DEFENSA DE UN GACHUPÍN QUE QUIEREN ARCABUCEAR(1)
Por El Pensador Mexicano
Dotado de una fibra sensible, no puedo ver con indiferencia las desgracias de mis semejantes, y mucho menos las de unos hombres beneméritos que, decididos a defender la libertad de nuestra patria, han peleado con tesón, exponiendo mil y mil veces su vida en la campaña.
Tal es el infeliz español Juan Galindo(2) que, lleno de méritos y heridas, yace en el calabozo quinto de la Inquisición,(3) esperando la muerte a que lo ha sentenciado el Consejo de Guerra Ordinario por un homicidio que se le acusa de alevoso, aunque según lo que él me ha dicho no merece tal calificación. Yo no he visto la causa, ellas acaso ministrará pruebas para su defensa.
Se me dirá que ésta se le hizo en el Consejo, y yo diré con Galindo que o fue débil, no por falta de honradez ni instrucción del defensor, a quien supongo adornado de todas las virtudes necesarias, sino acaso por falta de energía, pues la mejor oración mal pronunciada pierde todo su mérito ante el concurso que la escucha, o si esto no fue, tal vez la causa estaría viciosa y esto hizo que los jueces mal impuestos fallaran contra el pobre Galindo.
Yo quiero ahora constituirme su defensor y probar ante el público que no merece la pena capital, y para esto asiento dos proposiciones, a saber:
Primera: la muerte no fue alevosa.
Segunda: aun cuando se le pruebe tal carácter, se debe conmutar la pena de muerte en otra menos cruel, atendidos los constantes méritos y sacrificios de Galindo.
PROPOSICIÓN PRIMERA
La muerte no fue alevosa
Dice Galindo que estaba cansado de intimarle al que mató que no fuera a su casa: prohibición que estaba muy en sus derechos. A pesar de esto, una tarde en que éste estaba durmiendo siesta, llegó a su casa Juan Cruz (éste es el nombre del difunto), pidió a la esposa de Galindo que le trajera una lumbre; ésta le resistió la entrada, y él la maltrató de palabra. A las voces despertó éste colérico, ya con sólo su presencia, y más al verlo armado de un puñal, de que con anticipación se había prevenido: cogió un sable, pero [sic] no pudiéndolo manejar por estar manco. Cruz, en tal confianza, le tiraba de puñaladas; entonces tomó una lanza, huyó Juan Cruz y Galindo colérico corrió tras él y lo clavó a distancia como de cincuenta varas. Quizá a esta distancia y a haberlo matado por la espalda se atribuye la pretendida alevosía; pero es necesario alegar en favor de Galindo que la cólera del hombre no se puede medir con ningún tiempo general. Pedro, flemático por naturaleza, no se encolerizará sin un motivo muy justo, y aun así se le pasará la cólera en tres minutos; y Juan, hipocondríaco y bilioso, se irritará más pronto y su cólera no cederá, o no lo dejará reflexionar con calma en ocho o más minutos.
La cólera es una pasión que furiosamente ciega al hombre, privándole por ratos del uso libre de la razón. Esto es lo que no debe olvidar ningún juez para distinguir al asesino alevoso del homicida airado, y en este segundo caso se halla Galindo. Él mató a un hombre, es verdad, pero éste fue un hombre provocativo que fue a su casa armado de un puñal, no para hacer halagos a Galindo, sino para atentar contra su vida; así es que no mató a un hombre indefenso, desarmado, sin motivo y a sangre fría, sino a un negro osado que fue a su casa a provocarlo armado de un puñal. Él sólo fue el autor de su muerte: si él no hubiera ido a la casa, no se hubiera irritado Galindo, y de consiguiente no lo habría muerto. Por todo lo cual aparece probado que la muerte se hizo por repeler a un agresor injusto y armado: se ejecutó en los momentos ciegos de la cólera; de consiguiente, no fue alevosa.
PROPOSICIÓN SEGUNDA
Aun cuando se le pruebe tal carácter, se debe
conmutar la pena de muerte en otra menos cruel,
atendidos los constantes méritos y sacrificios de Galindo
Ningún hombre está exento de defectos. Nemo sine crimine vivit:(4) el hombre mejor es el que tiene menos delitos. Por este principio distinguen las leyes al simple delincuente por una vez del vicioso y consuetudinario: a éste se le aplica la pena con todo rigor, y a aquél se le mitiga con prudencia. No toda muerte que parece alevosa lo es en efecto ni trae anexa la pena de la vida. Entre las circunstancias que despojan tales homicidios del carácter de aleves no es la menos seria el estado del entendimiento en que se debe considerar el matador en el acto del asesinato. La perturbación intelectual es una disculpa muy poderosa en pro del agresor, y por esto no se le aplica la pena de muerte al loco que mata un hombre, aunque éste esté dormido. Pues en igual o más perturbación se halla un hombre poseído de una vehemente cólera: él entonces es un ciego y un loco furioso que ni sabe lo que hace ni prevee los riesgos que le amenazan. Por eso muchos se han ensartado en las espadas de sus enemigos, otros se han matado a sí mismos, no pudiendo vengarse, y otros, en fin, se han caído muertos, desorganizando la máquina material la vehemencia de una pasión tan fiera.
En tal caso de ceguedad se hallaba Galindo cuando mató a su enemigo: éste debía haberlo matado a él si no hubiera sido tan cobarde, pues si al ver cerca de su cuerpo la punta de la lanza de Galindo, ceja un poco, ésta pasa sin dañarlo, y él, afianzándola, hasta se va sobre Galindo con el puñal y lo asesina. He aquí el riesgo a que expuso la cólera a Galindo.
Mas prescindiendo de esto y permitiendo sin conceder que éste no fue provocado por su enemigo, que en vez de puñal fue a obsequiarlo con un ramo de flores, y que Galindo ingrato, sin motivo ni cólera, mató a aquel infeliz inocente, ¿qué diremos? Que fue un pérfido, alevoso y digno por las leyes de la pena de muerte.
¿Pero acaso las leyes siempre se llevan a efecto? ¿No ha lugar la conmutación de unas en otras muchas veces? ¿Los méritos muy distinguidos no son bastantes a suavizar la pena merecida por un delito casual o imprevisto? ¿Al señor Iturbide(5) no le sirvió de parco(6) el innegable mérito que contrajo con su patria? Pues, ¿por qué a Galindo no le han de favorecer iguales excepciones? Vea el público quién es Galindo, e infiera quién sería el negro que mató, siendo éste vicioso, jugador y de los de su clase de Cuautla Amilpas,(7) que siempre han sido y serán eternos enemigos de los blancos y de la libertad de la patria.
Galindo es un pobre gachupín, liberal y filantrópico por principios que, habiendo sido traído a este Continente con las tropas españolas en el año de [1]811, al momento que conoció la justicia de nuestra causa, desertó de ellas y se pasó a las nuestras bajo las órdenes del general Rincón,(8) sujeto entonces al mando del señor Bravo;(9) allí comenzó su carrera en la clase de soldado; asistió en diez y ocho acciones de guerra muy peligrosas; sirvió en veinte y siete campañas más, dirigidas por los señores Guerrero(10) e Izquierdo;(11) en una de éstas fue hecho prisionero y permaneció once meses en una bartolina de la cárcel de Valladolid,(12)donde como a gachupín le aumentaban las penas sus paisanos malos, dándole de mal comer cada veinte y cuatro horas, llenándolo de insultos sus centinelas y privándolo aun del consuelo de la luz que Dios tan liberal reparte a los brutos y aun a los seres insensibles. Jamás este gachupín heroico, ejemplo de constancia y patriotismo, y vergüenza de algunos americanos cobardes, jamás, digo, nunca se indultó. Diez y seis heridas mortales recibió en las campañas; su cuerpo está hecho una criba de cicatrices (me consta) y además, inutilizado de la mano derecha, ¿y será posible..., terrible Dios de la justicia y la venganza, que acabemos de derramar la apreciable sangre de un español que con ella misma ayudó a sostener los derechos de nuestra santa libertad? Yo no lo puedo creer de tu alta Providencia, Ser Eterno, ni menos de la justificación de los señores vocales del Consejo Supletorio de la Guerra, ante quienes este desgraciado deberá interponer por último recurso su apelación. No: la nación toda, la Europa misma, el Dios Eterno lanzarían anatemas sin fin si confirmara el Consejo Supletorio de la Guerra la sentencia de muerte dada por el Ordinario contra Galindo. Éste pudo proceder equivocadamente por vicios de la causa o falta de advertencia, pero aquél no puede alegar tal disculpa después de los que digo.
Éste es Galindo, un gachupín, pero tan patriota en la América como Quiroga(13)en España. Éste por su patria no arriesgó más que lo que Galindo por la nuestra: su vida, su existencia; con la notable diferencia de que Quiroga defendía sus derechos defendiendo su patria, éste no defendió sino los nuestros.
Tan esclarecidas virtudes, servicios y trabajos, graduaron poco a poco a Galindo hasta hacerlo la nación capitán, con grado de teniente coronel, con que hoy se halla con media paga. ¡Que tal! ¿No honrará demasiado a la nación y a su gobierno la noticia de que después de haber perdonado, y aun distinguido con honores y grandes sueldos a muchos individuos, que desde el año de [18]11 hasta el de [18]21, emplearon su espada, su talento y prestigio en matar americanos, ahora quiera descargar con todo furor la cuchilla de la ley sobre otro español que igual tiempo expuso su vida por defendernos, y esto por el inaudito crimen de haber matado, ¿dizque alevosamente a un hombre?
¿Y quién fue este hombre? Un negro tunante, envuelto en una frazada, jugador de profesión, a quien en el acto de caer muerto se encuentra con el puñal en la mano y se le caen tres barajas del sombrero; un negro alevoso que va a provocar a la mujer de Galindo, estando éste durmiendo; y, por fin, un negro de los de Cuautlaque sirvieron desde la batalla de las Cruces(14) contra los defensores de la patria y continuaron siendo enemigos de la Independencia hasta el año de [18]21. ¿A cuántos patriotas americanos mataría este negro con ventaja? Tal vez, sí, yo lo creo, el Ser Supremo, el vengador del inocente oprimido, se valdría de la lanza de Galindo para que hubiera expiado con una muerte temporal la eterna que merecería por sus ocultos crímenes. Comparen los sensatos la conducta y servicios del matador con el muerto, y digan si Galindo merece la pena capital.
Jamás abogaré por la impunidad de los delitos, ni menos por los verdaderos asesinos; pero en un caso como el presente, en que la presunción está a favor del homicida, cuando éste se halla provocado, cuando su cólera lo disculpa y sus méritos lo recomiendan, parece que la justicia exige que se le conmute la pena en la menos dura que se pueda.
Si nuestra legislación fuera tan rígida como la de los atenienses y espartanos, si apenas se cometieran los delitos cuando se vieran castigar, y si todos los magistrados fueran inexorables en cuanto a la observancia de las leyes, yo pulsara otras dificultades para disculpar a Galindo; mas por desgracia no es así. ¿Cuántos ladrones y asesinos de por vida, y cuyos delitos se hallan bien probados, no depositan nuestras cárceles? ¿Cuántos, después de haber cometido crímenes atrocísimos, no componen, como suelen decir, y salen a pasear impunemente? Verdad es ésta lastimosa, pero que no se puede desmentir. Numérense los asesinatos que se cometen anualmente en México con carácter de aleves, cuéntense también los reos ejecutados por tales homicidios, y se verá que los castigados con pena capital no corresponden ni al diez por ciento de los delincuentes. Esta indulgencia es verdaderamente peligrosa, y ella hace que haya hombres que repitan excesos sobre excesos, muertes sobre muertes, y que cuando por fin pierden una vida en un suplicio, ya han quitado cuatro, seis o más a sangre fría.
Pues ¿por qué cuando nuestra índole es tan suave que parece que teme castigar a los criminales, y aun es tan generosa que, en los momentos de una revolución ya vencedora, capitula con sus enemigos, los tolera en su seno y los protege, por otro lado, ha de aparecer tan severa que descargue todo el rigor de la ley contra un valiente defensor de nuestros derechos por un yerro a todas luces disculpable?
Los enemigos de nuestra Independencia tendrían un día de gloria en el que fusilaran a este desgraciado gachupín. Ellos se dirían unos a otros: he aquí cómo pagan los americanos a los que mejor les han servido.
No puedo persuadirme a que el Consejo Supletorio de la Guerra lleve adelante la primera sentencia: los dignos vocales que lo han de componer considerarán cuanto llevo expuesto, tendrán presente que el sumo rigor de la ley es una suma injuria,que pueden conmutar la pena que merezca Galindo, que éste es acreedor a tal indulgencia, así por las circunstancias del hecho, como por los recomendables servicios que ha prestado constantemente a la nación; y, por último, que del difunto nada hay ya que esperar, y de Galindo mucho.
Concluyo protestando que no tengo más interés en que se prolonguen los días de la existencia de este infeliz, sino el considerarlo español, aborrecido de sus paisanos que no piensan como él, casado con una pobre americana, disculpable ante la ley, y, por fin, lleno de méritos y de heridas que ha contraído y recibido en defensa de nuestra libertad.
México, julio 28 de 1825.
El Pensador.
NOTA. Ayer salió de la imprenta de Cabrera(15) un papel titulado: La confusión y el pudor recaen sobre El Pensador, del que aparece autor el bachiller José María Díaz Gamboa,(16) y pues éste me honra llamándose mi amigo, acepto su amistad, y acabados pleitos. Mucho más cuando me aseguran que el legítimo autor del papel desvergonzado que refuté es el mismo Gabino Baños(17) de marras, contra quien tengo un juicio pendiente y había echado en olvido por pura bondad mía; pero pues no se enmienda, ya nos veremos. Este último papel no merece contestación. Sobre si yo les tuve miedo cuando vinieron a sorprenderme,(18) tengo testigos de lo contrario, y si lo dudan repitan la experiencia. Ellos siendo seis no se atrevieron a hablarme una palabra sobre el objeto de su misión, ni aun atinaban con la puerta para salir. De esto también tengo muchos testigos.
(1) México, Oficina de don Mariano Ontiveros [Cf. nota 1 a La tragedia de los gatos...], 1825. Gachupín. Cf. nota 22 a Breve sumaria...
(2) Juan Galindo. En el número 17 del Correo Semanario de México, de Lizardi, se lee: “Hemos visto crudas sentencias irremisiblemente ejecutadas en individuos que tal vez debían haber logrado alguna indulgencia. No ha mucho que fue depuesto del empleo de capitán don Juan Galindo, y confinado a Perote por ocho años, y ¿por qué?, porque mató a un negro chaqueta y público bribón, hijo de Cuautla de Amilpas, que fue armado con un puñal a provocar a la esposa de Galindo a su misma casa, estando éste durmiendo la siesta. A los gritos e insultos del negro, despertó, se batió con él, huyó el negro y Galindo, ciego de cólera, lo mató en la carrera; esto bastó para que hubiera perdido el destino y libertad. ¿Y quién piensa usted que es Galindo? Un español que apenas desembarcó el año de [18]11, se pasó con los insurgentes, se halló en más de cuarenta campañas, en una de ellas perdió la mano derecha y en otras recibió mil heridas; tiene su cuerpo hecho una criba. Jamás se indultó: fue hecho prisionero por sus paisanos en Valladolid y apenas pudo escaparse, cuando voló a reunirse a los americanos. Últimamente, con decir que sirvió entre éstos con tal constancia, honradez y valor que, desde la clase de soldado raso que sentó plaza, llegó, a fuerza de méritos, a coronel, y siendo gachupín, lo que hace brillar más su buena conducta: pues nada de esto le valió al pobre. Como éste hay otros ejemplares.” Obras VI, op. cit., p. 275.
(3) Inquisición. Cf. nota 16 a Calendario histórico...
(5) Iturbide. Cf. nota 16 a La tragedia de los gatos...
(6) parco. O parce: “la cédula que dan los maestros á los discipulos, en premio, por lo qual se les perdona el castigo, que después merecen por alguna falta, presentandola al Maestro: por eso le dan este nombre del Latino Parcere. En alguna parte le llaman parco.” Dic. de autoridades.
(7) Cuautla de Amilpas. Cf. nota 52 a Calendario histórico... En el Segundo ataque al castillo de San Juan de Ulúa (1823) Fernández de Lizardi reproduce una carta particular acerca de la rebelión de los negros de las haciendas de Temixco, San Gabriel y otras de tierra caliente que estaban armadas y se atrevieron a proclamar a España. En Obras XII, op. cit., pp. 458-462.
(8) José Rincón. En el núm. 5 del tomo II de las Conversaciones del Payo y el Sacristán, Fernández de Lizardi reproduce la noticia de El Águila núm. 298: “Domingo 16. Ayer tarde llegó a esta plaza el ayudante general del Estado Mayor, don José Rincón, quien regresó de Tabasco [...]. Con este recomendable jefe han vuelto tres de nuestras lanchas que se hallaban operando en aquel río. Con estas fuerzas que pronto vendrán a Sacrificios, reforzaremos la armadilla, y quizá con ellos podremos hacer algún daño a la expedición española que está próxima a llegar a Ulúa; pues se dice que los buques que la componen, sólo viene la fragata de guerra Sabina, y los demás son mercantes armados.” Obras V, op. cit., p. 399.
(9) Bravo Cf. nota 78 a Impugnación que los gatos...
(10) Guerrero. Cf. nota 35 a La tragedia de los gatos...
(11) José Manuel Izquierdo. Posiblemente condiscípulo de Lizardi. También fue un liberal que peleó en la guerra de la Independencia según consta en laRepresentación que los antiguos liberales hacen al Soberano Congreso Constituyente, México, Oficina liberal a cargo del ciudadano Juan Cabrera, 1º de diciembre de 1823; José Manuel Izquierdo firma con Juan Pablo Anaya, Pablo Galeana, Pedro José de Páez, Víctor Bravo, Miguel Borja, Dionisio Mauri, Daniel Estaurr y Carlos de Carleton la petición de que se les concedan los beneficios por los que pelearon en la guerra de Independencia hasta antes de 1821, y que se les incorpore al ejército.
(12) Valladolid. Cf. nota 31 a La tragedia de los gatos...
(13) Antonio Quiroga. Junto con el general Rafael Riego formó parte de la sublevación de 1820 que restableció la Constitución de 1812. Fernández de Lizardi lo consideraba “héroe” de la libertad de España.
(14) Cruces. Cf. nota 39 a Impugnación que los gatos...
(15) Oficina de Cabrera. Estaba en la calle del Coliseo Viejo (hoy uno de los tramos de 16 de Septiembre) número 13.
(16) José Ma. Díaz Gamboa. Cf. nota 1 y 5 a Día del juicio...
(17) Gabino Baños. Sobre él véanse los folletos siguientes: Hoy truena Gabino Baños como juditas de a real, Qué mal quedó el virginote defensor del doncellazgo... y La vieja de la jeringa gritar hizo al colegial.
(18) Este mismo pasaje es referido por Fernández de Lizardi en Día del juicio..