EL SACRISTÁN ENFERMO

 

Por don José [Joaquín] Fernández de Lizardi


O crítica contra los malos médicos y boticarios(1)

 

 

SACRISTÁN: ¡Válgate Dios por noche, y qué molesta

eres a un pobre desvelado enfermo!

La vieja que me cuida ya descana,

el muchacho ya ronca como un perro.

¡Jesús, qué noche! ¡Quién tener pudiera

junto a la cabecera al dios Morfeo!

Pero, ¿qué es esto?, ¿qué terrible sombra

me parece que ha entrado en mi aposento?

Ya distingo facciones... ya conozco...

Sí... él es sin duda... ¿qué hay amigo muerto?

MUERTO:  ¡Oh, sacristán, oh sacristán querido!

¿Ves que soy buen amigo?

SACRISTÁN: Sí, en efecto.

¡Oh qué bien me decían cuando era mozo

(Dios los tenga en descanso) mis abuelos!

Que no hay otros parientes, que ocho reales,(2)

ni mejores amigos, que los muertos;

y aunque me lo decían, sin duda alguna,

tan sólo por los libros, yo confieso

que era bueno que todos conversaran

con los raídos temibles esqueletos,

o con las sombras, como, verbigratia,

la que me representa aquí tu cuerpo;

porque libre el espíritu (¿quién duda?)

de este grupo mortal tosco y terreno,

¡qué verdades tan claras nos dijera!,

¡qué máximas tan santas!, ¡qué consejos!

Pero, como no a todos se concede

gracia tan especial, tal privilegio,

a mí, que lo he logrado, me parece,

por ser a mis hermanos de provecho,

trasladar a los vivos las verdades,

que suelo platicar entre los muertos.

Te visité dos veces en la iglesia;

los diálogos que tuve andan impresos.(3)

Unos los apreciaron tal cual cosa;

otros los leen nomás por pasatiempo.

Mas esto no hace al caso; punto en boca.

Vamos a lo que importa. ¿Qué hay de nuevo?

MUERTO:  Ya ves, que los sufragios están caros

y no quieren cumplir los testamentos

los albaceas, y así, no hay esperanza

sino sufrir precisamente el tiempo.

Y a ti, ¿cómo te va de tus achaques?

SACRISTÁN: Ya yo estuviera bueno sin remedio...

MUERTO:  Pues, ¿por qué no lo estás, no te han curado?

SACRISTÁN: Por eso aún no me alivio.

MUERTO:  No te entiendo.

SACRISTÁN: Haz de saber que muchos no murieran

si mal no los curaran; y en efecto,

hay unos sin remedio que fallecen;

pero a otros matan los remedios mesmos,

y de tres modos pueden hacer daño

(¡Oh a lo que está sujeto un pobre enfermo!).

Es el primero, el médico ignorante,

que con cuatro aforismos y seis textos

de Hipócrates, Vanswieten,(4) o Boerhaave,(5)

un macho(6) y un bastón, está completo,

y con autoridad indisputable

para aumentar del cura los derechos.

Son estos medicastros charlatanes

la plaga más fatal del universo.

Son más temibles que la peste misma,

porque no se conocen, lo primero,

y lo segundo, porque no hay botica

que nos provea contra ellos de remedio.

Éstos son unos locos desatados,

o así diré mejor son unos ciegos,

que tiran palos sin saber adónde,

y ésta es la causa de infinitos yerros,

aquello de Arte larga, vida breve,(7)

ocasión más ligera que un cabello [sic],

juicio (que aun a los doctos) es difícil,

peligrosa experiencia y de gran riesgo,

con otras mil cositas, que yo ignoro

y ellos, acaso, sólo las leyeron,

fue el A B C que puso en su doctrina

aquel vejete celebrado griego.

Pues si los mediquillos chabacanos

conformaran su práctica a ese texto,

gastaran más cachaza(8) en las visitas,

se informaran despacio del enfermo,

observaran del pulso, con cuidado,

el ya tardo, ya pronto movimiento,

frecuentaran los libros y hospitales

(que no son malos libros los enfermos),

y humildes consultaran en sus dudas

a los facultativos verdaderos,

quizá no hubiera tantos boticarios,

tantas cualdrapas,(9) tantos machos prietos,

tantos ataúdes, tantos funerales,

ni tantos bien poblados cementerios;

entonces (sin quizá) con más prudencia,

con más estudio, método y consejo,

aunque hemos de morir, según san Pablo,

no muriéramos tantos, según ellos.

  Lo que estarás pensando en tu cabeza,

¡oh mi difunto amigo!, ¿a qué comprendo?

Que soy un badulaque(10) entremetido,

un pobrete hablador, pedante y necio,

que en medicina quiero dar mi voto,

como si fuera desnudar a un muerto.

¿Es eso?

MUERTO:  Sí, en verdad, adivinaste.

Tu charla me divierte los tormentos.

¡Jesús, y cómo ensartas disparates

para cualquiera cosa! Yo estoy lelo.

No me admira que tengas Aristarcos.(11)

¿Han de quedar los médicos contentos?

¿No te han de criticar tus desatinos,

y ese fuego graneado de dicterios?

SACRISTÁN: ¡Pobrecito de mí, si como piensas,

pensaran los doctores! No hablo de ellos.

MUERTO:  ¿Pues de quién hablas tú?

SACRISTÁN: De los indoctos.

MUERTO:  ¿Y eres médico?

SACRISTÁN: No, ni es fuerza serlo.

¿No basta tener ojos en la cara

para ver de los malos los defectos?

¿No basta ver a un médico o su macho,

entrar... (comparo aquí sólo a los necios)

entrar, digo, en mi casa, verbigratia

(que soy seguro, verdadero ejemplo)

tocarme el pulso, como si quemara,

arquear las cejas, rezongar dos textos,

decirme: "A ver la lengua; ¿y la apetencia

que tal está? ¿Se purga bien el cuerpo?",

con otras preguntillas generales,

que las hace un muchacho pilguanejo.(12)

A seguida, el tintero pide, y falla

de prolongar mi mal el cruel decreto,

y, cochite hervite,(13) se hace todo,

no dura la visita más que un credo.

Y digo yo, ¿he de creer aunque me maten

que este médico es sabio? Vade retro.

¿Cómo se ha de informar tan prontamente

de la causa del mal, de sus efectos,

del régimen de vida que he tenido,

de los crónicos males que padezco,

de los contraindicantes y otras cosas,

que todas interesan más que menos?

Y esto, más dura un cohete (ya lo dije),

Visita de dotor, es refrán viejo.

Conque no es mucho pues, que estos quijotes,

médicos mal andantes, caballeros

armados de bastón y cortaplumas

fagan a los pacientes mil entuertos;

y que por fiarse de su ingenio rudo,

remeden las más veces al Manchego,

que creyendo gigantes malandrines

las inocentes botas del ventero,

en lid descomunal, en una noche

les vertió el vino tinto por el suelo.(14)

Estas comparaciones se dirigen

sólo contra los necios.

MUERTO:  Ya te entiendo,

los sabios deben ser muy apreciados.

SACRISTÁN: El Espíritu Santo en varios textos

los recomienda,(15) el docto bien los sabe,

y yo excuso latines a los legos.

MUERTO:  Muy bien. Conque ya estamos entendidos

que el primer modo conque los remedios

dañan, es cuando están mal ordenados.

¿Y cuál es el segundo?

SACRISTÁN: Es más funesto:

cuando los boticarios ignorantes

despachan quid pro quo.(16)

MUERTO:  Y sí, ¿qué es eso?

SACRISTÁN: Es el poco cuidado en las recetas,

es fiarse de aprendices majaderos,(17)

que dan uno por otro, o porque ignoran

la voz latina o porque no entendieron

la cifra de la dosis; y ya adviertes

qué diferencia puede haber en esto,

pues, pueden ser remedio cuatro gotas,

supongo, de opio(18) y diez serán veneno.

Yo no sé por qué causa se receta

en latín, ni a qué viene tanto enredo

en ocultar las voces de las drogas.

Si es porque no lo entiendan los enfermos,

no creo que haya justicia, pues ninguno

tiene más interés en entenderlo.

¿Me oculta el comerciante sus ancajes,(19)

ni la clase, ni el nombre del efecto(20)

que me puede servir? ¿El artesano

me oculta sea de plata, cobre, o hierro

la calidad, tamaño, ni medidas

del mueble que va a hacerme? No por cierto.

¿Pues por qué ha de ocultarme el boticario,

ni el médico los nombres del remedio,

su calidad y dosis señalada,

cuando me va la vida, nada menos,

en que en mi casa noten muchas veces

de un muchacho aprendiz algunos yerros?

¿Por qué no he de saber lo que me ordena,

ni lo que ya una vez me hizo provecho?

Si acaso esas palabras sincopadas,

conque recetan, van con el misterio

de oscurecer así las medicinas

porque se ocurra al médico, en efecto,

es grande villanía, y aún las mujeres

(médicas todas) dan distinto ejemplo.

Que haya algún riesgo en recetar clarito

en nuestro propio idioma, no lo creo.

Yo sé que hasta los libros de la Iglesia

andan en castellano limpio y terso;

conque ignoro el arcano(21) que contiene

ocultar con latines los remedios.

Hay a más de esto boticarios tales,

que aunque olisque(22) el aceite y el ungüento,

aunque las yerbas secas sean basura,

aunque estén los jarabes mal compuestos,

aunque estén disipadas las esencias

y sean tierra los polvos ¿qué con eso?

Todo se ha de vender (mientras no llega

la anual visita) si costó el dinero.

Como el pozo tenga agua, las redomas(23)

si no tienen virtud, tendrán letreros.

Yo no le quito el crédito a ninguno,

que aunque hay algunos malos, es muy cierto,

todos en general escrupulizan

amigo, por el peso y por los pesos.

MUERTO:  Vamos al tercer modo.

SACRISTÁN: En otra noche;

ya es tarde y quiero ver si un poco duermo.

MUERTO:  Pues bien, yo volveré, sacristancillo;

quiera Dios que te alivies.

SACRISTÁN: Lo agradezco.

 


(1) Nuestro ejemplar, sin pie de imprenta. Los datos son: México, Oficina de doña María Fernández de Jáuregui, 1811.

(2) reales. Cf. nota 11 a Consulta que un payo hizo...

(3) Cf. El primer folleto en este volumen en su primera y segunda partes.

(4) Gerhard van Swieten (1700-1772). Médico holandés fundador de la antigua escuela de Viena. Se conoce una solución que lleva su nombre, compuesta de: sublimado corrosivo, una parte; alcohol, cien partes; y agua, novecientas partes.

(5) German Boherhaave (1668-1738). Médico holandés. Ideó un sistema de clasificación de las enfermedades. Concibió que la fisiología se fundara en los fenómenos físicos, y clasificó los medicamentos en grupos. Autor de Instituciones médicas; Aforismos (comentados por Van Swieten), y Elementa clinica.

(6) macho. O mulo.

(7) "Ars longa: vita brevis. Hipocratis, I. Aph. Apud Senec. de brevitate vitae: cap. I." Cf. Nicolas Jamín, El fruto de mis lecturas o Máximas y sentencias morales y políticas, Madrid, por don Plácido Bacio López, 1795, p. 248. "El arte [de la medicina] es muy vasto, la vida es corta, la ocasión fugaz, la experiencia engañosa y el juicio difícil. Por todo esto conviene que no sólo él mismo [el médico] haga todo cuanto debe hacer, sino que también [deben ayudarle] el enfermo, los familiares y el medio ambiente." Cf. "Aforismos de Hipócrates", en Manuel González Rivera, Latinismos, latinajos y aforismos, pról. de Ricardo D. Alduvín, México, Talleres Tipográficos Modelo, 1946, p. 113.

(8) cachaza. Lentitud y poca energía en el modo de actuar o de hablar; flema, frialdad de ánimo.

(9) cualdrapas. El único vocablo parecido que hemos encontrado es gualdrapa: cobertura larga, de seda o lana, que cubre y adorna las ancas de la mula o caballo. Por extensión, animal.

(10) badulaque. Persona de poca razón y sin fundamentos. Badulaquear es bellaquear. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(11) Aristarcos. Usa sinécdoque para aludir a Aristarco de Samos (215-131 a.C.), crítico, gran filólogo y gramático griego. Por extensión, críticos severos.

(12) pilguanejo. Viene del vocablo azteca pilhuan. Históricamente el criado que estaba al servicio de los clérigos. También tiene la acepción de persona insignificante, despreciable. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(13) cochite hervite. Locución familiar que significa que se hace o ha hecho algo con prisa y atropelladamente.

(14) El Quijote, parte I, capítulo XXV.

(15) Ecli. 38, 1-14.

(16) quid pro quo. Cf. nota 9 a El muerto y el sacristán.

(17) majaderos. Cf. nota 13 a El muerto y el sacristán.

(18) opio. Se emplea como narcótico.

(19) ancajes. ¿Asimilación de la e con la a? ¿Encajes? ¿Error de imprenta?

(20) efecto. Artículo mercantil.

(21) arcano. Secreto recóndito.

(22) olisque. De oliscar: oler mal. Cosa o alimento en proceso de descomposición (Nota remitida por José Rojas Garcidueñas).

(23) redomas. Según Valladares Núñez: "'Especie de bandeja de madera, cóncava pero de poca hondura, circular y de un tamaño mediano. Es utensilio doméstico que se emplea principalmente para aventar el cascabillo del cacao tostado, del arroz o de otros granos; aunque también se utiliza como bandeja para vender dulces, pan, etcétera'". Cf. Santamaría, Dic. mej.