DUDAS DE EL PENSADOR CONSULTADAS A DOÑA TECLA
ACERCA DEL INCOMPARABLE CATECISMO
Ya me tiene usted aquí en cuerpo y alma, mi señora doña Tecla, no para argüir ni para disputar, porque yo no soy teólogo ni lo permita Dios, sino para proponerle unas cuantas dudillas que tiempo ha que me traen inquieto, acerca de suincomparable maestro el padre Ripalda. Vengo, pues, ante la sufermosura muy humilde, con mi Catecismo en la mano, como muchacho modorro ante su maestra de amiga o de migas.(2) Así que, señora mía, dispense usted mis necedades, y dígnese iluminar mi ignorancia con sus conocidas y recomendables luces, para que salga yo de tantas dudas que me traen en un continuo escrúpulo. Comencemos.
DUDA PRIMERA
Traduciendo el padre Ripalda el Decálogo del latín al castellano, dice: el sexto, no fornicarás. Bien sé lo que quiso decir; pero no entiendo lo que dijo: porque el verbo fornicar no significa rigorosamente la acción de la cópula entre hombre libre y mujer libre, sino más bien idolatrar o pecar generalmente. San Pío V, en su catecismo Ad parrocos, parte 3a, capítulo 2o, dice: zelus vero qui Deo tribuitur nullam animae significat perturbationem, sed divinum illum amorem et caritatem, qua Deus nullam a se animam patitur impune fornican: quotquot autem ab eo fornicantur perdit. Lo que traduce de este modo el padre mercedario fray Agustín Zorita: “Este celo, que se atribuye a Dios, no significa perturbación alguna de ánimo, sino aquel divino amor y caridad, por la cual no permitirá que alma ninguna que se atreva a ofenderle se le vaya sin pagarla, porque pierde a todos los que quebrantan sus leyes.”(3)
¿Ve usted aquí, señora maestra, cómo no siempre significa fornicar lo que comúnmente siempre se cree? “Si yo fuera escriturario sagrado y entendiera el teclado de explicar con san Pablo lo que dijo Jeremías, con todo aquello de estilo místico, literal, alegórico, etcétera,(4) ya me tomaría el trabajo de citarle a usted algunos textos de la Biblia en comprobación de esta verdad.”
Pero aun suponiendo que el verbo fornicar signifique lo que quisieron aquellos autores de quienes lo aprendió el padre Ripalda, me queda esta duda, que no significa adulterar, lo que era menester que significara para que estuviera bien traducido el texto sagrado. Éste dice: non mechaboeris, no adulterarás,(5) y bien se conoce la diferencia que hay entre fornicar y adulterar. Ahora bien, el texto latino prohíbe expresamente el adulterio, y el texto castellano la fornicación. Aquí entra la duda. ¿A cuál de los dos textos debemos estar?
DUDA SEGUNDA
El padre Ripalda nos da la gran noticia de que tenemos cinco sentidos. Es de agradecer porque si no nos lo avisa este buen jesuita, no había quien lo supiera; pero la duda es ésta ¿qué tiene que ver con el dogma católico o con la doctrina cristiana esta noticia? Si tiene alguna conexión con el dogma, dígalo usted, doña Tecla; y si no tiene ninguna, confiésese que fue un candor de su incomparable maestro escribir tal cosa.
DUDA TERCERA
En la explicación de los pecados capitales, pregunta el padre Ripalda: ¿son pecados mortales la soberbia, avaricia, etcétera?, y responde: “no todos, sino los que son contra la caridad de Dios y del prójimo.” ¿Y cuándo son contra la caridad? “Cuando se quiebra por ellos algún mandamiento de Dios o de la Iglesia.” Es así que no puede haber un acto de soberbia, avaricia, lujuria, etcétera, que no sea una infracción de algún precepto del Decálogo, luego todos los pecados capitales son pecados mortales. Ello ya se ve que no es así, porque ustedes, los señores teólogos y teólogas dicen que para que una culpa sea mortal, es necesario que la infracción sea en materia grave; mas esto lo dicen ustedes que distinguen el pecado mortal del venial, pero el padre Ripalda no hace tal distinción, y yo dudo si él o ustedes se engañan en la definición.
DUDA CUARTA
En la misma declaración pregunta el padre Ripalda: ¿qué cosa es lujuria?, y responde: “apetito torpe a cosas carnales”. Bien sabe usted, tía Tecla, que esta palabra torpe no siempre significa cosa deshonesta, también significa cosa tardía, floja, sin gracia ni habilidad. Según esto, creo que la definición de la lujuria no es muy exacta; pues a serlo, se seguiría que uno que tuviera tal cual apetito de comerse un guajolote en mole,(6) cometería un pecado mortal de lujuria, pues en efecto tenía apetito de cosas carnales, y ya se sabe que los guajolotes no son de palo.
En la misma declaración pregunta: ¿qué cosa es castidad?, y responde: “inclinación a la limpieza”. Esta definición me parece peor que la antecedente, pues puede haber mil y mil inclinados a la limpieza y no a la castidad, así como puede haber hombres castos por una parte y sucios y desaliñados por otra. Toda definición que no explica bien y exactamente lo definido, es viciosa. ¿Qué le parece a usted?
DUDA QUINTA
Pregunta el padre Ripalda, ¿quién nos enseño la Salve Regina?, y responde: “la santa Iglesia la tiene y usa.” Si las respuestas deben ser conformes a las preguntas, según aquello de interrogatorio et responsio,(7) creo que esta respuesta no casa para nada con la pregunta, antes es demasiado extraviada. ¿Qué dice usted?
DUDA SEXTA
Pregunta el padre Ripalda: ¿quién quebranta el séptimo mandamiento?, y responde: “quien a otro hace alguna manera de daño injusto o es causa de que otro lo haga.” Luego el que adultera con la mujer de Pedro, o hiere sin razón a Juan, quebranta el séptimo mandamiento, el sexto y el quinto. ¿Qué dice usted, cuál quebranta? A mí no me satisface la definición.
DUDA SÉPTIMA
En la misma declaración pregunta: ¿quién cumple el octavo mandamiento?, y responde: “quien no juzga males ajenos ligeramente, ni los dice, ni los oye sin fines buenos.” Ahora bien, el inferior, en cuya mano no está el taparle la boca a su superior, y le oye hablar mal del prójimo, ¿pecará? ¿Qué dice usted? Sí o no. Si sídiga usted por qué, pues ya sabemos que para que haya culpa se necesita la deliberación de la voluntad; y si no, es preciso confesar que aquí también la erró suincomparable maestro. ¿Qué dice usted?
DUDA OCTAVA
En la primera declaración, hablando de Jesucristo, pregunta: ¿cómo es Dios?, y responde: “Porque es natural hijo de Dios vivo.” Ya ve usted que, la causal que señala el padre Ripalda para que Jesucristo sea Dios, es porque es natural hijo de Dios vivo. Es así que el Espíritu Santo no es hijo de Dios, luego no es Dios. Todos los cristianos creemos que Jesucristo es Dios porque es una de las tres personas de la Santísima Trinidad. Si así lo hubiera dicho, no tendría yo la duda de si erró esta respuesta.
DUDA NOVENA
Hablando del Santísimo Sacramento de la Eucaristía, pregunta: ¿quién está en el Santísimo Sacramento del Altar?, y responde: “Jesucristo nuestro señor, en cuerpo y alma glorioso. Así como está en el cielo, tanto está en la hostia como en el cáliz y en cualquiera partícula.” Hasta aquí estamos bien y así lo creemos todos; pero luego pregunta: ¿queda el pan en la hostia y el vino en el cáliz, después de haber dicho el sacerdote las palabras de la Consagración?, y responde: “no, porque por virtud de las palabras que el sacerdote dice en persona de Cristo, el pan se convierte en el cuerpo, y el vino en la sangre de nuestro Señor Jesucristo.”
Aquí tiene usted, doña Tecla, una respuesta que lleva por la mano a los ignorantes a persuadirse de que en la hostia está el cuerpo sin sangre, y en el cáliz la sangre sin cuerpo, lo que es una herejía.
Aún más se persuadirán a ella si saben que las palabras que el sacerdote profiere sobre el pan son éstas: “éste es mi cuerpo.” Y las que pronuncia sobre el vino, éstas: “éste es el cáliz de mi sangre.” Agregue usted a esto que los devocionaritos de oír misa que andan en manos de las viejas y gente idiota, coinciden en este error, cuando en las oraciones de adoración al Sacramento, dicen al alzar la hostia:adorámoste verdadero cuerpo de nuestro Señor Jesucristo; y al alzar el cáliz: adorámoste preciosísima sangre de nuestro Señor Jesucristo. ¡Cuántas veces habrá usted rezado esto con sus muchachas!
Con semejantes oraciones y doctrina los ignorantes que son los más, creen que en la hostia está el cuerpo solo, y en el cáliz la sangre sola de nuestro Señor Jesucristo. Si el padre Ripalda se hubiera contentado con su primera explicación, nada tendríamos que decir; pero hizo la segunda y la respondió mal, me parece. Si hubiera dicho ¿queda el pan en la hostia y el vino en el cáliz, etcétera?, y respondiera: “no, porque por virtud de las palabras que el sacerdote dice en persona de Cristo, el pan se convierte en su cuerpo y sangre, y el vino en su sangre y cuerpo sacrosanto, estaría mejor explicado, y no provocaría la errónea distinción en que están los más de los fieles. Pregunte usted a cuantos quiera (que no sean teólogos ni estudiantes) ¿qué adoran en la hostia y en el cáliz?, y verá cómo los más le responden que en la hostia el cuerpo, y en el cáliz la sangre de Cristo. Me parece, pues, que el padre Ripalda erró también la respuesta criticada. ¿Qué dice usted?
DUDA DÉCIMA
La mayor parte de las gentes de nuestra tierra cree de fe cuanto dice el Catecismode Ripalda, y éste afirma como tales cosas que no son de fe. Por ejemplo, pregunta en la declaración del Ave María: “¿dónde está nuestra señora la Virgen María?”, y responde: “está en el cielo en cuerpo y alma gloriosa.” Esto no es de fe, como no lo es su Concepción en gracia. Una cosa es que la Iglesia lo crea piadosamente, y otra que sea de fe. De consiguiente es un abuso afirmarlo como tal en un catecismo. Este abuso o séase ligereza, puede ser origen de pecados reales y verdaderos, y aún de odios, malas voluntades, juicios falsos y escándalos de niños; ¿qué dirá de mí la vieja fanática o el devoto ignorante, que, como usted, solamente se ha atenido al padre Ripalda para aprender su doctrina?, ¿qué dirá, repito, cuando oiga decir “que El Pensador dice que ni la Concepción de María Santísima en gracia ni su Asunción al cielo en cuerpo y alma son misterios de fe, ni la Iglesia nos obliga a creerlos? ¡Jesús!, dirán que soy hereje, me aborrecerán y el que pueda me hará algún daño para vengar a la Madre de Dios, a quien creerá agraviada por mí. ¡Tales son los efectos del fanatismo! ¿Cuáles no serán apoyando éste nada menos que por el único Catecismo que han aprendido nuestros paisanos, y por el único que enseñan a sus hijos?
En los artículos, hablando el padre Ripalda de los infiernos, los divide en cuatro senos o lugares, señalando el limbo como el primero, y por cierto que el tal limbo no es de fe: ni una vez siquiera se mienta en ninguno de los dos Testamentos. Parece que este departamento se encontró en el siglo IV de la Iglesia. Si me engaño, usted me instruirá, doña Tecla, para eso le consulto mis dudas. San Agustín, que despacha al infierno a los niños que mueren sin bautismo, o no creyó en el limbo, o en su tiempo no se había descubierto.(8)
DUDA ONCE
Pregunta este sabio jesuita: ¿para qué son los Mandamientos de la Iglesia?, y responde: “para más explicar los de la ley de Dios.” Yo pregunto a doña Tecla y a su incomparable maestro: ¿que Dios hace cosas imperfectas? No, me dirán; pues bien, luego sus Mandamientos fueron perfectos y completamente explicados cuando los escribió con su dedo y los entregó a Moisés para su pueblo; luego, no necesitan comentarios; luego, la Iglesia no estableció sus preceptos con el fin que quiso el padre Ripalda.
Además, yo no entiendo qué conexión tienen los Mandamientos de la Iglesia con los de Dios. Yo me devano los sesos y no la encuentro ni por analogía. Oír misa entera no tiene que ver nada con el tercer precepto del Decálogo, pues bien se pueden santificar las fiestas sin oír misa. Y vea usted aquí de paso otro error de su maestro cuando dice: ¿quién es el que santifica las fiestas?, y responde: “el que oye misa entera en ellas y las gasta en santas obras.” Es así que el enfermo, el cautivo y el caminante puedan santificar el día de fiesta sin oír misa. Luego, la respuesta del padre Ripalda no es segura. Volvamos a los Mandamientos.
Si el primer precepto de la Iglesia nada tiene que ver con el tercero del Decálogo, menos tiene que ver con el primero, segundo, cuarto, quinto, sexto, etcétera.
El segundo: confesar, a lo menos una vez en el año, tampoco me parece que tiene analogía con ningún precepto del Decálogo. Lo mismo digo del comulgar, ayunar y pagar diezmos. Conque si los mandamientos de la Iglesia ni conexión tienen con los de Dios, menos pueden explicarlos. Además, que a ser cierta la opinión del padre Ripalda, se seguiría que muchos años estuvieron imperfectos los Mandamientos de la ley de Dios, o lo que es lo mismo, sin su cabal explicación, pues ya se sabe que la Iglesia fue estableciendo poco a poco sus preceptos, y entonces se deduce que mientras no estuvieron bien explicados, no obligaban a su observancia, pues una ley confusa y que necesita explicación, no obliga. Pues éstas son dudas hijas de mi ignorancia; por eso las consulto con usted para que me las satisfaga y me saque de mis errores.
DUDA DOCE
Explicando el padre Ripalda cómo nos tienta la carne, dice: “con inclinaciones y pasiones malas.” Pregunta ¿qué cosas son pasiones? (se entienden malas), y responde: “ímpetus o turbaciones interiores que nos ciegan. Y éstas son cuatro:gozo, temor, esperanza y dolor.” Como no explica más el padre jesuita, ni hace la menor distinción, yo me confundo al ver cómo aquí convierte en pasiones malas las mismas que en otras partes califica de virtudes. Véalo usted, doña Tecla: gozo, pasión mala por el padre Ripalda en la declaración de los enemigos del alma: Gozo, fruto del Espíritu Santo. Temor, pasión mala. Temor, séptimo don del Espíritu Santo.Esperanza, pasión mala. Esperanza, virtud teologal. Dolor, pasión mala. Dolor de los pecados, virtud. Yo sé lo que quiso decir su maestro de usted, mas no lo dijo: dejólo todo en confusión, y cualquier ignorante puede decir: ¿por qué la esperanza, el temor, etcétera, han de ser virtudes unas veces y otras pasiones malas?
Á mí lo que me cae más en gracia es que explicando el catequista el modo con que nos tienta la carne, no se acordara del amor para darle un lugarcito entre las pasiones que nos ciegan, porque a fe que esta pasión sí que es la más poderosa de la carne. Con el amorcillo [se] venció a David, Salomón, Sansón y otros valientes. ¡Eh!, quizá el padre Ripalda sería un alma feliz, que nunca tuvo que luchar con este bicho.
DUDA TRECE
La explicación del misterio de la Santísima Trinidad es un círculo vicioso, que no da la más ligera idea de la divinidad ni de sus atributos: todo se reduce a decir que Dios es la Santísima Trinidad, y la Santísima Trinidad es Dios, y beso a usted la mano, con cuya definición se quedan los muchachos que pasan a viejos hechos una tabla,(9)sin saber formarse una idea digna del Ser Supremo. Si usted no me conociera, y para ello le dieron de mí estas señas: El Pensador es don Joaquín Lizardi, y don Joaquín Lizardi es El Pensador, ¿me conocería usted? Pues así son las señas que da de Dios el padre Ripalda. ¿Quién es Dios? La Santísima Trinidad. ¿Quién es la Santísima Trinidad? Dios. ¡Bellamente, doña Tecla!
DUDA CATORCE
Como todos los jesuitas eran rigorosos papistas, no es mucho que el padre Ripalda enseñara como punto de doctrina cristiana un error político, que no debía ignorar que lo era. ¿Quién es el papa?, pregunta, y responde: “el romano pontífice, a quien debemos entera obediencia.” ¿De dónde se le pondría en el magín al padre Ripalda semejante desatino? Él sabía muy bien que al papa no se le debe tal obediencia en las cosas temporales, ni aun en las de policía eclesiástica, cuando no quieren los reyes o los gobiernos. No ignoraba tampoco que en España (tan fanática siempre) no se obedecían los breves ni rescriptos pontificios hasta que no tenían elregio exsequatur, placito regio o pase del Consejo;(10) así es que este padre procedió de muy mala fe cuando a sabiendas enseñó un error en su Catecismo,pues no se debe obedecer al papa cuando de sus preceptos resulte o siquiera se tema un perjuicio en un Estado, cualquiera que sea la denominación de su gobierno. De manera que si mañana el papa nos manda negar el comercio a los ingleses, someternos a la dominación española, tributar a Roma una cantidad de reales,(11)reinstalar la Inquisición,(12) perpetuar las estafas que se hallan bautizadas con nombre de Redención de Cautivos, Santos Lugares de Jerusalén, Bula de Cruzada(13) o cosas semejantes, no debemos prestarle obediencia, no digo entera, pero ni a medias, porque tal obediencia sería la precursora más segura de nuestra ruina.
Pero ya se ve, el padre Ripalda era jesuita, era español, escribió su Catecismoinmediato a la Conquista, y así no tuvo embarazo para persuadir semejantes falsas y servilísimas ideas a los recién esclavizados, para que, espantados con el enorme poder pontificio, estuviesen siempre sujetos a sus amos y señores, los reyes de España. Pero por fin no le valió su diligencia a su incomparable maestro de usted, doña Tecla.
DUDA QUINCE
Dice el padre Ripalda que los apóstoles compusieron el Credo, y yo he leído en buen autor que nuestro Credo no se conoció en la Iglesia en el espacio de más de cuatrocientos años, y en verdad que a esta fecha ya no vivía ningún apóstol. También es un fuerte argumento de que nuestro símbolo es del siglo quinto y posterior al de Nicea,(14) que san Lucas, autor de los Hechos de los apóstoles, no hace mención de nuestro Credo para nada. Sabemos que no es difícil atribuir obras a sujetos que no las hicieron, como el símbolo que se atribuye a san Atanasio,(15)no siendo su autor, sino Virgilio,(16) obispo de África. ¿No pudo haber sucedido lo mismo con el Credo? Agregue usted a esto que, según autores, ningún teólogo medianamente instruido ignora que el Credo que tenemos no es obra de los apóstoles, y yo así lo creo. Usted dirá si me engaño.
Concluyo, mi doña Tecla, con decirle que el Catecismo del padre Ripalda es tan bueno que se prohibió su lectura por un Concilio de Lima. Creo que he leído esta especie en una obrita de un padre camilo, titulada De los niños no nacidos, que juzgo trata de la operación cesárea. Mi memoria es muy frágil; pero los padres camilos han de tener noticia de esta obra. Pregúnteles usted y verá las honras de la sabiduría de su incomparable maestro.
Espero la solución de mis dudas; pero le encargo sea en castellano, sin distinciones peripatéticas ni jergas escolásticas que no entiendo. A Dios, doña Tecla, hasta otra vez.
México, enero 6 de 1827.
El Pensador.
(1) México: 1826 [sic. En una nota del número 8 del Correo Semanario de México, que apareció el miércoles 10 de enero de 1827, anuncia que acaba de publicar este folleto]. Oficina de la Testamentaría de Ontiveros [Cf. nota 1 a La tragedia de los gatos...]. Jerónimo Martínez de Ripalda. Cf. nota 171 a Observaciones que El Pensador...
(2) amiga o de migas. Escuelas elementales o de primeras letras, generalmente para niñas, donde asistían los estudiantes de seis o siete años a los diez u once. Les enseñaban a leer en el silabario, escribir poco y mal, a cantar, doctrina cristiana, y a las niñas a coser, remendar, tejer, bordar, buenos modales y fórmulas de respeto. La escuela de niñas también se llamaba miga, según registra la Real Academia.
(3) Esta misma traducción la cita Fernández de Lizardi en el núm. 14 del Correo Semanario de México en Obras VI, op. cit., p. 229.
(4) 1. Cor. 6. Texto repetido en el número 14 del Correo... en la parte “Dudas sobre el Catecismo del padre Ripalda.”
(5) Neque moechaberis. Dt. 5, 18.
(6) guajolote en mole. Es decir, el pavo americano en salsa o mole (palabra derivada del azteca molli, salsa). La carne de guajolote se baña con una salsa hecha de chile —ancho y mulato—, ajonjolí, chocolate, tomate, cebolla, cacahuate, almendra y especias.
(7) En Lavativa a un gachupín... Fernández de Lizardi completa esta frase:Interrogatio et responsio eidem casui coherent.
(8) “San Agustín, que despacha al infierno a los niños que mueren sin bautismo, o no creyó en el limbo, o en su tiempo no se había descubierto.” “Continúan las dudas sobre el Catecismo del padre Ripalda” en Correo Semanario de México número 15,Obras VI, op. cit., p. 238.
(9) hechos una tabla. “Phrase metaphórica, con que se significa, que algún negocio, u dependencia, que se solicitaba se quedó dudosa, ò sin resolución, con alusion al juego de tablas”, Dic. de autoridades.
(10) regio exsequatur, placito regio o pase del Consejo. El pase regio es la facultad que pretenden tener los jefes de los Estados para examinar las disposiciones legales jurídico eclesiásticas dictadas por la Santa Sede y concederlos o no el que se publiquen y obliguen en su territorio, según el resultado de dicho examen. Se le da el calificativo regio por haber sido los reyes los que comenzaron dicha práctica. El papa Alejandro VI, a petición de los Reyes Católicos, otorgó el 26 de junio de 1493, a los reyes de España, el privilegio de que las bulas e indulgencias apostólicas no se publicasen en España antes de ser examinadas por el Ordinario de la diócesis donde se fueran a publicar, y por el nuncio apostólico y por el capellán mayor de los reyes y por uno o dos prelados de su Consejo. El pase se muestra en todo su carácter en el reinado de Carlos III, en el que se prohibió toda publicación y ejecución de disposiciones pontificias sin previo examen y sin obtener el pase, regulándose detalladamente el ejercicio de éste por las pragmáticas del 28 de abril de 1762 y 16 de junio de 1768, habiéndose puesto en práctica contra el Breve del 30 de enero del mismo año, dado por el papa contra el ministerio de Parma, como se usó después (1788) contra la publicación de la Bula in Coena Domini. Lucas Alamán escribió “El Consejo de Indias no solo tenia el derecho de conceder ó negar el pase de las bulas y breves que venian de Roma, sino que nada podia impetrarse de la Silla apostólica sin su permiso, y los concilios provinciales que debían celebrarse cada doce años, no podian publicarse ni mucho menos ejecutarse, sin que antes fuesen enviadas al consejo y por éste examinados y aprobados.” Historia de México, México, Imprenta de Victoriano Agüeros y Comp., 1883, t. I, p. 77. Julio Jiménez Rueda apuntó lo siguiente: “¿En qué consistía el Patronazgo? [...] 7° En dar el ‘placet’ a las bulas pontificias, es decir, autorizar su ejecución dentro del reino. El Consejo de Indias se encargaba de vigilar que estas bulas no interfirieran los derechos que el rey había adquirido por medio del patronazgo o patronato. La misma política se aplicaba a las decisiones de los concilios diocesanos o provinciales. Así se prevenía a los virreyes, gobernadores, audiencias, que toda bula que no tenía el exequatur correspondiente debería ser inmediatamente remitida al Consejo para su aprobación. A veces los obispos o arzobispos electos partían para su destino, sin llevar las bulas necesarias para su consagración. Es decir, que el pontífice no había aprobado aún el nombramiento.” Historia de la cultura en México. El Virreinato, México, Editorial Cultura, 1951, pp. 98, 99 y 100.
(11) reales. Cf. nota 20 a Una buena zurra...
(12) Inquisición. Cf. nota 16 a Calendario histórico...
(13) Bula de la Cruzada. Cf. nota 150 a Observaciones que el Pensador...
(14) Nicea. El primer Concilio Niceno ocurrió en 325 y el segundo en 787.
(15) Atanasio, padre de la iglesia griega que en septiembre de 363 asistió a un Concilio de Antioquía, y allí Joviniano le encargó la redacción de una fórmula de profesión de fe ortodoxa. El credo, compuesto por los apóstoles (Pablo, Rom. 3,2 y Cor. 9,17) fue el primero; el segundo fue el del Concilio Niceno (celebrado en 325); el tercero el del Concilio de Constantinopla (381), y el cuarto es de san Atanasio, atribución discutida. Contiene una exposición detallada de la doctrina sobre la Trinidad. Se le encontró, formulado en latín, en el siglo VI. Afirma “Quien quiera salvarse habrá de tener, ante todo, la fe católica, que habrá de mantener, entera e inviolada o perecerá eternamente sin género alguno de duda.” E. Royston Pike,Diccionario de religiones, adaptación de Elsa Cecilia Frost, 1ª reimpresión, México, Fondo de Cultura Económica, 1978, p. 122.
(16) Virgilio. Sobre él, Fernández de lizardi escribió en el Correo Semanario de México número 14 lo que sigue: “Bonifacio II hizo que los electores del pontificado le cedieran su derecho [...]. Obligó a los congregados a firmar que reconocían por sucesor suyo a Virgilio, diácono de la iglesia romana. Posteriormente receló malas consecuencias de su atentado; juntó nuevo Concilio y revocó las disposiciones del otro, declarándolas nulas.” Obras VI, op. cit., p. 222.