[NÚMERO V]
Concluyen su plática. Sobre la amistad,
El Ranchero y su Hijo
—Las amistades, hijo mío, no son otra cosa que unos pactos de recíprocos intereses entre los hombres; son unas exterioridades aparatosas con que bajo el nombre de amistad traficamos continuamente unos con otros, ansiando siempre por la mejora de nuestra suerte y el aumento de nuestras conveniencias; en una palabra, en sentir de Rochefoucauld: "lo que los hombres han llamado amistad, no es otra cosa que... un comercio en que siempre se propone ganar algo el amor propio." De este principio se sigue que las verdaderas amistades son tan raras que cuando veamos algún buen amigo, debemos tenerlo en la consideración de un fenómeno de la naturaleza, admirarlo como un prodigio, y si por dicha nos tocare tenerlo, deberemos procurar conservarlo como un tesoro.
—Pues, señor padre, decía el muchacho, yo me acuerdo que he leído en uno de los libritos del marqués de Caracciolo, que trata de los caracteres de la verdadera amistad, que no son los buenos amigos tan raros como usted me persuade.
—Hijo mío, yo venero el juicio de ese autor, pero acuérdate de que antes de asentar esa máxima, describe prolijamente todas las virtudes que deben caracterizar al verdadero amigo, verbigracia: el sufrimiento, la fidelidad, la discreción, la sencillez, la generosidad, la afabilidad, la ternura, la constancia, el desinterés y otras. Dime cuando halles un hombre que posea estas virtudes, y, a pesar de mi vejez cansada, yo correré el primero a buscarlo y a solicitar su amistad; pero ¡ay hijo!, son tan pocos los que se hallan en el mundo revestidos de estas recomendables circunstancias, que los tengo por tan raros como los fabulosos fénices y salamandras. No digo que en el mundo no se hallen verdaderos amigos, ni menos que la verdadera amistad sea un ente de razón cuya existencia sólo se conozca en unas cabezas delirantes; lo que aseguro es que son tan pocos que con el lente más fino, apenas entre mil de los que se creen y se dicen amigos, habrá uno que merezca honrarse con un título tan tierno y delicioso. Si tu suerte te condujere a vivir en las ciudades populosas, y a tratar indistintamente con la multitud de los hombres, advierte que una prudente desconfianza sobre el particular jamás te será inútil. No verás por las calles y plazas otra cosa que amigos; no oirás sino las seductoras voces de amistad, honor, desinterés, buena fe, religión, lealtad y patriotismo; pero ¡ay, hijo de mi alma!, que bajo de las flores está el áspid. Sábete, sí, sábete que bajo esta brillante perspectiva no hay sino horror, inmundicia y veneno. Esas halagüeñas voces, signos sin duda demostrativos de unas virtudes reales y encantadoras, no son otra cosa, en boca de los viles hipócritas, que las usan para sus fines depravados, que unos pintados velos con que procuran cubrir o disimular su adulación, su infamia, su codicia, su traición, su encono, sus venganzas, su inmoralidad y el cúmulo total de sus pasiones desregladas.(2) ¡Cuánto siento no poder extenderme en estas saludables lecciones para tu aprovechamiento futuro! Lecciones repetidas, es verdad, pero lecciones sabias, sólidas, útiles, necesarias, y que jamás debían apartarse de la boca de un padre, ni dejar de reimprimirse cada día en los corazones de los hombres. Todos aseguran que saben estas cosas, pero muy pocos son los que las aprovechan. Cuando te presentes en el gran mundo, y más si tuvieres una apariencia no infeliz, acuérdate: te verás al instante rodeado de una multitud de esas fieras que se dicen amigos, y cada uno querrá la preferencia en tu amistad y dirá que te estima más que nadie. Mientras te dure el relumbrón, mientras tengas dinero y tengas jugo que te chupen estas venenosas sanguijuelas, jamás te verás solo, ni te faltarán alabadores que ensalcen hasta las nubes tus mismos vicios, por los que en una época desgraciada merecerías en el concepto de los mismos unas galeras o un presidio. Sí, muchacho, en los tiempos de la buena ventura todos te rodearán, como las moscas al panal. Continuamente te ofrecerán sus personas, sus casas y sus haberes; te verás oprimido a finezas, y sobrecargado de amigos extremosos, que llegarán a fingirte muy al vivo que sienten mucho que no los ocupes ni te valgas de sus bienes como tuyos; pero cuidado, hijo, con creer a estos falaces; cuidado con fiarles tus secretos; cuidado con disipar tus monedas en su obsequio, ni sacrificar tu quietud, tu honor ni religión a sus mentidos halagos, pues si llega el caso de que te veas pobre, y sin un verdadero amigo (primero te mueras), si llega este triste caso, repito, verás que todo ese enjambre de amigos que te rodeaban, se disipa con más facilidad que el humo ligero de un cigarro. El interés activo y pasivo es el que hace conservar y perder estas amistades aparentes. Si estás pobre y desvalido, al momento te abandonarán estos amigos falsos y venales: unos porque han perdido las esperanzas de que les des, y otros por privarte el recurso de que les pidas. "El mayor obstáculo que tienen los hombres para ser amigos, es el interés", dice el marqués de Caracciolo. "Antiguamente se decía: el amigo hasta el altar. Hoy se pudiera decir, el amigo hasta la bolsa. Las ofertas de servicios, las protestas de afición, todas se deshacen regularmente a la primera palabra de pedir prestado. Este mismo que ayer os quería acompañar en los peligros, y anticiparse en aliviar vuestras necesidades, se sonrojará o se pondrá pálido si le pedís que os preste unas miserables monedas de oro (y aunque sean de cobre, sucederá lo mismo). Ya desde hoy le pareceréis un importuno, digno de que huyan de vos; todo es órdenes a los criados para que no os dejen entrar, y propósitos de no abrir los ojos para miraros." Conque, hijo mío: retén estas lecciones; aprovecha estas advertencias, ten amistad, agrado y buena fe con todos; pero muy pocos amigos, y entre los pocos, mira si al cabo de algunos años llegas a experimentar uno verdadero, al que procurarás conservar hasta la muerte.
(1) Imprenta de doña María de Jáuregui. Calle de Santo Domingo.