DIÁLOGOS DE LOS MUERTOS HIDALGO E ITURBIDE
HIDALGO:(2) ¡Oh señor de Iturbide!(3) Cuánto tiempo ha que deseaba tener una entrevista con usted; pero lo eterno de estas regiones y otras atenciones precisas, me habían privado de la satisfacción que hoy tengo.
ITURBIDE: Para mí es harto satisfactorio el conocer a usted, señor cura.
HIDALGO: Vaya, sentémonos bajo este copado fresno, y conferenciemos tranquilamente sobre los acaecimientos políticos de nuestra América.(4)
ITURBIDE: Sea enhorabuena, usted por aquí.
HIDALGO: Por cualquier parte estaremos bien, pues que entre los muertos no se conocen las distinciones de los vivos. Dígame usted ¿en qué estado dejó mi obra a su llegada a estos lugares?
ITURBIDE: ¿De qué obra me habla usted?
HIDALGO: De cuál ha de ser, de la Independencia de la América.
ITURBIDE: ¡Oh!, ésa no fue obra de usted sino mía. Usted no hizo otra cosa que alborotar la jicotera(5) sin poder llevar al cabo la empresa, cuando yo lo hice todo en siete meses.
HIDALGO: Nunca le negaré a usted la gloria que merece por la política de su Plan,(6)y lo activo e infatigable que fue en ejecutarlo; pero ciertamente yo hice más que usted.
ITURBIDE: Creo que se equivoca usted, señor cura. El labrador que tira la semilla en el campo y el arquitecto que zanja los cimientos de un edificio nada hicieron si sólo hicieron eso. El que cultivó su semilla hasta su cosecha y el que levantó el edificio hasta hacerlo habitable, ésos lo hicieron todo; y eso puntualmente pasó entre usted y yo. Usted sembró la semilla o zanjó los cimientos y nada más; yo reuní la opinión y lo hice todo. Diga usted ahora, ¿quién aparecerá más grande en la historia de la América, Hidalgo o Iturbide?
HIDALGO: Sin que parezca alabanza propia, creo que Hidalgo, y oiga usted las razones. Cuando emprendí esta grande obra, era un cura decrépito, sin dinero, sin conocimientos militares, en medio de un reino demasiadamente ignorante de sus derechos, supersticioso, ocupado por todo por los españoles, y yo, además, perseguido por ellos, una vez descubiertos mis planes en Querétaro.(7) De esta manera y en tan angustiadas circunstancias, pronuncié en el pueblo de Dolores(8) la sonora voz de libertad con un puñado de paisanos, y sembré la primera semilla de aquella heroica virtud, a quien usted mismo debió su engrandecimiento y el Septentrión su desenlace de la España.
Esto fue lo que yo hice, cuando usted, joven, acreditado militar, coronel del regimiento de Celaya,(9) con resortes, dinero y amigos, se encontró con la opinión bien cimentada y aun apoyada por las prensas en España y América, y se decidió por nuestra causa. Es verdad que usted tuvo la gracia imponderable de reconcentrar esa opinión que estaba diseminada en todas las clases del Estado y que, aunque más tarde se habría reunido sin su auxilio, sin embargo la anticipación que usted le dio economizó mucha sangre que se debía haber derramado, cuya gloria a usted no se le debe defraudar, y la generosidad americana siempre recordará en su historia con la más tierna gratitud esta singular acción de usted. Pero no obstante esto, ¿quién de los dos hizo más, yo que sin auxilios ningunos sembré la semilla de la libertad y regué con mi sangre el campo árido, estéril y lleno de malezas; o usted que sobrado de auxilios no hizo más que juntar los frutos producidos por la semilla que sembré y mi sangre con que la cultivé? A esto debe usted agregar que siempre hubo menester el favor de los insurgentes, tales como Guerrero,(10) Bravo,(11) Alquisiras,(12) el Pachón,(13) etcétera, sin cuyos socorros oportunos acaso habría sido víctima del gobierno español; pues aunque se dice que este Apodaca,(14) Fernando VII y los padres de la Profesa(15) estaban de acuerdo con usted para hacer una aparente independencia, téngolo por vulgaridad. Lo primero porque el Borbón jamás había de decirle a Apodaca: “Di a los americanos que se llamarán independientes, con tal de que no los mande un virrey, sino un rey de mi dinastía que yo les enviaré.” Tal disparate no cupiera en la mollera de un frenético.
Lo segundo, porque sofocada la insurrección a merced de los repetidos indultos de Apodaca y de las repetidas exhortaciones de muchos curas, no tenía Fernando necesidad de aventurarse a semejante prueba. Así es que la gloria del Plan de Iguala es de usted, pero la del grito de libertad en el pueblo de Dolores es mía; y así como sin contar diez no se cuentan veinte y uno, así sin mi pronunciamiento el año de diez, no hubiera usted recogido ningunos laureles el año de veinte y uno.
ITURBIDE: Algo estoy convencido de esas verdades; pero usted, señor cura, no obró en la insurrección enteramente bien. A lo menos la retirada en el Monte de las Cruces(16) a las puertas de México, y derrotado el corto ejército de Venegas,(17) no tiene disculpa. Fue una imperdonable cobardía o miedo que usted tuvo a Calleja,(18) que le picaba la retaguardia; de modo que así como Morelos,(19) rompiendo la línea de circunvalación del famoso sitio de Cuautla,(20) manifestó el mayor valor que se puede ver en la historia, así usted, retirándose a las puertas de México después de derrotado completamente el enemigo, manifestó la mayor impericia militar y cobardía.
HIDALGO: No caracterice usted tal hecho de cobardía, sino de filantropía. Yo conocí el estado de fanatismo de los mexicanos en esa vez. La Inquisición(21)acababa de hacerme para con ellos demasiado odioso, calumniándome de incontinente, hereje, ateísta, materialista y qué sé yo qué más disparates. Mi tropa, superior en número a los miserables restos que pudiera haberme opuesto el gobierno español, y engreída con la victoria que acababa de obtener, habría arrollado con la Ciudad de México; y eso fue lo que yo quise evitar.
ITURBIDE: Pero, señor cura, ¿quién había de haberle hecho a usted resistencia en una ciudad desarmada y desguarnecida?
HIDALGO: ¡Oh, amigo! ¡Qué poco sabe usted de mundo! Los fanáticos, sí señor, los fanáticos que en el año de diez componían las tres partes y media de las cuatro de la población de México, es decir, casi todos, animados de los inquisidores y los frailes, habrían salido si no a vencerme, sí a resistir mi entrada, y tan temeraria resistencia la hubieran pagado con sus vidas, y yo no quise entrar triunfante entre lagos de sangre humana ni elevarme sobre los escombros de mis semejantes, y por eso desprecié aquella, al parecer venturosa, ocasión.
ITURBIDE: ¡Qué bien se conoce que usted era cura y no general ni político! El modo de economizar sangre, en estos casos, es derramar poca con terror y no mucha con benignidad y poco a poco. Si usted entra a México en esa vez, se ahorran las innumerables víctimas que de ambos partidos se sacrificaron por el largo espacio de doce años.
HIDALGO: Es verdad; todos tenemos nuestras faltas, y no fue la menor en usted haber ido a concluir su gloriosa carrera en manos de los Tamaulipas,(22)después de estar proscrito por la ley.
ITURBIDE: Esa proscripción ignoraba yo; pero ¡ah...!, los Tamaulipas hablan de ser los que... pero ni me acuerde usted semejantes hombres: los detesto y me llena de rabia su memoria.
HIDALGO: Con razón, estuvo el chasco bien pesado. Ello es que los dos tuvimos un desgraciado fin.
ITURBIDE: Ése es, por lo regular, el de los corifeos de las revoluciones.
HIDALGO: Pero dígame usted, ¿en qué estado está por ahora la Independencia y la República de la América?
ITURBIDE: Por un soldado que acaba de llegar en estos días de Veracruz,(23)despachado por el vómito prieto,(24) hemos sabido que aunque no están las cosas tan favorables como deseáramos, sin embargo prometen esperanzas.
HIDALGO: Sírvase usted explicarme con más claridad cómo está eso.
ITURBIDE: Pues, se dice por una parte, que el curso político de América lleva una marcha majestuosa, que hay una íntima y general unión entre todos los americanos para defender su Independencia, que el castillo de Ulúa(25) está para rendirse de un día a otro, que ya tienen una escuadra respetable, que la Gran Bretaña ha reconocido la Independencia y otras cosas a este modo; y por otra parte se asegura que hay enemigos interiores, que los españoles no cesan de maquinar en la reconquista de sus excolonias,(26) que el gobierno británico no confirma aún los tratados hechos en México,(27) lo que ha causado alguna baja en nuestros créditos mercantiles, que los ingleses se están haciendo dueños de la América y, en fin, de todo se habla, bien y mal como en todas partes, y yo creo que algo habrá de todo.
HIDALGO: Es verdad, así lo creo yo también. Es imposible que una nación recién emancipada de otra, donde no había mucha conformidad de opiniones, donde la superstición y el fanatismo habían fijado su domicilio por espacio de trescientos años, recién constituida, y constituida entre revolución, es imposible, repito, que tal nación en tales circunstancias y tan poco tiempo, lleve la marcha majestuosa que se asegura. No, es necesario que haya estorbos de cuando en cuando; así lo exigen las combinaciones políticas y el orden de las cosas humanas. Nada llega a la perfección luego que nace. La naturaleza es la que va desarrollando poco a poco las partes del animal o planta hasta ponerlas en todo su vigor; así me parece suceder con las naciones. Pero en fin, yo pienso que más se puede asegurar por la eterna libertad de los mexicanos, que por su nueva esclavitud.
ITURBIDE: ¡Oh!, eso sin duda. Hay sus yerros alguna vez en los gabinetes, y muy graves en algunos Estados, sus quejas y murmuraciones de parte de los agraviados y otras cosillas de éstas, porque, como usted dice, es fuerza que las haya en los principios; pero por lo que respecta al sistema que han adoptado de ser libres, están inexorables; y antes morirá el último mexicano que rendir la cerviz para ninguna real cadena.
HIDALGO: Me consuela muy mucho(28) el saber tal decisión de la boca de usted.
ITURBIDE: Como que soy un testigo irrecusable. Apenas me entronicé sobre ellos y ofendí la representación nacional,(29) cuando me desterraron a Liorna.(30)Volví a hacerles una visita de amigos, y recelosos de mi ambición, me despacharon para acá por la posta.(31) Conque si al que los hizo libres, lo matan, sólo porque fue rey cuatro días, ¿qué no harán con el que quiera hacerlos esclavos? Es tanto lo que aborrecen la tiranía de los monarcas absolutos, y especialmente la de Fernando VII, que no ha muchos días hicieron bailar a su majestad católica la manflorina(32) y luego lo fusilaron y ahorcaron...
HIDALGO: ¿Cómo? ¿Cómo está eso? ¿Pues qué, se atrevió Fernando a ir a la América? ¿Ha muerto ya el tirano de la España?
ITURBIDE: No, señor, no fue en persona. Lo que sucedió fue que el 16 de septiembre de este año el gobierno y muchos señores patriotas y extranjeros hicieron una función muy solemne, en memoria del glorioso pronunciamiento de usted por la libertad de la patria...(33)
HIDALGO: ¡Con cuánto gusto escucho a usted!
ITURBIDE: Se dio libertad a una porción de esclavos de ambos sexos, se pusieron bajo la tutela y protección de unos piadosos señores a unos niños pobres, hijos de los héroes sacrificados por la libertad, pronunció el licenciado Barquera(34) una oración patriótica y enérgica, y en ese día todo fue júbilo y alborozo.
HIDALGO: Como el que siente mi corazón al escuchar a usted, querido amigo, ya porque veo el fruto de mi sangre y ya porque, una vez que los mexicanos han probado en tan dulces trasportes cuánto vale su libertad, es imposible que la dejen se escape de sus manos. Pero cuénteme usted cómo estuvo esa tragedia de Fernando sin estar él presente.
ITURBIDE: Voy a satisfacer la curiosidad de usted. En esa noche hubo iluminación general y fuegos pirotécnicos o artificiales, como les llaman vulgarmente, y en uno de ellos apareció el busto de su majestad dando de vueltas, que era una bendición, y echando chispas por toda su real persona. Acabada esta mojiganga, con los mismos fuegos lo fusilaron y a lo último lo suspendieron en una horca de pie de gallo.(35)
HIDALGO: La travesura estuvo graciosa, aunque nada política, porque no nos debemos mofar del enemigo muerto o ausente.
ITURBIDE: Ello sería invención del cohetero.
HIDALGO: Lo supongo, y lo disculpo aun cuando hubiera sido del mismo Ayuntamiento.(36) Cada uno cosecha lo que siembra, y España no nos ha dado mejor ilustración. Me acuerdo de las teorías que hicieron con los retratos del inmortal Napoleón.
ITURBIDE: Y yo me acuerdo de los que hicieron con los de usted. En cierto convento de religiosas de México pusieron la figura de usted en cuatro pies como bestia(37) y encima lo montaba y espoleaba un chaqueta.(38)
HIDALGO: ¡Pobres necias! Merecen la misma disculpa.
ITURBIDE: Pero, ¿qué le parece a usted que harían con el augusto Fernando si lo hubieran a las manos?
HIDALGO: ¡Oh!, eso es bien conocido. Yo me alegro de tal entusiasmo, él asegura que sabrán sostener su libertad. Pero dígame usted, ¿cómo es eso de que los ingleses se van aposesionado de la América?
ITURBIDE: Así es, señor, están ya dueños del comercio y minas, y dentro de poco lo serán de la agricultura, villas y ciudades del Anáhuac.(39) Están injeridos en las negociaciones más interesantes, y además están comprando muchas haciendas y edificios, de suerte que ya los medianamente acomodados no hallan en México casas en que vivir.
HIDALGO: ¡Válgame Dios! ¿Y en qué piensan los mexicanos para hacer esta[s] ventas escandalosas a los extranjeros? ¿No advierten que a ese paso, dentro de pocos años, ya no serán sino unos huérfanos en su país, pues no tendrán ni un palmo de tierra qué sembrar ni un rincón en qué vivir? ¿No conocen que los ingleses no conquistan con plomo sino con oro? ¿No reflexionan que en cada venta de éstas que hacen a los extranjeros perjudican gravísimamente a sus hijos y a toda la nación, pues los millones que producen las fincas urbanas y rurales quedan en nuestras manos y después pasarán a países extranjeros, quedando la patria más miserable de año en año? Y, por fin, ¿no se les alcanza que si se les deja a los ingleses y otros extranjeros enseñorearse de nuestras tierras y casas, después no habrán ni razón ni justicia para despojarlos de ellas, como que las han adquirido con justo título, y no con el fraudulento de la Conquista? ¿En qué piensan estos vendedores de su patria? Y ¿qué dicen las Cámaras sobre esto?
ITURBIDE: Yo no sé lo que decretarán; pero sí he visto el proyecto de ley de El Pensador sobre esto.
HIDALGO: ¿Lo tiene usted presente?
ITURBIDE: Sí, señor, dice así:
PROYECTO DE LEY
1. No podrá adquirir bienes raíces en esta República el extranjero que no sea casado con americana y tenga hijos americanos.
2. Si fuere casado con americana y no tuviera sucesión por esterilidad de ésta, adquirirá los bienes raíces que pueda pasados dos años de su casamiento.
3. El extranjero casado con extranjera podrá adquirir, teniendo en ella dos hijos nacidos en este país.
4. Cualquier extranjero que se radicare en la República, poniendo en ella algún taller público, podrá adquirir después de presentar al respectivo ayuntamiento cincuenta muchachos perfectamente instruidos en el arte de su profesión.
5. No podrá adquirir dichos bienes ningún ministro extranjero, ningún tra[n]seúnte, mero comerciante, ni otro alguno a quien falten las cualidades dichas.
A estos cinco artículos se reduce el proyecto de El Pensador, y ciertamente me parecen acertados.
HIDALGO: A mí también, porque sin malquistarnos(40) con los extranjeros, aseguraríamos la libertad y opulencia de la patria.
Qué extranjero de juicio había de resentirse de un proyecto que, además de fundarse en el natural amor de la patria, les deja a todos abierta la puerta para hacer cuantas adquisiciones quieran, con tal de que proporcionen a la República unas ventajas que deben ser totalmente suyas y que redundan en beneficio de ellos mismos. Sean enhorabuena ricos con nuestra plata cuantos extranjeros quieran; pero séanlo en nuestra tierra, sin empobrecer la patria.
¡Gran dolor será que después de acoger con la más generosa hospitalidad a cuantos extranjeros vienen a vivir con nosotros, ellos, SIN SERVIRNOS DE NADA, sólo aspiren a su provecho, compren cuantas casas y haciendas puedan y se enriquezcan a nuestra costa, dejando a nuestra posteridad reducida a la miseria!
En tal caso, nuestros nietos dirían y con razón: “¿Qué beneficio les merecemos a aquellos Hidalgos, Allendes,(41) Aldamas,(42) Morelos,(43)Matamoros,(44) Bravos,(45) Victorias,(46) Guerreros(47) y tantos otros que leemos en los libros? Ellos dizque hicieron a nuestros padres libres de la dominación española a costa de su sangre y sus fatigas; pero los primeros legisladores, aquellos padres de la patria, ¿qué hicieron con su hija? Dejar que los ambiciosos propietarios americanos poco a poco la vendieran a la nación Británica. Sin esa condescendencia, y con una poca de energía, bien pudieron haber impedido esas adquisiciones que, sin perder el carácter de justas y legales, a nosotros nos constituyen en clase de colonos o peregrinos en nuestra misma patria.
Sí, señor, así se lamentarán nuestros nietos si las Cámaras, ahorrando discusiones, no dictan una ley enérgica, pronta y general, porque el mal es ejecutivo.
Señor de Iturbide, yo creo que la mayor parte de las condescendencias que tenemos con los extranjeros no es obra de prudencia, sino de miedo. Yo no sé hablar sino la verdad. Tememos a los ingleses por sus fuerzas, que unidos con las de la Liga(48) de los tiranos europeos, puedan reconquistarnos o hacernos sucumbir al sistema monárquico absoluto; pero ignoramos u olvidamos que las Américas son un Nuevo Mundo, esto es, que sólo en nuestro Septentrión cabe toda la Europa; que nuestras costas tan difíciles como malsanas, son unos castillos impenetrables para defenderlos, que tenemos recursos miles que desplegar, que rodeados de repúblicas de iguales intereses como Washington, Colombia, Buenos Aires, Perú, Chile, Guatemala, etcétera, contamos con otras tantas potencias amigas que se unirán a nuestra causa, así como nosotros nos uniríamos a cualquiera de esas repúblicas por defender su libertad; y, por último, la uniformidad de la opinión decidida a sacudirse sobre sí el yugo de los cetros de fierro. Conque si tales condescendencias son por temor, son muy infundadas. Sobran soldados en nuestra patria, sobra plata, sobran talentos y, lo que más, sobra el entusiasmo por la libertad. Anímese el poder legislativo, revístase de energía, dicte buenas leyes, ensanche, si quiere, al presidente, las facultades extraordinarias y todos los Estados y ciudadanos obren sin más interés que el bien de la patria, y veremos si faltan entre los americanos Aníbales, Scipiones, Arístides, Temístocles, Césares, Brutos y Pompeyos. Conozco a mi patria y a mis compatriotas: sé lo que son y lo que pueden ser. No falta más sino que los padres de la patria desempeñen este nombre como saben y pueden. Armas, fuerzas, soldados, armada, eso es necesario para sostener la Independencia, no papeluchos, ni ceremoniales diplomáticos. Los gabinetes europeos suelen guardar tanta fe como las verduleras de la Plaza del Volador.(49) En caso de duda, la historia desempeñará mi verdad. Las armas y la fuerza hacen aparecer con visos de razón los crímenes que se revisten con el nombre de justicia. Cortés hizo esclavos a nuestros padres, prostituyó sus hijas, les robó sus bienes y los redujo a la mísera clase de esclavos, bajo el pretexto de hacerlos cristianos, y tales delitos aparecieron como virtudes heroicas, autorizados nada menos que por el Vaticano.(50) Despertad, despertad hombres, despertad pueblos, ved cómo os fascinan y embrutecen a sombra de una religión que no conocieron ni conocerán vuestros opresores.
ITURBIDE: Mucho me entusiasma usted, señor cura.
HIDALGO: Amigo, amo a mi patria sin aborrecer a ningún semejante mío; por eso quisiera conciliar los intereses nacionales con los de los extranjeros, especialmente ingleses, cuyo gobierno nos prodiga tanta protección.
ITURBIDE: No mucha, señor cura. Oiga usted un artículo de Londres fechado en 9 del último agosto e inserto en el periódico del Águila(51) del sábado 29 del próximo pasado octubre. Dice así:
Londres, 9 de agosto
“El tratado no ha sido ratificado por este gobierno, y se devuelve a México por faltarle algunas formalidades, y para dar tiempo a que España y la Santa Liga se preparen a reconocer la Independencia de esos pueblos. Entretanto, no se recibirán aquí públicamente los ministros de esa República, lo que así parece tener significado mister Canning(52) al señor Michelena.”(53)
¿Qué dice usted, señor cura? ¿No está brillante la protección que nos dispensa el gabinete inglés?
HIDALGO: ¡Escandalizado me ha dejado tal noticia! ¿Conque no sólo no ratificó los tratados, sino que quiere dar tiempo a España y a la Liga, pues, no para que se preparen contra los mexicanos, sino para que reconozcan su Independencia? La medida será muy prudente; pero a mí no me parece muy segura. ¿De aquí a cuántos años reconocerá España nuestra Independencia, estando auxiliada de la Liga y sin contar nosotros con la protección de la Gran Bretaña? Jamás, nunca, ni menos las testas coronadas que resisten los sistemas republicanos; conque si para entonces ha de ratificar los tratados de Inglaterra, larga la llevamos.(54)
Por otra parte, si el gabinete inglés resuelve enlazar la amistad de su nación con la nuestra, así que España y la Liga reconozcan nuestra Independencia, ¿cuál es el favor que nos hace?
¿Por qué razón no quiere admitir públicamente a nuestros ministros? Esto es, no quiere reconocerlos con carácter público de tales al tiempo que nosotros obsequiamos a los suyos con la mayor cordialidad. A la verdad, o yo no lo entiendo o aquí hay gato encerrado.
ITURBIDE: Señor cura, por sí o por no, lo que me parece que conviene al gobierno de México es vivir con demasiada desconfianza. Apurar cuantos recursos pueda para mantener un pie de ejército de línea respetable y bien disciplinada, componiéndose de buena caballería su mayor parte; que se lleve a debido afecto la reforma y alistamiento de las milicias cívicas; que se compren muchos fusiles; que se abastezcan nuestros almacenes de parque; que no falte el ejercicio militar en las tropas, trayéndolas de un lugar a otro para que se acostumbren a la fatiga del camino y a la diversidad de climas; y, en una palabra, que estemos alerta y prevenidos, no sea que nuestra confianza nos exponga. Nada hay que confiar en nuestra miserable escuadrilla. En tierra hemos de esperar al enemigo, sea el que fuere, y en tierra los venceremos, siempre que no se nos olvide que el único medio de asegurar la paz, es vivir preparados para la guerra.
HIDALGO: Usted dice muy bien, señor Iturbide. Por mí estoy persuadido que en teniendo doscientos mil soldados que oponer a los enemigos, no necesitamos de que ninguna nación reconozca nuestra Independencia. Armémonos, cerremos nuestros puertos a las naciones que no reconozcan la Independencia de la América, y yo le aseguro a usted que éstas se darán prisa en reconocerla, pues que todas nos necesiten por nuestra plata, oro y frutos tan preciosos, y nosotros no necesitamos a ninguna, porque todo lo tenemos en casa. Pero es muy tarde y no he rezado el oficio divino. Hasta otra vez señor de Iturbide.
ITURBIDE: A Dios, señor cura.
México, 1 de noviembre de 1825.
El Pensador.
(1) Oficina del finado Ontiveros [Cf. nota 1 a La tragedia de los gatos...].
(2) Hidalgo. Cf. nota 74 a Impugnación que los gatos...
(3) Iturbide. Cf. nota 17 a La tragedia de los gatos...
(4) nuestra América. Si bien esta expresión está referida a México, existe el sentido de unión americana proclamado años después por José Martí.
(5) alborotar la jicotera. “Armar una jicotera”: meter bulla, camorra, algazara, chismorreo. Viene de jicote, abispa cimarrona. Santamaría, Dic. mej.
(6) Plan. El de Iguala. Cf. nota 35 a La tragedia de los gatos...
(7) Querétaro. Cf. notas 30 a Una buena zurra... y 13 a Disputa de los congresos ...
(8) Dolores. Cf. nota 5 a Calendario para el año...
(9) Celaya. Cf. nota 5 a Las sombras de Concha...
(10) Guerrero. Cf. notas 35 y 36 a La tragedia de los gatos...
(11) Bravo. Cf. nota 78 a Impugnación que los gatos...
(12) Alquisiras. Cf. nota 82 a Impugnación que los gatos...
(13) Pachón. Cf. nota 184 a Calendario histórico...
(14) Apodaca. Cf. nota 47 a La tragedia de los gatos...
(15) Profesa. Antiguo convento jesuita que está situado en la esquina noroeste de las calles de San Francisco y San José El Real (actualmente Francisco I. Madero e Isabel La Católica). El templo se dedicó el 28 de abril de 1720; al ser expulsados los jesuitas en 1767, el edificio sirvió de vivienda a los colegiales de San Ildefonso hasta 1771 en que fue ocupado por los padres del Oratorio de San Felipe Neri. En 1774 los felipenses establecieron una casa de ejercicios anexa al templo y posteriormente encargaron a Tolsá que construyera otra más suntuosa, la cual quedó terminada en mayo de 1802. El templo ha sido conservado para el culto y hacia 1861 comenzó a demolerse la casa de ejercicios para abrir la calle 5 de Mayo. Cf. Leduc, Lara y Pardo y Roumagnac, Diccionario de geografía, historia y biografía mexicanas, op. cit., p. 782.
(16) monte de las Cruces. Cf. nota 39 a Impugnación que los gatos...
(17) Venegas. Cf. nota 35 a Impugnación que los gatos...
(18) Calleja. Cf. nota 36 a Impugnación que los gatos...
(19) Morelos. Cf. nota 75 a Impugnación que los gatos...
(20) Cuautla. Cf. nota 52 a Calendario histórico...
(21) Inquisición. Cf. nota 16 a Calendario histórico...
(22) Tamaulipas. Cf. nota 16 a Las sombras de Concha...
(23) Veracruz. Cf. nota 53 a Impugnación que los gatos...
(24) vómito prieto. O fiebre amarilla. “En Veracruz reina la fiebre amarilla (vómito prieto): empieza a hacer estragos desde principios de abril, continúa tomando cuerpo por toda la estación de las lluvias, especialmente en julio y agosto, y no empieza a ceder sino hasta octubre en la estación de los nortes. En las costas de México esta enfermedad es mucho más mortífera que en el resto del globo, y los mexicanos le dan el nombre de vómito prieto a causa del color lívido de las materias que arroja el enfermo.” José Ma. Luis Mora, México y sus revoluciones, prólogo de Agustín Yáñez, México, Editorial Porrúa, 1950 (Colección de Escritores Mexicanos, 60), t. II, p. 17. Fernández de Lizardi escribió sobre esta enfermedad en Pulgas y vómito prieto anuncian el día del juicio, folleto de 1823, en Obras XII, op. cit., pp. 227-233; también, del mismo año, en Ataque al castillo de Veracruz y prevenciones políticas contra las Santas Ligas, ibid., p. 444.
(25) castillo de Ulúa. Cf. nota 55 a Impugnación que los gatos...
(26) En Segundo ataque al castillo de San Juan de Ulúa, de 1823, Lizardi asegura que los negros de las haciendas de Temixco, San Gabriel y otras estaban armados, y que en una de ellas se atrevieron a proclamar a España. Obras XII, op. cit., p. 461. “Creíase, tal vez de buena fe, que peninsulares radicados en México serían un elemento adverso á la independencia, porque reconocido el patriotismo español no era fácil suponer que no pusiese los medios que estuvieran á su alcance, ni de favorecer todo intento para que la metrópoli recobrase su antiguo poderío en América. En esto había más pasión que verdad, más miedo que razón; los españoles arraigados en México habían formado familias, fincado bienes y establecido industrias que podían llamarse enteramente nacionales.” México a través de los siglos, op. cit., t. IV, p. 118. Desde luego existió la conspiración de Joaquín Arenas. Carlos Ma. de Bustamante da noticia de que, del 27 al 28 de noviembre de 1824, hombres a caballo recorrieron las calles de San Luis Potosí gritando “¡Viva España!”; dice también que en aquella ciudad un americano “oyó leer en una concurrencia de Gachupines á un tal Toscano una carta de España en la que le dicen que los Españoles no deben por ahora hacer el menor movimiento hasta el mes de Mayo que aparecerá la Expedición [...] también en Querétaro tenemos síntomas de iguales conmociones.” Diario histórico de México, op. cit., t. III, p. 167. Bustamante denunció otra posible conspiración, en estrecho contacto con La Habana, en Campeche, en 21 de diciembre de 1824; ibid., p. 170. También sospechaba que en la legislatura de Yucatán había afectos al partido español dispuestos a unirse a la supuesta expedición de Cuba. Idem.
(27) Cf. nota 10 a Segunda zurra...
(28) muy mucho. Se usa con el significado de mucho en el lenguaje familiar, en frases enfáticas. M. Moliner, Diccionario de uso del español, op. cit., p. 468.
(29) Cf. nota 45 a Qué mal hará...
(30) Cf. nota 17 a Pésame de El Pensador...
(31) despachar por la posta. Con prontitud, prisa, presteza o velocidad.
(32) manflorina. Posiblemente signifique un papel afeminado porque manflorita es variante de manflor (o manfloro): hermafrodita y, por extensión, afeminado.
(33) Desde 1825 hasta la fecha continúa celebrándose el inicio de la Independencia de México.
(34) Juan Wenceslao de la Barquera (1779-1840). Dirigió el Diario de México de 1806 a 1810. Simpatizó y colaboró con el movimiento de la Independencia. Del 19 de noviembre de 1805 hasta 1808 publicó cartas y discursos entre los que destaca la serie “La filosofía de las costumbres”, en el Diario de México. Escribió varias afirmaciones acerca de la conveniencia o inconveniencia de las nodrizas y la necesidad de cuidar la elección de ellas (citadas por Fernández de Lizardi en La Quijotita y su prima, en Obras VII, op. cit., p. 25). Editó en 1808 el Semanario Económico, y después El Mentor Mexicano. Formó parte del grupo Los Guadalupes. A raíz de la Independencia tuvo a su cargo la redacción de la Gaceta Oficial. Fue senador, ministro de Tribunal de Guerra y Marina, y ministro del Supremo Tribunal de Justicia del Departamento de México. El texto aludido es Oración patriótica que pronunció el ciudadano licenciado Juan Wenceslao Barquera, socio que fue de la junta secreta de Los Guadalupes, el 16 de septiembre de 1825 por encargo de la Junta Cívica, recibida en esta capital con el preciso objeto de celebrar con la debida solemnidad el primer grito de libertad en el pueblo de Dolores, hoy Villa de Hidalgo, el 16 de septiembre de 1810, por los primeros héroes de la patria, México, Imprenta de la Federación, en Palacio, 1825.
(35) pie de gallo. Planta simarrubácea (alvaradoa amorphoides). Santamaría, Dic. mej.
(36) Ayuntamiento. Cf. nota 2 a Mañas viejas...
(37) No es de extrañar que le hicieran esto en el ambiente agresivo del momento. Como prueba, en ese entonces se escribió el Anti-Hidalgo. Cartas de un doctor mexicano al bachiller Miguel Hidalgo y Costilla, ex-cura de Dolores, ex-sacerdote de Cristo, ex-cristiano, ex-americano, ex-hombre y generalísimo capataz de salteadores, México, Oficina de don Mariano de Zúñiga y Ontiveros, 1810.
(38) chaqueta. Cf. nota d a Breve sumaria...
(39) Anáhuac. Cf. nota 19 a La tragedia de los gatos...
(40) malquistarnos. Malquistar es poner a mal a una persona.
(41) Allendes. Usando sinécdoque alude a Ignacio Allende. Cf. nota 75 aImpugnación que los gatos...
(42) Aldama. Cf. nota 13 a El ángel que anoche...
(43) Morelos. Cf. nota 75 a Impugnación que los gatos...
(44) Matamoros. Cf. nota 77 a Impugnación que los gatos...
(45) Bravos. Leonardo y Nicolás Bravo, Cf. notas 69 y 78 a Impugnación que los gatos...
(46) Victoria. Cf. nota 55 a La tragedia de los gatos...
(47) Guerrero. Cf. nota 36 a La tragedia de los gatos...
(48) Liga. Cf. nota 27 a La tragedia de los gatos...
(49) Plaza del Volador. En los bajos de Palacio estaban las cocheras y algunos cuartos entresolados destinados a las habitaciones de los gentiles hombres de los virreyes. La Plaza del Volador se encontraba situada al costado sur del Palacio, en un tramo de la calle de Meleros, hoy segunda calle de la Corregidora, esquina con Pino Suárez y Venustiano Carranza. Anteriormente fue conocida como Plazuela de la Real Universidad. Durante mucho tiempo en la plaza se verificaron corridas de toros y espectáculos populares; se erigió un mercado, y, finalmente, se edificó ahí la Suprema Corte de Justicia.
(50) Cf. nota 217 a Observaciones que El Pensador...
(51) Águila Mexicana, año III, núm. 197. Cf. nota 54 a La tragedia de los gatos...
(52) Canning. Cf. nota 2 a Generosidad de los ingleses...
(53) José Mariano Michelena (1772-1852). Precursor de la Independencia. Fue diputado al Congreso Constituyente; miembro del Poder Ejecutivo (1823-1824). Este artículo del Águila Mexicana (año III, núm. 197, 29 de octubre de 1825) continúa diciendo, en la página 4: “Confesamos ingenuamente que no alcanzamos este misterio. Partiendo del principio cierto de que la Inglaterra ha procedido y procede de buena fe en su política actual respecto de las Américas: que las relaciones de estos países le interesan tanto como a nosotros las suyas, y sobre todo que ha ratificado los tratados de Colombia que sólo discrepan de los de México, en la excepción de reciprocidad, cuando se trate de concesiones otorgadas a las Américas, que han conquistado su independencia de la España, no cabe en el juicio que los nuestros hayan dejado pasar por falta de algunas formalidades: y entretanto creemos que después de cortas dilaciones y dificultades semejantes a las que este negocio tuvo en su origen, para que en todo se verifique la reciprocidad, tendrá lugar la ratificación del gobierno inglés. Por otra parte ¿cómo la Inglaterra había de esperar ahora que nos reconociese la España, cuando su obcecado gobierno no ha reconocido aún formalmente la independencia de los Países Bajos? Lo cierto es que estos rumores habían influido notablemente en la alteración de los negocios mercantiles; y que todo empezaba a restablecerse al antiguo orden en virtud de las seguridades que Mr. Canning había dado a los principales comerciantes ligados con la suerte de las Américas, y son las mismas que ya había prestado en la Cámara de los Comunes en la sesión del 2 de julio Mr. Peel, secretario de estado del interior, a saber: que el reconocimiento de los nuevos estados americanos no había sido, ni sería modificado en un ápice por ninguna intervención extranjera. En cuanto al recibimiento de los plenipotenciarios americanos, sólo podemos decir que en la misma sesión se hace cargo al ministerio inglés de no haber presentado todavía al rey el ministro de Buenos Aires con las formalidades de estilo. E. (Oriente).”
(54) larga la llevamos. Fernández de Lizardi ya había usado esta expresión enSexto ataque al castillo de Ulúa en Obras XII, op. cit., p. 493. Ahí escribe: “He oído decir que los angloamericanos están fomentando a Lemour [...]. En este caso, y si el castillo no es tan débil como algunos dicen, larga la llevamos [...] como no les falte qué comer ni pólvora con qué hacer fuego, nos estarán incomodando mucho tiempo.”