Fábula XXX

EL MARTILLO Y EL YUNQUE

 

—¿Por qué yo he de sufrir constantemente

los golpes que me das sin miramiento,

cuando nacimos hijos de una madre,

y a ti y a mí de un fierro nos hicieron?

Así el Yunque al Martillo se quejaba;

pero éste le responde con talento:

—Ni tú debes quejarte de tu suerte

ni yo debo jactarme de mi empleo.

De una materia somos. Es muy claro,

y ambos a dos hechuras de un herrero.

Sabe más que nosotros, sin disputa,

y respetar debemos sus aciertos.

Tú para Mazo fueras muy pesado,

yo para Yunque fuera muy pequeño;

y él, a más de otras causas que yo ignoro,

nos ha dado las formas que tenemos,

para que así sirvamos igualmente

en los destinos que ocupar podemos.

—Así es, y convencido me ha dejado,

hermano, tu discurso. No me quejo

ni me quejaré más de mi destino;

antes lo serviré siempre contento,

pues soy útil en él, y como dices,

ambos somos hechuras de un herrero.

 

¡Oh, qué Yunque tan dócil! ¡Qué Martillo

tan justo en sus palabras y discreto!

Yo os elogiara más si contemplara

que los hombres siguieran vuestro ejemplo,

conformándose todos con su suerte

y adorando del cielo los decretos.