Fábula XXVI

EL PERRO EN BARRIO AJENO

 

Con el rabo entre las piernas

caminaba un pobre Perro,

sin tener otro delito

que andar por un barrio ajeno.

No salieron sus temores

vanos, pues en el momento

que ladró un perro, los otros

rabiosos le acometieron

con tal coraje, tal ira

y con tan feroz empeño,

como si muchos agravios

el pobre les hubiera hecho.

A un tiempo cobardemente

los dientes en su pellejo

clavan todos a porfía,

sin tener el perro nuestro

más consuelo que decir:

—Amigos, ¿en qué os ofendo?

¿qué delito he cometido

ni qué daño puedo haceros?

—Nada nos haces, bribón,

nada —le responden ellos—.

¿Quieres tener mayor crimen

que ser aquí forastero?

Y sin más ni más seguían

maltratándolo de nuevo.

En semejante refriega

hubiera el infeliz muerto,

a no pasar por allí

un valiente Perro viejo,

cuyo diente acicalado

les impuso algún respeto,

y tanto, que abandonaron

sus sanguinarios intentos

dejando libre al pobrete,

quien apenas se halló suelto,

cuando, sin decir agur,

huyó cual gamo ligero.

Entonces el Perro anciano

dijo a los otros: —Por cierto

que con tan viles acciones

deshonráis vuestros abuelos.

De hospitalidad vosotros

nada sabéis, bien lo veo;

pero tened entendido,

porque os ha de estar a cuento,

que siempre se debe usar

piedad con el extranjero,

tratándolo con dulzura,

respeto y comedimiento,

pues no es crimen no nacer

todos en un mismo suelo.