Fábula XXXVIII
EL MONO VANO
Un Mono presumido
que en gran casa se crió,
para la sierra huyó
de todos sus trapillos prevenido.
Se presentó a los monos
haciendo cortesías,
con dos mil monerías
y hablando con ridículos entonos.
A la primera vista
los monos se aturdieron.
—¿Quién será éste? —dijeron—.
¡Júpiter con sus rayos nos asista!
Mas poco a poco el susto
se les fue disipando.
Se fueron acercando
y lo reconocieron a su gusto.
—¿Qué es esto, compañero?
—un mono le decía—,
y el vano respondía:
—Tratárasme otra vez de caballero.
Advierte, desdichado,
que de la mona gente
soy yo muy diferente,
porque soy hábil, rico y bien plantado.
En medio de este entono
hizo cierta cabriola;
se le salió la cola
y todos le dijeron: —Eres Mono.
Eres Mono, aturdido,
y Mono como todos,
aunque por raros modos
te quieras disfrazar con el vestido.
Con este desenfado,
lo mismo diría yo
al rico que creyó
que no es igual al pobre desdichado.(a)
De un padre descendemos;
mil pasiones sentimos;
enfermamos, morimos
todos y ser iguales no queremos.
(a) Esencialmente todos somos iguales, y por esta razón nadie debería enva necerse sobre los miserables, creyéndose de masa distinta que ellos o, a lo menos, procediendo como si lo fueran. Las distinciones que da la nobleza, el talento y todo mérito son justas, pero también accidentales: como se hallan en Pedro, pudieran hallarse en Juan. Por tanto, a nadie autorizan para ensoberbecerse olvi dando sus principios. Esto es lo que moralizó la fábula.
