Portada (1)

 

VIVA

LA NACIÓN ESPAÑOLA,

VIVA LA UNIÓN,

VIVA LA CONSTITUCIÓN

Y EL DIGNO REY

QUE LA JURÓ

 

Constitución

VIVA LA UNIÓN

SONETO

Si alguna vez la necia antipatía

Con la malignidad más insolente

Sembró el rencor entre una y otra gente

De la vasta Española Monarquía:

Si alguna vez la negra tiranía

Con mano armada en este Continente

Nuestra sangre virtió; ya felizmente

Vimos el fin al azaroso día.

La América y España se están dando

Las manos, en señal muy expresiva

De su UNIÓN que se están felicitando:

Y ambas entonan ya con voz festiva:

Viva la LIBERTAD, la UNIÓN, FERNANDO

Y la CONSTITUCIÓN por siempre viva.

 

 

CONDUCTOR ELÉCTRICO

PROSPECTO

He puesto al presente periódico el altisonante título de Conductor Eléctrico, porque así como este instrumento sirve para recibir el fluido ígneo y conducirlo adonde se quiere, así yo deseo que este periódico sea un conductor por donde se comuniquen muchas verdades importantes al gobierno y al pueblo con la misma violencia, si es posible, que el fluido eléctrico; y he aquí el motivo porque le he puesto un título tan análogo a su objeto y a la sinceridad de mis deseos.

Procuraremos que las materias que contenga sean interesantes, útiles y, por lo menos, divertidas. Todo lo que pertenezca al orden público y al beneficio de la sociedad será digno objeto de nuestra atención y nuestra pluma.

A consecuencia de esta obligación que reputamos por sagrada, instruiremos a los lectores(a) en algunos elementos del derecho público, cuya ciencia se hizo inaccesible en estos reinos, en tiempo de los gobiernos desgraciados, en los que se prohibieron las cátedras establecidas en muchas partes para enseñarlo, y las mejores obras de los célebres publicistas, sin advertir que es una herejía política el persuadirse a que puede florecer un reino, mantenerse sujeta a una Colonia, ni progresar ninguna monarquía a favor de la ignorancia y la miseria. ¡Máxima detestable del condenado Maquiavelo, que no pueden leer sin horror los sabios y sensibles!

Todo lo contrario debe esperarse bajo tan bárbaro sistema. El pueblo sumergido en la ignorancia y en la inercia, como ni sabe cuáles son sus deberes, y, por otra parte, se ve estrechado de la miseria, desconfía del gobierno que lo ha criado, lo juzga tiránico, y hace por substraerse de su dominación siempre que puede.

Pero un pueblo seguro de que se le conservan sus derechos, de que no se atacan las propiedades del ciudadano, de que no se le cierran las puertas al mérito legítimo y no fingido, de que no se atan las manos a la industria personal, de que los arbitrios comunes no se han de estancar con los privilegios exclusivos; en una palabra, un pueblo libre y por otra parte instruido en los derechos que debe reclamar para sí y pagar al rey, a la patria y a los diversos miembros de ella, es como imposible que piense en separarse de un yugo tan dulce, equitativo y paternal.

En tal época me parece que va a entrar este reino que trescientos años ha se llora esclavo de la tiranía y el despotismo de los gobiernos malhadados, lo mismo que se ha llorado por más tiempo la Península, pues en todo hemos sido completamente hermanos. Cuando hemos tenido buenos reyes, buenos ministros y buen gobierno, hemos disfrutado estas ventajas; cuando los hemos tenido godoyanos, por ejemplo, hemos sufrido la más vergonzosa servidumbre. Estos agentes hicieron nuestra ruina; éstos trastornaron el orden del Estado; éstos derramaron la sangre de nuestros padres; desfiguraron nuestras leyes y nos sumieron en el profundo de los males.

Para negar estas verdades es necesario no tener gota de conocimientos políticos; es preciso quemar todas las historias de España y de sus Indias juntamente con las obras de los Quevedos, Macanaces,(2) Jovellanos, Valladares(3) y otros muchos, que en diversas épocas se han quejado públicamente de los abusos introducidos en el antiguo gobierno.

No es un espíritu maldiciente el que dirige mi pluma al escribir estas verdades; es muy noble el objeto con que las escribo; es muy noble, repito, y no titubeo para decirlo.

Siendo innegable que ha habido varias épocas de mal gobierno, si no se quiere decir que siempre fue malo, ya más, ya menos, pregunto ¿sobre quién recaían sus resultados? Claro es que sobre el pueblo, esto es sobre la nación española en sus dos mundos. Paces mal rotas, guerras peor sostenidas, alianzas perniciosas, gabelas infinitas, opresión, espionaje, estancos, abandono del mérito, públicas infracciones de las leyes, etcétera, etcétera, fueron siempre las consecuencias de la ambición, despotismo y tiranía de un duque de Olivares,(4) de un padre La Croy,(5)de un Esquilache(6) y, para venir más cerca, de un Godoy.

Siempre que la nación estuviese bajo el antiguo sistema de gobierno, quedaba expuesta a ser atormentada a cada rato por un favorito ambicioso, déspota y tirano como los que acabamos de nombrar, y, de consiguiente, a padecer los mismos males que aquéllos le hicieron sentir en los tiempos de su dominación. ¿Y qué remedio para ocurrir a semejante daño, para restituirle al pueblo sus derechos y ponerlo a cubierto del enjambre de males que lo amenazaban sin cesar? No otro que variar el antiguo sistema de gobierno, quitándole lo que tenía de malo y poniéndole lo que le faltaba de bueno.

Esto es lo que hizo la nación española representada por sus Cortes el año de 1812, sancionando la sabia Constitución que acaba de jurar nuestro monarca.

Cuando todo ciudadano llegue a entender que mediante este precioso Código es hombre libre, que se le han restituido sus derechos, y puesto a cubierto de la tiranía y despotismo de los que otras veces habían abusado de su autoridad y en su perjuicio; cuando todo ciudadano, vuelvo a decir, esté convencido de esta verdad, entonces en la efusión de su alma rendirá al Ser Supremo millones de gracias por tan inapreciable beneficio, y colmará de bendiciones al más generoso de los pueblos y al mayor de los monarcas de la Europa.

Nadie puede apreciar el bien que no conoce, ni temer el mal que no advierte. De aquí es que el común del pueblo, o a lo menos, su parte plebeya, mientras ignore el bien que le trae la Constitución y el mal de que lo libra, se manifestará con una indiferencia o una apatía grosera, que se acercará mucho a un desagradecimiento criminal.

Por eso importa tanto que los sabios escritores, desde los principios, se empeñen en demostrar estas verdades al pueblo rudo e ignorante; que conozca lo que se le debe para que lo reclame, y lo que él debe para que lo pague justamente y cuando se halle empapado en estos conocimientos saludables, resonará en las bocas de todos el lisonjero grito que diga: ¡Viva la unión, la paz, el rey y la sabia Constitución!

Con el objeto dicho, haremos por explicar algunos artículos de la Constitución, no porque este sabio Código carezca de la necesaria claridad, sino porque aun teniéndola, no basta para que la comprendan algunas cabezas enfermas por la preocupación o la ignorancia.

Copiaremos las cosas particulares, útiles y dignas de saberse, ora lleguen manuscritas a nuestras manos, ora se impriman en otros periódicos, convencidos de que así se sirve mejor al público; pues no todos tienen proporción de comprar cuanto papel salga, y se alegrarán de tener en éste lo más selecto y digno de saberse que tengan todos.

No se quedarán sin lugar las bellas letras, y se lo haremos muy distinguido a las poesías sobresalientes.

Nuestra intención es que este papel sea para todos útil y agradable. Mas, necesitándose para llevar al cabo nuestros buenos deseos hombros más robustos y luces más claras que las nuestras, convidamos desde luego a todos los sabios que existen en el reino para que nos ayuden con sus preciosas producciones.

Por tanto, sabios conciudadanos que vivís en estos climas, que respiráis el aire que respiro, y que os sentís movidos del dulce amor a vuestros semejantes, derramad el saludable fuego de vuestra ilustración en este Conductor que se os franquea, para que por él se comuniquen a todo el pueblo en general.

El gobierno necesita de vuestras luces; el pueblo os lo reclama. Aquél para proceder con acierto, y éste para contenerse en sus deberes.

Acordaos, finalmente, que sois deudores de vuestros talentos a los sabios y a los ignorantes, y que como decía Cicerón, no hemos nacido para nosotros, sino para servir a la república. Non nobis, sed reipublicae nati sumus.

ADVERTENCIAS

Este periódico saldrá los martes, jueves y sábados de cada semana. Las subscripciones se recibirán en la librería de don Mariano Ontiveros, siendo su precio tres pesos para México y tres y medio para fuera, por cuya cantidad se les darán veinte y cuatro pliegos o más, si más salieren.

A los subscriptores de esta capital se les llevarán los pliegos a su casa, y a los de otros lugares de fuera, se les remitirán semanariamente los que salgan francos de porte.

Las personas que gusten favorecernos con sus producciones pueden dejárnoslas bajo de cubierta en la primera alacena de papeles del Portal de Mercaderes, o en la imprenta, y las que nos quieran remitir de fuera de México, pueden dirigirlas con este sobre: Al Pensador, franca.

Lo que más encargamos es que no se abuse de la libertad de imprenta de ningún modo, pues no publicaremos papel alguno que contenga sátiras contra el gobierno, personalidades, ni injurias contra nadie; lo primero, porque no es justo; y lo segundo, porque debiendo quedar responsables en la imprenta de las obras que publiquemos, sería una necedad el comprometernos por otro.

Las producciones ajenas las subscribiremos con los nombres, iniciales o anagramas que les pusieren los autores, y las nuestras con estas iniciales J. J. F. L.

 

MANIFIESTO DEL REY A LA NACIÓN

Españoles, cuando vuestros heroicos esfuerzos lograron poner término al cautiverio en que me retuvo la más inaudita perfidia, todo cuanto vi y escuché, apenas pisé el suelo patrio, se reunió para persuadirme que la nación deseaba ver resucitada su anterior forma de gobierno; y esta persuasión me debió decidir a conformarme con lo que parecía ser el voto casi general de un pueblo magnánimo que, triunfador del enemigo extranjero, temía los males, aún más horribles, de la intestina discordia.

No se me ocultaba, sin embargo, que el progreso rápido de la civilización europea, la difusión universal de luces hasta entre las clases menos elevadas, la más frecuente comunicación entre los diferentes países del globo, los asombrosos acaecimientos reservados a la generación actual, había suscitado ideas y deseos desconocidos a nuestros mayores, resultando nuevas e imperiosas necesidades; ni tampoco dejaba de conocer que era indispensable amoldar a tales elementos las instituciones políticas, a fin de obtener aquella conveniente armonía entre los hombres y las leyes, en que estriba la estabilidad y el reposo de las sociedades.

Pero mientras yo meditaba maduramente, con la solicitud propia de mi paternal corazón, las variaciones de nuestro régimen fundamental que parecían más adaptables al carácter nacional y al estado presente de las diversas porciones de la monarquía española, así como más análogas a la organización de los pueblos ilustrados, me habéis hecho entender vuestro anhelo de que se restableciese aquella Constitución que, entre el estruendo de armas hostiles, fue promulgada en Cádiz el año de 1812, al propio tiempo que con asombro del mundo combatíais por la libertad de la patria. He oído vuestros votos, y, cual tierno padre, he condescendido a lo que mis hijos reputan conducente a su felicidad. He jurado esa Constitución por la cual suspirabais, y seré siempre su más firme apoyo. Ya he tomado las medidas oportunas para la pronta convocación de las cortes. En ellas, reunidos vuestros representantes, me gozaré de concurrir a la grande obra de la prosperidad nacional.

Españoles, vuestra gloria es la única que mi corazón ambiciona. Mi alma no apetece sino veros en torno de mi trono unidos, pacíficos y dichosos. Confiad, pues, en vuestro rey, que os habla con la efusión sincera que le inspiran las circunstancias en que os halláis y el sentimiento íntimo de los altos deberes que le impuso la Providencia. Vuestra ventura desde hoy en adelante dependerá en gran parte de vosotros mismos. Guardaos de dejaros seducir por las falaces apariencias de un bien ideal que frecuentemente impiden alcanzar el bien efectivo. Evitad la exaltación de pasiones que suele transformar en enemigos a los que sólo deben ser hermanos, acordes en afectos como lo son en religión, idioma y costumbres. Repeled las pérfidas insinuaciones, halagüeñamente disfrazadas, de vuestros émulos. Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional; y mostrando a la Europa un modelo de sabiduría, orden y perfecta moderación en una crisis que en otras naciones ha sido acompañada de lágrimas y desgracias, hagamos admirar y reverenciar el nombre español, al mismo tiempo que labramos para siglos nuestra felicidad y nuestra gloria. Palacio de Madrid, marzo 10 de 1820. FERNANDO.

 


(1) Imprenta de don Mariano de Zúñiga y Ontiveros, calle del Espíritu Santo. El Conductor Eléctrico, 1 vol., consta de 24 números (208 páginas de numeración corrida) más un prospecto con 8 páginas, en 4° común. La totalidad de números carecen de día y mes de aparición.

(a) Se entiende a los que necesiten de nuestras débiles instrucciones.

(2) Referencia a Melchor Rafael de Macanaz (1670-1760). Político y escritor español. Sirvió a Carlos II y luego a Felipe V, tomando parte en las campañas de Portugal y Cataluña; fue presidente del Consejo de Hacienda y fiscal general del Consejo de Castilla, en cuyo cargo firmó un Pedimento fiscal que le indispuso con la Inquisición; destinado a Francia, escribió Historia de la religión y de la iglesia,Refutación del janseísmo, Historia de España, etcétera. Sus actividades diplomáticas, en perjuicio de Francia, le llevaron a la prisión, primero a Pamplona y luego al castillo de la Coruña hasta el advenimiento de Carlos III. Fue uno de los políticos y diplomáticos más eminentes de su época, paladín del regalismo y escritor célebre, que dejó muchos volúmenes, la mayoría inéditos, habiendo publicado varias obras, entre ellas Historia crítica de la Inquisición. Cf. Diccionario enciclopédico abreviado,Madrid, Espasa Calpe, S. A., 1955.

(3) Valladares. Referencia a Antonio Valladares y Sotomayor. Escritor e historiador conocido por el Semanario Erudito (1787-1791), publicado posteriormente bajo el título de Nuevo Semanario Erudito.

(4) Alude a Gaspar de Guzmán y Pimentel, Conde-duque de Olivares (1587-1645), privado de Felipe IV, que gobernó despóticamente muchos años.

(5) Guillermo la Croy. Los conocimientos históricos de Fernández de Lizardi son extraños: hubo dos personajes con ese apellido; pero al parecer eran de Croy y nola Croy. Uno fue señor de CHIÈVRES, quien tuvo gran poder en los primeros años del reinado de Carlos I; el otro, sobrino de aquél, fue nombrado arzobispo de Toledo. Éste no tuvo ningún poder ni hizo nada notable.

(6) Leopoldo Gregorio, marqués de Esquilache o Squillace. Ministro de Hacienda, Guerra, Comercio, Gracia y Justicia de Carlos III. Intentó modernizar Madrid. Cuando quiso cambiar la indumentaria de sus habitantes, se promovió un motín y hubo de marcharse a Italia. Posteriormente fue embajador de España en Venecia.