Fábula XXXIII

EL COYOTE Y SU HIJO

 

Con mucha formalidad

decía un Coyote(a) a su hijo:

—No aprendas a robar; mira

que es muy insolente vicio.

Jamás robes las mazorcas

de la milpa del vecino,

ni sus gallinas atrapes,

ni te engullas sus pollitos,

y, en fin, no hagas nunca mal;

a nadie infieras perjuicio;

haz con todos lo que quieras

que todos hagan contigo,

porque sólo de este modo

vive un Coyote bien quisto.

—Así lo haré, señor padre

—respondió el Coyotito—.

El tal padre, satisfecho

de sus consejos prolijos,

se fue ¿a dónde? a un gallinero,

y no dejó animal vivo.

Al amanecer volvió

lamiéndose los hocicos;

mas no tuvo la fortuna

de que su gallinicidio

quedase tan encubierto

que no lo supiera su hijo;

porque éste se fue a una vista

espiándolo muy pasito,

y lo vido consumar

el sangriento sacrificio,

en virtud de cuyo ejemplo

él hizo a otro día lo mismo.

Lo supo el Coyote viejo

y de otro modo le dijo:

—Pícaro, ¿no te he mandado

que a nadie hagas perjuicio?

—Sí, señor padre, es verdad

—contestó el Coyotito—;

usted me dice muy bien;

mas como ayer he visto

que se sopló seis gallinas,

me comí yo seis pollitos,

creyendo, señor, sin duda,

que no era mucho delito

que cuando come las madres

almorzara yo los hijos.

Nada respondió el Coyote

hipócrita fementido,

pues conoció que el consejo

sin el ejemplo es muy frío,

y que para que aproveche

el más saludable aviso,

por los ojos debe entrar

antes que por el oído.

 


(a) Ignoro si este animal es la zorra de la Europa o es solamente propio de estos climas. Él se parece mucho al perro, y es dañoso no sólo a las gallinas sino a las sementeras de maíz, lo que no he leído de la zorra europea