DEFENSA DE LOS DIPUTADOS PRESOS Y DEMÁS PRESOS
QUE NO SON DIPUTADOS, EN ESPECIAL DEL PADRE MIER(1)
Sin tocar la odiosa y arriesgada cuestión de cuál sea el delito de los presos de agosto,(2) pues tal calificación pertenece exclusivamente al superior gobierno, me propongo defenderlos en este folletillo, no como diputados, ni delincuentes, los que lo sean, sino como unos hombres infelices, sobre quienes no ha dejado la maledicencia de esgrimir sus lenguas y plumas venenosas.
Algunos papeluchos ha visto México en los que se insultan sin urbanidad, y se calumnian sin temor de Dios, ni de los hombres, pues, bajo del escudo de un "según se dice", que vale tanto como decir que nada se sabe en realidad, se asegura que atentaban contra la vida del augusto monarca, de los beneméritos generales y otros chismes de esta clase.
Unos crímenes tan enormes no se deben imputar a ningún hombre así así, a tin tin de boca, ni por un "se dice". Esto hiere vivamente el honor, y cuando el gobierno calla en la materia, bastante ejemplo da a los particulares de moderación y solidez.
Olvidado de estas virtudes, un escritor guadalajarense,(3) incita con la mayor vehemencia a nuestro emperador para que los castigue con todo el rigor de la ley; casi se convida para sentenciarlos, y tiene la animosidad de hacer responsable a su majestad de los sonados daños que amenazan al Imperio en su cabeza.
Suponiendo a los reos los más criminales del mundo, confesos y convictos, pregunto: ¿es justo atormentar más su espíritu con la publicación de unos impresos tan calumniosos, injuriosos y crueles, que sólo respiran sangre, muerte, suplicios y funestidad?
¿Les acomodaría a estos escritores que en caso igual, siendo ellos los delincuentes, y estando asegurados bajo el poder del gobierno, hubiera quien se empeñara en persuadir al emperador que los matase o desterrase, dejando a sus infelices e inocentes familias sepultadas entre la ignominia y la miseria? Ciertamente que no. Pues ¿cómo, olvidando las leyes de la naturaleza que nos mandan no hacer a otro lo que no queremos se haga con nosotros mismos, nos complacemos en solicitar el mal a nuestros semejantes? ¿Cuál es la decantada religión católica de que nos preciamos celosos observantes? ¿Dónde está esa caridad cristiana tan recomendada en el Evangelio?, ¿dónde el perdón de las injurias ni el amor a nuestros semejantes, aun cuando sean estos enemigos? A la verdad que somos más hipócritas que religiosos, pues nuestras obras y palabras están en contradicción con los preceptos de nuestra ley divina.
Ni se me diga que lo que se desea es que se castiguen los delitos para evitar la ruina general. No necesita el gobierno de tales advertencias. Le sobran luces y leyes que lo dirijan, y en el caso él es el primer interesado en conservar la tranquilidad y buen orden. ¿Por ventura, cada vez que entra a la cárcel un delincuente, necesita el gobierno que se le anime para castigarlo? Conque no seamos crueles contra nuestros semejantes y paisanos. No imitemos sus crímenes; pero compadezcamos la suerte del miserable preso, sea quien fuere, considerándolo aislado, en una pequeña habitación, solo, y batallando su entendimiento con el temor y la esperanza, con la soledad y la tristeza, con el rubor y la miseria, careciendo del dulce solaz de su familia, y acaso hasta de la vista de los pedazos de la mitad de su alma, de sus hijos, digo, a quienes tal vez no pueden estrechar entre sus brazos.
¿Y qué será si los dichos reos tienen esposas pobres, jóvenes y con hijos? ¡Santo Dios, no es posible pintar el tormento que sufrirá el corazón del hombre honrado, sensible y amoroso. ¿Y la sola consideración de estas fatales desgracias no bastará a mover nuestra compasión a su favor? ¿Aún hemos de querer atribular al afligido? ¡Qué vergüenza!, ¡qué horror!, ¡que tiranía!
También en estos días vio la luz pública un papel irónico titulado: Defensa del padre Mier en el que su autor pretende probar que el dicho doctor no es diputado porque es fraile, porque no co[n]sta que esté secularizado, pues no ha presentado el buleto del papa. De consiguiente, sale que si no lo tiene ni lo tuvo, es apóstata, está excomulgado, es fraile y no es diputado.(4)
Todo esto dice su irónico defensor, y como el Aquiles de su argumento es que no se ha manifestado el buleto, deja muy expuesta la reputación del padre Mier, mientras lo manifiesta, y no sólo la suya, sino la del Ayuntamiento y electores de Monterrey, la del Soberano Congreso y la de los señores obispos del Imperio, pues todos van de encuentro en la pluma del crítico, y pasarán la plaza de ineptos que no sabían su obligación, o de indolentes que, sabiéndola, se atuvieron al simple dicho del doctor Mier.
Yo no soy enemigo de la razón, ni jamás me opongo a la verdad. Conozco que son objeciones las del critico; pero pregunto: ¿es inverosímil que el padre Mier, sujeto de conocidos talentos, que le ganó un pleito ruidoso en el Consejo de Indias no menos que al arzobispo don Alonso Núñez de Haro,(5) prelado sabio y muy de la estimación de Carlos III, y se lo ganó puntualmente sobre el sermón que predicó con su habitito de fraile en el Santuario de Guadalupe, el 12 de diciembre de [1]794, en que aseguró que la imagen no estaba pintada en el ayate(6) de Juan Diego, sino en la capa de santo Tomás apóstol;(7) es inverosímil, repito, que quien tuvo talento y viveza para sacudirse este golpe, y salir airoso y triunfante de sus enemigos en la Corte de España, le faltara para obtener la bula de secularización en la de Roma?
Yo, por mí, no sólo no le tengo por inverosímil, sino que me parece lo más fácil. Es un axioma inconcuso que el que puede lo más, puede lo menos. Es así que el doctor Mier, pobre desterrado y perseguido por un arzobispo de México, pudo indemnizarse y sostener su opinión contra la del arzobispo y la de toda la América Septentrional, que es lo más: es una hazaña literaria, bastante sola ella para recomendar la erudición de Mier.(8) Luego, ya libre y acreditado en Roma, ¿por qué no podría desenfrailar,(9) que es lo menos, pues con cuatro reales,(10) un pretextillo y dos certificaciones fehacientes, lo consigue cualquiera molonguete(11) todos los días? He aquí una razón de buena crítica en favor del padre Mier para creerlo secularizado y prelado doméstico del papa. Acaso su crítico ignora que en Roma hay gracias al sacar, como en España, con la diferencia de que se sacan con muy poco dinero.
Uno de los títulos que dan en Roma es de doctor de la sapientia romana. Si mi memoria no es ingrata, creo que cuesta treinta pesos fuertes,(12) y sólo se necesitan éstos y tal cual instrucción en los rudimentos de la fe, como la que se requiere para tonsurarse de prima,(13) por cuya razón es despreciable el tal título de doctor de la sapientia para los italianos; pero no para los mexicanos que, ansiosos de títulos, a todos les hacen cara. Por eso lo consiguió un tal Alarcón(14)que fue a Roma, volvió doctorado y, viviendo en el callejón de las Cruces con un padre mercedario, tuvo la sencillez de hacer saber a sus amigos que era doctor de la sapientia romana. Los tunantes una noche pintaron en la pared de su casa el sabido víctor que decía:
Viva el doctor Alarcón
por ensuciar la pared,
y no por otra razón.
¿Qué maravilla fuera, en virtud de esto, que el padre Mier, deseoso de volver a su patria honrado, hubiera conseguido el título de prelado doméstico, o bien por gracia de su santidad, o bien por su dinero? Esto nada tiene de violento, y es otra razón crítica a su favor para no dudar de su verdad.
Todo el fundamento de su irónico defensor para dudarla es que no ha visto los documentos; pero si como dice él mismo, o da a entender, el que pierde la prueba del privilegio, debe carecer de él, entonces san Felipe de Jesús debe carecer de las adoraciones de santo, porque no se halla ni aquí ni en España su fe de bautismo,(16) y así, quedando en duda su cristiandad, más bien puede quedarlo su constancia en la fe, que se dudaría tuviera en ese caso, o ya que no se dude de su martirio, se dudará de su cristiandad por agua, aunque no se la concedamos de sangre.
Por la misma razón podemos dudar de muchas cosas que creemos y respetamos sin que consten por documentos, sino sólo por tradición. La fe humana se presta, o sobre documentos comprobantes de una verdad, o sobre una tradición fundada en el asenso general de personas sabias y circunspectas, y en esta clase pueden entrar la secularización y prelacía del padre Mier.
Es menester ser justos en nuestras opiniones. Cuando queremos hacer valer nuestro dicho sin documentos ni razones críticas que persuadan a nuestro favor, se debe dudar nuestra verdad; pero cuando la razón suple los documentos, es una temeridad negarle el asenso.
Demasiado constantes han sido las persecuciones del padre Mier, en el largo espacio de 28 años, en que ha corrido mar y tierra por España, Francia, Italia, Inglaterra, América del Norte y Septentrional.(17) ¿Qué extraño fuera que en tan dilatados y penosos viajes, y entre los trabajos de la campaña y prisiones, hubiese perdido los documentos de que se habla? Tan no hubiera sido extraño, que lo raro hubiera sido que no se le hubiesen perdido. Sólo habiéndosele pegado como las narices, pudiera haberlos conservado. Luego, probado que le fue fácil conseguirlos y difícil conservarlos, queda la presunción a favor del padre Mier, y no se puede calificar ni aun sospechar de falsario sin hacer un notorio agravio a un juicioso criterio.
Aun hay más: su irónico defensor dice que anda un runrún de que el buleto está entre los papeles que le tomó el gobierno o la Inquisición...(18) Alto ahí, señor crítico. La Inquisición sin duda que no le dejaría al padre Mier ni un papel de puros, ni el gobierno se descuidaría de tan santo cateo al tiempo de su aprensión. Ahora bien, si por los papeles que le cogieron hubiera la Inquisi[ci]ón sabido... ¿qué es sabido?, sospechado siquiera, que mentía y se fingía clérigo, ¡qué polvareda no le habría levantado!; y si tuvo cuidado de dejar recomendado a los dominicos al padre Lequerica,(19) siendo clérigo, ¿cómo no hubiera dejado bajo su custodia al padre Mier, siendo fraile y de su orden?
Baste por ahora, yo deseo que el público se desengañe y restituya en su buena opinión al padre Mier (no hablo sobre los motivos de su actual prisión, que ignoro) en cuanto a que está secularizado, no es fraile y, por tanto, es legítimo diputado.
Por lo demás repito que ni al doctor Mier ni a ninguno de los otros presos defiendo como reos de Estado, sino como hombres infelices, a quienes debemos compadecer, dejando al gobierno el cuidado de que califique y castigue los delitos según convenga.
México, septiembre 27 de 1822.
El Pensador
(1) México, Imprenta del Autor, septiembre 27 de 1822.
(2) "(En agosto de 1822 se descubrió en México una conspiración de importancia) pues se trataba de nada menos que de declarar por medio de una revolución, que el Congreso no había obrado con libertad en la elección del Emperador, y haciendo que aquél saliese a continuar sus sesiones en Texcoco, apoyado en la fuerza que hubiese hecho la revolución, no se dudaba que el mismo Congreso se declararía por la República, y dejando a su discreción disponer de la persona de Iturbide y su familia, se presumía que sería mandado a los Estados Unidos u otro país que eligiese, con una pensión para su subsistencia. Andaban en esto el diputado D. Juan Pablo Anaya, el Padre Mier, Iturribarría y algunos militares, entrando por mucho, o más bien, considerándose como el principal promovedor, el Ministro de Colombia (D. Miguel) Santa María. El gobierno, por medio de sus agentes, estaba informado de todo; mas para poder obrar contra los conspiradores (se utilizó una carta que el teniente D. Adrián Oviedo recibió de D. Anastasio Zerecero) en la que daba una idea circunstanciada del plan de la conspiración, con cuyo documento y (otras delaciones) se creyó que había fundamento bastante para proceder a la prisión de los cómplices en la noche del 26 de agosto. Para la ejecución de las prisiones, se reunió un cuerpo de tropa en el Paseo Nuevo (de Bucareli), de donde partieron varios oficiales con destacamento que designó Echávarri, para dirigirse a las casas de las personas que habían de ser aprehendidas. (El Padre Mier fué una vez más reducido a prisión)." Lucas Alamán, Semblanza e ideario, pról. y selección Arturo Arnaiz y Freg, México, Universidad Nacional Autónoma, 1939 (Biblioteca del Estudiante Universitario, 8), pp. 13-14.
(3) Al parecer es Rafael Dávila, conocido por el apodo de la Rata Güera. Originario de la ciudad de México. Se recibió de licenciado en la ciudad de Guadalajara. Fue elegido miembro de la Junta Consultiva Auxiliar del Gobierno, creada en la ciudad de México por orden de Pedro Celestino Negrete, el 24 de junio de 1821. Cuando se organizó la milicia nacional para sustentar el nuevo orden, Dávila fue designado capitán de la Novena Compañía de Infantería. También parece ser que en Guadalajara publicó su folleto La verdad amarga pero es preciso decirla; de 1820 es suManos besan hombres que quisieran ver quemadas. El folleto directamente aludido podría ser Los capitulados debían morir según la ley, México, Oficina de Benavente y Socios, 1822.
(4) Lic. Guadalupe de los Remedios, Defensa del padre Mier, México, Imprenta de doña Herculana del Villar y Socios, 1822. "Fr. Servando Mier (o de Mier) es de público y notorio religioso profeso del Orden de Sto. Domingo. Parece que lo estoy mirando con su habitito de fraile en el púlpito del Santuario el día 12 de diciembre de [1]794, predicando que nuestra Señora de Guadalupe no se apareció en el ayate de Juan Diego: es así que los frailes profesos no pueden ser diputados, y por eso el Soberano Congreso volvió a uno de ellos las credenciales que traía de diputado de no sé qué provincia; luego no es diputado el reverendo padre Mier. Sus enemigos querrán decir que se secularizó en Roma, y que en esta virtud pudo elegirlo diputado la provincia de Monterrey: sofisma con que intentarán probar que los delitos porque está preso tiene toda malicia de diputado. Sed contra. La secularización no se presume si no es prueba, porque la constancia de la profesión reclama siempre. ¿Y cómo se ha de probar? Con el boleto que su Santidad [...], para ver si es una verdadera perpetua secularización, o una habilitación interina para vestir hábitos clericales en los lugares en que no haya conventos de su orden, o en que sean los frailes perseguidos, como hemos visto mucho en España en estos últimos diez años. Pregunto yo ahora: el Ayuntamiento y demás electores de Monterrey, que sabían con certeza que el padre fray Servando fue religioso profeso de Santo Domingo, ¿sabían con la misma que lo había dejado de ser por secularización?, ¿vieron el boleto del Papa? Ciertamente que no; pues ¿en qué se fundaron para elegir de diputado a un fraile? Dirán que en la voz común, como si una voz que no puede dar por origen fundamento sólido merezca otro nombre que el de rumor, y como aunque fuera verdadera voz pública, bastase para otra cosa que para indagar su origen", pp. 1-2.
(5) Alonso Núñez de Haro y Peralta. 28° arzobispo de México de 1771 hasta 1800 en que murió.
(6) ayate. Tela de hilo de maguey que fabricaban los indios. Santamaría, Dic. mej.
(7) El 12 de diciembre de 1749, en presencia del virrey y del arzobispo, Mier pronunció su Apología, donde afirma que la imagen de Guadalupe no fue pintada en el ayate del indio Juan Diego, sino en la capa de santo Tomás. El arzobispo mandó predicar en contra del joven teólogo y después que fuera aprisionado y procesado. Se retractó bajo el argumento de "no poder sufrir más la prisión." No contento, Núñez de Haro lo desterró a diez años en la Península Ibérica, con reclusión en el convento de Las Caldas, cerca de Santander. En espera de un barco, se pasó encerrado dos meses en San Juan de Ulúa. Se embarcó, enfermo, en la fragata la Nueva España, que arribó a Cádiz en noviembre de 1795. De allí pasó a Caldas, de donde escapó, limando las rejas de su celda. Dejó una carta Ad fatres id eremo en que explicaba las razones de su determinación. En Caldas mismo fue detenido nuevamente; pasó al convento de San Pablo, en Burgos, y, finalmente, a Madrid, con permiso para que se le oyera en justicia por el Consejo de Indias. De ahí fue remitido a Salamanca y escapó. También lo atraparon y reencarcelaron.
(8) La Real Academia de Historia, encargada por el Consejo de Indias de la revisión del proceso, concluyó que: 1) aunque la tradición de Guadalupe es una fábula, Mier no la había negado; 2) en ningún caso había en su sermón cosa digna de censura teológica; 3) el edicto del arzobispo Haro era un libelo infamatorio, lleno de falsedades y superstición, que debía prohibirse y recogerse de la circulación; 4) era nulo lo actuado en México porque el arzobispo se excedió en sus facultades y el orador debía ser indemnizado en su honor, patria, bienes y perjuicios.
(9) En 1802, Mier había partido a Roma con el propósito de secularizarse; en 1803 fue nombrado teólogo de las Congregaciones del Concilio de Trento e Inquisición Universal y Protonotario Apostólico.
(10) reales. Cf. nota 19 a El cucharero y su compadre...
(11) molonguete. De molonquear, verbo derivado de molonqui: golpear o moler a alguno.
(12) pesos fuertes. Cf. nota 12 a El cucharero político...
(13) tonsura de prima. Grado preparatorio para recibir órdenes menores.
(14) Tenemos noticia de Hernando Ruiz de Alarcón, teólogo y escritor mexicano nacido en Taxco, que escribió un Tratado de las supersticiones y costumbres gentilicias que aún se encuentran entre los indios de la Nueva España. Fue hermano de Juan Ruiz de Alarcón. Dr. Pedro de Alarcón, autor de Almanaques y Pronósticos, éste un libro de astronomía; quizás este último sea Pedro Alarcón Toro Altamirano, catedrático de matemáticas en la Real y Pontificia Universidad de México en el siglo XVIII.
(15) Merced. El convento de la orden de mercedarios estuvo en la esquina de las hoy calles de Uruguay y Roldán. Se conserva el claustro, que es de gran valor arquitectónico. La iglesia estuvo anexa al convento.
(16) En Memorial de la madre de san Felipe de Jesús (México, Oficina de D. J. M. Benavente y Socios, 1821) Fernández de Lizardi afirma que es natural de la ciudad de México, contra lo dicho acerca de su dudosa procedencia (porque no se había encontrado en ningún archivo parroquial su fe de bautismo). Sus biógrafos dan por seguro que era originario de México, incluso dicen que nació en la calle de Tiburcio (hoy segunda de Uruguay).
(17) A pesar del dictamen favorable del Consejo de Indias, se le ordenó que pasara al convento de Salamanca. En el camino, Mier intentó huir; se le encerró en un calabozo del convento de Franciscanos de Burgos; de ahí se escapó a Bayona; regresó a España y se le aprisionó en Madrid, y luego en la Casa de Toribios en Sevilla, de aquí escapó el 24 de junio de 1804; fue detenido en Cádiz. A pesar de que estuvo con grillos y grilletes se fugó de Cádiz. En la guerra de España con Francia cayó prisionero de los franceses en Belchite, se fugó. Al saber de la guerra de independencia de la Nueva España, se fue a Inglaterra a luchar por la causa de los insurrectos. En México se quedó en el Fuerte de Soto la Marina, que defendía el mayor Sardá. Cuando éste capituló, Mier fue trasladado y encerrado en la cárcel de la Inquisición. Con la disolución de ésta en 1820, se trasladó a Estados Unidos de Norteamérica; regresó en 1822 y el general Dávila lo encerró en San Juan de Ulúa; gracias a las gestiones de la cámara de diputados salió en libertad y fue elegido diputado por Nuevo León. Implicado en la conspiración republicana contra Iturbide, quedó preso hasta 1823.