Fábula VIII

EL GATO Y EL RATÓN

 

Michirrimau, Gato marrullero,

espiaba un Ratón en su agujero,

el que, como seguro se miraba,

de hito en hito al Gatazo contemplaba.

Metía éste la mano derrepente,

por si acaso pillaba buenamente

al Ratón infelice,

y viendo que no puede, así le dice:

—Vaya, dame la mano;

te sacaré a pasear, querido hermano.

En ti ninguno piensa;

te llevaré a visita a la despensa,

y allí te pondrás liso

de queso, de jamones, de chorizo,

de dulces, de cecinas

y de otras infinitas golosinas.

Ya tú verás, amigo, que te quiero,

y que me pesa verte en tu agujero,

tan mozo hecho ermitaño.

¡Eh! vamos; saca el vientre de mal año,

ahora que la fortuna te convida

con una mesa rica y bien servida.

—Señor don Gato, estimo sus favores;

pero tengo indispuestos los humores

y el médico me dice coma poco.

—Ese médico es loco;

si pensara con juicio

a fe que te ordenara el ejercicio,

que cuando bien se aplica,

él solo cura más que la botica.

¡He! vamos, sal, no vivas encerrado

y verás cómo vuelves aliviado.

—Pues la verdad no puedo

—le responde el Ratón—.

—Me tienes miedo.

Se te conoce y tienes mil razones;

pero a mí no me gustan los ratones.

Cuando era mozo me empaché con ellos,

y de entonces acá no puedo vellos.

Cree, pues, lo que te digo,

y sal seguro de que soy tu amigo,

que aunque me ves de uñas bien armado,

no soy yo Gato malintencionado.

Sal, pues, hijo, seguro

de que te quiero bien y te lo juro.

—Si no te conociera

—dijo el Ratón—, saliera;

pero ya te conozco, mentecato.

¿Cómo no has de ser malo, si eres gato?

Te comiste a mi padre,

lo mismo hiciste con mi pobre madre,

y a manotazos crueles e inhumanos

te almorzaste una vez mis dos hermanos,

al mayor y al más chico;

mas yo no te daré por el hocico;

que si de mi familia ya he quedado

solo, por ti estoy escarmentado.

Siempre habré de tener por muy dichoso

al que hace el mal ajeno cauteloso.

 

Esto dijo un Ratón que era prudente.

¡Oh, si pensara así toda la gente!