CORRESPONDENCIA SECRETA 
QUE A TODOS NOS VA EN EL GALLO

 

Por [José Joaquín] F[ernández de] L[izardi](1)

 

 

Uno de los objetos más sagrados a que debe destinarse la libertad de la imprenta es a ilustrar al gobierno, haciéndole conocer la opinión pública, proponiéndole los medios eficaces para la conservación del buen orden y felicidad de la nación, y advirtiéndole los defectos en que incurra para que los enmiende, no sólo en pro de los gobernantes, sino en el de la patria, que es el más interesante.

Acaso este lenguaje se hará extraño en nuestros días porque en los pasados hemos estado acostumbrados a vencer las disposiciones del gobierno, en lo público, hayan sido las que hayan sido al mismo tiempo que hemos sabido criticarlas agriamente en lo privado.

Ésta es una hipocresía civil que no puede seguir ningún hombre de bien. Por tanto, en los presentes días, en que por todas partes se nos anuncia la libertad legal, estamos habilitados para decir verdades al gobierno, guardándole siempre el debido respeto.

Pero como, aunque haya muchos que desean hablar y exponer su sentir en diversas materias, no todos pueden hacerlo: porque unos no tienen estilo, otros no tienen dinero, otros le tienen miedo a don Antonio,(2) y otros carecen de imprentas (porque las pocas que hay suelen estar tan ocupadas que rehúsan los papeles, aun interesantes), se sigue que mil buenas ideas se quedan sofocadas, el gobierno sin una regla cierta para pesar la opinión pública) etcétera, etcétera.

Por tanto, me parece que sería muy útil que se entablase una correspondencia secreta entre el público y el gobierno, de este modo:

Desembarazado uno de los cuartos bajos de Palacio, por la acera que da frente a la plazuela del Volador,(3) en la parte de afuera, se le haría un buzón o agujero, como el del correo, poniendo arriba un letrero en que se leyesen estas dichas palabras: correspondencia secreta.

Por este buzón podría cualquiera echar su papel, siempre cerrado, anónimo o firmado, como le pareciere.

La llave de tal cuarto sólo la tendría el generalísimo, como presidente de la Regencia, quien todos los días podría sacar las cartas o papeles que hubiese; y, leyéndolas primero, reservadamente, manifestaría a la Junta Suprema todas las que considerase interesantes y peculiares a su ministerio.(4) Bien que, para ahorrar a dicho señor de tanto trabajo, sería lo mejor que los que quisiesen valerse de este medio para quejarse de agravios o proponer proyectos, sobrescribiesen sus producciones a los jefes o ministros a quienes tocase proveer del remedio o admitir las indicaciones particulares sobre ésta o aquella materia.

De este modo todos los generales se impondrían de lo más escondido de sus divisiones y hasta de la conducta de los jefes y subalternos. El señor generalísimo se impondría igualmente a fondo de la opinión pública en todas materias. La Soberana Junta y aun las Cortes, después de establecidas, tendrían muchas noticias interesantes al Estado. Los jefes de las oficinas sabrían los más secretos abusos que se cometiesen en ellas. El ilustrísimo señor arzobispo conocería del manejo secreto de sus curas y demás eclesiásticos y, en una palabra, esta oficina secreta, que merece muy bien el nombre de Oficina Reservada, sería un freno poderoso para contener a todo súbdito en sus deberes, porque muchas veces los abusos son tan secretos que sólo los saben los de la casa donde se cometen, y no hay quien de ellos se atreva a denunciar al culpado, temiendo ser descubierto y perseguido si se firma, y si no, seguro de que no se hace aprecio de los anónimos. De este temor se sigue que los abusos se quedan en pie, y los delincuentes impunes.

Se me dirá que en el caso propuesto debe suceder lo mismo con los anónimos, y yo digo que, puntualmente, de lo que se trata es de que no suceda, porque no hay una razón para despreciar toda clase de anónimos, mayormente cuando estén juiciosos, fundados y con todos los caracteres de la verdad, la que es muy fácil distinguir de la impostura.

Si un anónimo acusa a un juez subalterno de venal, sin más que decir que lo es, éste no merece atención; pero si cita hechos y personas, si señala partes agraviadas, testigos honrados e indiferentes, ya es preciso escuchar el clamor de la verdad, informándose secretamente de la conducta de aquel juez; y, calificado de venal o déspota, deponerlo del empleo y tenerlo presente para no volverlo a colocar en puesto en que pueda oprimir al pueblo. Lo mismo se puede decir de los curas y de todo otro superior que no cumpla con las obligaciones de su estado.

Se dirá también que por este medio las almas bajas podrán desahogar sus pasiones viles y resentimientos privados, insultando impunemente a los primeros jefes y magistrados de la nación.

Yo diré que así será; pero dichos señores deben reírse y ver con el más alto desprecio estos mezquinos arbitrios de una venganza vil, aprovechando las noticias útiles que se les den.

Todos saben que de tiempo inmemorial hay en Roma una estatua llamadaPasquín, en la que amanecen fijados diariamente libelos atroces contra las primeras autoridades, y aún contra los papas; de cuya estatua traen su origen los libelos y sátiras que conocemos con el nombre de pasquines.(5)

A pesar de esta insolencia, en Roma no se ha quitado a Pasquín, y se le perdonan sus desvergüenzas en cambio de sus buenas noticias, que las suele dar muy oportunas. Esto mismo sucedería en México con nuestra secretaría reservada, y con menos inconvenientes y peligros.

Aunque a muchos parecerá extravagante este proyecto, otros percibirán las utilidades que puede traer, acordándose que, con poca diferencia, ya se puso en práctica en tiempo del señor Revillagigedo, cuyo gobierno fue de los más acertados, y acaso el mejor que ha tenido la América.(6)

Soy de parecer que en un gobierno liberal no debe faltar esta clase de secretaría.

 

Diciembre 3 de 1821.


El Pensador.

 

 


(1) México, Imprenta Imperial de don Alejandro Valdés, 1821.

(2) don Amonio. Cf. nota 2 a Consejos a don Antonio...

(3) Plazuela del Volador. En los bajos de Palacio estaban las cocheras y algunos cuartos entresolados destinados a las habitaciones de los gentiles hombres de los virreyes. La Plaza del Volador se encontraba situada al costado sur del Palacio, en un tramo de la calle de Meleros, hoy segunda calle de la Corregidora de Querétaro, esquina con Pino Suárez y Venustiano Carranza. Anteriormente se le conocía como Plazuela de la Real Universidad. Durante mucho tiempo, en la plaza se verificaron corridas de toros, espectáculos populares, se erigió un mercado y finalmente se edificó la Suprema Corte de Justicia. Cf. nota 35 a Cincuenta preguntas...

(4) "Había pues tres poderes supremos en el Estado: el de la junta, que se llamaba soberana, el cual no reconocía más limitación que la que quería imponerse la misma junta, declarando ser o no urgentes las materias de que se ocupaba, para resolverlas por sí ó reservarlas al congreso que la reemplazó: la regencia, é Iturbide, que como generalísimo tenía en sus manos la fuerza y con ella la única autoridad efectiva, pero no pudiendo ejercerla libremente por el embarazo que le oponía la junta y la regencia, había necesariamente de acabar por ponerse en choque con la una y la otra." Alamán, Historia de México, op. cit., tomo V, p. 287.

(5) pasquín. Nombre dado por el pueblo de Roma al torso informe de una estatua mutilada que se encontró en el subsuelo de la calle del Goberno-Vecchio, en el lugar donde estuvo, según se decía, el taller de un zapatero llamado Pasquino. El pueblo fijaba en la estatua, al parecer de un gladiador, epigramas y escritos contra el gobierno papal; a tales composiciones se les conoció con el nombre de pasquinadas. Parece ser que el taller del referido zapatero sirvió, durante mucho tiempo, como centro de reunión de los "mofadores de su tiempo". A la muerte de Pasquino, los contertulios idearon transcribir sus opiniones en una estatua. Inicialmente el ingenio popular lanzó sus dardos no sólo contra el papa, sino también contra los príncipes extranjeros y los reyes. La autoridad papal trató, inútilmente, de acabar con esta costumbre, sin embargo, cedían en sus propósitos al comprender que tal medida exacerbaría más el encono de las masas.

(6) Juan Vicente de Güernes-Pacheco y Padilla, conde de Revillagigedo (1740-1799). Vigésimo segundo virrey de la Nueva España. Nació en La Habana. Su gestión fue afortunada y activa. Dictó una serie de medidas con el objeto de organizar la vida de la colonia: en 1790 se dirigió al rey quejándose del desorden con que se custodiaban los documentos oficiales, lo que dio lugar a la formación del Archivo General de la Nación. También instaló un buzón para recoger memoriales y quejas de los habitantes.