EL AMIGO DE LA PAZ Y DE LA PATRIA(1) 

PERIÓDICO POLÍTICO, DEDICADO AL MUY ILUSTRE CIUDADANO

AGUSTÍN PRIMERO, EMPERADOR DE MÉXICO(2)

 

SEÑOR

El mismo que en 29 de septiembre del año próximo pasado de [1]821, presintiendo los efectos de la opinión pública siempre decidida a su favor, pronosticó los admirables acontecimientos de los días 18 y 19 del presente,(3) y proclamó a vuestra majestad emperador del Anáhuac,(4) es el que hoy tiene la noble osadía de consagrarle este pobre periódico, que si no fuere digno del aprecio de vuestra majestad por su desaliñado estilo y demás defectos de que abunde, espero lo será por las verdades que incluya, por la sencillez respetuosa con que las diga y por la consonancia de mis ideas con las de vuestra majestad, que no son otras que la afirmación de la paz y la felicidad del Imperio.

Dígnese, pues, vuestra majestad admitir en este humilde homenaje de mi corto talento, toda la expresión de mi voluntad.

Dios ilumine a vuestra majestad y lo conserve muchos años para la felicidad de la patria. Señor. Joaquín Fernández de Lizardi.

No son adulaciones los respetos ni desvergüenzas las verdades; así es que, sin faltar al respeto debido a las autoridades, puede muy bien el escritor sensato exponer con franqueza la verdad, cuando su pluma es dirigida por la más noble de las pasiones, que es el amor de sus semejantes.

Los ruidosos y extraordinarios sucesos de estos días traen beodos y aturdidos a los que piensan. Unos se hallan trasportados de gozo, otros de miedo, otros de desconfianza, y a fe, que a ninguno falta razón para defender su modo de pensar.

En los días 27, 28, 29 y demás inmediatos de septiembre, la opinión más común y aun casi generalizada, no era otra sino de que se coronara el señor Iturbide. Ya en todos o los más pueblos y ciudades por donde había transitado el primer jefe del Ejército Trigarante, lo habían proclamado Agustín I, emperador de México; entró en esta capital y se repitió la proclamación por este mismo pueblo. Testigos me sean los paseos, las calles y plazas, los teatros, circos y lugares públicos de esta ciudad. Luego que se presentaba el héroe en cualquiera de ellos, gritaba el pueblo con el mayor entusiasmo: Viva Agustín I, emperador de la América. Éstos son hechos que se pueden desfigurar, no desmentir.

Yo, con el lente de la filosofía, preví que estos gritos no los arrancaba la adulación ni el miedo, sino la gratitud y el reconocimiento de los pueblos, y que siendo una la causa impulsiva, esto es, la gratitud, debía ser el voto general de la nación, puesto que toda ella había recibido igual beneficio y debía estar igualmente reconocida al benefactor. He aquí las razones que me obligaron a dar a luz en 29 de septiembre de [1]821 la primera proclama que vio México por las prensas del augusto césar de México.

Yo mismo me admiro de ver al pie de la letra cumplidas las predicciones que escribí ahora nueve meses. Yo dije entonces: "si no es vuestra excelencia emperador, maldita sea nuestra Independencia. No queremos ser libres si vuestra excelencia no ha de estar al frente de sus paisanos. La América no es una nación fatua, no es una nación bárbara ni ingrata: desea recompensar vuestros servicios y no quiere sino que sea quien empuñe el cetro de su gobierno. Si vuestra excelencia no es el emperador de la América, la anarquía o el despotismo nos acechan; ellos están al frente de nosotros, y en menos de un año el reino se verá envuelto en las desgracias de que acabamos de salir. Vuestra excelencia hará muy bien en no aspirar a la corona, y la patria hará muy mal si no ciñe con ella sus heroicas sienes, porque con otra cosa no le paga. Dirán los enemigos de vuestra excelencia que ha jurado conservar este reino para la dinastía de los Borbones; y yo digo que ese juramento no obliga a la nación, porque ella no lo hizo. El ejército y el pueblo desean que vuestra excelencia sea el emperador. Han dado las pruebas necesarias proclamando a vuestra excelencia en todas partes; no falta (atienda el lector esta predicción política), no falta (dije) sino o que el Ejército Imperial(5) lo haga con violencia, o que el reino lo declare por medio de sus representantes reunidos en Cortes; y de una de dos maneras ha de ser (sucedió de las dos). Todo ha de ser, señor, obra del tiempo, y poco falta para saber en qué hemos de quedar."

En mis notas del mismo papel dije: "se acerca el día de la jura y como órgano de la opinión pública, debo prevenir que no conviene hablarse una palabra sobre que este reino se conserve para ninguna testa de la Europa; porque si tal se jurara, el juramento será írrito, nulo y de ningún valor, porque la nación no quiere a nadie sino al señor Iturbide, y con mi cabeza respondo por esta proposición."

Todo esto dije ahora nueve meses. El hombre pensador coteje los sucesos presentes con mis predicciones, pretéritas, y confesará que cuando el corazón habla sin pasión, habla la verdad, y entonces parece el escritor profeta.

Mi opinión a favor del héroe de Iguala en septiembre de [1]821 fue la misma que en mayo de [1]822, esto es, que fuese emperador. ¡Hola!, exclaman aquí cuantos han leído mis papeles intermedios. ¡Hola, Pensador! Tú eres un Proteo, un adulador, un necio que te contradices sin respeto al público a quien escribes. Tú has dicho que no quieres monarcas que degeneren en déspotas, que la nación no quiere monarcas, y que el gobierno republicano es el mejor que nos conviene. Esto has escrito de tu puño y has persuadido con vehemencia ¿pues como ahora piensas de otro modo? Es necesario ser un Proteo para variar tantos aspectos. Así tal vez se explicarán algunos contra mí, y es menester satisfacerlos.

Negar las ventajas que nos podíamos prometer con la república, es negarse a la evidencia misma; negarlas sólo porque tenemos emperador, sería la más grosera adulación; pero ¿cómo dejaremos de conocer que si el día 19 del presente no se da ese paso, nos vemos envueltos en la anarquía más horrorosa?, exaltado el pueblo y el ejército pedía a la mayor prontitud, y aun en tono amenazador, la coronación del señor generalísimo. Ni éste ni los diputados fueron capaces de hacerlo volver en sí de su entusiasmo. La confusión y gritería era imponente; por ningún partido entraba al pueblo; a ninguna proposición daba oído; ningún discurso escuchaba; sino los que lisonjeaban su gusto; los que se dirigían a persuadirlo que esperase el voto de las provincias, no se dejaban ni concluir, eran desechados con execración; y apenas advertía que las palabras de algún diputado tenían tendencia a moratoria, cuando la vocería negativa lo hacía enmudecer. ¿Qué podían y debían haber hecho el generalísimo y las Cortes para contener al pueblo en sus deberes? ¿Valerse de la fuerza armada? Ella estaba acorde en el pueblo; y cuando no lo hubiera estado, por una parte habría sido la mayor ingratitud disipar a bayonetazos un pueblo amante de su libertador y, por otra, habría maniobrado la tropa impunemente, porque lo más del pueblo fue prevenido de armas, que todos vimos después de sancionado el gobierno monárquico.

Es claro e indisputable que el pueblo de México(6) no es la nación mexicana; que para deliberar en asunto de tanta gravedad era necesario atender el voto de las demás provincias, pues todas tienen igual interés y derecho para constituirse en la clase de gobierno que más le acomodase, y elegir la testa que quisiesen coronar, caso de constituirse en monarquía. Todo esto se intentó hacer ver al pueblo por algunos señores diputados, mas no era tiempo: el pueblo estaba enfurecido.Coronación o muerte, gritaban sin cesar, Se hallaron, en efecto, comprometidos de manera que entre sucumbir o perecer no había medio. Conociendo esto, la mayor parte del Congreso se decidió por lo primero, y quedó sancionada la coronación por 67 votos contra 15.

Deseara yo oír el dictamen de los sabios políticos sobre este asunto tan extraordinario. ¿Qué arbitrio le quedaba al generalísimo para no admitir la corona, ni al Congreso para sostener su dignidad contra un pueblo alarmado, empeñado en coronar a su libertador y, además, sostenido por las tropas? Entiendo que si se empeña el generalísimo en renunciar y el Congreso en sostener su renuncia, no queda un diputado vivo; pero ni tampoco su alteza. Los menos versados en la historia y en el conocimiento del corazón humano conocen que un pueblo exaltado es un bruto indomable, muy inconstante en sus deliberaciones, y muy propenso a cambiar de pasiones en un momento. Por eso digo que en aquella hipótesis no hubiera sido extraño que el amor se hubiera convertido en odio; y ya éste o ya la confusión de una alarma tumultuosa nos hubiera privado de la preciosa vida de su majestad imperial.

Aun esta amorosa violencia que hizo el pueblo a su libertador para que admitiese la corona, fue predicha por mí en 29 del último septiembre, cuando le acordé a su majestad imperial el pasaje de Wamba,(7) español a quien por sus virtudes eligió el pueblo para que lo gobernara, y viendo su resistencia, se atumulta confusamente, lo busca, lo halla y, presentándole una corona y una espada, le dice: la nación quiere que reines y la mandes; tú te has resistido muchas veces. Aquí tienes corona que te señala el trono, o esta espada que te dará la muerte si no admites.

Se sorprendió Wamba y eligió el trono primero que el sepulcro. Casi en igual compromiso se vio nuestro héroe. Estos fortuitos y escandalosos acaecimientos populares son los que no dejan duda de que la soberanía reside en la nación; y ellos mismos señalan a los reyes su peligro, si una vez los llega a aborrecer, pues puede derribarlos del trono con la facilidad que los exalta.

No debemos olvidar la firmeza de carácter que manifestaron los quince señores diputados que se sostuvieron contra el pueblo. Ellos son muy honrados y sus provincias deben eternizar sus nombres y fiarse de su resolución; así como manifestaron igual virtud los demás señores que condescendieron con la aclamación popular. De manera que los aprobantes y reprobantes merecen en mi concepto igual estimación. Los primeros, por su prudencia; los segundos, por su constancia y su valor. Pero si todos quieren tener igual firmeza, se pierden y nos envuelven en la guerra, pues se echa el pueblo sobre ellos al momento; la tropa hace fuego indistintamente; en la confusión la opinión se divide y se declaran los partidos, unos por el generalísimo, otros por el Congreso, éstos por la república, aquéllos por la monarquía, y algunos tal vez por los Borbones; la discordia se introduce en la tropa; la sangre de los mexicanos corre sin medida por las calles; el populacho discurre por todas partes, cebándose en el robo y en el pillaje; las casas y los templos se entregan a la voracidad de las llamas; nadie se ve sin enemigos, ni sabe a qué partido decidirse; todo es horror y confusión; no se oyen sino tristes lamentos y gritería espantosa, mezclada con el horrible trueno del cañón; no se ven sino cadáveres palpitantes por doquiera; edificios ardiendo y gentes pálidas que huyen despavoridas de la muerte que por todas partes las amaga. La triste noticia de la funesta catástrofe y malhadada desunión de México vuela a las demás provincias del Imperio; éstas se dividen a ejemplo de la metrópoli; la guerra intestina se hace general en todas ellas; se despedazan unas con otras encarnizadamente; se aniquila en un mes nuestra débil población; nuestros enemigos aprovechan ocasión tan favorable y, con la mayor facilidad, nos echan cadenas para siempre. Tal es, ¡oh mexicanos!, la infeliz suerte que se nos preparaba el 19 de mayo, si la visible mano del Todopoderoso no presta su protección en tan críticas circunstancias: de manera que hemos escapado de perdernos maravillosamente, y hemos ganado más de lo que parece. Réstanos asegurar nuestra felicidad, uniéndonos con el emperador, que ciertamente nos destinó la Providencia para que, mirándonos como padre, sea, con el sabio Congreso, el iris de nuestras tempestades.

NOTA

La oposición que se notó en los quince señores diputados no fue a la coronación, sino opinando si se debía esperar el voto de las provincias.

 


(1) México: 1822. Oficina de Betancourt. El Amigo de la Paz y de la Patria consta de dos números (20 páginas) en 4º. No precisa el mes de aparición. En el texto Fernández de Lizardi apunta que nueve meses antes (29 de septiembre de 1821) había escrito sobre la inminente proclamación de Iturbide. De ello se infiere que este periódico vio la luz el mes de junio de 1822. No obstante, refiriéndose a la proclama de Iturbide como emperador, dice "si el día 19 del presente no se da ese paso." Ahora bien, la proclamación encabezada por Pío Marcha tuvo lugar el 18 de mayo y la proclamación oficial del Congreso, el 20 de mayo. De modo que Fernández de Lizardi al decir "19 del presente" se refiere, sin duda, a mayo y no junio de 1822.

(2) Agustín Primero. Agustín de Iturbide (1783-1824). Caudillo mexicano de la Independencia y emperador de México. Nació en Valladolid, hoy Morelia; murió fusilado en Padilla, Tamaulipas.

(3) Se refiere a su folleto titulado El Pensador Mexicano al excelentísimo señor general del Ejército Imperial Americano, don Agustín de Iturbide, México: 1821, Imprenta Imperial, calle de Santo Domingo, 12 pp. en 4º.

(4) Anáhuac. Primero se dio este nombre a lo terrenos contiguos al Valle de México. Más tarde se hizo extensivo a todas las zonas de nuestro país que conocieron los mexicanos. Cuando llegaron los españoles, el territorio del Anáhuac comprendía los que actualmente son los Estados de Colima, México, Puebla, Oaxaca, Guerrero y partes de Chiapas, Tabasco, Veracruz y Querétaro. Durante la Independencia ya se llamaba Anáhuac a toda la República Mexicana.

(5) Ejército Imperial Mexicano de las Tres Garantías, o Trigarante. Lo integraron las fuerzas de Iturbide y Guerrero. Las tres garantías que defendía eran: unión, independencia y religión. En la Proclama de don Agustín de Iturbide lanzada en Iguala el 24 de febrero de 1821 (más conocida como Plan de Iguala) dice:

   "16. Se formará un Ejército protector, que se denominará de las Tres Garantías, y que se sacrificará del primero al último de sus individuos, ante la más ligera infracción de ellas.

   "17. Este Ejército observará a la letra la Ordenanza, y sus Jefes y Oficiales continúan en el pie que están con la expectativa, no obstante a los empleos vacantes y a los que se estimen de necesidad o conveniencia.

   "18. Las tropas de que se compongan se considerarán como de línea y lo mismo las que abracen luego este Plan; las que lo difieran y los paisanos que quieran alistarse, se mirarán como Milicia Nacional, y el arreglo y forma de todas, lo dictarán las Cortes." Cf. Ernesto de la Torre Villar, et al., Historia documental de México, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas.

(6) pueblo de México. Se refiere al pueblo de la ciudad capital, pues el país hasta muy poco antes se llamó Nueva España y al consumarse la Independencia se denominó Imperio Mexicano. Actualmente se usa corrientemente el nombre de México para designar a toda la nación.

(7) Wamba (672-686). Rey de los visigodos de España. Sucesor de Recevinto. A su elección se opusieron algunos nobles, entre ellos Hilderico, conde de Nimes, que se alzó en armas. Wamba envió al general Paulo para que sofocara la rebelión: pero éste, pasando a Septimania, se hizo proclamar rey de Narbona. Contra este general combatió el propio Wamba, quien logró derrotarlo y hacerlo prisionero. En el reinado de Wamba los árabes por primera vez intentaron pasar por el estrecho, sin que lograran su propósito. Entre las tareas que se realizaron en su reinado estuvieron: reorganización del ejército y se impuso el servicio obligatorio a clérigos y seglares, hispanos y visigodos. Fue derrocado por Ervigio, que le sucedió en el trono.