EL UNIPERSONAL DE DON AGUSTÍN DE ITURBIDE

EMPERADOR QUE FUE DE MÉXICO(1)

 

Vista de sala decente. Sobre un bufete estarán el manto, corona y cetro imperial. El actor, sentado en una silla en ademán de confuso. Después de una música triste, se para y dice:


¿Conque ya no soy rey? ¿Ya no soy nada?

¿En un momento se acabó mi Imperio?

¿Ya desaparecieron mis amigos

cual veletas que mueve el fácil viento?

Sí, todo se acabó. ¡Qué cruel fortuna!

Toda tu elevación ha sido un sueño.

Ayer era un monarca respetable,

a cuya faz humilde acatamiento

me hacían los potentados y los sabios,

10 los ignorantes, pobres y plebeyos,

y hoy estos mismos, sin rubor ninguno,

me llenan de baldones e improperios.

¡Oh, Agustín Iturbide! ¡Oh, alma débil!

¡Oh, corazón de joven inexperto!

tú te dejaste guiar de aduladores,

sin oír de tus amigos los consejos.

Tú que concluiste la obra majestuosa

de los grandes Hidalgos y Morelos

en siete meses,(2)con fortuna rauda,

20 y fuiste de tu patria el embeleso,

hoy yaces abismado en el olvido,

lleno de execración y hecho el objeto

de la ira, la venganza y el encono

de tu misma nación... Sí, de la misma

que supe libertar del yugo férreo

de la España opresora, con mi espada,

con mi combinación y mi talento.

Entonces... ¡Ah! ¡Recuerdos infructuosos!

Entonces... ¡Qué dolor! ¿Y yo me atrevo

30 a traer a la memoria los aplausos,

las felicitaciones, los obsequios

que esta misma nación agradecida

me tributa con sincero pecho?

Sí, que es un lenitivo en la desgracia

de las pasadas glorias el recuerdo.

Yo liberté la amada patria mía

de la dominación del suelo ibero.

Me coroné de honor. Héroe me aclaman,

padre y libertador todos los pueblos.

40 Por doquiera que paso me celebran

con cánticos, con himnos en mil metros.

Las sencillas pastoras, las aldeanas

salen a los caminos al encuentro,

y arrebatadas de su patriotismo,

su genio tutelar reconociendo

en mi persona, con fragantes rosas

orlan mis sienes y valiente pecho,

cantándome la gala con ternura,

con entusiasmo tal, con tal requiebro,

50 que a la diosa de Chipre, si la viera,

en este instante causarían mil celos.

En medio de estas glorias y alabanzas,

cercado de placeres lisonjeros

entré en la capital... ¡Oh, veinte y siete

de setiembre del año de ochocientos

veinte y uno!, tu memoria siempre grata

me será, aunque en momentos pasajeros.

¡Con qué magnificencia!, ¡con qué fausto

esta triunfante entrada previnieron

60 todos los mexicanos! A porfía

inundaba las calles todo el pueblo.

Yo vi, sí, no me engaño, los semblantes

llenos de gratitud y de respeto

al héroe del Anáhuac, que tal nombre

entre otros muy honrosos me dijeron.

Las calles adornadas de cortinas,

flámulas, gallardetes, dulces versos

que dictara el amor y el entusiasmo

a su libertador; del bello sexo

70 los homenajes recibí más dulces,

tan cariñosos como siempre honestos.

En los balcones todas colocadas,

realzando su hermosura trajes nuevos,

galanes y graciosos, derramaban

sobre el entonces tan feliz guerrero

flores diversas; tantas, que bastaron

a labrar una alfombra en todo el suelo

que mis tropas pisaron; los cañones

que fueran de la muerte el instrumento,

80 con salvas repetidas anunciaban

mi victoria, mi triunfo y vencimiento.

Las campanas alegres con repiques

llenaban de alegría los tibios pechos;

de los capitulados o enemigos

de nuestra libertad aún encubiertos.

En fin, todo era gozo, todo aplauso,

todo vivas, elogios y contento

que no sabrá explicar sino el que entrara

triunfante en Roma, vencedor soberbio.

90 No al Capitolio fui, ni prosternado

a Júpiter quemé falsos inciensos,

sino al sagrado templo, donde gracias

rendí al Dios de Sabahot. Vivas sin cuento

no interrumpidos recibí de noche

en el iluminado Coliseo.

Pasados los momentos de alegría,

calmando un poco el entusiasta fuego,

traté de organizar con una junta

el necesario y auxiliar gobierno.(3)

100 Ella se dirigió por mis impulsos,

y como era mi hechura, obedeciendo

hasta mis intenciones, me engrandece

al par de mis designios. Luego luego

me da el mando absoluto de las armas,

con nombre de almirante... ¡Qué inexpertos!

Sin contar con un buque, jefe me hacen

de mar y tierra del soñado Imperio,

haciéndome ridículo a los ojos

de cuantos tal absurdo conocieron.

110 Los escritores, sin prudencia alguna,

guiados de gratitud, y uno(a)previendo

que si nos dominaban los Borbones,

a los que el Plan de Iguala pasó a viento,

dejaba de volver a esclavizarnos,

me invitaron por dos y más impresos.

Con la corona, sí, con la corona

del opulento Mexicano Imperio.(4)

Las monjas, que apreciaban mi visita,

fiestas me prevenían en sus conventos;

120 llenas de adulación o de simpleza

me hicieron mil regalos, mil obsequios

demasiado costosos. ¡Cosa extraña

en las santas que habitan monasterios!

Y todas de consuno proclamaban,

no con palabras solas, sí con hechos,

a su Iturbide el Agustín Primero,

poniéndome doseles y cojines,

coronas ofreciéndome con cetros.

En este tiempo, la Interina Junta,

130 junta de personajes lisonjeros,

levantaba mi nombre a las estrellas

y muy más mi amor propio envaneciendo,

con título de Altezame prepara

para subir al trono del Imperio.

Llegó, por fin, el caso prometido

de convocar a Cortes, y el Congreso

se reunió constituido, las mismas bases

jurando sostener. Con tanto empeño

algunos procuraban que viniese

140 un príncipe Borbón, que tuve celos

de que llegase a dominar la patria,

mi gloria obscureciendo, un extranjero.

Consulto a mis amigos: me aconsejan

no según la virtud ni el juicio recto

de toda la nación, sino adulando

mi gusto, mi opinión y mis deseos.

¡Oh, ministros perversos! ¡Oh, malvados

amigos intrigantes, lisonjeros,

que me ocultabais la verdad. Yo, beodo

150 con vuestra sumisión y acatamiento,

engañado pensé que me estimabais

por mi persona, no por el bien vuestro.

Con este error, por enemiga tuve

toda la parte sana del Congreso;

choqué con el poder Legislativo,

procuré malquistarlo, inspiré celos,

dando lugar a malas providencias,

asegurado bien de que en su seno

borbonistas había e iturbidistas,

160 ricos y pobres, necios, de talento,

con opinión, sin ella, que ayudaban

mis intenciones sobre mis deseos.

Con el mayor ardor, del Plan de Iguala

quisieran sostener el llamamiento

de los Borbones, unos, y anularlos

otros que liberales se dijeron.(5)

La división entonces se declara

en el Salón de Cortes, en el pueblo.

Todo era confusión y desconfianza;

170 todo temores, sustos y recelos.

Eran estos instantes muy preciosos

para que se lograran mis intentos;

confianza me inspiraba la fortuna,

con semblante mirándome risueño;

y en una feliz noche..., ¡ah, buen Pío Marcha!

de mi desgracia triste compañero,

tú sabes que esa noche, convocando

con tu sagacidad y tu talento

unos cuantos soldados y unos barrios,

180 me proclamasteis: Agustín Primero.

La sorpresa, el terror, el sobresalto

se apoderó del mexicano pueblo,

viéndose amenazado con la grita

y el trueno del cañón, quizá creyendo

que tal alarma, a una hora intempestiva,(6)

del partido Borbón era el efecto.

Los repiques y salvas le anunciaron

lo extraño que ignoraba del suceso.

Sorprendióse la tropa y adunose,

190 no se puede negar, al bajo pueblo.

Con esta fuerza, en el siguiente día

emperador me proclamó el Congreso.(b)

De mi coronación se trata al punto,

y cuando todo estaba bien dispuesto,

cercado de lucida comitiva

y numerosa tropa, voy al templo,

en donde me esperaban los obispos

y los capitulares placenteros

para hacerme ridículo a los ojos

200 del hombre pensador, y a los de necios

punto menos que santo... ¡Qué ignorancia

y qué ridiculez en este tiempo!(c)

Yo mismo me engañaba. Sí, yo mismo.

Desde que mi brazo con el óleo ungieron,

creí que mi inmunidad era segura

y Dios juraba eternizar mi Imperio.

¡Que insensatez! ¡Qué error! Yo me sonrojo.

Si tal pude abrigar un día en mi pecho,

me debiera acordar de Bonaparte,

210 que desfanatizado hizo lo mesmo

por la cabeza de Iglesia Santa

y para alucinar al bajo pueblo;

aunque no le valió, ni a mí tampoco,

pues las ritualidades de los templos

muy inútiles son en estos casos,

si una nación conoce sus derechos

y quiere reclamarlos.(d)De este día

interrupción no hubieron los obsequios,

las felicitaciones, los aplausos

220 y las adoraciones que los necios

me tributaban. Todos, mi apoteosis

me hicieron sin cesar: ruines inciensos

quemaron a mi vista y de rodillas

me hablaban estos viles embusteros.

Tan repetidas fueron sus lisonjas.

que no oí de la Verdad los dulces ecos

con que me aconsejaba cariñosa,

y aún me parece que la vide en sueños;(e)

al poder absoluto aspirar quise,

230 creyéndome inviolable. Lo pretendo;

se me oponen algunos de las Cortes;

los hago reclusar(7)en los conventos.

Aún quedan otros firmes que contrastan

con valor indecible mis proyectos.

Entonces, poderoso y vengativo

destruyo de una vez todo el Congreso,

dejando de aparato un juntilla

de la mi devoción, que obedeciendo

humilde mis preceptos decretara

240 lo que había sancionado yo primero

Todo se trastornaba cada día,

Porque todo lo guiaba el desacierto.

Yo me hice aborrecible y lo ignoraba.

¡De mis amigos tal era el empeño

que tenían en perderme!... ¿Mis amigos

yo he podido decir? ¿Estoy despierto?

¿Qué amigos han de ser los egoístas

sin valor, sin talento, lisonjeros,

que por no disgustarme me engañaban

250 por conservar sus sueldos y sus puestos?

¿Qué amigos han de ser esos traidores

a mi persona y a su patrio suelo,

cuando procaces, imprudenes, ruines,

virtudes le llamaban a mis yerros;

y cuando me amagaba la cuchilla

del odio general, en el momento

que libertad Santana proclamaba

en Veracruz y era mayor mi riesgo,

vosotros me cantabais dulcemente

260 porque no despertara yo del sueño?

Viles: ¿os acordáis de vuestros carros,

vuestros arcos triunfales y embelecos

que ridiculizaran mi persona

a los ojos del sabio y los del necio?

Ya desde aquí mi ruina es decretada.

La opinión crece, fáltanme al respeto

en Veracruz las prensas; luego todas

a la nación descubren sus derechos

tantas veces violados; se entusiasma;

270 sacude de mi yugo el fuerte cuello;

quiérola reducir; las bayonetas

con tal designio en un instante muevo;

pero los jefes y oficiales todos(f)

advierten a la tropa; no hay remedio.

El azar está echado; las provincias

la acta de Casa Mata recibieron

como un don celestial, y en cuatro meses

se evaporó mi trono como el viento.

 

Música triste, y mientras suena, el actor se sienta junto el bufete en actitud de confusión. Después de un rato, levanta la cabeza con languidez, ve la corona y dice en pie:


¿Conque ayer era rey? ¿Esta diadema

280 ceñía mis sienes, y el brillante cetro

empuñaba mi diestra poderosa

en el augusto trono del Imperio?

¿Posible es, Agustín? No, yo me engaño.

Me ocupa un frenesí. Todo fue sueño.

Sí, no hay duda. Soñé, ya he despertado

y en mí no miro más que un prisionero

triste, solo, abatido, sin amigos,

de todos infamado, hecho objeto

del odio y la, venganza, sin asilo,

290 sin recurso ninguno y a un destierro

por favor de la patria confinado(8)

y escoltado de tropa... ¡Santo cielo!,

¿y aún puedo yo vivir? ¿Aún el ambiente

alcanzo a respirar? O estoy durmiendo

o debo ser de mármol insensible,

pues con tanto dolor morir no puedo.

 

Música; queda un rato en una actitud muy triste, de la que vuelve en sí y dice:

 

Si tales son las glorias de este mundo,

¿cómo hay quien las envidie? ¿Cómo necio

tras ellas corre el hombre temerario,

300 sin prever los peligros y los riesgos

a que va a exponer?¿Cómo yo

sin precaución, sin juicio, sin talento

pude aspirar a un trono que no supe

adquirir sin razón ni sostenerlo

con prudencia y valor?...¡Terrible pena!

¡Reflexiones ociosas! Ya no es tiempo,

no es tiempo, a la verdad, de aprovecharlas.

Ya todo se ha perdido sin remedio

El Imperio, la patria, mis amigos,

310 aun los que yo tenía por verdaderos,

mi anciano padre, mi querida esposa,

y..., ¡qué pesar!, hasta mis hijos tiernos

me verán con horror. Ya no me queda

el más mínimo apoyo; ya no encuentro

ni en mi propia familia quien me aprecie

y quiera interesarse en mi tormento.

¡Oh, joven insensato!, te perdiste

por un loco capricho, por un ciego

prurito de reinar, como si fuera

320 tan fácil cosa gobernar un reino

ni abusar del poder, a lo que incita

la vil adulación contra el derecho.

¡Cuánto mejor estuve y más tranquilo

cuando me titulé jefe primero

de las bravas legiones Trigarantes!

Entonces recibí los más sinceros

y gratos homenajes; la lisonja

aún no profundizaba los cimientos

de mi loca ambición; aún no pensaba

330 en hacerme monarca. Satisfecho

con la gloria interior de haber servido

a mi patria de apoyo e instrumento

pava su libertad, viví seguro

de émulos y enemigos. Si el ejemplo

de San Martín, Bolívar y Washington

yo supiera seguir, ¡oh. qué diverso

hoy fuera mi destino! Yo viviera

de mi familia en el amable seno,

amado de los hombres y tranquilo,

340 sin padecer el cruel remordimiento;

mis días pasara en paz, y lleno de honra

al sepulcro bajara después de ellos.

Pero yo me olvidé que la fortuna

nunca hace sus favores duraderos.

Pensé, ¡qué mal pensado!, que los reyes

afianzaban su trono con el cetro.

Después del grito aciago de Santana,

aún no supe temer el fin funesto

que se me preparaba, y por lo mismo

350 el modo no advertí de precaverlo.

Me fié de los amigos..., ¡qué insensato!

Sí, me arrojé en los brazos de los necios

que, al tiempo de adularme, al precipicio

me acercaron con bárbaros consejos.

Contribución directa e indirecta,

papel moneda y auxiliar derecho,

con otras violaciones criminales

de mi pacto social, odioso hicieron

mi trono, mi poder y mi persona,

360 y en un instante, sí, en un momento

todo desapreció; ya no soy nada;

soy un humilde y triste prisionero

de mi feliz nación. Aprended, reyes,

los que tiranos domináis los pueblos;

los que soberbios, vanos y arrogantes,

llenos de orgullo y de confianza llenos,

abatís y ultrajáis vuestros vasallos,

apurando su humilde sufrimiento;

aprended hoy en mí: ved un monarca,

370 que si bien no lo fue, mereció serlo,

pues nadie, nadie negará que libre

hice a mi patria del dominio ibero.

Ved a un emperador que, circundado

de aplausos, homenajes y respetos,

creyó cual realidad lo que soñaba,

pues creyó que su Imperio fuese eterno.

Pero ved a este rey, a este monarca,

a quien áulicos viles sedujeron,

sin opinión, sin trono, sin asilo,

380 sin patria..., ¡qué dolor!; sin patrio suelo,

porque toda la patria me abomina

y a la Italia me envía... Yo desfallezco.

 

Se suspende confundido un rato, y en él, música triste.

 

Esta corona, sí, esta corona, [mirándola]

esta púrpura infame y este cetro

comunes al tirano y al piadoso,

al hipócrita rey, al césar bueno,

lisonjearon mi orgullo, me encantaron,

mis sanas intenciones corrompieron;

por éstos delinquí, por estos dijes

390 que no son, bien miradlos, sino viento.

 

[Tomando todo en sus manos]


Sí, oro maldito, sí, tu falso brillo

 

hizo toda mi ruina... ; duro cetro...,

púrpura criminal, adornos viles,

de los tiranos fútiles inventos,

bajo cuya apariencia dominante

esclavizaron los humildes pueblos.

¿De qué me habéis servido?..., ¡oh, desgraciado!,

sino de envanecerme lisonjeros,

de borrar mi virtud, de prostituirme

400 y de encumbrarme al solio, para luego

hacerme odioso y desde la alta cumbre

precipitarme al tenebroso averno?

¿Y yo os tengo en mis manos? No, os arrojo,

[Arrójalos al suelo y los pisa]

os odio, os abomino y os detesto;

os desprecio y mis plantas en vosotros

ultrajen ya las sombras de los necios

que de vosotros fiaron... ¿Mas, qué digo?

¿Qué es lo que yo hago? ¿Qué discurro o pienso?

Estos muebles son nada, yo soy mucho.

410 Seres son insensibles, sin talento,

sin alma ni razón... Yo ..., ¡miserable!,

no soy oro ni trapo; lo confieso.

Yo, solamente yo soy el culpado.

En esta cruel escena soy el reo.

Ultrajé una nación; fuerza es que sufra

la pena consiguiente al desacierto...

 

[Tocan las cajas]

 

Mas ya suenan las cajas. Sí, las dianas

avisan que del sol los rayos tersos

señalan nuevo día a mi desgracia.

420 Pero este día fatal..., ¡qué pesar fiero!,

es el de mi partida: hoy mismo salgo

para no volver más; ¡oh, Dios eterno!,

para no volver más a ver a mi patria,

do feliz respiré primer aliento.

Mas ya en vano, sí, ya es infructuosa

toda consternación, ya del Congreso

se ha dado la sentencia irrevocable

y sin apelación. Aquesto es hecho.

A Dios, México, a Dios; ya de tu vista

430 se retira Agustín de oprobio lleno.

A Dios, Valladolid, mi patrio nido,

do vi la primer luz y el sol primero.

Ya Iturbide te deja; ya se ausenta,

en su pecho llevando el desconsuelo

de no volverte a ver. A Dios, mi patria;

a Dios, deudos, amigos, compañeros;

sí, para siempre a Dios: mi cruel destino

me aparta de vosotros; sólo os ruego

humilde, sin poder y consternado,

440 que perdonéis mis ya pasados yerros.

Mortal como vosotros he nacido;

al engaño y pasión estoy sujeto

como lo estáis vosotros; mis errores,

lejos de subsanarlos, los confieso,

y quisiera poder daros las pruebas

de que es sincero mi arrepentimiento.

No siento la corona que he perdido;

no, mexicanos, no: yo lo que siento

es perder vuestra gracia, vuestro amparo,

450 vuestra grata amistad y vuestro afecto.

Por eso contristado y ruboroso

perdón os pido de pasados yerros.

Sí, perdonadme, amigos, os lo suplico.

Sois generosos, nobles y discretos.

Habéis sabido perdonar benignos

y aun abrigar en vuestro mismo seno

a vuestros enemigos declarados,

asesinos de Hidalgo, de Morelos,

de Bravo, Matamoros y Galeana,

460 de vuestros padres, vuestros hijos mesmos

y de vuestra nación... Sólo Iturbide,

sólo yo, fascinado, beodo y lerdo

con tanta adulación, ¿será posible

que no alcance piedad en vuestros pechos?

Eso no puede ser; sería agraviaros

formarme de vosotros tal concepto.

Una indulgencia, un disimulo os pido,

un perdón generoso a mis defectos.

Compatriotas, amigos generosos:

470 en esta vez de mí compadeceos;

perdonadme, os suplico, y restituidme

a vuestro dulce amor... ¡Oh, santo cielo!,

si vuestra nueva alianza me constara,

alianza de amistad, que más no quiero;

si que me amabais algo yo supiera,

me sería suave y dulce mi destierro

no ya a la Italia, no, sino a la Libia,

y entre las fieras viviría contento,

con saber que vosotros, compasivos,

480 hacíais de cuando en cuando algún recuerdo

de Agustín desgraciado... Mas, ¿qué digo?

¿Y yo puedo dudarlo? Sois muy nobles;

vuestro carácter es piadoso y tierno;

no se sabe vengar en el rendido,

está hecho a perdonar. Yo me prometo

vuestra gracia alcanzar, así el Dios justo

os mire compasivo desde el cielo,

os libre de tiranos y os afirme

en un feliz gobierno duradero,

490 que las venturas haga de la patria

vuestras, de vuestros hijos, vuestros nietos

y las generaciones más remotas

que mueran con el sol...

 

[Generala]

 

Mas ya el momento

llega de mi partida, ya las cajas

tocan la Generala. A Dios, mi patria,

a Dios; y si supiste tus derechos

de Agustín reclamar, no se te olvide

este heroico valor, este denuedo,

y a costa de tu sangre conservarlos

500 jura ante Dios, que yo diré a la Europa

con la sacra elocuencia del silencio:

—Temblad, reyes tiranos, que ya el hombre

dijo: "Quiero ser libre," y ha de serlo.

 

[Éntrase con precipitación]

 


(1) México. 1823. Imprenta de don Mariano Ontiveros. 16 pp. en 4º común. El choque de intereses políticos entre los diversos partidos que integraban el Congreso determinó a Iturbide a disolverlo. Como consecuencia estalló la revolución de Casa Mata (conforme al plan firmado el 1º de febrero de 1823), acaudillada por Santa Ana, quien se había alzado en armas contra el Imperio desde el mes de diciembre anterior. Los sublevados empezaron a ganar terreno y exigieron al emperador el reconocimiento de la soberanía de la Nación y la reinstalación del Congreso. Iturbide, víctima de sus desaciertos y presionado por la fuerza creciente de sus opositores, se vio obligado a abdicar, lo que hizo el 20 de marzo de 1823. Salió de Tacubaya con su familia nueve días más tarde y se dirigió a Veracruz, donde se embarco con su familia nueve días más tarde y se dirigió a Veracruz, donde se embarcó rumbo a Europa.

(2) En siete meses.Lapso transcurrido entre la proclamación del Plan de Iguala y la entrada en México del Ejército de las Tres Garantías al mando de Iturbide

(3) El necesario y auxiliar gobierno. Al día siguiente de la entrada del Ejército Trigarante en la capital, se instaló como soberana la Junta Provisional Gubernativa compuesta por 38 individuos, y nombrada y presidida por Iturbide; se decretó el Acta de Independencia; se nombró una regencia, presidida también por Iturbide e integrada por don Juan O'Donojú, don Manuel de la Bárcena, don José Isidoro Yáñez y don Manuel Velázquez de León. A Iturbide se le concedieron recompensas pecuniarias, tratamientos, títulos y honores extraordinarios.

(a) El Pensador, autor de este unipersonal.

(4) me invitaron por dos o más impresos. Con la corona.../ del opulento Mexicano Imperio. El Plan de Iguala fue atacado por varios escritores, "los unos, proponiendo que se adoptase la forma republicana, y los otros, que eran los más, invitando a Iturbide a tomar la corona" Cf. Niceto de Zamacois, Historia de México desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días. Barcelona, Parres, 1877-1882, t. XL, p. 72.

(5) otros que liberales se dijeron. Como en el Plan de Iguala se fijaron ordenamientos contrarios a los principios sostenidos por el naciente liberalismo —tales como la adopción de la religión católica sin tolerancia de ninguna otra, conservación de los fueros y propiedades del clero (artículos 14 y 17), así como la forma de gobierno monárquico y constitucional—, aparecieron los primeros motivos de fricción entre monárquicos borbonistas, iturbidistas y liberales.

(6) a una hora intempestiva. El alboroto encabezado por Pío Marcha comenzó a las diez de la noche.

(b) Todos saben que esto lo hizo amenazado de muerte por el grosero, atrevido y necio populacho de México, que ignora sus derechos y los de la noble nación a que pertenece.

(c) Siempre los ministros del altar se han ligado con los tiranos para dominar a los pueblos. En los tiempos se desconoció y veneró este abuso. Hoy ya se conoce y se detesta.

(d) No se desprecian las ceremonias de la Iglesia, pero se confiesa que son inútiles y nada valen cuando se hacen con el fin de alucinar al pueblo. Cuando Bonaparte con este fin se hizo ungir por el Papa, pintaron los hombres, esto es, los que merecen ese nombre, un diablo junto al obispo que recibía la ampolla del óleo, en la que estaba escrito: vinagre de los cuatro ladrones, dando a entender que para darle poder a un tirano sobre una nación, vale tanto el santo aceite como el susodicho vinagre, esto es: nada; y ya lo vimos en Napoleón I y en Agustín I. ¿Por qué serán los obispos y alto clero tan aduladores de los reyes aunque sean tiranos? Fácil es la respuesta: porque los sostienen contra el infeliz pueblo.

(e) Alude a mi segundo Sueño [Segundo sueño de El Pensador Mexicano. México. Año de 1822. Oficina de Betancourt] en que hablé al emperador el idioma de la verdad, le dije lo que debía hacer y no hacer. No oyó la verdad y se perdió.

(7) reclusar. Barbarismo por recluir.

(f) Menos unos pocos irreflexivos que no conocieron la justicia de la patria; mas ya es tiempo que la conozcan.

(8) y a un destierropor favor de la patria confinado. El Congreso sólo condenó a Iturbide al destierro en consideración a ser el consumador de la Independencia, y le otorgó una pensión.