EL EGOÍSTA Y SU MAESTRO(1)
Lunes 4 de octubre de 1813
DIÁLOGO
MAESTRO: ¿Qué religión profesas? ¿Eres cristiano?
DISCÍPULO: No, señor.
MAESTRO: ¿Eres moro?
DISCÍPULO: Tampoco.
MAESTRO: ¿Judío?
DISCÍPULO: Menos.
MAESTRO: ¿Serás acaso protestante?
DISCÍPULO: Ni por pienso.
MAESTRO: ¿Idólatra?
DISCÍPULO: Ni aun eso.
MAESTRO: ¿Eres ateísta?
DISCÍPULO: Nunca.
MAESTRO: ¿Pues por fin, qué religión profesas?
DISCÍPULO: Todas y ninguna.
MAESTRO: ¿Cómo así?
DISCÍPULO: Muy bien, porque yo sigo la religión del país que habito, y en mudando de lugar, mudo de religión al momento. Y así, soy en España católico, en Londres reformado, en Constantinopla moro, en Pekín pagano, etcétera, etcétera.
MAESTRO: Y en esto de gobiernos, ¿cuál es el que mejor te acomoda?
DISCÍPULO: Digo lo mismo que de las religiones: aquél me agrada cual se usa en la tierra que vivo, sin fatigarme en indagar cuál es bueno, cuál es malo, cuál peor ni mejor. De este modo, en España me agrada el gobierno monárquico-democrático. En Venecia, Génova, etcétera, el oligárquico. En Londres, el monárquico-aristo-democrático; y para no cansarnos, si estuviera en Constantinopla o en la China, no le hiciera asco al gobierno despótico, que es el que se usa.
MAESTRO: De este modo, tú no tienes gobierno ni religión señalada.
DISCÍPULO: Así es.
MAESTRO: Y en el gobierno en que vives, sea el que fuere, ¿qué leyes te acomodan?
DISCÍPULO: Aquellas que me traen algún bien y que no me imponen el más leve gravamen.
MAESTRO: Y cuando este gravamen es en beneficio de todos, ¿no te acomoda?
DISCÍPULO: Lo sufro por fuerza, pero no estoy bien con él, porque a mí nada me importa el bien general, sino el mío solo.
MAESTRO: Según ese principio, cuando en la tierra en que vives hay algunas guerras, ya exteriores, ya intestinas, tú ¿de qué partido te pondrás?
DISCÍPULO: De ninguno, mientras la suerte no decida.
MAESTRO: ¿Y en decidiendo?
DISCÍPULO: Del que venza.
MAESTRO: ¿Aunque sea injusto?
DISCÍPULO: Aunque; porque yo no solicito reputación, sino comodidad.
MAESTRO: ¿Qué hubieras hecho en aquellas ciudades de la Grecia donde por ley se obligaba a todo ciudadano a tomar partido en las sublevaciones?
DISCÍPULO: Me hubiera largado de ellas a marchas dobles.
MAESTRO: ¿Y si no podías?
DISCÍPULO: Me hubiera fingido enfermo.
MAESTRO: ¿Y si se te conocía el fingimiento y te obligaban?
DISCÍPULO: Hubiera abrazado el partido más pujante.
MAESTRO: Y si el que hoy era más poderoso, mañana quedaba más débil por un accidente de guerra, ¿qué harías?
DISCÍPULO: Pasarme al mejorado de la suerte, lo mismo que al principio.
MAESTRO: ¿Y si volvían a trocar las fortunas de los bandos?
DISCÍPULO: Me volvía yo a pasar al mejor librado.
MAESTRO: ¿Y si te querían castigar como traidor, convencidos de tu veleidad, qué hicieras?
DISCÍPULO: Eso es mucho apretar. En ese caso me valdría de las intrigas.
MAESTRO: ¿Qué son intrigas?
DISCÍPULO: Son las artes de engañar a los demás.
MAESTRO: ¿Y si esos engaños no pasaban?
DISCÍPULO: Entonces sufriera el rigor de mi destino, que a bien que no había de morir de parto; pero me quedaba el consuelo de que había hecho lo posible para librarme.
MAESTRO: Y si la guerra fuera contra tu patria ¿qué hicieras?
DISCÍPULO: Yo no tengo patria; y así me pondría de parte del ventajoso, más que fuera contra mi abuela.
MAESTRO: Según eso, ¿tú no tienes honor, ni patria, ni religión, ni ley, ni gobierno, ni padre, ni madre, ni deudos ni cosa alguna de aquellas por las que los hombres sacrifican gustosos su vida y sus haberes?
DISCÍPULO: No, señor. Yo soy mi patria, mi ley, mi rey, mi religión y mis parientes; y como yo no padezca, y que antes aumente mi bienestar y mis conveniencias particulares, se me da un pito de que todo se pierda.
MAESTRO: ¿Y si murmuran de ti las generaciones presentes?
DISCÍPULO: Se me dará un pito.
MAESTRO: ¿Y si detestan tu memoria las venideras?
DISCÍPULO: Se me darán diez. Como yo logre mi bienestar temporal, me reiré de mi fama póstuma, sea la que fuere.
MAESTRO: ¿Luego, tú no aspiras a entrar en el sepulcro con buen nombre?
DISCÍPULO: Yo a lo que aspiro es a satisfacer mis pasiones, a no desear nada, a tener dinero, a comer bien, a no estar triste, a excusarme de cuanta molestia pueda; en una palabra, a pasarlo bien en esta vida y después nos veremos en la otra.
MAESTRO: Esa doctrina parece de Epicuro o Eliogábalo.
DISCÍPULO: A mí poco me importan sus autores, sino sus efectos.
MAESTRO: Pero ¿tú no serás bueno para marido, ni para padre de familia, ni para amigo, ni para rey, ni para vasallo, ni para juez, ni para súbdito, ni para nada?
DISCÍPULO: Es verdad; pero seré bueno para mí, que es lo que me importa.
MAESTRO: Parece que estás adelantadito. Y ¿cómo se llama ese sistema?
DISCÍPULO: Egoísmo.
MAESTRO: ¿Y qué es egoísmo?
DISCÍPULO: Es el arte de hacerse un hombre el centro de todo cuanto le rodea; o más claro: es la quinta esencia del amor propio, con el que el hombre procura siempre que le sirvan y sean de provecho todas las criaturas a cualquiera costa, sin cuidar jamás de ser él útil a nadie por sola la razón de hacer bien; y por esto, el perfecto egoísta tiene en sí mismo su patria, ley, religión, parientes, amigos y todo el completo de sus delicias, sin reconocer más honor que su interés ni más sociedad que la satisfacción de sí propio.
MAESTRO: Y dime, ¿hasta qué grado debe llegar el egoísmo?
DISCÍPULO: Hasta hacer pasar el egoísta, si se ofrece, su carroza sobre el cadáver de su padre como otra Julia, la mujer de Tarquino; es decir, que no debe el egoísta sobreseer a los sentimientos del honor, de la razón ni la naturaleza cuando se interesa en lo más mínimo su comodidad o su gusto.
MAESTRO: ¡Oh santa(a) máxima, digna de esculpirse con un puñal en los corazones de tus condiscípulos! ¿Y si te dijeren que los egoístas es la peor secta de cuantos pícaros hay en el mundo, porque jamás se puede confiar de ellos, sabiendo que por su interés atropellan a cada paso con lo más sagrado: qué dirás?
DISCÍPULO: Diré que piensen todos como quieran, que yo haré siempre lo que me esté mejor.
MAESTRO: Si para confundirte te acordaren el encargo o consejo que dio Enrique II a su hijo don Juan I después de las guerras intestinas que hubo entre él y su hermano don Pedro el Cruel, que le dice: "Tres géneros de personas hay en mis Estados: unas han seguido mi partido, otras se han mantenido fieles a don Pedro y otras se han mantenido neutrales para contemporizar con los dos partidos. A los primeros conservarás las gracias que les he hecho y no contarás demasiado sobre su fidelidad. Confiarás con resolución en los segundos. Por lo que mira a los últimos, ni les hagas gracias ni les des castigo alguno, pues no tienen otro objeto que el interés particular, y sería imprudencia fiarse de ellos empleándolos en cargos públicos."
DISCÍPULO: A eso dijera yo que ese rey aconsejó lo que quiso y yo haré lo que me esté mejor.
MAESTRO: Y si te arguyen con que el yo es aborrecible, en sentir del sabio Pascal, porque se hace centro de todo ¿qué dirías?
DISCÍPULO: Diría que éstas y otras reflexiones de filósofos rancios no hinchen barriga; y a mí lo que me conviene es lo que me tiene cuenta.
MAESTRO: Confieso que te hallas aprovechado en el arte del egoísmo; pero para que tengas lucimiento, procura siempre ser muy adulador y sinvergüenza.
DISCÍPULO: Así lo haré.
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(a) Ésta es una ironía (como todos los elogios del egoísmo que aquí se leen). En la realidad, este vicio es el más despreciable y temible en las sociedades, pues jamás se debe contar con hombres semejantes para nada.