DIÁLOGO ENTRE LA SOMBRA DEL SEÑOR REVILLAGIGEDO,
Y LA DE UN MACERO(2) DE ESTA CAPITAL
CONDE: ¡Oh amigo Camilo, y que habéis ya venido a habitar estos campos espaciosos donde vive la verdad y el desengaño!
MACERO: Sí, conde, la muerte conduce a estos lugares con igual rapidez a los virreyes y a los maceros.
CONDE: Alégrome de vuestra venida sobremanera, porque fuisteis en el mundo hombre de bien y amigo de la verdad, y este carácter no podéis mudarlo en los alcázares propios de su morada.
MACERO: Es así.
CONDE: Decidme, pues, ¿qué se dice de mí en el mundo, especialmente en México?
MACERO: ¡Oh amigo! Vos no habéis muerto en vuestra fama; todos os prodigan mil elogios, y por todas partes resuenan las más sinceras alabanzas a la memoria de vuestro nombre.
CONDE: ¿Es posible?
MACERO: Sí, señor.
CONDE: Estoy por dudarlo.
MACERO: ¿Y por qué?
CONDE: Porque no fueron tan generales esos aplausos cuando goberné aquella ciudad.
MACERO: Eso no os debe hacer vacilar para creer lo que digo. ¿No sabéis que el constante carácter de los mortales es no estar satisfecho con nada, por bueno que sea?
CONDE: Es cierto, y esto se verifica mejor en los súbditos que jamás creen tener un superior que llene las obligaciones de su ministerio, sea quien fuere el que mande y sea cual fuere el grado de su superioridad; pero bien sabéis que aún viven algunos de los que pusieron notas a mi gobierno, y por esto me hace fuerza hayan mudado de parecer.
MACERO: Pues así es. Yo no oí a nadie hablar sino con alabanza e interés de todas vuestras providencias, y acaso no hay virrey más nombrado que vos.
CONDE: ¿Conque llegaron a convencerse los mexicanos de que todos mis desvelos se dirigían a su felicidad?
MACERO: Sí, señor.
CONDE: ¡Oh ingrata propensión de los mortales, que muerdes al benefactor al recibir el beneficio y lo alabas cuando ya no puede lograr la satisfacción de las alabanzas! ¡Cuántos pasean estas moradas con la misma queja que yo!
MACERO: Eso debe consolaros, señor conde.
CONDE: Sí; y más me consuela saber que yo no trabajé por el pueril interés de oír los suaves susurros de la lisonja, sino por felicitar a aquellos súbditos en cumplimiento de mi instituto.
Y a la verdad, decidme: ¿no me debe ser dulce y grata la memoria de que mis afanes no se perdieron en el todo, pues les hice mil beneficios a aquellos habitantes? ¿Cuántas culpas, cuántos robos y desgracias no se habrán evitado con la providencia del alumbrado? ¿Cuántas epidemias no se habrán excusado con la limpieza de las calles? ¿Qué hermosura no se añadió a lo exterior de Catedral con haber quitado aquella indecente cerca de piedra que guarnecía su cementerio a modo de cerca de un corral de vacas? ¿Qué comodidad y hermosura no di a la ciudad cegando las acequias, dilatando las tarjeas, empedrando las calles, poniéndolas ánditos(3) o banquetas, numerando sus casas, etcétera, etcétera, etcétera? De todo esto debe haber resultado un incalculable número de beneficios a los mexicanos; y sólo el acordarme de que los reciben por mi celo y actividad, me es de lo más lisonjero; porque el corazón noble no debe tener otro carácter que el de beneficio, y los beneficios los debe hacer sólo por hacerlos y sin más interés que ser útil a los demás. Os aseguro que mis deseos eran más que mis obras, y a pesar de algunas ingratitudes, hubiera hecho más en aquella capital si hubiera durado más en ella.
MACERO: Así lo creo yo, y me parece que todos están persuadidos de lo mismo.
CONDE: Pero decidme: ¿México ya será una de las más hermosas ciudades del universo? ¿Se ha adelantado mucho en su policía? ¿Están todas las calles empedradas y con banquetas y tarjeas? ¿Se ha extendido su caserío? ¿Hay faroles hasta en los más escondidos arrabales? ¿Se han añadido nuevos y hermosos paseos? ¿Se han compuesto los pocos malos que había? ¿Están las calles muy limpias? ¿Se ha logrado que no se vean tirados en ellas a los ebrios? ¿Se ha conseguido desterrar la vergonzosa desnudez de la plebe? ¿Y se han puesto en ejecución todas aquellas ideas que dejé dibujadas en los pocos días de mi gobierno?
MACERO: No, señor, nada hay de cuanto preguntáis. Apenas ha quedado una sombra o ligera señal de vuestros afanes. Las más de las calles están mal empedradas, sin ánditos, y con los pestilentes caños por enmedio. No sólo no hay alumbrado en los arrabales: pero aun falta en algunas calles principales. Casas nuevas son muy pocas las que se han añadido. Paseos ninguno hay de más de los que dejasteis y éstos no han tenido ningunas creces, y sí mucho deméritos; una yunta de bueyes cabe por el menor agujero de la cerca de la Alameda. La acequia de la Orilla,(4) paseo que vuestra excelencia mejoró tanto, está llena de yerbas y chichicaxtle,(5) de modo que en partes se les dificulta a las canoas pasar de una a otra orilla. Las calles están como antes; la diferencia es que antes estaban los muladares juntos frente cada casa de vecindad y ahora están regados o esparcidos por lo largo de las calles y no penséis, los mayores muladares están en los parajes más públicos y decentes, como verbigracia en la Plaza de Armas, en los alrededores de Palacio, cementerio de Catedral, Portales de Mercaderes, las Flores y Diputación,(6) calle de Portacoeli(7) y Acequia,(8) etcétera, etcétera. Es menester por estos lugares, y casi por todo México, andar con mucho cuidado para no pisar en blandito. Esto es por la limpieza; por lo que toca a los ebrios están a sus anchuras como antes, nadie los incomoda porque se tiren en la calle en pelota: gozan en el día de una paz octaviana y bendicen la hora en que fue vuestra excelencia removido a España, porque los tenía en un puño. Si preguntáis por los encuerados, debo deciros que no hay tierra en el mundo en donde la plebe se acredite mejor de hija de Adán que en México: siempre están como la taba, para ellos lo mismo tienen las manos y la cara para descubrirlas, que el monte de Venus. Canalla más sinvergüenza que ésta yo ni la he visto, ni creo la haya en el mundo. Últimamente, todo está así, y no sé cuando cuándo dejará de estar.
CONDE: Hombre, me has contristado con tales nuevas. Pues dime ¿y qué hacen los actuales regidores que no procuran remediar estas cosas?
MACERO: Qué sé yo, a mí me dicen que hacen lo que pueden; pero yo creo que pueden poco, aunque hagan mucho. Como no hay dinero para todo esto, por eso no se hará.
CONDE: No me convence la disculpa. ¿Qué caudales pusieron a mi disposición cuando entré al gobierno de aquella ciudad? Bien se sabe los que fueron. El pueblo, sí; el pueblo es el fondo de donde debe salir el metálico necesario para favorecer al mismo pueblo, y mientras haya pueblo no puede faltar moneda.
MACERO: No lo entiendo.
CONDE: Pues está claro; las multas y la vigilancia para que se cobren junta e irremisiblemente a los infractores, hacen todo el costo necesario para llevar a puro y debido efecto las mejores providencias de policía. Pongan los señores regidores muchos celadores hombres de bien y no se perdonen los doce reales al que se ensucie o tire una pajita en cualquier calle, y verán la ciudad limpia y aseada. Hagan lo mismo con los ebrios y se abstendrán de escandalizar a ojos castos con su obscena y mal tolerada desnudez, y así de todo.
MACERO: Vuestra excelencia dice muy bien, señor conde. ¡Ojalá y así se haga en lo de adelante!
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) macero. Se dice del que nada concede en un contrato. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(3) ánditos. Aceras de una calle.
(4) la orilla. Cf. t. II, núm. 17, nota 6.
(5) chichicaxtle. Nombre común de varias urticarias mexicanas. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(6) portales de Mercaderes, las Flores y Diputación. Para el primero y el segundo, cf. t. III, núm. 5, nota 5. El de Diputación es el ocupado en la actualidad por el Gobierno del Distrito Federal.
(7) calle de Portacoeli. Hoy Venustiano Carranza.
(8) Acequia. Acequia, hoy calle de la Corregidora Josefa Ortiz de Domínguez.