Fábula XXXV(1)

EL VIEJO Y LAS PULGAS

 

Tanto acosaban las Pulgas

una noche a un pobre Viejo,

que no le daban lugar

ni para probar el sueño.

Lleno de rabia el anciano

hacía alguaciles sus dedos,

buscando entre las almohadas,

entre la colcha y su cuerpo

a las Pulgas, a los Pulgos

y a cuantos juzgaba reos

no menos de viejicidio,

que era para él sacrilegio.

Tuvo, por fin, la fortuna

de azgar(2) junto al pescuezo

una Pulga, que al instante

muerte le dio sin remedio;

y como si hiciera entonces

una cosa de provecho,

se acostó más descansado

pensando dormir sereno;

cuando a poco llega un Pulgo,

y otro, y otro, y otros, ciento,

cuyos duros aguijones

le punzaban en extremo.

Él es verdad que mataba

Pulgas a cada momento;

pero las que no morían,

no cesaban del empeño

de urgirle con sus lancetas

por doquiera al pobre Viejo.

Cada vez que éste mataba

algún miserable insecto,

se daba la enhorabuena

creyendo dormir más quieto;

mas en vano, porque al punto

sentía enemigos nuevos,

que lo hacían estar en vela

y siempre en movimiento.

Hasta que desesperado,

incómodo, sin sosiego

y lleno de rabia, dijo:

—¡Oh, diablos de animalejos!

ocioso es que yo presuma

lograr un tranquilo sueño,

pues aunque mil Pulgas mate

vienen otras mil de nuevo.

No hay más sino conformarse

con lo que ofreciera el tiempo,

pues los trabajos del hombre

siguen cual la sombra al cuerpo;

de suerte que aunque se libre

de uno, diez, cuarenta, ciento,

quedan a su retaguardia

lo menos millón y medio.

De este Anciano debiera

tomar consejo

todo aquel que en sus cuitas

no halla consuelo.(3)

 

(1)Ésta es la única fábula que incluyó Lizardi de las publicadas anteriormente. Apareció en 1815 en el Caxoncito noveno de la Alacena (pp. 49-50).

(2)azgar. Por asgar: neologismo de Lizardi, basado en la primera persona, singular, del presente de indicativo del verbo asirasgo

(3) Es diferente la moraleja en la primera versión:

Quisiera que este viejo
desengañado
enseñara paciencia
en los trabajos.