[NÚMERO 4]

Continúa la materia anterior(1)

 

"No hay mal que por bien no venga" dice el común proloquio, y creo que a ciertas cosas se puede acomodar con propiedad, desde que he dado en pensar, que es oficio bastante malo, he tomado más devoción a la señal de la santa cruz: he aquí elbien que me ha resultado.

Casi a todos instantes me persigno (porque casi a todos los instantes estoy pensando en mil cosas), pero especialmente cuando me pongo a escribir mis periódicos: entonces sí me armo seguido de la insignia del cristiano; unas veces porque considero que me dice el padre Ripalda que es bueno usar esa señal "siempre que comenzaremos alguna buena obra", y como yo he dado en que algunos de mis "pensamientos" tal vez puedan ser causa de que se hagan algunas obras buenas, aunque ellos sean bastante defectuosos, me persigno al comenzar para que Dios me ayude y les dé la eficacia y vigor que deseo.

Otras veces me santiguo, porque sé que es muy laudable hacerlo cuando "nos viéremos en algún peligro", y el que escribe para el público, en México y en este tiempo, está en bastante peligro (y más si los censores de sus obras son algunos necios de mollera, envenenados de corazón); por eso añado con mucho fervor: de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro.

Otras veces, por último, me persigno (y son la más) para espantar algunos malos pensamientos que me acuden como moscas; y no porque ellos en sí sean tan malos, sino porque sus objetos lo son tanto que hasta ellos me lo parecen y los destierro, aunque conozca que pagan justos por pecadores; ¡oh, cuántas injusticias se hacen en el mundo con conocimiento! La mía es una de ellas.

Lo gracioso es que, después de tantas signadas y santiguadas, me suelo quedar con la pluma en la mano, la izquierda bajo la barba y los ojos en las vigas del techo como extático, porque se me representan en el magín algunas picardías e iniquidades de los hombres que, al paso que quisiera descubrirlas con la mayor energía para que los tales se viesen de cuerpo entero en este espejo, y no se enmendasen o se hiciesen más abominables al público, al mismo tiempo, digo, me veo precisado a dorar o a disfrazar estas mismas iniquidades poniéndolas la máscara menos fea que puedo: esto lo hago unas veces por caridad, otras por política y otras por no contraerme enemistades tal vez con aquellos de quienes no ha sido mi intención hablar determinadamente, sino que su malicia perversa sabe corromper la expresión más sencilla; como dijo Ovidio:

Omnia perversas possunt corrumpere mentes.

A pesar de esta retentiva, muchas veces no puedo con mi genio; me repugna naturalmente decir contra lo que tengo en mi entendimiento o mentir, que es lo mismo; y así, no será extraño que entre mis pensamientos se encuentren algunas verdades peladas y duras como un peñasco, pero siempre verdades.

Ni menos soy de aquellos aduladores, gente prudentísima de quienes hace burla Juvenal en la sátira tercera, donde dice:

Los que no entienden latín se contentarán con esta traducción:

 

No soy hoy de éste y mañana del contrario. Mi pluma no se sujeta al espíritu del partido ni de la adulación, sino a la razón, a la verdad y a la experiencia.

Jamás he pretendido empleo, ni colocación alguna, no sólo por la falta de méritos, pues muchos se han colocado sin ellos, sino porque no he tenido genio adulador que es simpliciter necessarium a todo pretendiente para mover los resortes, unas veces mintiendo, otras humillándose, otras prostituyéndose y todos alabando acaso a los que menos lo merecen.

Este estilo me es repugnante; creo que es de almas bajas, como también las sátiras determinadas y los sarcasmos irritantes; por eso cuando escribo tengo presentes tanto el neque enim notare singulos mens est mihi... de Fedro, como elAperte ita ut res se habet narrato, de Terencio.

"Dí claramente las cosas como son."

Dirá alguno: eso mismo prometen muchos autores, ingenuidad e imparcialidad; y lo mismo es dar una ojeada a sus escritos, que encontrar la falsedad de su promesa que de a legua descubre su pasión, su interés o su lisonja. A esto respondo que es muy cierto, y yo mismo pudiera citar algunos ejemplares; pero estos mentirosos no prueban que todos lo sean: a lo menos yo procuro que no se me señale en este punto.

Basta de chanzas, y vamos a las veras, que quedamos hablando de la exaltación de la monarquía española y abatimiento del antiguo despotismo.

Para que la nación no cese de darle gracias al Todopoderoso por el beneficio especial que acaba de recibir por medio del sabio y patriota Congreso de las Cortes, y para que más admire y agradezca el espantoso salto que ha dado de la galera altrono y de la esclavitud a la soberanía, es preciso que atentamente reflexione en el formidable poder del enemigo de su libertad, porque cuanto éste es mayor, tanto es más glorioso el vencimiento.

La ignorancia ha sido el apoyo del despotismo, y la marca de los pueblos esclavizados. La sabiduría de los griegos decayó luego que los romanos se hicieron dueños de su libertad. El tirano Nerón hizo exterminar los sabios de su imperio. El grosero Mahoma prohibió con los más severos preceptos que sus sectarios se dedicasen al estudio de las ciencias. El ignorantísimo califa Omar privó a todos los sabios de su tiempo y a los venideros de un gran tesoro, quemando la famosa biblioteca de Alejandría. Todos estos déspotas crueles, acusados de sus iniquidades por íntimo testimonio de su conciencia, creyeron asegurar su dominación sumergiendo los pueblos en la ignorancia.

Ellos se hacían este argumento poderoso, aunque terrible. Nosotros obramos mal; usurpamos a los hombres sus derechos; ellos pueden advertirlo y discurrir también los medios para sacudir el yugo, y entonces seremos víctimas de su justa venganza; pues no; cerrémosle las puertas a la sabiduría; no dejemos lucir esta lúcida antorcha entre nuestros esclavos, que estando éstos ciegos y a oscuras, no es fácil atinen con los caminos de su libertad. Así han discurrido los tiranos; así han sufrido los mortales las más injustas vejaciones, y así ha tremolado su bandera el despotismo.

Se puede considerar a un rey como soberano y como déspota. Como soberano él será el azote del malvado, el favorecedor del mérito, el freno del poderoso, el amparo del pobre, el mecenas del sabio, el maestro del ignorante, el tutor del pupilo, el esposo de la viuda y, finalmente, el padre de su pueblo y las delicias de sus vasallos.

Si se considera como déspota, yo lo definiré con las misma palabras de un célebre autor francés:

El déspota (dice) no tiene más ley que su suprema voluntad, y cual despoje o degüelle a sus vasallos está libre de imputación o censura, pues que nadie tiene derecho de pedirle razón de su procedimiento, ni la sangre que derrama o hace derramar nunca clama venganza contra él.

De manera que, no teniendo los reyes derecho alguno sobre la vida ni bienes de sus vasallos, los déspotas determinan de una y otros por su sola voluntad o capricho.

Las historias sagrada y profana nos refieren los hechos más escandalosos cometidos por la arbitrariedad de estos seres, perjudiciales en todos tiempos al género humano.

Idolatrías, magias, supersticiones, herejías, estupros, raptos, incestos, adulterios, depredaciones, homicidios, conjuraciones, sacrilegios, etcétera, etcétera; de todo han sido susceptibles estos monstruos de la humanidad, con lamentable ruina de las sociedades que han tenido la desgracia de serles sujetas.

Si quisiéramos extractar ejemplos de todos estos tigres racionales, no concluiríamos en diez pliegos de papel sólo el catálogo de sus nombres.

Para horrorizar nuestra memoria, bastará traer a ella los ignominiosos procedimientos de Tarquino el Soberbio, último rey de los romanos. La negra descripción que hace de él monsieur Rollin(3) es digna de leerse original. Dice así:

Desde los principios empezó a tratar con desprecio así al pueblo como a la nobleza que había coadyuvado a su elevación; mudó todo el orden establecido por los reyes sus antecesores; dio por el pie a los establecimientos más sabios y, atropellando los derechos de la razón y de la justicia, no siguió en sus acciones más reglas que la de un poder arbitrario y tiránico. Escogió para sí una guardia toda compuesta de cuanta gente osada y resuelta pudo encontrar, así en Roma como fuera, cuyo oficio era acompañarlo y custodiarlo de día y de noche. Salía muy poco en público y nunca a horas fijas; todo lo determinaba privadamente, y con consulta de aquellos que le eran más afectos, sin hacer caso del Senado por ninguna dependencia. La guardia tenía orden de no dejar llegar a él a nadie a menos que no hubiese sido llamado, y aun entonces el que entraba a hablarle hallaba en su semblante y en sus palabras una dureza y ferocidad que lo tenían en continuo temor, y salía muy contento si sólo quedaba en susto.

Cuando le pareció que su autoridad estaba bien sentada, sobornó a los más malvados de sus confidentes para que acusaran a cuantos ilustres ciudadanos quería hacer perecer. Empezó primero por los que sabía no eran de su bando; vino luego a los descontentos de su nuevo gobierno y, finalmente, pegó contra los ricos, porque con tales príncipes es delito serlo, y suponiéndoles delitos que no habían cometido, desterraba a los unos, mandaba quitar la vida a los otros y se apoderaba de todos sus bienes, dejando sólo una ligera parte de ella a los delatores por recompensa. A muchos hizo asesinar secretamente, de modo que con tantas crueldades dejo desierto el Senado; y a la verdad, Tarquino no lo necesitaba, porque gobernando como tirano, todo lo hacía sin consultar con nadie. Prohibió todo género de asambleas; estorbó que los romanos se juntaran para sus sacrificios, temiendo que unidos tramasen contra él alguna conspiración, y aún les quitó el alivio de quejarse de sus crueldades, pues en todas partes tenía espías que le daban al instante noticias de los quejosos, a quien mandaba seguramente asesinar; y el temor de sus violencias y tropelías hizo huir de Roma a muchos de los principales ciudadanos.

El último crimen con que acabó este príncipe de excitar contra sí el odio de los romanos fue con la violencia de la hermosa Lucrecia, mujer de Colatino. Esta buena señora, no queriendo sobrevivir a su deshonra, notició el caso a su marido y a otros caballeros, le tomó la palabra que le habían de vengar, y se mató. A este espectáculo se conmovieron más los romanos juramentados, sacaron el cadáver de Lucrecia en público, peroraron contra las crueldades de Tarquino, alarmaron los pueblos y los desposeyeron a él y a toda su estirpe del solio romano, y no sólo, sino que abolieron hasta la dignidad real; el nombre sólo del rey los irritaba; a Melio, caballero rico que quiso años después hacerse rey, lo asesinó Servilio, y al recibir la noticia de este hecho  por él mismo, el dictador Quincio le dijo: "Apruebo vuestra acción y os doy las gracias, Servilio, de vuestro celo. Venís de libertar a vuestra patria de un tirano que quería reducirla a la esclavitud." Tan frescas estaban en la memoria de los romanos las crueldades de Tarquino, casi cerca de un siglo de haberlas éste cometido.

Estas desgracias que padeció Roma con su Tarquino y las dos Sicilias con sus dos Dionisios han sido comunes a las demás naciones del universo, sin haberse libertado nuestra España de un Pedro, conocido por el sobrenombre de "Cruel", quien parece se las apostó al mismo Nerón. La memoria de sus hechos horroriza la humanidad más fría. Parece que ninguna parte del mundo se ha excepcionado de esta plaga.

Es verdad que nosotros hemos logrado tener reyes grandes, buenos, castos, católicos, sabios y amados; pero creo que (a lo menos en los reinados de las Casas de Austria y Borbón) jamás hemos tenido un rey dueño absoluto de su voluntad, sino unos reyes y pupilos y siempre tutoreados por sus validos; y he aquí el motivo por qué, aun cuando España haya sido la nación que haya tenido los mejores y más benéficos reyes, ha sido la más sujeta al despotismo; porque ¿de qué nos sirve la beneficencia del rey, si el ministro no la deja circular entre sus vasallos? ¿Qué con que el rey desee el alivio de ellos, si el privado aumenta las contribuciones y escasean los arbitrios? ¿Qué, por último, con que el rey nos ame como hijos, si el déspota nos trata como esclavos? Pues así ha sido por mucho tiempo, y yo no temo asentar estas proposiciones: que a pesar de la bondad de los soberanos, no hay nación de las civilizadas que haya tenido más mal gobierno que la nuestra (y peor en la América)ni vasallos que hayan sufrido más rigurosamente las cadenas de la arbitrariedad. Esto es lo que probaremos adelante.

 


(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui. Año de 1812.

(2) caquinos. Carcajadas. Cf. Santamaría, Dicmej.

(3) Monsieur Rollin. Carlos Rollin (1661-1741), humanista e historiador francés. Rector de la Universidad de París y miembro de la Academia de las Inscripciones. Autor de Abrégé de Quintilien, Traité de la manière d'étudier et d'enseigner les belles-lettres, Historie ancienne e Historie romaine (inconclusas), etcétera.