EL SUEÑO DE EL PENSADOR
NO VAYA A SALIR VERDAD(1)

 

Dedicado al Soberano Congreso(2)

 

Carta a un amigo



Querido amigo: le agradezco a usted mucho el interés que toma en el mejor éxito de mis asuntos. Yo con la ayuda de Dios me prometo que será feliz, así por la rectitud de los jueces, como porque al fin la razón triunfa de las pasiones.

Acerca de la insinuación que usted me hace de que le diga mi parecer sobre nuestros asuntos políticos, respondo que como soy de temperamento hipocondriaco, no es extraño que siempre piense funestidades, que tal vez no tienen mejor fundamento que mi triste complexión.

La otra tarde, después de comer, me puse a leer la Gaceta(3) del 28 del pasado marzo,(4) y me acordé de aquel loco que había en París, llamado Tribulet, cuya principal locura consistía en tener a los demás por locos y escribir sus nombres en una gran tarjeta embarnizada que traía al cuello.

En su tiempo sucedió la batalla de Tavía,(5) en que quedó prisionero de Carlos V,(6) Francisco I de Francia.(7) Concluida la guerra, tuvo Carlos V que pasar por París con su ejército a sujetar unas provincias que se le habían rebelado; para esto pidió permiso a Francisco I, quien se lo concedió, y el día que comenzó a entrar el ejército español en París, escribió Tribulet en su lista de locos, como unos de tantos, a Carlos V y a Francisco I, y se anduvo paseando por la ciudad. Llegó este desatino a noticia del rey quien, haciendo comparecer al loco en su presencia, le preguntó que en qué consistía su locura y la de Carlos V. El loco sin turbarse le dijo: "yo no sé, señor, quién es más loco de los dos. El rey de España debe considerar que vuestra majestad ha quedado resentido de él por la guerra que perdió y la prisión que le hizo sufrir, y así es un loco en venir a entregarse en sus manos; y vuestra majestad es otro loco en dejar penetrar en su reino a un enemigo tan poderoso como Carlos V, y que ya está acostumbrado a vencerlo." Esta respuesta y agudeza de Tribulet fue muy celebrada en Francia.

Yo me acordaba de este cuentecillo, y decía: se parece a lo que nos está sucediendo, ¿quién será menos advertido, quien le ofrece la corona del Imperio mexicano a la casa de Borbón sin preveer que, si la admite, indubitablemente volvemos a quedar reducidos a la clase de vasallos, y constituidos en una eterna y vergonzosa esclavitud; o la dicha casa que en el hecho de no reconocer legítimos los Tratados de Córdoba(8) se niega a la invitación que se le hace con el trono mexicano,(9) siendo su admisión el camino más fácil, pronto y seguro que podemos proporcionar a España para que se rehaga de estos dominios en el corto plazo de dos años?

Entretenida mi imaginación en estos discursos, me quedé dormido, y me pareció hallarme en el muelle de Veracruz,(10) y paseándome por allá, tropecé con una piedra en la que estaba esculpido con letras negras el siguiente

EPITAFIO

A la libertad de la América


SONETO

Yace aquí para siempre, mexicanos,

la libertad que el cielo os concedía

por mano de Iturbide(11) y que podía

haberos sido eterna; pero insanos,

la dejasteis volar de vuestras manos

sujetándoos a extraña dinastía.

Perezca, amén, el azaroso día

en que esclavos seréis, no ciudadanos.

Tal es mi presentir, ¡oh patria amada!,

si a dominarte vuelven los Borbones

toda moderación será afectada,

y no se perderán las ocasiones

de echarte la cadena más pesada,

con muy duros y fuertes eslabones.



Ni lugar tuve de reflexionar sobre lo que acababa de leer, pues volví la cara hacia atrás por un ruido que llamó mi atención, y vi una hermosísima joven en cuyo rostro había hecho trono la belleza. Su ropaje blanco bordado de oro era sencillo y majestuoso, su rojo y agraciado pelo ondeaba libremente sobre sus delicados hombros; su cabeza se cubría con un sombrerillo de plata adornado con elegantes plumas, y su comitiva era compuesta de varias bellas y graciosas muchachas que traían en las manos los jeroglíficos de mil virtudes.

Yo me quedé sorprendido a la vista de aquel grupo admirable de deidades, que por tales las tuve a todas, especialmente, a la que las presidía. No podía moverme de un lugar, engolosinado con la perspectiva de tan agradable belleza; pero me volvió del éxtasis que me enajenaba una de cuatro lindas muchachas que venían por delante, como de batidoras, con unos bastoncillos de plata, la que con un tono imperioso me dijo: ─¡Apártese, que a la Verdad nadie le estorba el paso! Obedecí, me aparté, pasaron junto a mí muchas bellezas, y a lo último la que más arrebataba mi admiración, que llegó a lo sumo cuando, deteniéndose, me miró con ojos apacibles, y con una voz más dulce que el néctar de los dioses me dijo: ─Amado mío, [¿]me conoces? ─Señora, le respondí envuelto en respeto y gratitud, creo que no he tenido el honor de haber visto a vuestra alteza sino esta vez. ─Te engañas, contestó, mil veces me has tratado, publicado y aun defendido en tus escritos, por lo que has padecido muchas persecuciones, y quiera Dios que no se te prepare otra si escribes a tus paisanos lo que ves; pero si así fuere, sostente que yo te ayudaré. Este epitafio que has leído, yo lo he escrito: soy la Verdad. A Dios, dijo, y toda aquella hermosa comitiva se alejó de mí con la velocidad del rayo.

Aún no podía repasar lo que me había dicho la deidad, cuando hiere mis oídos el estallido de los cañones del castillo de San Juan de Ulúa.(12) Vuelvo la vista hacia él, y veo enarbolada la bandera de España y entrando al puerto diez embarcaciones gallardamente empavesadas. Al mismo tiempo oigo tronar la artillería de la plaza, en la que se enarboló la bandera trigarante.(13)

Tan repugnante diptongo me abrió campo a mil consideraciones; mas no pude hacer una, porque a un tiempo se acercaron al muelle las embarcaciones por mar, y por tierra una multitud de gente en cuyos rostros se veía pintado el júbilo y la alegría, menos en algunos que miraban aquella escena con semblante triste y pensativo, pero el número mayor, que en todas partes es infinito, gritaba ¡viva nuestro emperador!

Reunido un inmenso pueblo en el muelle, casi embarazaba el desembarco de ocho mil hombres que, por principio de cuenta, traía el emperador con nombre de su escolta; pero no estorbó el desembarco, pues apenas habían puesto pie en tierra cincuenta hombres, cuando comenzaron a despejar con sendos culatazos, diciendo:A un lado traidores, que ya viene vuestro emperador. Los que estaban inmediatos recibían humildemente sus cañonazos; pero sus lamentos no se oían, porque eran confundidos con los vivas del ignorante pueblo.

Así se hizo el desembarco hasta que llegó la Generala, en que venía su majestad. Desembarcaron en los botes muchos caballeros muy lucidos que venían en clase de comitiva y servidumbre. Después, entre los guardias de corps,(14) desembarcó el emperador, quien apenas puso el pie sobre la piedra en que estaba esculpido el epitafio, cuando retembló todo el Imperio mexicano; pero pasó aquel susto que se atribuyó a una casualidad natural y quedaron todos tranquilos.

Nuestra tropa hizo los honores y salvas correspondientes; los cumplidos y agasajos, así de los comandantes y ayuntamientos del lugar y comarcanos, como de la diputación de la capital, fueron del mismo modo; y como en el sueño las transiciones son momentáneas, en un instante nos hallamos en México.

Aquí era necesario un pincel muy valiente para describir lo que vi... El repique de las esquilas y campanas, el estruendo de la artillería, la multitud de cohetes y la confusa vocería de un inmenso pueblo con sus incansables gritos de ¡viva nuestro emperador!, interrumpían el aire, de suerte que dos que iban juntos si no era por señas no podían entenderse.

Así como el oído, no encontraba objeto en que descansar la vista. No se veían sino arcos triunfales, flámulas, gallardetes, cortinas, y bajo mil curiosos doseles estaba colocado el busto del nuevo monarca. En los Portales(15) se vendía su retrato a bajos precios, por la misma abundancia de ellos; no se tenía por feliz quien no lo traía en los sombreros o en el pecho. El sexo hermoso, en juguetonas danzas hacía galas de su fidelidad. Las octavas, epigramas, sonetos y toda clase de poesía se familiarizaron con los poetas más adocenados, y en medio de esta algazara nadie se acordaba de nuestros libertadores. El señor Iturbide entró a la ciudad como capitán de guardias de corps al lado del coche de su majestad imperial y real.

Fue conducido a la Metropolitana,(16) donde se recibió bajo de palio por todo el Cabildo eclesiástico con su ilustrísimo arzobispo, y concluido el ceremonial religioso fue su majestad trasladado a Palacio,(17) donde recibió el besamano[s] de todo el ejército, tribunales y demás corporaciones eclesiásticas y seculares.

Apresuróse el día de la jura y ésta se hizo con cuanta ostentación se pudo. Ningún arbitrio se omitió para sufragar a tanto gasto, ni para tener sobradamente satisfecha la corte y escolta de su majestad. Estos gastos no gravitaban sobre los que los imponían, sino sobre los ricos y el pueblo. Sin embargo, los primeros murmuraban, entre dientes, en sus casas y el pueblo lo lastaba muy contento gritando en las plazas ¡viva el emperador!, y al fin todos pagaban los honores que el emperador prodigaba a los exactores de estas gabelas.

Esos días todos se ocupaban en espectáculos y fiestas. Las funciones de teatro eran escogidas con marchas análogas, iluminación completa y paga doble. Las corridas de toros,(18) tapadas de gallos,(19) paseos, serenatas, iluminaciones, máscaras, carros y cuanto podía contribuir a celebrar nuestra felicidad era continuo. Los bailes infinitos, en ellos se cantaban mil letrillas al nuevo monarca, y en las mesas se brindaba a su salud a cada instante, sin que hubiera quien se acordase de ninguno de nuestros dignos héroes para nada.

Las funciones de iglesia eran repetidas y en sus púlpitos se preconizaban sin economía las virtudes del emperador, que aún no habíamos experimentado. Sudaban las prensas día y noche para imprimir, y faltaban muchachos para vender los innumerables discursos que se escribían a su favor. No se tenía por buen americano el que no le consagraba algún homenaje de esta clase. La cosecha de escritores era tan abundante que hasta los que no sabían escribir se hacían autores, valiéndose de amanuenses que trasladasen sus discursos al papel.

Ya cansados de diversiones, cesaron éstas, y se advirtió que el erario estaba limpio de monedas y el común del pueblo pereciendo, lo mismo en México que en todas las provincias, pues ninguna quiso ser la menos en acreditar su fidelidad a su monarca. Empero era preciso atender a los gastos del Estado y a las necesidades de la corona, para lo que se multiplicaron los impuestos generales, y los préstamos y donativos forzosos fueron inexcusados.

Su majestad, para manifestar su amor y gratitud a nuestros héroes, envió al señor Iturbide de plenipotenciario cerca del rey católico, acompañado del señor Negrete.(20) Con la misma investidura fueron de su orden a Londres los señores Bustamante(21) y Quintanar.(22) A Roma los señores Bravo(23) y Echávarri.(24) A Francia los señores Luaces(25) y Barragán.(26) A los Estados Unidos el señor Filisola.(27) A la América Meridional, el señor Epitacio Sánchez;(28) y así todos, condecorados unos con el Toisón, otros con la Gran Cruz de Carlos III, éstos con la de san Hermenegildo y los últimos con la de Isabel la Católica.(29)

Al señor Guerrero(30) se envió con un buen ejército a sujetar a Goatemala,(31)que se resistía a reconocer el imperio. De esta manera quedó el ejército sin generales ni primeros jefes, así como muchas provincias sin comandantes militares; pero a todo atendió su majestad reemplazando estas vacantes con los sujetos de su confianza, que había traído de la Península.

Todos los días llegaban de ella remesas de europeos que era preciso destinar a las armas para que subsistieran. De esta suerte, cuando menos lo advertimos, la mayor parte del ejército se componía de españoles; las principales plazas y capitales eran mandadas por españoles, los generales eran españoles, y lo mismo la oficialidad no subalterna. Entonces comenzó a temer el Congreso y a querer tomar medidas precautorias; mas no era tiempo. Si antes él decretaba y el rey sancionaba sus decretos, después era al contrario: el emperador mandaba y el Congreso obedecía.

Cuando a su majestad le pareció, entró a las Cortes acompañado de varios oficiales armados, y propuso que, respecto a que nuestra emancipación había sido violenta y sin el voto general de la nación española, tenía el carácter de usurpación, y España conservaba sin derechos para reintegrarse de estos dominios. Que lo declarara así el Congreso.

Aquí fue el quedarse todos perplejos y mirándose unos a otros sin hablar. No faltó, sin embargo, un diputado intrépido que replicara a su majestad diciéndole que los derechos de Conquista eran los derechos del usurpador, que los naturales justificaban nuestra emancipación; que estábamos en posesión de ella; que habíamos ofrecido con juramento sostener nuestra Independencia, que su majestad también lo había ofrecido antes de ceñirse la corona y... más hubiera dicho el diputado, pero ya no era tiempo de oír razones. El dado estaba echado por azar; lo interrumpió su majestad, y poniéndose en pie, tiró de la espada y dijo en un tono de voz que hizo temblar las bóvedas del augusto salón: ¡Viva España y mueran los traidores! Al eco terrible de esta voz, que en el mismo día tronó en todas las provincias del Imperio, cayeron los diputados de sus sillas. Quisieron huír algunos pero encontraron la muerte en las bayonetas de la tropa; los demás fueron conducidos a la cárcel, de la que pasaron muchos al cadalso; suprimióse en el momento la libertad de imprenta, quemóse la bandera trigarante, enarbolóse el pabellón español, se cantó un solemne Te Deum; entre repiques y salvas de artillería, instalóse la Junta de Seguridad,(32) aumentóse el espionaje, ofreciéronse premios a quien descubriese traidores, y a consecuencia de todo esto, en instantes se llenaron las cárceles de delincuentes, los herreros no bastaban para hacer grilletes y cadenas, y nuestra infeliz y desdichada sangre regaba las calles de esta triste ciudad, derramada sin lástima desde los suplicios y patíbulos. Mi corazón no podía ya sufrir el efecto de mi espíritu atribulado con tan horrorosos y sangrientos fantasmas. Dio una extraordinaria sacudida y desperté.

Soberano Congreso, miembros predilectos de la patria: jamás olvidéis que ésta ha depositado en vosotros su confianza para que la hagáis feliz, no desgraciada. Tened presente que una determinación despremeditada [sic] bastará a hacernos esclavos para siempre.

El asunto que tiene vuestra majestad entre manos es el más delicado, y si lo yerra, será responsable de sus resultas ante Dios, ante la patria, ante la Europa entera y el mundo todo. Claramente nos ha dado pruebas el gobierno español de que no está bien con nuestra Independencia. No admite los Tratados de Córdoba, que el mismo rey califica de ilegítimos, de supuesto la representación del señor O'Donojú y de disidente al señor Almirante,(33) esto es, al héroe que le ofreció la corona a nombre de esta nación magnánima. Se manda a La Habana que proteja al general Dávila,(34) a éste que sostenga a toda costa la fortaleza de Veracruz;(35)se intriga en el centro del Imperio; acabamos de ver la intentona desesperada de cuatro capitulados, de que han triunfado nuestras armas en las lomas de Juchi;(36)¿y con todo esto no despertamos?, ¿aún insistimos en que vengan a dominarnos los Borbones?; ¿aún queremos dar a los Tratados de Córdoba el valor que no tienen en esta parte, pues es claro que un contrato condicional no obliga, faltando la condición, y mucho menos cuando no se admite?; ¿aún se pensará en enviar a la Península parlamentarios que vayan a persuadir al monarca que venga o sustituya quien venga a dominarnos? Y finalmente, ¿aún habrá individuos que admitan la comisión y vayan a asegurar que la nación así lo quiere, que la nación lo dice, cuando puntualmente esto es lo que la nación repugna por lo que ha visto y lo que está mirando?

Despierte vuestra majestad ¡por Dios! Suspenda la resolución en asunto de tanta trascendencia: declare nulos y rescindidos los Tratados de Córdoba en esta parte; no se hable ya de invitación al trono; quítense a la imprenta todas las trabas para que la opinión se explique sin recelo; mándese que a toda costa en cada provincia haya una imprenta, pues ésta es la lengua del pueblo, que no podrá hablar mientras se le cierre la boca con restricciones amenazadoras, o no se le deje lengua, omitiendo que tenga moldes con que hablar.

Últimamente, señor, con la mayor veneración suplico a vuestra majestad, a nombre de la soberana nación que representa, piense sobre esto con mucha madurez, haga que se conserve el orden interior, que se rinda ese espantajo del castillo de Veracruz, que tenemos tan cerca, que se resguarde y pueblen nuestras costas, que vayan nuestros comisionados cerca de las repúblicas del norte, Colombia, Venezuela, etcétera, para que según sepan lo que vuestra majestad resuelva, traten de alianza con nuestros amigos y vecinos; que asimismo vayan a Francia e Inglaterra, y particularmente a Roma, para que su señoría se sirva enviar un legado a latere(37) con quien se traten los negocios eclesiásticos; que nuestros remitidos vayan con sola la investidura, por ahora, de encargados de negocios por la nación para tratar de alianzas a su tiempo, y desde el presente solicitar se reconozca nuestra Independencia absoluta de todo el mundo; que aseguren que las bases de cualquier gobierno en que nos instalemos serán religión, independencia yunión,(38) siempre con los españoles buenos que están con nosotros y con la nación española, mientras no nos declare la guerra.

Determinando esto vuestra majestad, nada importa que nos tardemos un año en instalarnos. Que escriban cuanto quieran acerca del mejor gobierno que nos conviene, y que discurran libremente los diputados acerca de esto en mil sesiones o más, si es necesario, sin temor de que sofoque sus discursos la campana. La dignidad e interés del negocio exige esta libertad y esta calma.

Más vale constituirnos tarde y bien, que pronto y sin gusto del pueblo. Las naciones, dijo el grande O'Donojú,(39) una vez se constituyen en la vida. En este caso nos hallamos. Si erramos esta vez, caminaremos a nuestra ruina sin remedio. Ahora estamos en el goce de nuestra libertad, nadie nos aguijonea para que nos perdamos. ¿Qué provecho nos podemos prometer de ir corriendo por un suelo resbaladizo y falso, sobre el que nunca hemos puesto los pies? La razón y la naturaleza nos inspira en este caso la calma, la prudencia, el consejo, la previsión y la experiencia: cualquier requisito de éstos que nos falte, aventurará la determinación con daño nuestro.

Este sueño que he escrito, me parece una profecía si ahora nos descuidamos. ¡Oh, y no permita Dios se verifique!

Éste es mi deseo y el de que la patria sea feliz por medio de vuestra majestad, de cuya prudencia espero perdonará mis desaciertos, advirtiendo que son hijos de mi amor a la nación y del que me agita porque vuestra majestad acierte en esta parte, para que recaigan sobre sus dignos correpresentantes las bendiciones de la más remota posteridad.

Dios guarde a vuestra majestad muchos años para la felicidad de la patria.

México, abril 20 de 1822.     
            

SEÑOR                                  

[José] Joaquín Fernández [de] Lizardi.


 


(1) México, Impreso en la Oficina de don José María Betancourt, y por su original en Puebla en la Liberal de Moreno Hermanos, 1822.

(2) Congreso. Cf. nota 3 a ¿Qué va que nos lleva...? y nota 19 a Exposición del ciudadano...

(3) Gaceta. Cf. nota 32 a Cincuenta preguntas... y nota 13 a Hasta que se le vio una...

(4) Cf. la nota 10 de A unos lo mata el valor...

(5) Por Pavía. Ciudad de Italia, en Lombardía.

(6) Carlos I de España y V de Alemania (1500-1558). Sobre las opiniones lizardianas acerca de Carlos V, cf. El Conductor Eléctrico núm. 5 (Obras IV, op. cit.), Conversaciones del Payo y el Sacristán t. II, núm. 15 (Obras V, op. cit.) y Correo Semanario de México núms. 12, 13, 20 y 21 (Obras VI, op. cit.).

(7) Francisco I (1494-1547). Rey de Francia. Al disputar la corona imperial de Alemania a Carlos V fue vencido en Pavía, y, hecho prisionero, tuvo que firmar el tratado de Madrid (1526).

(8) Tratados de Córdoba. Cf. nota 6 a El Pensador Mexicano al excelentísimo...

(9) Cf. la nota 2 a Un puñado de verdades...

(10) Veracruz. Cf. nota 62 a Chamorro y Dominiquín. independencia...

(11) Agustín de Iturbide. Cf. notas 2 y 6 a Contestación de El Pensador. y 32 aChamorro y Dominiquín. Segundo Diálogo...

(12) castillo de San Juan de Ulúa. Cf. notas 21 y 27 a Cincuenta preguntas...

(13) "El 24 de febrero de 1821 [...], el sastre y barbero D. José Magdalena Ocampo, hacia entrega a D. Agustín [de Iturbide] de la bandera cuya confección se le había ordenado, para usarla el Ejército Trigarante [...]. La bandera de Iguala llevó los colores en el orden siguiente: blanco, verde y rojo. Las franjas iban en sentido diagonal, con una estrella cada una en la parte superior y al centro, pero sin el Aguila Nahoa. El primer color ─el blanco─ ocupaba el sitio preferente que correspondió a la Iglesia Cat6lica, y simbolizaba la pureza de la religión en México; el segundo ―el verde― representó el movimiento insurgente, cuyo grupo, sediento de justicia y libertad, incontenible y arrollador, ya estaba por consumar la Independencia nacional, y el tercero ─el rojo─ representó el grupo español dominante y pudiente, que reconocía y se adhería al movimiento libertador; pero a la aparente caída del dominio ibero en la primera colonia de España en América, seguiría residiendo en México [...]. El rojo, pues, era el rojo y gualda o el transformado del morado de Castilla; las tres estrellas bordadas en hilo de oro, simbolizaron el cumplimiento de las Tres Garantías interpretadas en la Bandera de Iguala, representando también la libertad masónica. Dichas garantías, así como en la actualidad, tuvieron el bello anhelo de simbolizar la unión y armonía de los tres bandos irreconciliables que en aquella época prevalecían: el clero católico, el grupo independiente triunfador y el bando español refractario a la emancipación y esperanzado en restituir el dominio perdido." Iturbide ordenó, por decreto del 2 de noviembre de 1821, "que el Pabellón de México también debería ser tricolor, pero con las franjas en sentido vertical y los colores en el orden siguiente: verde, blanco y rojo. Al centro, un águila ligeramente de perfil y ciñendo una corona imperial; las alas caídas, sin culebra y posando con ambas garras sobre el legendario nopal. Otro decreto solemne del mismo Iturbide, de 7 de enero de 1822, o lo que fuera el segundo año de la Independencia y del Imperio, dispuso que los colores de la Bandera de México deberían ser perpetuos." Manuel de J. Salís, Historia de la bandera, himno, escudo y calendario cívico nacionales, México, s./e., 1940, pp. 32-33.

(14) De fray Servando Teresa de Mier son las siguientes líneas: "Se llamanguardias de Corps cuatro compañías de 100 hombres de jóvenes nobles llamadas Española, Americana, Flamenca e Italiana. Hacen guardia en Palacio con su carabina, y en número de cinco van siempre corriendo a caballo con su espada ante los coches de los de las familias reales. En tiempos de Godoy se puso la compañía americana a sugestión de Beristáin, y por ser el color de la reina se pusieron los cuadros de la bandolera morados; la española los lleva encarnados, verdes la italiana y amarillos la flamenca. Casi no ha quedado hoy ningún americano; pero al principio fueron muchos, e introdujeron el lujo, pues antes llevaban hasta medias de algodón, y también hicieron angosta la bandolera." Memorias, prólogo de Alfonso Reyes, Madrid, Editorial América, s./a. (Biblioteca Ayacucho, XVII), p. 356.

(15) Portales. Los principales eran el de Mercaderes y el de Agustinos. Cf. las notas 37 a Observaciones político-legales... y d a Reflexiones sobre el papel.

(16) Catedral Metropolitana. Cf. nota 2 a Papeles contra sermones.

(17) Palacio. Cf. nota 11 a Chamorro y Dominiquín. Segundo diálogo...

(18) Cf. nota 9 a Hemos dado en ser borricos...

(19) tapada. Pelea de gallos, en que se juegan éstos tapados, es decir, sin conocérsele sino hasta el momento en que los sueltan a pelear. Santamaría, Dic. mej.

(20) Pedro Celestino Negrete. Cf. nota 7 a Ni están todos los que son...

(21) Anastasio Bustamante. Cf. nota 5 de A las valientes tropas...

(22) Luis Quintanar. Cf. nota 4 de A las valientes tropas...

(23) Nicolás Bravo. Cf. nota 44 a Chamorro y Dominiquín... independencia...

(24) José Antonio Echávarri. Cf. nota 6 a Ni están todos los que son...

(25) Domingo Estanislao de Luaces. Jefe militar español que en un principio luchó contra los insurgentes y terminó, en 1821, adhiriéndose al Plan de Iguala. Murió en la ciudad de Puebla, el 28 de julio de 1822 y fue sepultado en la Capilla de Guadalupe de la Catedral.

(26) Miguel Francisco Barragán (1789-1836). Perteneció al ejército realista hasta abril de 1821, en que se declaró por el Plan de Iguala; fue miembro del estado mayor de Iturbide.

(27) Vicente Filisola. Cf. nota 12 a Ni están todos los que son....

(28) Epitacio Sánchez. Cf. nota 16 a Ideas políticas... 2.

(29) La Real Orden del Toisón de Oro fue fundada el 10 de enero de 1492 por Felipe III de Borgoña, con carácter cívico militar. Es la más preciada de todas las condecoraciones españolas, para cuya concesión se precisa acuerdo del Consejo de Ministros. La Real y Distinguida Orden de Carlos III, condecoración de carácter civil creada por Carlos III el 19 de septiembre de 1771; en ella existen las categorías de Caballero, Comendador (ordinario y de número) y Gran Cruz o Banda, así como el Collar, grado supremo de la Orden. La Orden de San Hermenegildo, de carácter militar, fue creada por Fernando VII el 21 de noviembre de 1814. La Real y Distinguida Orden Americana de Isabel la Católica: cf. nota 10 a Cincuenta preguntas...

(30) Vicente Guerrero. Cf. nota 8 a Ideas políticas... 2.

(31) Goatemala. Cf. nota 61 a Chamorro y Dominiquín... independencia...

(32) Junta de Seguridad. Cf. nota 69 a Chamorro y Dominiquín. independencia.

(33) En el año de 1822 las Cortes declararon que el convenio celebrado con O'Donojú era "ilegítimo y nulo en sus efectos para el gobierno español y sus súbditos". Cf. la nota 6 de El Pensador Mexicano al excelentísimo señor...

(34) José Dávila. Cf. nota 20 a Cincuenta preguntas...

(35) Cf. la nota 10 de A unos los mata el valor...

(36) Juchi está situado en lo alto de la cordillera que separa el Valle de México del de Cuautla. Dávila fue el autor de una reacción intentada el 2 de abril de 1822; para llevarla a cabo, el teniente coronel Francisco Buceli, que era mayor del batallón de don Carlos, salió "de Texcoco al frente del regimiento de Órdenes, para reunirse con el batallón de Castilla en Juchi y marchar a apoderarse de Veracruz, contando también con la sublevación que tenía combinada en la Tierra Caliente, en que había muchos partidarios del gobierno español; pero no se movió el batallón de Castilla, y el comandante del de Zamora, lejos de tomar parte en el movimiento, informó a Iturbide de lo que pasaba. Entraron en el plan cuatro compañías del regimiento de Zamora que estaban en Nopalucan; pero todo este desatinado proyecto acabó con que el día tres, al siguiente del movimiento, después de una corta refriega, se rindieran al general don Anastasio Bustamante, Buceli, cuarenta y cuatro oficiales y trescientos treinta y seis individuos de tropa. Bustamante dio un parte muy pomposo y exagerado, que le valió el que se le diera la Gran Cruz de Guadalupe, cuando el Congreso hubiera aprobado los Estatutos de la Orden'; fueron premiados con letras de servicio el brigadier Echávarri, y con el grado de coronel los tenientes coroneles don Santiago Moreno, don Mariano Villaurrutia y don Pablo Unda; Echávatri y Moreno eran españoles, y en la proclama que dio Iturbide por estos acontecimientos, dijo que no sólo varios jefes, sino más de cien soldados españoles habían estado en la acción de Juchi en las tropas independientes." Francisco de Paula Arrangoiz, México desde 1808..., op. cit., p. 310. "La Regencia calificó la conspiración de 'impotente en sus recursos, imprudente en sus combinaciones e insensata en sus fines', prometiendo castigo a los culpables y protección para aquellos cuya única relación con los sublevados era el hecho de haber nacido en España. El Noticioso consideró que el país se libró de un 'golpe funesto que hubiera sido el trastorno general de una nación grande y generosa'. Iturbide creyó necesario, por su parte, dirigirse a los ciudadanos del imperio para calmar los ánimos, acusando a Dávila de ser el autor intelectual del desorden y recordando su deber a los jefes españoles. En seguida, hizo un llamado a la unión y declaró que los delitos cometidos por unos españoles no alteraban la opinión de los demás, a quienes consideraba partidarios del gobierno. A raíz de esto, las autoridades dispusieron que los capitulados fueran enviados por el puerto de Tampico, en lugar de Veracruz, para evitar incidentes similares al de Juchi y facilitar su traslado a La Habana." R. Flores Caballero, La contrarrevolución en la independencia, op. cit., p. 79.

(37) a latere. Cf. nota 5 a Reflexiones interesantes...

(38) las tres garantías. Cf. la nota. 2 de A las valientes tropas...

(39) Juan de O'Donojú. Cf. nota 2 a Pésame que El Pensador...