EDUCACIÓN

Esurientes implevit bonis, et divites dimisit inanes

 
A los hambrientos los llenó de bienes
y a los ricos despidió sin nada.
Cántico de la Magnífica.

 

Nadie duda que el corazón del hombre en su puerilidad está como una lámina bruñida en la más oportuna aptitud para recibir el dibujo que quiera grabar en ella el buril de la educación. Todos saben que en aquella edad todo se imprime fácilmente; pero con tal adhesión, que lo que entonces se aprende difícilmente se olvida.

De ahí es que, según fuere la educación de los niños, tal será la conducta de los hombres, y que cuanto malo producen en la edad madura, no es más que el eco de la crianza que mamaron en la infancia. Bien es verdad que suele ser tal la corrupción de nuestra naturaleza, que vemos algunos malvados que tuvieron la suerte de tener una cuna brillante y una educación cristiana, y, sin embargo, corrieron tras la iniquidad a despecho de sus buenos padres y maestros; pero esto no es lo común, sino seguir constantemente las costumbres a que los inclinaron en la niñez, pues éstas, por la repetición de actos, engendran hábito, y éste pasa a ser otra naturaleza: consuetudo est altera natura.

Esta evidente demostración confirmada por una no interrumpida experiencia nos pone lejos del trabajo de inquirir el origen de la rapidez con que progresan los vicios.

El ejemplo es la doctrina más eficaz con que debían instruirse los niños, siendo bueno, al paso que es el estímulo más a propósito para pervertirlos, siendo malo.

La poca reflexión de los padres y madres les hace creer que pueden en cierta edad hacer y decir delante de sus hijos ciertas cosas impunemente, confiados en que no son capaces de advertirlas; pero ¡ay!, que se engañan con perjuicio de la inocencia, y perjuicio que es trascendental en la masa de la sociedad.

Aún no puede el niño hablar y ya está en estado de aprender. No entiende ni articula el idioma patrio, pero se impresiona tenazmente de los ejemplos que se le presentan con frecuencia. Si así no fuera, no nos admiráramos de algunas de sus acciones, que llamamos "gracias", y no son más que unos destellos de la razón que alumbran más o menos temprano a todo racional.

Esto sentado, no pretendo ahora declamar en general contra todos los vicios que abruman a la mayor parte de los mortales, ni menos contra aquellos crímenes que por su misma procacidad repugnan a los medianamente cristianos, como el robo, la embriaguez, el asesinato, el rapto, etcétera, etcétera, porque estos excesos son hijos, no sólo de una educación indolente, sino, por lo regular, de unos principios viles y de unas cunas oscurísimas.

Trataré sólo de cierto vicio que, disfrazándose con la máscara de la grandeza y razón de estado, tiene lugar entre las personas timoratas y de un nacimiento distinguido.

Éste es aquel orgullo o desvanecimiento de que miramos bien provistos a muchos de los ricos, los que cuando tratan a los pobres es con tal desdén y sobrecelo que parece los consideran de otra masa y especie diferente de la suya, y se persuaden a que si tienen ojos y narices como ellos ha sido por una confusión no prevenida de la naturaleza.

Podrá no ser así; pero si creen que los miserables son hijos de Adán, criaturas de Dios y en todo sus hermanos y semejantes, ¿por qué los tratan con tanta aspereza? ¿Por qué no se compadecen de sus desdichas? ¿Por qué atribuyen un terrible desacato e importunidad los gritos al mendigo? ¿Por qué nausean de que se acerque a ellos en una iglesia o en otro inevitable lugar un hombre que no tiene más delito que ser pobre? ¿Por qué al infeliz que va a su casa lo detienen con vituperio en la escalera, y cuando le dan audiencia casi siempre lo despachan con un expediente duro e insultante? ¿Y por qué, en fin, oyen los gemidos de la indigencia y ven las lagrimas de la humanidad oprimida con tanta serenidad como pudieran el espectáculo más divertido, sino porque considerándose exentos de la miseria, se juzgan en todo superiores y distintos de los infelices?

Y esta criminal indolencia ¿de qué otro principio puede venir si no de la educación que tuvieron? Ellos en su casa han visto siempre tratar a los criados, no solo imperiosa, sino tal vez cruelmente; han visto pagar bien al sastre y peluquero; gratificar con franqueza al maestro de baile; comprar a todo precio un caballo generoso; satisfacer sin reposo el famoso coche y las vistosas libreas, y gastar con profusión en todo lo perteneciente al lujo. Han visto también doblar continuamente la rodilla, ante sus padres y ante ellos mismos, a una multitud de perniciosos aduladores; han disfrutado de todas las comodidades de la vida; se han sentado diariamente en unas mesas abundantes y opíparas, y han gozado sin interrupción de todos los regalos de la tierra.

Pero ¿cuándo han oído los clamores del hambre? ¿Cuándo han visto el rostro pálido de la miseria? ¿Cuándo se han acercado a las inmundas salas de un hospital ni a las formidables puertas de una cárcel?

¿Ni cuándo han experimentado la dulce emoción que derrama la beneficencia sobre los corazones sensibles? Jamás, sin duda, pues ésta, una vez probada, es una dulzura que no empalaga, antes provoca a continuar el gusto de su grato sabor.

De aquí es que muchos ricos no sólo no se conmueven a la vista de las miserias de la humana naturaleza, sino que se horrorizan de ellas como de un mal amenazador, y el andrajoso mendigo, la llorosa viuda, el descolorido enfermo y el encadenado reo son otros tantos espectros que los asustan y fastidian, y, considerándolos como unos prestigios de la fatalidad, los despiden y rechazan lejos de sí con desabrimiento cuando éstos tienen la desgracia de acudir a sus puertas.

Ricos de los que yo hablo, sed duros, pero no impíos. Sed avaros, pero no crueles. No socorráis al miserable, pero no tiranicéis su espíritu con vuestras ásperas respuestas, y, finalmente, faltad si queréis a la caridad, pero no os agravéis oprimiendo con vuestra dureza al afligido. Grande será vuestra culpa y terrible vuestra responsabilidad a los ojos de Dios, pero, a lo menos, librándoos de las imprecaciones de los pobres ultrajados, tendréis acaso más auxilios para vuestra conversión y penitencia.

Vosotros tenéis la felicidad de poder, a poca costa, comprar los corazones de los pueblos. Mientras más es vuestra riqueza, vuestra autoridad y vuestro brillo, tanto más os observan vuestros vecinos. Y de aquí resulta que sois moderados, os estiman; si sois dóciles y apacibles, os veneran; pero si sois humanos, liberales y benéficos, os aclaman, os bendicen, os aman verdaderamente.

¿Quién podrá leer sin ternura los piadosos hechos de un Carlos XII, rey de Suecia, ni de un José II, emperador de Alemania, justamente adorado de sus vasallos? Entre muchas semejantes acciones de humanidad, me asoman las lágrimas a los ojos el pasaje de aquella niña que teniendo a su madre enferma en una cama y careciendo de socorros para su curación y alimentos, sacó envueltas en su delantal algunas prendecillas para buscar sobre ellas seis guineas. Anduvo, rogó, solicitó, todo fue en vano... ¡ah, ricos crueles, para quienes las lágrimas de los afligidos son dulces conciertos con que regaláis vuestros oídos! Finalmente, esta doncella llegó hasta los arrabales de Viena. El emperador, que andaba paseándose de incógnito, luego que vio a esta llorosa doncella, la llamó y le preguntó la causa de su aflicción; díjola; mostróle las alhajas, y el piadoso José le dio las seis guineas, haciéndola llevar sus prendecillas. No paró en esto; supo de su boca que era hija de un capitán que había muerto en su servicio y que carecía de la viudedad, por la mala y codiciosa conducta del respectivo ministro. El rey, enternecido con tal narración, la dijo fuese a otro día al palacio y que preguntara por el oficial F... que era su amigo y la recomendaría para que se atendiese la justicia. Despidióse de ella el emperador dejándola llena de consuelo; volvió a su casa y socorrió a su pobre madre entre los transportes de la alegría, creciendo ésta con la esperanza de la oferta que la había hecho el "caballero", como ella decía.

Amaneció el día siguiente; fue nuestra pobre muchacha a palacio; la introdujo un oficial en la antesala del príncipe. Pero ¡cuál fue su sorpresa, cuándo, esperando a su benefactor "caballero, ve salir al emperador de Alemania con todos los adornos de majestad! No pudo menos de arrodillarse confundida, y entonces el gran José corre afable, y lleno de dulzura la levanta y la dice: "Señorita, no se turbe usted; el mismo que habló a usted ayer es el que se obliga a favorecerla; ocurra usted con sus papeles a la secretaría, que ya está decretado a su favor". En efecto, la dichosa niña logró la viudedad de su madre, y lo que es más, todos los caídos, en que fue condenado el ministro codicioso.

¡Oh, ejemplo digno de imitación! ¡Oh José, más grande por tu corazón piadoso que por tu vasto y opulento imperio! Y semejantes ejemplos no son escasos en las historias.

Everardo, duque de Witemberg, se gloriaba por su liberalidad y beneficencia de poder dormir seguro y tranquilo en cualquier choza de sus Estados. Y Carlos IV de Alemania castigó heroica y gloriosamente a un infame que pretendía matarle, dándole una crecida dote para una hija.

Con tales ejemplos debían educarse los niños ricos. Debían enseñarlos a tratar amigablemente a los míseros andrajosos, que les diesen limosna con su tierna manecita y que se acostumbraran a recibir en su seno con ternura las lágrimas de los infelices; y debían estimularlos con los ejemplos de los príncipes piadosos, por dos razones. La una, porque el hecho heroico tiene más recomendación en el príncipe que en el particular, y, por lo mismo, atraen más fácilmente a la imitación; y la otra, porque hallándose, tal vez por su ilustre cuna y mucha riqueza, en predicamento de ser príncipes o de mandar los pueblos como tales, se hallarán sus corazones bien dispuestos para ser padres de sus inferiores y súbditos, felicitándolos y teniendo, como Tito, como perdido el día en que no hiciesen algún beneficio.

Todo esto debían hacer los padres de los ricos con sus hijos en los principios de su educación. ¿Y se hace así en lo general? Yo no lo sé, que lo diga la experiencia.

Puede imprimirse

México, 2 de enero de 1813

Dr. Beristáin,
Presidente