este papel, no es mi intención prevenir el dictamen de la santa Iglesia, que siempre venero, sino efecto de un juicio piadoso, a quien es acreedora la memoria del justo.

(3) panegiris. Forma latinizante de panegírico. "Razonamiento, oración rhetórica que se hace en alabanza de algun Santo en su festividad, en las honras de algun Rey ò persona grande, ò exclarecida por su virtud y acciones heróicas [...]. Por extension se dice de qualquier alabanza grande que se dá à alguna persona, ò à alguna accion suya, en la conversacion familiar." Cf. Dic. de autoridades.

(4) frey. Tratamiento que se usa entre religiosos de las órdenes militares, a distinción de las otras en que se llaman fray.

(5) Antonio María de Bucareli y Ursúa. Cf. nota 9 a la Proclama de El Pensador.

(6) Teotenantzi del Tepeyac. La virgen de Guadalupe. "Antes de la aparicion de la Virgen, aquellas ásperas y solitarias serranías eran lugares en que se celebraban los misterios sangrientos y bárbaros de la religion de los mexicanos. Quizá en el mismo cerro, llamado Tepeyac, estaba el santuario dedicado a Tonantzin, que era laMadrede los dioses. Multitud de poblaciones de veinte y treinta leguas á la redonda venían en tropel á presentarle ofrendas y sacrificios [...] sustituir una Virgen de clemencia, de amor y de mansedumbre, cuyas ofrendas consistían en las flores del campo, en el aroma de la mirra y en la cera de las colmenas, á la terrible Tonantzinque exigia los corazones sangrientos y palpitantes de sus hijos, fué un cambio inmenso incalculable en favor de la humanidad y de la civilizacion de las razas indígenas. El culto de la Virgen representaba la poética y sencilla adoración de Abel; el de la diosa Tonantzin, la sangrienta y fraticida venganza de Cain, repetida diariamente en una espantosa escala." Cf. Diccionario universal de historia y geografía, op. cit., t. V, p. 1003.

(7) Chaves. Solamente tenemos noticia de un comerciante llamado Francisco Chaves: "Por auto proveido por el doctor don Tomás Salgado, Juez de letras y Hacienda pública de esta capital; el 4 del corriente, en los formados a consecuencia de la liquidación que hizo la Contaduría de esta Aduana Nacional, de los derechos respectivos a 7,200 libras de añil que introdujeron en ella, el año de 1809, don Francisco Chaves y don Manuel de Herrera; está mandado a estos por medio de este periódico, a efecto de que se presenten en dicho juzgado a contestar en el asunto, y que si alguna persona supiere su residencia, lo manifieste en el oficio de la renta de alcabalas del cargo del escribano don José de Bustamante" Cf. "Anuncios" en el Noticioso General, núm. 746, México, 9 de octubre de 1820, pp. 3-4.

(8) Pr. 13, 20. Qui cum sapientibus gratidur, sapiens erit: amicus stultorum, similis efficietur.

(9) Ecli. 31, 8. "Bienaventurado el rico que es hallado sin culpa, y que no anda tras del oro, ni pone su esperanza en el dinero y en los tesoros."

(10) Real de Angangueo. San Simón Angangueo: real de minas, en Zitácuaro, departamento de Maravatío, Michoacán. La sierra de su ubicación es rica en plata.

(11) Escuela de la Santa Veracruz . Posiblemente la escuela estaba en los territorios de la ermita. En el lado noroeste de la Alameda se fundó una ermita por gestión de Hernán Cortés para establecer allí la Cofradía de la Cruz. La actual iglesia fue edificada entre 1720 y 1730.

(12) Palacio Nacional. En la Plaza Mayor o Zócalo. El Arzobispado fue un edificio empezado a construir por fray Juan de Zumárraga en 1530 en la hoy calle de Moneda, por cédula de 2 de agosto de 1533. Carlos V mandó que esa casa sirviera de residencia a los obispos para siempre. De 1771 a 1800 se dio al Arzobispado la forma que conservó.

(13) Peñón. El Peñón de los Baños es un volcán ubicado en el vaso del lago de Texcoco al oriente y distante una legua de la ciudad. En la parte sur de su base hay manantiales termales de aguas sulfurosas a las que se atribuyen propiedades terapéuticas.

(14) Hospital del Divino Salvador o de locas. Estaba en Donceles. Hoy es el edificio de la Secretaría de Salubridad y Asistencia.

(15) Manuel Vasconcelos. Suscriptor a El Pensador Mexicano según consta en la lista que aparece al final del tomo I. Tenemos el dato de que el folleto Dictamen de la Comisión de Guerra del Senado sobre arreglar las relaciones de los gobernadores de los Estados y comandantes generales, México, Imprenta del Supremo Gobierno de la Federación, 1825, está firmado por Molinos, Liceaga y Manuel Vasconcelos.

(16) Sabemos que don Cosme de Mier y Trespalacios también fue juez de teatro hacia 1790. "Con el fin de que en los espectáculos del Coliseo hubiese el mayor decoro posible por la buena elección de las obras que representasen, el Conde de Revilla Gigedo hizo en la persona de don Cosme de Mier y Trespalacios, del Consejo de su Majestad y su Oidor en la Real Audiencia, especial nombramiento para juez del Teatro de Comedias." Cf. Enrique de Olavarría y Ferrari, Reseña histórica del teatro en México 1538-1911, pról. de Salvador Novo, 3ª ed., México, Edit. Porrúa, 1961, t. I, p. 77.

(17) San Lázaro. Cf. nota 6 a los Avisos de El Pensador. Seguramente se hicieron añadidos al hospital, que data del siglo XVI.

(b) Paseo de México.

(18) Francisco Javier Venegas, marqués de la Reunión de la Nueva España (1760-1838). 59° virrey de la Nueva España (1810-1813). Luchó contra de los franceses durante la invasión de España. Teniente general y gobernador de Cádiz. Formó un ejército para combatir a los insurgentes. A su regreso a la Península se le nombró capitán general de Galicia.

(19) reales. Cf. nota 11 a Consulta que un payo hizo...

(20) Calleja. Cf. nota 2 a la Proclama de El Pensador.

(21) peste. Cf. nota 18 a los Avisos de El Pensador.

(c) Et lacrymatus est Jesus. San Joan, capítulo II [Jn. 11, 35].

(d) Supra mortum plora, defecit enim lux ejus. Ex. Ecclesiastés, capítulo 22, versículo 10. [Ecli. 22, 9. "Llora por un muerto porque ha perdido la luz."].

(e) Modicus plora supra mortum quoniam requevit, idem, versículo II ["Llora, empero, poco por un muerto, pues ya goza de reposo." Ecli. 22, 11].

(22) Cf. nota 2.

(23) Mt. 25, 34.

(24) No sabemos a qué Alcántara se refiera. Quizá a san Pedro de Alcántara, que estudió humanidades, filosofía y derecho canónico. Tomó el hábito de san Francisco; fue superior de un convento en Badajoz y guardián del convento de Nuestra Señora de los Ángeles. Edificó un convento de reformados, y se encargó de la reforma de su orden en toda España. Ayudó a santa Teresa a la reforma de la orden de los carmelitas. Fue beatificado después de su muerte y canonizado en 1669. Su Tratado de la oración y contemplación fue adoptado por monasterios y conventos religiosos para sus ejercicios espirituales, mereciendo elogios de santa Teresa, fray Luis de Granada, san Francisco de Sales y del papa Gregorio V, entre otros.

También hay la posibilidad de que aluda a José Díaz Alcántara. Doctor teólogo de la Universidad de México, canónigo magistral y chantre dignidad de la Catedral de Durango en la Nueva Vizcaya, juez conservador de la provincia de franciscanos de Zacatecas y teólogo de la nunciatura de España. Orador sagrado cuya pureza de estilo mereció que se le nombrara académico de la lengua. Escribió: Cortes generales, o fúnebres lamentos del estado: honras que el ilustrísimo Cabildo sede vacante de Durango hizo al señor don Felipe V, y elogio de este príncipe, México, 1747; Panegírico del glorioso mártir de Cristo, san Jorge, México, Hogal, 1751; El santo canonizado por el Padre, declarado por el Hijo y confirmado por el Espíritu Santo: san Pedro Apóstol, México, 1751; La madre propia y natural de los americanos, nuestra señora de Guadalupe, México, 1758; Panegíricos del santísimo Sacramento, de la Concepción de la Virgen, y del apóstol san Pedro, México, 1760, (otro dato es que se editaron de 1747 a 1760). Cf. Mariano Beristáin de Souza, Biblioteca hispanoamericana septentrional, op. cit., t. I, p. 104-105.

(f) Yo he dicho que estas expresiones son piadosas, no decisivas. La infalibilidad de la suerte de los justos toca decretarla a nuestra santa madre Iglesia, a la que siempre sujeto cuanto escriba como verdadero hijo suyo.

(g) Por ricos se ha de entender aquí cuantos puedan socorrer a los pobres. Cuidado con interpretar contra éstos la significación de la palabra.

(25) Sardanápalo es el nombre que dieron algunos escritores griegos a un afeminado rey asirio, cuya finalidad era gozar de los placeres de la comida, del vino y del amor. Ctesias, el historiador, nos relata leyendas sobre este rey, y Diódoro, su desastroso fin: fue vencido por el medo Arbaces, y se vio obligado a suicidarse. Generalmente se identifica a Sardanápalo con Asurbanipal, quien subió al trono el 668 A. C. y murió en 626. Conquistó Tiro, se apoderó de Babilonia y sometió a Arabia. Reunió una célebre biblioteca. Dice la leyenda que Asurbanipal, al estar sitiado en Nínive, prendió fuego a su palacio y murió abrasado junto con su corte y sus tesoros.

(26) "La memoria de los justos será celebrada." Pr. 10, 7.

(27) Cabildo. Cf. nota 7 a la Respuesta de El Pensador al Amigo Consejero.

(28) Tlatelolco. El barrio de Santiago Tlatelolco estaba situado en lo que era el norte de la ciudad de México. Tenía una población indígena considerable. Hacia 1536 los franciscanos fundaron allí un convento con el colegio de altos estudios llamado la Santa Cruz. En 1609 fue erigido como templo y colegio un edificio cuyos restos persisten hoy.

(29) Lc. 6, 27.

(h) No tuve la satisfacción de haber[me] comunicado a este hombre digno: apenas lo saludé dos veces, pero la fama de su sensibilidad lo hizo justo acreedor de mi ternura y reconocimiento.

(30) Usando sinécdoque alude a Julio César, Alejandro Magno y a Ciro, el rey persa.