EL GRITO DE LIBERTAD EN EL PUEBLO DE DOLORES(1)
ACTORES
DIEZ PAYOS ARMADOS CON CARABINAS Y MACHETES
ANSELMO, viejo labrador, abuelo de
JACINTO, joven pretendiente de
ROSA, hija de
INÉS, viuda, con una hija doncella y tres niños
NICOLÁS, mozo del capitán Allende
EL ALCALDE DE LA CÁRCEL
PUEBLO
ACTO PRIMERO
El acto primero se representa en una sala grande y decente del cura HIDALGO, con el adorno común.
HIDALGO, ABASOLO y ALDAMA
HIDALGO: Mucho tiempo hace amigos míos, que lloro en el silencio la suerte desgraciada de nuestra patria. Oprimida trescientos años ha por el duro gobierno español, poseídas las benéficas órdenes que tal cual monarca ha dictado a su favor, sólo hemos experimentado desprecios y maltrato general de los mandarines que envían a gobernarnos. Los empleos honoríficos y pingües son exclusivos para los españoles, el ser americano es un impedimento para obtenerlos. La contraseña de los pretendientes españoles es bien sabida: don Fulano de tal, dicen en sus solicitudes, natural de los reinos de Castilla, etcétera. De esta manera, hechos dueños del gobierno, se han hecho dueños del comercio, de las haciendas de labor, de las minas y de nuestras fortunas, dejándonos únicamente el trabajo material para comer, porque ni los auxilios que proporciona la industria se nos permite. Yo mismo he querido fomentar en este pobre pueblo el cultivo de las viñas.(6)
Sí, yo he plantado algunas por mi mano y no se ha permitido fabricar vinos porque se expenden los que traen de España. De este modo, habiendo nacido entre las riquezas y la abundancia, nos hallamos herederos de una subsistencia muy precaria, precursora infalible de la mayor miseria.
Si tal es la suerte de los criollos,(7)esto es, de los hijos del país que descienden de padres españoles, ¿cuál será la que sufren los infelices indios? Por fin, de aquéllos uno que otro obtiene algún empleo, aunque no de la primera jerarquía, y no faltan algunos descendientes de los conquistadores que poseen ricos mayorazgos; pero ¡los indios!, los indios, los hijos naturales de este país, los descendientes de sus los legítimos señores, yacen simados en la estupidez y la miseria. Trescientos años hace que pintó su vida miserable el señor Casas,(8)y en tanto tiempo no han avanzado un paso a su favor. Siempre educados en la superstición y la ignorancia, y seguidos del abatimiento y la desdicha, ni tienen talento para conocer sus derechos usurpados, ni valor para poderlos reclamar.
Ellos, los infelices, son los que más han sufrido el rigor español en todos tiempos; y no sólo de los españoles, sino de los criollos o de los hijos de ambas naciones. Si el gobierno español los abruma con tributos, los demás los oprimen con toda clase de gabelas(9)y con un trato duro, altivo, inflexible. Los párrocos, que por su instituto debían ser los que les ministrasen el pasto espiritual con dulzura, con caridad y con desinterés, son, con excepción de pocos, los que les venden los Sacramentos a un precio muy caro y muy prohibido. Los indios y las indias han de ser unos esclavos de los curas, los han de servir y los han de mantener, y si no los azotes y las bofetadas andan listos.
Mi corazón jamás ha podido soportar estas crueldades, ni el orgullo español ni la postergación de nuestro mérito por la colocación del paisanaje.
Por otra parte, siempre he advertido con dolor que, separada la América de España por inmenso Océano, la naturaleza le avisa que ha sido criada independiente de la Europa. La vasta extensión de su terreno, cuyos límites no se conocen todavía, le han grangeado con razón el epíteto de Nuevo Mundo; pero un mundo lleno de riquezas y abundancia. Sí, la América no necesita nada de lo más precioso que producen las tres partes del globo; en sí misma lo tiene todo sobradamente. Las perlas y [los] diamantes, el oro y plata, el fierro y el azogue, el algodón, la azúcar, el café, el cacao, la vainilla..., en fin, todos los frutos que produce la Europa los tenemos con otros más preciosos, exclusivos sólo de nuestros climas, como la grana,(10)quina y otros muchos.
Ni los talentos faltan a los americanos para elevar la industria a la perfección que [tienen] las naciones extranjeras. La ambición e ignorancia de la España, contentándose con extraer nuestro oro y nuestra plata, para derramarla en las demás potencias, se ha desentendido de las verdaderas riquezas de este suelo, y ha educado a sus hijos en los vicios, en la ociosidad y en la apatía, porque no sólo no ha premiado los talentos americanos, sino que los ha procurado sofocar en cuanto ha estado de su parte.
Ésta es la causa de ese encogimiento, de esa pusilanimidad de los criollos, que parece que no saben ni hablar. Yo me lamento, amigos, yo suspiro a mis solas por nuestra triste esclavitud, conozco que ya no es tiempo de sufrirla: la América debe ser libre para que sea feliz, las circunstancias todas le convidan a romper los ominosos lazos conque la aprisiona su metrópoli; los acaecimientos de Bayona le proporcionaron una ocasión muy ventajosa; pero no supo aprovecharla: no se encuentra entre nosotros un Washington que arrostre los peligros y haga la libertad de su nación.
Iturrigaray,(11) ese virrey prudente que sabía conciliar la fidelidad al rey con nuestros intereses, ya estaba resuelto a crear una Junta que, sin reconocer a la de Sevilla, convocase a las Cortes del reino. Tal paso hubiera sido muy avanzado a nuestra Independencia; pero una facción de oidores y acaudalados destruyeron sus planes en una noche. ¡Pluguiese a Dios que se borrase su memoria en la cronología de nuestros tiempos!
Os acordáis, amigos: ahora dos años, el de ochocientos ocho, una turba de forajidos y tunantes se lanzaron al Real Palacio,(12) sorprendieron a Iturrigaray, atropellaron a su esposa, lo arrastraron a la Inquisición(13) con ignominia para hacer creer al pueblo que era hereje, y, no contentos con tantas tropelías, insultaron al pacífico pueblo mexicano, atribuyéndole por rotulones públicos una traición de que sólo fueron capaces los Batallares y Aguirres, los Yermos y Lozanos(14) y otros tales.
Desde entonces las cosas van de mal en peor. Estamos amenazados a [sic] los franceses orgullosos con sus victorias, y la nación yace abismada entre el temor y la más justa desconfianza. Yo, a pesar de mi edad, de mis enfermedades y mi estado,(15) he resuelto libertar a mi patria o sacrificar la vida en la demanda.
Todos los planes están bien combinados; lo sabéis, y si os he hecho esta prolija relación, ha sido por recordaros vuestros derechos y los peligros de la patria. ¿Qué me decís?, ¿os halláis con la misma resolución que siempre para acompañarme en esta empresa?
ALDAMA: Yo, señor cura, antes de decidirme titubeo; pero una vez decidido no retrocedo de mi resolución.
ABASOLO: Y yo lo mismo. Os ayudaremos impertérritos en la gloriosa empresa, y moriremos si necesario fuere, pues morir por la patria es inmortalizarse.
HIDALGO: Amigos míos, no esperaba otra respuesta de vuestro honor y vuestro patriotismo. La causa que vamos a defender es la más justa, el Dios de las batallas esforzará vuestros valientes brazos y os conducirá a la victoria, así como...
ALDAMA: Señor, parece que a la puerta llega gente.
HIDALGO: Adentro.
Sale ANSELMO, viejo, sosteniéndose en el brazo de su nieto JACINTO, joven labrador.
ANSELMO: Señor cura, muy buenos días dé Dios a su merced.
HIDALGO: Así se los dé Dios, tata(16) Anselmo. ¿Qué anda usted haciendo por acá?
ANSELMO: He recibido un recado de su merced, y vine a saber qué es lo que me manda.
HIDALGO: Es verdad que lo mandé llamar. Espérese un poco.
ANSELMO: Sí, señor.
HIDALGO: Siéntese usted. Vaya, en aquesta silla estará cómodo.
ANSELMO: Dios se lo pague, señor cura: ya los años me agobian, y no puedo salir a la calle sino teniéndome de este muchacho.
Entra precipitada y llorando INÉS, vestida de negro, con una joven y tres muchachillos pobremente vestidos.
INÉS: Señor cura, soy la mujer más infeliz del mundo; pero lo seré mucho más si no hallo amparo en su presencia...
HIDALGO: Vamos, doña Inés, usted serénese y cuénteme sus cuitas.
INÉS: ¡Ay, señor cura!, mi pena es la mayor irremediable... Ha muerto mi marido...
HIDALGO: ¿Qué, don Carlos murió?
INÉS: A medianoche acabó de expirar... ¡Ay, infelice!, esta pobre doncella... mis tres hijos...
HIDALGO: Serénese, señora, en este instante solamente la religión nos presta los consuelos necesarios. Advierta usted que todos los hombres nacemos sujetos a la muerte; que este tributo es forzoso pagarlo a la naturaleza, que la vida no es la cosa más grata, sino una cadena no interrumpida de pobrezas, enfermedades y miserias, de cuya carga insoportable nos liberta la muerte a un solo golpe. Su marido de usted era ya anciano, su enfermedad era crónica y demasiado dolorosa; él vivía en un tormento continuado, y con sus ayes afligía sin cesar el corazón de usted. Ha muerto; pero ya su cuerpo dejó de padecer y su espíritu descansa en su Criador, ¿qué más consuelo puede usted apetecer? ¿Lo amaba usted con ternura?, pues consuélese también con la esperanza de que en el último día de los tiempos lo volverá usted a ver para no perderlo jamás.
INÉS: ¡Ay, señor cura!, esos consuelos son muy buenos; pero yo no tengo ni con qué pagarle a usted los derechos del entierro. Con su larga enfermedad he vendido mis animalitos; ni qué vender, ni qué empeñar...
HIDALGO: Basta, doña Inés; ya sé el estado de pobreza a que usted se halla reducida. La compadezco y procuraré aliviarla en cuanto pueda. Dé usted un recado de mi parte al padre vicario, para que esta tarde le dé sepultura al cadáver, diciéndole que se entienda conmigo, que ya usted me satisfizo los derechos. Prosiga usted cuidando de la educación de estos niños, que ya veremos cómo se hacen útiles, y por ahora llévese este socorrillo para que coman unos días.
[Le da unos pesos]
INÉS (llorando): Señor cura, usted es nuestro padre, nuestro benefactor... Queridos míos: besad la mano a vuestro nuevo padre.
[Aquí arrodilla a sus hijos a los pies de HIDALGO; ellos le abrazan por las rodillas, la doncella, con el pañuelo a los ojos, le besa una mano; el cura los levanta y acaricia]
Sí, besad esa mano liberal que derrama los consuelos en el seno de una familia desgraciada.
HIDALGO: Basta, señora; basta, hijitos: levantaos. ¡Pobrecillos!, las inocentes lágrimas que lloran, son hijas de la más pura gratitud.
LA JOVEN: ¡Ay, padre!, yo no sé cómo dar a usted las gracias por la caridad que ha usado con nosotras.
HIDALGO: Hija mía, nada he hecho que no debiera hacer en este caso, ni nada tenéis que agradecerme. Ahora se necesita...
[Entra CASILDA con su hija ROSA]
CASILDA: Ave María Purísima. Muy buenos días dé Dios a su merced.
HIDALGO: Téngalos usted muy buenos, tía Casilda; ¿cómo va?
CASILDA: Pasando, señor cura, pasando con estas piernas tan hinchadas que no puedo dar paso, que a no ser por el recado que recibí esta mañana de su merced para que viniera, no me hubiera levantado de la cama.
HIDALGO: ¡Válgame Dios!, pues ¿qué, estaba usted en cama?
CASILDA: Sí, señor cura: esta hidropesía y esta tos (tose) ya me va llevando a la sepultura.
HIDALGO: No sabía yo la gravedad de usted, que, a saberla, la hubiera ido a ver para excusarle esta incomodidad.
CASILDA: ¡Ay!, no lo permita Dios, señor cura; ¿cómo era eso capaz?
HIDALGO: Vamos, siéntese usted, descanse.
CASILDA: Sea por amor de Dios.
[Siéntala junto del viejo]
HIDALGO: Pues he llamado a ustedes dos para esto. Jacinto me ha dicho que se quiere casar con Rosita...
LOS DOS VIEJOS: No lo permita Dios: ni por pienso, ni por pienso.
HIDALGO A SUS AMIGOS: Es menester tolerarles a estos pobres sus necedades.
ALDAMA: Solamente la paciencia de usted...
HIDALGO: No tengo mucha; pero si el pastor no sobrelleva a sus ovejas, ¿cómo las sufrirán los de la calle? Vaya, déjense de regañar a los muchachos. Usted, tío Anselmo, dígame ¿por qué no quiere que se case Jacinto con Rosita?
[Mientras el cura habla con los capitanes, los viejos están regañando a sus hijos]
ANSELMO: Ni con Rosita, ni con nana Rosa,(17) ni con mujer ninguna se ha de casar Jacinto, mientras viva.
HIDALGO: ¿Pero por qué razón? La muchacha no lo desmerece, yo sé que es muy mujercita y muy honrada.
ANSELMO: Ella será una santa, señor cura, pero yo no quiero que se case Jacinto con ella.
CASILDA: Ni yo quiero que se case Rosa con él; ¿qué yo le ruego, o he mandado padres descalzos a que le pidan a su hijo? Había de ser mejor.
ANSELMO: Mejor o peor, él no se ha de casar con ella.
CASILDA: No, ni ella con él.
HIDALGO: Eso ya es perderme el respeto. Cada uno de ustedes ha de hablar conmigo y nada más.
CASILDA: Sí, señor cura, usted me dispense; pero... como señor Anselmo trata de despreciar a mi hija... Si yo hubiera querido, días hace que se hubiera casado y muy bien.
ABASOLO: ¿Con quién, tía Casilda?
CASILDA: Con el sacristán de la parroquia.
[Ríense todos]
No, no se rían ustedes: pregúntenselo a él que no me dejará mentir.
HIDALGO: Pues ahora yo le suplico que nos deje hablar. Vaya, tío Anselmo, ¿por qué no quiere usted que se case Jacinto?
ANSELMO: Porque no tiene edad suficiente.
HIDALGO: Eso no le hace, la ley lo puede habilitar dando usted su licencia.
ANSELMO: Pero, señor cura, no conviene.
HIDALGO: ¿Por qué? ¿Sabe usted que tenga algún impedimento?
ANSELMO: No, señor.
HIDALGO: Pues entonces es capricho de usted.
ANSELMO: No, señor, no es capricho, sino muchísima razón. Oiga usted: yo soy un pobre viejo, tengo ochenta y siete años, para servir a usted; estoy muy enfermo y ya no puedo trabajar. Mi mujer es otra pobre vieja, que está tullida en una cama. No tenemos quién nos socorra sino este muchacho, que es muestro nieto, y apenas gana para que medio comamos. Si se casa, es fuerza que primero atienda a su mujer, y entonces también será fuerza que nos muramos de hambre. Nos moriremos y entonces que se case con quien quisiere.
HIDALGO: ¡Válgate Dios y a lo que obliga la miseria!, y usted tía Casilda, ¿por qué no quiere que se case Rosita?
CASILDA: Porque no, señor, porque no.
HIDALGO: Ésa no es razón: dígame usted la verdad, como el tío Anselmo.
CASILDA: Pues, señor, no quiero porque Jacinto apenas gana con qué mantenerse con sus padres: si se casa, se aumenta la familia y es de esperar que mi hija ande en cueros y muerta de hambre, y para eso, mejor está en su casa.
[El cura a ALDAMA y ABASOLO]
HIDALGO: Vean ustedes uno de los mayores perjuicios que la pobreza trae a la sociedad; la falta de la población. Estos jóvenes se aman, y sus padres embarazan su enlace, únicamente porque es pobre Jacinto. ¿No es esto? (a los viejos).
LOS VIEJOS: Sí, señor, por eso.
HIDALGO: Y si yo encontrase un arbitrio para que Jacinto pudiera mantener a su mujer, sin faltar a socorrer a sus padres, ¿lo dejará usted casar, tío Anselmo?
ANSELMO: ¡Oh, señor!, entonces ¿por qué se lo había de estorbar?
HIDALGO: Lo mismo digo a usted, señora; si yo salgo por fiador de Jacinto, de que siempre tratará bien a su niña y que no le faltará nada, según su clase, ¿consentirá usted en sus bodas?
CASILDA: De mil amores, señor cura, de mil amores. Yo ¿qué puedo querer sino darle gusto a la muchacha? Ella ya es grandecita, y el cuerpo le pide matrimonio. Sobre que a todos nos gusta casarnos. Yo también me casé, y con mi viejecito cuento cinco maridos, con bien lo diga.
HIDALGO: A Dios, pues todo está hecho. Voy a poner a Jacinto que administre mi fábrica de loza, y a Rosita la enseñaremos a criar los gusanos y que saque su seda, con cuyos auxilios no les faltará lo preciso.
LOS JÓVENES: Señor, ¿con qué pagaremos tan grandes beneficios?
HIDALGO: Con quererse mucho, con trabajar y con no olvidar a sus padres ni dejar de socorrerlos, para que os colme Dios de bendiciones.
ANSELMO: La mía te alcance, hijo Jacinto. (Bendícelo)
CASILDA: Y las mías a los dos, aunque mala y pecadora. (Bendice a los dos a dos manos).
INÉS: Repito mis agradecimientos, señor cura, y con el permiso de usted me retiro; me he dilatado por saber lo que usted mandaba, pues cuando entró esa señora dijo a Tulitas que era preciso no sé qué cosa.
HIDALGO: Ah, sí, les iba a decir que es preciso que esto no lo publiquen, pues no hay para qué.
INÉS: ¿Cómo no?, ¿cómo es posible que esté oculta tanta virtud? Cuando no se puede corresponder un beneficio, es un desahogo publicarlo.
HIDALGO: Pues yo le encargo a usted que omita esos desahogos, pues cuando cumplo con los deberes que me impone la humanidad, me es repugnante que se cacareen(18) mis acciones.
INÉS: En usted es un deber el ocultar su caridad, en mí fuera una ingratitud el no reconocer y confesar los beneficios que me acaba de hacer. No, yo lo publicaré por todas partes. Usted ha sido mi paño de lágrimas y el iris que ha serenado la tempestad de dolor en que se anegaba mi corazón. Fuera de que ¿qué importa que yo deposite en el silencio esta acción, cuando el carácter benéfico de usted es público en todo el pueblo de Dolores(19) y sus contornos?, ¿es verdad, señores, que nuestro cura Hidalgo es el genio mismo de la beneficencia? ¿Podrán ustedes no agradecer los favores que le acaban de recibir?
JACINTO: De ninguna manera. El señor cura, convenciendo a mi padre, me ha hecho feliz, pues lo seré al lado de mi Rosa.
ROSA: Y yo lo seré al tuyo por su prudente mediación.
ANSELMO: Usted es, señor, el padre de los pobres.
CASILDA: Nuestro benefactor.
INÉS: Nuestro consuelo.
HIDALGO: Basta, hijos, basta. Vuestra generosidad me enternece y yo quisiera poder haceros verdaderamente felices.
INÉS: Sí lo seremos, mientras usted nos viva.
[Toda esta escena es abrazándolo, y besándole la mano, y él abrazando a todos]
ANSELMO: Así lo pediremos al Todopoderoso.
INÉS: Él conserve su vida, porque siempre digamos que viva nuestro padre.
ANSELMO: Nuestro amparo.
TODOS: ¡Y viva siempre el cura de Dolores!
TELÓN
(1)México: 1827 Imprenta de la Testamentaría de Ontiveros [la establecieron los hermanos Cristóbal y Felipe de Zúñiga y Ontiveros, en la calle de la Palma. Se ignora el año preciso en que comenzó a funcionar. En 1763 Felipe era único propietario; él la trasladó a la calle del Espíritu Santo, hoy Motolinía, donde estuvo hasta que desapareció en 1832; primero estuvo a nombre de Felipe y luego de su hijo Mariano, y por último se llamó De la Testamentaría de Ontiveros. Cf. Agustín Agüeros de la Portilla, El periodismo en México durante la dominación española. Notas históricas, biográficas y bibliográficas. Sobretiro del tomo II de los Anales del Museo de Arqueología, Historia y Etnología. México, Imprenta del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología, 1910, p. 424], año de 1827. El primero en editar esta obra fue james McKegney en "Dos obras recién descubiertas de Lizardi" enHistoria y Bibliografía Americanistas,vol. XVI, núm. 2, Sevilla (julio de 1972), pp. 203- 220. Esta obra la menciona Lizardi en Conversaciones del Payo y el Sacristán, núm. 10 del t. I, Obras V-Periódicos. Al parecer se editó tres años después de haberla anunciado. El Payo dice: "El Pensador hizo un día una cosa como comedia bien cortita, en dos actos, titulada El grito de la libertad en el pueblo de Dolores con el objeto de que se representara el dieciséis [de septiembre] de éste [1824]." (El número de las Conversacioneses del 29 de septiembre de 1824). En 1825, también se editó un folleto en verso. Tal vez éste fue ideado para que lo cantaran los comediantes. En vista de tales confusiones editamos ambos escritos, en el entendido de que los dos pueden ser de Lizardi, o solamente uno de ellos. Esta pieza se editó en Obras XIV-Miscelánea, Bibliohemerografía, Listados e Índices, recop. María Rosa Palazón Mayoral, Columba Camelia Galván Gaytán y María Esther Guzmán Gutiérrez, ed. y notas de Irma Isabel Fernández Arias, Columba Camelia Galván Gaytán y María Rosa Palazón Mayoral, índices de María Esther Guzmán Gutiérrez, pról. de María Rosa Palazón Mayoral. México: Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Filológicas, Centro de Estudios Literarios, 1997 (Nueva Biblioteca Mexicana, 132), pp. 81-108.
(2)Miguel Hidalgo y Costilla (1753-1811). Padre de la patria e iniciador de la Independencia de México.
(3)Ignacio Allende y Unzaga (1769-1811). Caudillo de la Independencia.
(4)Mariano Abasolo (1784-1816). Jefe insurgente. Se le atribuye haber salvado la vida por debilidad de carácter en el momento en que lo enjuiciaron los españoles, habiendo caído preso en Acatita de Baján, otros dicen que también contribuyeron a salvarlo los esfuerzos que hizo su esposa María Manuela Taboada. Fue deportado a España.
(5) Juan Aldama (1770-1811). Caudillo de la Independencia. Nació en San Miguel el Grande, hoy San Miguel de Allende, y fue fusilado en Chihuahua.
(6) "En su curato de Dolores dió prueba de su amor al progreso del país, estableciendo pequeñas industrias conocidas allí como son el cultivo de la vid, la cría de gusano de seda, la fábrica de ladrillo, la curtiduría y la alfarería. Es famoso el sitio en donde se encontraba la alfarería establecida por él." Cf. Leduc, Lara y Pardo y Roumagnac, Diccionario de geografía, historia..., p. 432.
(7) criollo. Nativo de México, no sólo el hijo de españoles nacido en México, como se aplica actualmente: "Desengañémonos, los criollos somos una verdadera casta de español e india", El Pensador Mexicano, t. III, Suplemento Extraordinario del 26 de enero de 1814. Cf. Obras III-Periódicos. El Pensador Mexicano, recop., ed. y notas de María Rosa Palazón y Jacobo Chencinsky, presentación de Jacobo Chencinsky. México: Universidad Nacional Autónoma de México, Centro de Estudios Literarios, 1968 (Nueva Biblioteca Mexicana, 9), p. 504.
(8)Fray Bartolome de las Casas (1474-1566). Dominico español. Las obras aludidas son: Brevísima relación de la destrucción de las Indiase Historia general de las Indias.
(9) Los indios estaban obligados a pagar tributos a la corona desde los dieciocho hasta los cincuenta años; aquellos que pertenecían a una república pagaban dieciséis y medio reales al año, constituido por ocho reales de tributo antiguo, y cuatro y medio reales por media fanega de maíz, que se aplicaba al diezmo de la iglesia; y los cuatro restantes al servicio real. Pagaban, además, un real al año para fondos de ministro y hospital, y real y medio para los fondos de las cajas de la comunidad —que se aplicaban a los gastos públicos—. Los indios "vagos" y laboríos que no pertenecían a una república, tenían la taza común de doce reales. Los diezmos se pagaban en dinero y en especie de maíz, cacao y trigo... Cf. Catalina Sierra. El nacimiento de México, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1960, p. 69. Las Cortes españolas por Bando del 5 de octubre de 1810 liberaron a los indios del pago de tributo. El 6 de diciembre del mismo año, Hidalgo promulgó en Guadalajara su decreto contra la esclavitud, las gabelas y el papel sellado. El punto 2 de este decreto dice: "Que cese para lo sucesivo la contribución de tributos respecto de las castas que lo pagaban y toda exacción a los indios que se les exija." Cf. Ernesto de la Torre Villar, et al., Historia documental. México: Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1964, vol. II, p. 49.
(10) grana. Materia colorante que se obtiene de la cochinilla. Después de la Conquista se propagó su industria en España, la India, Jamaica y las Canarias. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(11)José de Iturrigaray. 56º virrey de la Nueva España (1803-1808). "Durante su gobierno la agitación en México á favor de la Independencia llegó á un periodo crítico. El ayuntamiento de México, limitó al virrey á que reuniera á los delegados de los ayuntamientos y que formara un congreso á la manera de las Cortes españolas [...] Iturrigaray se mostraba dispuesto á acceder á lo expuesto por el Ayuntamiento, y entonces los oidores y partidarios del antiguo régimen formaron un complot capitaneado por D. Gabriel Yermo [...] En la noche del 15 de septiembre de 1808, 300 dependientes que formaban el cuerpo de voluntarios, se introdujeron al palacio, aprehendieron al virrey y a su esposa y le llevaron preso á la inquisición". Cf. Leduc, Lara y Pardo y Roumagnac, op. cit., pp. 485-486.
(12) Palacio.En la Plaza Mayor o Zócalo. "Lo que en los tiempos de la Conquista se llamó Casa Nueva de Moctezuma, ocupaba todo el espacio que comprende todo el Palacio Nacional, la antigua Universidad [...] y la Plaza del Volador. Todo ese terreno fue cedido por Carlos V a Cortés por Cédula fechada en Barcelona a 27 de julio de 1529, en la que se dice lindaba al frente con la Plaza Mayor y la calle de Iztapalapa [luego Flamencos y actualmente uno de los tramos de José María Pino Suárez], al Sur con la de Pedro González Trujillo y Martín López [despúes Rejas de Balvanera y hoy uno de los tramos de Venustiano Carranza]; al Norte con la de Juan Rodriguez Álvarez (hoy de la Moneda) y al Este con la calle pública. Al llegar las primeras autoridades de la colonia no tuvieron casa en que vivir y se aposentaron en la de Cortés, donde hoy está el Monte de Piedad. El virrey Don Luis de Velasco pidió a la corte un edificio para la residencia de él y de sus sucesores, y entonces compró a Don Martín Cortés en 33 mil pesos el terreno del que acabamos de hablar, exceptuando el de la ex-Universidad y Plaza del Volador, por escritura fechada en Madrid el 19 de enero de 1562." Ibid, p. 731.
(13) Inquisición.Se instaló de hecho en la Nueva España en 1522 y formalmente el 4 de noviembre de 1571. Los indios quedaron fuera de su jurisdicción desde 1563. El primer inquisidor fue Pedro Moya de Contreras. Tribunal llamado por oficio a perseguir delitos contra la fe, también tuvo una finalidad política al servicio de la corona, suprimido el 9 de junio de 1813 fue repuesto por Fernando VII en 1814. Se extinguió definitivamente el 9 de marzo de 1820.
(14) Usando sinécdoque alude a Miguel Bataller. Regente de la Audiencia, gobernador de la Sala del Crimen, auditor de guerra y presidente de la Junta de Seguridad y Buen Orden Público. Se marchó a raíz del decreto de la Junta del 8 de octubre, que fijaba las reglas para el cumplimiento del artículo 16 de los Tratados de Córdoba, por el cual debían salir del Imperio los empleados desafectos al nuevo orden de las cosas. Lizardi repite que Bataller alarmó a Venegas y éste suprimió la libertad de imprenta. Guillermo de Aguirre y Viana, fue el oidor que, según Fernández de Lizardi, aseguró a Venegas que los mexicanos son manadas de carneros que se dejan gobernar a chirrionazos. Cf. Representación de El Pensador al Soberano Congreso y Sexto ataque al Castillo: "no somos manadas de carneros que nos hemos de dejar gobernar a chirrionazos como lo aseguró el oidor Aguirre al procónsul Venegas que podía hacerlo." Cf. Obras XII-Folletos (1822-1824), recop. y notas de Irma Isabel Fernández Arias y María Rosa Palazón Mayoral, pról. de María Rosa Palazón Mayoral. México: Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Filológicas, Centro de Estudios Literarios, 1991, (Nueva Biblioteca Mexicana, 100), p. 541; "y aunque no está comprobado [que dijera esto "Aguirre, oidor de la Audiencia de México"], se le atribuye la famosa frase de que 'bastaba conjurar aquella tempestad —refiriéndose a los preludios de la guerra de Independencia— un látigo a cuyo solo estallido, huirían los mexicanos'. Falleció en 1810". Ibid.,p. 19. Gabriel de Yermo (1757-1813). Español. Acaudalado comerciante y hacendado de Temixco y San Gabriel en el valle de Cuernavaca. Cuando nació su primogénito, en 1790, puso en libertad a más de 400 esclavos negros y mulatos. En 1808 el partido europeo le encomendó dirigir el movimiento que derribara al virrey Iturrigaray. El 15 de septiembre de 1808 se reunieron los 500 conjurados y, contando con la complicidad de la guardia, llegaron hasta las habitaciones de Iturrigaray y su familia y los apresaron. Ramón Roblejo y Lozano llegó a la Nueva España entre los criados del virrey conde de Revillagigedo y se avecindó con el título de relojero. "En este oficio quiso hacerse espectable colocando á la puerta de su oficina entre colgaduras el retrato de Napoleón." Cf. Servando Teresa de Mier,Historia de la revolución de Nueva España, antiguamente llamada Anáhuac, o verdadero origen y causas de ella con la relación de sus progresos hasta el presente año de 1813, ed. facsimilar de la de 1813, México: Fondo de Cultura Económica: Instituto Cultural Helénico, 1987, vol. I, p. 177; participó en el grupo que tomó preso al virrey Iturrigaray y fue a España en seguimiento de la causa contra éste. La Junta de Sevilla le otorgó la cruz de Carlos III. Solicitó a la misma el grado de capitán de Voluntario de Fernando VII —que fue el nombre de las ocho compañías que se formaron para la aprehensión del virrey—. El informe del coronel Manuel de Jáuregui a esa Junta sobre otorgar el grado dice: "Entre los hechos escandalosos que después de la conquista han acaecido en los vastos dominios que posee la nación Española en ambas Américas, no se citará uno igual al último acaecido en México sobre el que quiere S. M. que yo informe. Un virrey de N. E. rodeado de todos los esplendores del trono: verse asaltado de noche y á deshora por una corta facción [...] 232 européos ganados ó pagados por un Dn. Gabriel Yermo [...] Si estas hazañas son dignas de galardón, V.E. lo estimará, pero aunque lo sean, en todas ellas no aparecen el Dn. Ramón Roblejo [...] Con todo lo vemos premiado con el grado de capitán y honrado con la pequeña cruz de Carlos 3º por la Junta de Sevilla. Si esta no fue sorprehendida (á lo que me inclino) no alcanzo ni me meto á averiguar las razones que para ello tendría [...] Pero que intente volver a México con la cruz y grado militar empleado con distinction [sic] en una ciudad que lo conocen, y donde saben que todo su mérito es haber sido un agente subalterno en una conmoción levantada por cuatro facciosos, es lo mismo que ofrecer premios al desorden". Ibid, pp. V-X.
(16) tata. Tratamiento aplicado a los hombres de edad avanzada, entre la gente del pueblo. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(17) nana Rosa. Tuvo una almuercería en Revillagigedo: "El Sr. Francés que ofrece amanzar un caballo en 12 horas, anunció por carteles que hoy vería el Pueblo de México un potro muy cerrero, y mañana muy manso. Emplazósele para Plazoleta de la Almorzería de la célebre alcahueta Nana Rosa que está en el Paseo de Revillagigedo." Cf. Carlos Ma. de Bustamante, Diario histórico de México, transcripción de Nettie Lee Benson, nota previa y notas al texto de Manuel Calvillo. México: Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1982, t. III, vol. 1, p. 106. En El Periquillo Sarniento, nota b al cap. II del t. IV, se lee: "a orillas de la Acequia del Paseo de la Viga, había un jardincito donde nana Rosa, que vivió más de cien años, con su afabilidad y genialidades atraía a los mexicanos a pasar en su casa alegres días de campo, haciéndose pagar muy bien los almuerzos que condimentaba, y hasta hoy hacen papel en los libros de cocina los envueltos de Nana Rosa." Cf. Obras IX-Novelas, en nuestra edición de la Nueva Biblioteca Mexicana, p.226.
(18) cacareen. Ponderen con exceso. Exageren.
(19) Dolores. Dolores Hidalgo, Guanajuato. Ciudad cabecera del mismo nombre. En su parroquia ejerció el ministerio sacerdotal Miguel Hidalgo de 1803 a 1810, año en que se sublevó contra el gobierno español. Una de las primeras disposiciones oficiales para conmemorar el 16 de septiembre de 1810 deriva del documentoElementos o puntos de nuestra Constitución, de Ignacio López Rayón. En el número 33 señala el calendario de festividades cívicas que los insurgentes deberían de solemnizar, enunciando en primer lugar el 16 de septiembre. Morelos, en el artículo 23 de Sentimientos de la nación, dispuso también que se solemnizara el 16 de septiembre y se recordara a Hidalgo y a Allende. En 1825 se celebró oficialmente por primera vez con una "Oración patriótica" que pronunció Juan Wenceslaco Barquera el 16 de septiembre por encargo de la Junta Cívica. Cf. Ernesto de la Torre Villar, La conciencia nacional y su formación, comp. y pról. de..., México: Universidad Nacional Autónoma de México, Coordinación de Humanidades, 1988, pp. 9-10 y 18-21.