CUARTAZO A LOS BOTICARIOS

 

Lunes 27 de septiembre de 1813(1)

 

Yo lo siento, señores; pero después que he visto el proceder de la mayor parte de ustedes en la presente epidemia, no puedo menos que confesar: tuvo razón Quevedo en declamar contra ustedes tan agriamente en su travesura que tituló El perro y la calentura. Oigan ustedes cómo se explica el dicho animalito:

Alrededor de los médicos que entraban al infierno venía gran chusma y caterva de boticarios (paciencia, enemigos míos), con espátulas desenvainadas y jeringas en ristre, armados de cala y parche como de punta en blanco. Los medicamentos que éstos venden (aunque estén caducando en las redomas de puro añejos y los socrocios(2) tengan telarañas) los dan por recién cortados de la pieza; así, son medicinas redomadas las suyas. El clamor del que muere empieza en el almirez del boticario, va al pasacalles del barbero, pásase por el tableteado de los guantes del doctor y acábase en las campanas de la iglesia. No hay gente más fiera que estos boticarios: son armeros de los doctores; ellos les dan las armas; no hay cosa suya que no tenga achaque de guerra y que no aluda a armas ofensivas. Jarabes que antes les sobran letras para jaras(3) que les faltan. Botes, si dicen los de pica. Espátulas son espadas en su lengua. Píldoras son balas, cristeres(4) y medicinas, cañones. Las purgas, tiendas; y ello, los infiernos; los enfermos, los condenados; los médicos, los diablos; y es cierto que son como diablos los médicos, pues unos y otros andan tras los malos y huyen de los buenos, y todo su fin es que los buenos sean malos y los malos no sean buenos jamás. Venían todos vestidos de recetas coronados de R. R. asaeteadas con que empiezan las recetas, y consideré que los doctores hablan a los boticarios diciéndoles: recipe, que quiere decir, recibe. De la misma suerte habla la madre a la hija y la codicia al ministro. No hay en las recetas otra cosa que R. R. asaeteadas por delincuentes, y luego aña aña que juntos hacen Anás y Caifas para condenar a un justo. Síguense onzas y más onzas; ¡qué alivio para desollar a un cordero enfermo! Luego ensartan nombres de simples que parecen invocación de demonios. Duphtalmus, oponax, leotopilatum, tragoricanum, potamogetum. Henopuginum, petrocelinum scisa, rapax y vinix. Saber qué quieren decir estos espantos o baratillo de voces tan rellenos de letrones, pues son zanahorias, rábanos y perejil, y otras suciedades al mismo tono. Y como han oído decir, quien no te conoce que te compre, disfrazan las legumbres porque no sean conocidas, y las compren los enfermos. Eglomatis, dicen es lamedor. Catapotia, las píldoras. Clister la ayuda. Balanos, la cala; y son tales los nombres de sus recetas y medicinas que las más veces de asco de sus porquerías y hediondeces con que persiguen a los enfermos huyen las enfermedades...

¿Ya ven ustedes cuanto dice Quevedo? Pues es nada respecto a lo que se debe declamar contra algunos boticarios que, acordándose únicamente de que son boticarios y olvidándose de que son hombres, han hecho y siguen haciendo granjería de las necesidades públicas.

Ello es así; el tiempo de peste es el tiempo de la bonanza de estas tiendas odiosas. Ya lo vemos: la receta que se despacha por cuatro reales en días de sanidad, en los de enfermedad no se da por seis.

Cuanto más necesario es el remedio y cuanto mejor prueba en una peste, tanto más lo encarecen los boticarios; y lo encarecen hasta el extremo de no querer vender medios ni reales, según es la estimación en que lo ponen y la miseria que dan; y así hemos visto en esta época subir a la magnesia a lo que nunca se creyó. El cremor de tártaro no se ha quedado atrás; pero ¿qué digo?, dio la vulgaridad fomentada por los boticarios en que el vinagre llamado de los cuatro ladrones era un excelente específico para precaverse de las fiebres; con esto lo buscaban con ansia los más ignorantes, ¡pues quién creerá! Inmediatamente cobró el tal vinagre una estimación increíble; yo mismo mandé una ocasión por medio real para contemporizar con el gusto o preocupación de una enferma, y no me lo enviaron porque no se daban medios sino reales; y maldita la virtud del tal vinagre para preservarse del contagio, si no concurren otras circunstancias en el que lo huele. Él es antipútrido, como lo es la quina y otro cualquier vinagre aromático; pero no tiene la eficacia que se le supone por la fabulita de los ladrones ni por entrar en su composición seis o siete simples. Ésta es una verdad que todo médico la conoce y aun el último boticario barbón; pero le dan ese aprecio y lo encarecen tanto porque los provoca la codicia patrocinada de la vulgaridad.

Yo quisiera saber el arancel a que se sujetan los boticarios para imponer el precio que se les antoja a los medicamentos. Ello es indudable que unos mismos remedios los dan más baratos o más caros hoy que mañana. Ellos no pagan alcabalas ni a sus géneros se les recarga cosa, y de repente los encarecen: no sé en qué está esa arbitrariedad.

No hay duda, el giro y comercio del boticario es el mejor y más lucrativo de cuantos hay. Ellos tienen pocas pensiones, mucha utilidad y ninguna quiebra: el campo y el pozo proveen sus almacenes de los efectos más preciosos y necesarios a la naturaleza. Sus mantecas y sus brebajes más sirven de aparato que de utilidad. Mi buen padre que esté en el Cielo, me decía:

¿Ves, hijo, ese rumboso aparato y adorno de las boticas; ves esas fanfarronadas de molduras y dorados, y esos temibles ejércitos de cajones, botellas, frascos, botes y redomas; ves esa multitud de letreros? Pues todo lo útil puede caber en un pequeño rincón de cualquier botica y lo demás merece el muladar...

Y hemos de advertir que el señor mi padre fue médico y buen médico. Su merced añadía: "Casi todos los aceites no tienen más virtud que ensuciar a los enfermos y dar qué hacer a las lavanderas," etcétera.

Si mi intención fuera hacer ver la ineficacia de las más de las drogas que ocupan los cajones y vasos de las boticas no me costaría mucho trabajo, y podría añadir, como cierto, el pasquín que escribió, no muchos años ha, un estudiante inglés en Oxford, y lo puso en la puerta de un boticario. Es así:

Hic venditur
Catarticum Emeticum Narcoticum
et omne quod exit in um.
Preter remedium.


Lo que traduciré así para que lo entiendan todos:

 

Catártico, narcótico y emético
y cuantos acaba en o, si los buscares,
aquí lo encontrarás, menos remedio.

 

Pero por ahora no es este mi objeto, ni declamar contra aquellos arcanos o sánalo todo inventados por los charlatanes en pro de los boticarios. Basta para hacer de estas drogas y sus autores y patrones el juicio que merecen con atender a los pomposos títulos con que las bautizan, como verbigracia, Ungüento del Hijo de Zacarías, Ungüento de las Manos de Dios, Ungüento Divino, etcétera, y todos ellos no son más que manteca de éste o del otro color.

Pero después de todo, yo no me meto en esto: vendan cuanta grasa y basura quieran, pues el pueblo tonto dirigido por médicos no muy hábiles (hablo por los más) se las compra. Vendan, repito, lo que quieran; hagan su negocio norabuena; pero no se valgan de la ocasión para tirar los pies al pobre ahorcado; no sean los opresores de los pobres; no se condenen tan así así, no lucren tan sin temor de Dios, no ganen tanto en sus embadurnos y brebajes. Si consideran que los remedios que venden son tales, esto, son útiles y eficaces, deben considerar que son de primera necesidad y que en esta clase de efectos los moralistas más liberales no conceden sino el veinte y cinco por ciento; y si los consideran basura, denlos cuanto más baratos puedan, que a buen seguro que se pierdan jamás. Sean, a más de esto, algo humanos, ya socorriendo a los pobres con sus menjurjes, y ya moderando en lo general el precio exorbitante de las recetas, especialmente en tiempos tan calamitosos como el presente, no valiéndose de la ocasión como hacen, que después que hagan todas estas bizarrías, que son obligaciones para los cristianos, la pérdida que tengan que me la claven en la frente.

Ya dije que el trato de las boticas es el más ventajoso y liberal que se puede pensar; y si no, díganme, ¿no es verdad que todos los día vemos tiendas cerradas, cajones traspasados, chocolaterías vendidas y en los diarios anuncios de todo eso? Es evidente: todos quiebran, todos se pierden; hoy se estrena un tratito y mañana se cierra; las más intentonas de esta clase son arriesgadas, inútiles y efímeras; pero las de las boticas... ¡ah!, éstas van en el seguro: el que tiene una botica con tal cual creditillo, ése tiene un mayorazgo vinculado para sus descendientes, y si no, ¿cuántas boticas se traspasan? ¿Cuántas se cierran ni cuántas se pierden? Ellas pasan de padres a hijos y de hijos a nietos con su mismo esplendor y buen nombre, y quizá hay en México botica desde el tiempo de la Conquista.

Conque si tan segura la llevan y tan bien les va, ¿por qué han de ser tan tiranos con el público que es quien mantiene el crédito de los boticarios con su ignorancia? ¿Por qué han de hacer indivisibles las medicinas a fuerza de dar una pequeñez escandalosa? ¿Ni por qué, por último, han de obligar a los pobres a que les compren ésta o la otra droga precisamente por un real, sin quererles dar (aunque sea una gota) por medio o cuartilla? ¿No advierten estos crueles que si en aquella gota está la vida o salud de un pobre enfermo le privan de ella si no tiene el miserable más que cuartilla o medio? ¡Vamos, que ésta es la mayor tiranía y el robo más descarado, hermanito carnal del de los coches alquilones!

¿Qué le parecería a un boticario de estos que fuera a un cajón estando pobre y sin camisa y pidiera cuatro varas de bretaña para una camisa y le dijera el comerciante, no se venden cuatro varas ha de ser la pieza entera? ¿Qué le pareciera esto? Una sinrazón. Pues lo mismo les parece la suya a los pobres. Señor, ¿qué tiene que hacer esto? Dan una dracma(5) de magnesia, verbigracia, por medio, pues den media por cuartilla, que quizá con esa media sanará el enfermo.

El Protomedicato debe meter la mano en esto, como que es el tribunal de los boticarios.

Yo creeré que muchos prudentes advertidos de estas injusticias las abjurarán y se enmendarán en lo de adelante; y si no, puto sea quien por tal se tiene, que lo mismo es decir ruin que ladrón, ya me entienden; y si no me entendieren, yo me daré a entender más claro.

 

VARIEDADES

Recetas en latín


Malo es que los médicos receten, pero es peor que receten en latín. Yo deseara saber a qué viene o qué provecho trae a los enfermos el que ignoren lo que se les ministra como remedio. A la verdad que es un gran sacrificio el que se exige de ellos con esta ciega obediencia, y muchas veces ha sido un sacrificio costoso, por razón de haberse equivocado, o los boticarios al despachar las medicinas, o los asistentes al aplicárselas al enfermo. ¡Cuántas ocasiones han tomado la purga por ayuda y la ayuda por bebida! ¡Y cuántas han tomado con mucho peligro doble dosis de un remedio, o un tópico irritante o corrosivo interiormente! No ha mucho tiempo que un señor ministro de esta Audiencia fue víctima de estos equívocos.

¿Qué es ver sobre una mesa diez o doce botellas, tazas, papelitos y cazuelas con unturas, polvos, jarabes y bebidas a disposición, acaso de una pobre mujer que ni leer sabe, asestando, aunque con buena intención, contra la vida del enfermo, y expuesto, a más, a la equivocación de los enfermeros?

Ya digo, no sé qué misterio encierra esta práctica irregular de recetar en latín para ocultarle al paciente la calidad y nombres de las drogas que se le ministran. Si acaso es porque, sabiendo lo que son, no se fastidie y las rehúse, no lo creo. El enfermo, a trueque de sanar, a todo se sujeta. ¿No saben lo que es una sangría, cuánto arde un cáustico y cuán dolorosa es una amputación? Y sin embargo, se dejan sangrar, echar cáusticos y cortar una pierna, un brazo o un pecho. ¿Por qué, pues, no habían de tomar más resignados cualquier bebida? La verdad sea dicha, ésta es una de las preocupaciones canonizadas por antiguas y sin otro apoyo racional, ni pueden tener otros defensores que los médicos y boticarios interesados siempre en hacer grande su papel, vendiéndonos por arcanos las más triviales porquerías. Ellos se entienden.

 

FÁBULA

El ratón y el gato muerto

 

¡Bendito sea el Criador de los mortales

y exaltado su nombre por los siglos,

que te quitó de en medio de nosotros,

animal cruel, desleal y vengativo!

(A la vista de un gato ya difunto,

así exclamaba alegre un ratoncillo).

¡Con qué empeñoso afán, con qué cuidado

solicitabas, vil, nuestro exterminio!

Para hacer perecer a los ratones

no perdonabas tú ningún resquicio.

Ya afilabas las uñas, o ya entrabas

a buscarnos incautos muy pasito;

ya como que rezabas junto al fuego,

hipócrita insultante y fementido;

no hacías sino asestarnos indefensos

asesinatos mil y sacrificios.

Simulando lealtad para tu dueño

éramos el pretexto de tu egoísmo.

Toda la chusma junta de ratones

no podíamos hacerte más perjuicio

en todo un año, que el que en una noche

hacías ¡oh, tú, ladrón!, por un descuido.

¿Qué queso estaba, dí, de ti seguro?

¿Qué jamón, ni qué pan, ni qué chorizo?

Por do quiera brincabas y saltabas

y nada se libraba de tu hocico;

y siendo tan ladrón, inexorable

por un leve defecto de términos.

Acuérdate, falaz, y cuántas veces

a costa de mil sustos y subsidios

matamos de nuestra hambre los clamores

con las reliquias de tus desperdicios.

Pero ¡ah...!, que no fue el amo tu cuidado,

ni el amor de la casa, ni tu oficio;

sino el satisfacer con nuestra sangre

el hueco que sobraba a tu apetito.

Pero ¡bendito Dios que ya no existes,

oh, gato, el más indigno de los bichos!

Otras honras no espere

del mísero oprimido,

ni el juez que no sea justo,

ni el indolente rico.

 


(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.

(2) socrocios. Emplasto en que entra el azafrán.

(3) jaras. Nombre de diversas plantas, por lo común espinosas. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(4) cristeres. Probablemente un error de grafía por clisteres o cristeles: ayuda, lavativa.

(5) dracma. Octava de onza.