CUARTO DIÁLOGO CRÍTICO. 

EL SACRISTÁN ENFERMO, O CRÍTICA CONTRA
LOS MALOS MÉDICOS Y BOTICARIOS(1) (2)

 

SACRISTÁN: ¡Válgate Dios por noche, y qué molesta

eres a un pobre desvelado enfermo!

la vieja, que me cuida ya descansa,

el muchacho ya ronca como un perro.

¡Jesús, qué noche! ¡quién tener pudiera

junto a la cabecera al Dios Morfeo!

Pero; ¿qué es esto? ¿qué terrible sombra

me parece, que ha entrado en mi aposento?

ya distingo facciones... ya conozco...

Sí... él es sin duda... ¿qué hay amigo muerto?

MUERTO: ¡Oh, Sacristán, oh Sacristán querido!

¿Ves que soy buen amigo?

SACRISTÁN: Sí, en efecto.

¡Oh, qué bien me decían cuando era mozo

(Dios los tenga en descanso) mis abuelos!

que no hay otros parientes, que ocho reales,

ni mejores amigos, que los muertos,

y aunque me lo decían, sin duda alguna,

tan sólo por los libros; yo confieso:

que era bueno que todos conversaran

con los raídos temibles esqueletos,

o con las sombras, como verbi gratia,

la que representa aquí tu cuerpo:

porque libre el espíritu (¿quién duda?)

de este grupo mortal tosco, y terreno

¡qué verdades tan claras nos dijera!

¡qué máximas tan santas! ¡qué consejos!

pero como no a todos se concede

gracia tan especial, tal privilegio,

a mí, que lo he logrado, me parece,

por ser a mis hermanos de provecho,

trasladar a los vivos las verdades,

que suelo platicar entre los muertos.

Te visité dos veces en la Iglesia,

los diálogos que tuve andan impresos:

unos los apreciaron tal cual cosa;

otros los leen no más por pasatiempo;

mas esto no hace al caso; punto en boca.

Vamos a lo que importa: ¿qué hay de nuevo?

MUERTO: Ya ves, que los sufragios están caros,

y no quieren cumplir los testamentos

los Albaceas, y así, no hay esperanza

sino sufrir precisamente el tiempo.

Y a ti ¿cómo te va de tus achaques?

SACRISTÁN: Ya yo estuviera bueno sin remedio...

MUERTO: Pues ¿por qué no lo estás, no te han curado?

SACRISTÁN: Por eso aún no me alivio.

MUERTO: No te entiendo.

SACRISTÁN: Has de saber que muchos no murieran

si mal no los curaran; y en efecto,

hay unos sin remedio que fallecen;

pero a otros matan los remedios mesmos,

y de tres modos pueden hacer daño.

(¡Oh, a lo que está sujeto un pobre enfermo!)

Es el primero el Médico ignorante,

que con cuatro aphorismos, y seis textos

de Hipócrates, Wansvieten,(3) o Boerhave,(4)

un macho, y un bastón está completo,

y con autoridad indisputable

para aumentar del Cura los derechos.

Son estos Medicastros charlatanes

la plaga más fatal del universo:

son más temibles que la peste misma,

porque no se conocen, lo primero,

y lo segundo: porque no hay Botica

que nos provea contra ellos de remedio.

Éstos son unos locos desatados,

o así diré mejor: son unos ciegos,

que tiran palos sin saber adónde,

y ésta es la causa de infinitos yerros.

Aquello de Arte larga, vida breve,

ocasión más ligera que un cabello,

juicio, (que aún a los doctos) es difícil,

peligrosa experiencia y de gran riesgo

con otras mil cositas, que yo ignoro

y ellos, acaso, sólo las leyeron,

fue el A. B. C., que puso en su doctrina

aquel vejete celebrado Griego.

Pues, si los Mediquillos chavacanos(5)

conformaran su práctica a ese texto,

gastaran más cachaza en las visitas,

se informaran despacio del enfermo,

observaran del pulso con cuidado

el ya tardo, ya pronto movimiento,

frecuentaran los libros, y hospitales,

(que no son malos libros los enfermos)

y humildes consultaran en sus dudas

a los Facultativos verdaderos;

quizá no hubiera tantos Boticarios,

tantas gualdrapas,(6) tantos machos prietos,

tantos ataúdes, tantos funerales,

ni tantos bien poblados Cementerios;

entonces (sin quizá) con más prudencia,

con más estudio, método y consejo;

aunque hemos de morir (según San Pablo)

no muriéramos tantos, según ellos.

Lo que estarás pensando en tu cabeza,

¡oh, mi difunto amigo! ¿a qué comprehendo?

Que soy un badulaque entremetido,

un pobrete hablador, pedante y necio,

que en medicina quiero dar mi voto,

como si fuera desnudar a un muerto.

¿Es eso?

MUERTO: Sí, en verdad adivinaste.

Tu charla me divierte los tormentos;

¡Jesús, y cómo ensartas disparates

para cualquiera cosa! yo estoy lelo.

No me admira que tengas Aristarcos.

¿Han de quedar los Médicos contentos?

¿no te han de criticar tus desatinos,

y ese fuego graneado de dicterios?

SACRISTÁN: ¡Pobrecito de mí, si como piensas,

pensaran los Doctores! no hablo de ellos.

MUERTO: ¿Pues de quién hablas tú?

SACRISTÁN: De los indoctos.

MUERTO: ¿Y eres Médico?

SACRISTÁN: No, ni es fuerza serlo.

¿No basta tener ojos en la cara

para ver de los malos los defectos?

¿No basta ver a un Médico, o su macho

entrar... (comparo aquí sólo a los necios)

entrar digo, en mi casa verbi gratia,

(que soy seguro verdadero ejemplo)

tocarme el pulso, como si quemara,

arquear las cejas, rezongar dos textos,

decirme: a ver la lengua: ¿y la apetencia

qué tal está? ¿se purga bien el cuerpo?

con otras preguntillas generales,

que las hace un muchacho pilguanejo?

A seguida, el tintero pide, y falla

de prolongar mi mal el cruel decreto,

y cochite gerbité(7) se hace todo,

no dura la visita más que un Credo.

Y digo yo, ¿he de creer aunque me maten

que este Médico es sabio? Vade retro.

¿Cómo se ha de informar tan prontamente

de la causa del mal, de sus efectos,

del régimen de vida que he tenido,

de los crónicos males que padezco,

de los contraindicantes y otras causas,

que todas interesan más que menos?

y esto, más dura un cohete (ya lo dije)

Visita de Dotor: es refrán viejo.

Conque no es mucho pues, que estos Quijotes

Médicos mal andantes, Caballeros

armados de bastón, y corta-plumas

fagan a los pacientes mil entuertos,

y que por fiarse de su ingenio rudo,

remeden las más veces al Manchego,

que creyendo Gigantes malandrines

las inocentes botas del Ventero,

en lid descomunal, en una noche

les vertió el vino tinto por el suelo.

Estas comparaciones se dirigen

sólo contra los necios.

MUERTO: Ya te entiendo:

los sabios deben ser muy apreciados.

SACRISTÁN: El Espíritu Santo en varios textos

los recomienda: el Docto bien los sabe,

y yo excuso latines a los legos.

MUERTO: Muy bien, conque ya estamos entendidos

que el primer modo con que los remedios

dañan, es cuando están mal ordenados:

¿y cuál es el segundo?

SACRISTÁN: Es más funesto.

Cuando los Boticarios ignorantes

despachan quid pro quo.

MUERTO: Y sí, ¿qué es eso?

SACRISTÁN: Es el poco cuidado en las recetas,

es fiarse de aprendices majaderos,

que dan uno por otro, o porque ignoran

la voz latina, o porque no entendieron

la cifra de la dosis, y ya adviertes;

qué diferencia puede haber en esto,

pues pueden ser remedio cuatro gotas

supongo de opio, y diez serán veneno.

Yo no sé por qué causa se receta

en latín, ni a qué viene tanto enredo

en ocultar las voces de las drogas.

Si es porque no lo entiendan los enfermos,

no creo que haya justicia, pues ninguno

tiene más interés en entenderlo.

¿Me oculta el comerciante sus encajes,

ni la clase, ni el nombre del efecto,

que me puede servir? ¿El artesano

me oculta sea de plata, cobre, o hierro

la calidad, tamaño, ni medidas

del mueble que va a hacerme? no, por cierto:

¿Pues por qué ha de ocultarme el Boticario,

ni el Médico los nombres del remedio,

su calidad, y dosis señalada,

cuando me va la vida nada menos

en que en mi casa noten muchas veces

de un muchacho aprendiz algunos yerros?

¿Por qué no he de saber lo que me ordena,

ni lo que ya una vez me hizo provecho?

Si acaso esas palabras sincopadas,

conque recetan van con el misterio

de obscurecer así las medicinas

porque se ocurra al Médico, en efecto,

es grande villanía, y aún las mujeres

(Médicas todas) dan distinto ejemplo.

Que haya algún riesgo en recetar clarito

en nuestro propio idioma, no lo creo;

yo sé que hasta los libros de la Iglesia

andan en castellano limpio y terso,

con que ignoro el arcano que contiene

ocultar con latines los remedios.

Hay a más de esto, Boticarios tales,

que aunque dizque el aceite, y el ungüento

aunque las yerbas secas sean basura;

aunque estén los jarabes mal compuestos;

aunque estén disipadas las esencias,

y sean tierra los polvos: ¿qué con eso?

todo se ha de vender (mientras no llega

la anual visita) sí; costó el dinero;

como el pozo tenga agua, las redomas,

si no tienen virtud, tendrán letreros.

Yo no le quito el crédito a ninguno,

que aunque hay algunos malos, es muy cierto,

todos en general escrupulizan

amigo, por el peso, y por los pesos.

MUERTO: Vamos al tercer modo.

SACRISTÁN: En otra noche,

ya es tarde, y quiero ver si un poco duermo.

MUERTO: Pues bien, yo volveré, Sacristancillo,

quiera Dios que te alivies.

SACRISTÁN: Lo agradezco.



(1) Obras X, pp. 45-50.

(2) Véanse los Diálogos entre el Muerto y el Sacristán, reimpresos el año de 1819 en México en la Oficina de Valdes; Tomo1º de los Ratos entretenidos, p. 1.

(3) Wansvieten, Van Swieten Gerard. (7 de mayo de 1700, Leyder, 18 de junio 1772, Viena). De origen holandés, ejerció su carrera como médico en Austria. En 1745 fungió como médico personal de la emperatriz María Teresa (1717-1780), bajo este título trabajó en la organización de los servicios de salud y de la universidad de Austria, donde introdujo la formación en medicina clínica compuso el licor que lleva su nombre para el tratamiento de la sífilis. Autor de Comentarii in Boerhaavii aphorismos de cognos cendis et curandis morbis. Formó un jardín botánico y un laboratorio de química. Sus estudios se enfocaron en las áreas de anatomía y patología. Asimismo, contribuyó al mejoramiento de los tratamientos de enfermedades venéreas. Reorganizó las facultades de medicina de las universidades de Praga y de Friburgo. Además de sus actividades como médico, también se ocupó de realizar ciertas reformas. Es así que transformó el régimen de censura y se esforzó por encontrar métodos científicos y racionales para juzgar los libros, incluso religiosos.

(4)Boerhaave Herman. (1668-1738). Nació en 1668 en Voorhout, Holanda. Considerado uno de los más notables de la medicina europea. Ocupó diversas cátedras en la Universidad de Leiden. Destacan sus Aforismos para conocer y curar las enfermedades según las doctrinas médicas (1709), obra traducida a varios idiomas. Ideó un sistema de clasificación de las enfermedades, concibió la fisiología fundada en los fenómenos físicos y clasificó en grupos los medicamentos. Fue el primero en descubrir la rotura de esófago con salida de contenido gástrico en el mediastino a lo que se llamó síndrome de Boerhaave. Autor de Instituciones médicas, Aforismos, y Elementa Clínica. Cf. Historia Universal de la Medicina, Barcelona, Salvat, vol. 4, pp. 319-325.

(5) chavacanos. Por chabacanos.

(6) gualdrapa. Cobertura larga, de seda o lana, que cubre y adorna las ancas de la mula o del caballo. Coloq. Calandrajo desaliñado y sucio que cuelga de la ropa. R. A. E.

(7) cochite gerbité. En Diccionario de autoridades aparece cahite hervite. Locución familiar que significa que algo se hace o ha hecho con prisa y atropelladamente. Modo vulgar de hablar, se compone de palabras bárbaras para implicar algo que se hace con celeridad sin guardar modo, tiempo ni término.