CONCLUYE EL SUEÑODE EL PENSADOR MEXICANO(1)
Perora la Verdad ante su majestad ilustrísima(2)
A los anteriores escandalosos alborotos sucedió la calma más tranquila. Un profundo silencio reinaba en el magnífico salón, y la Verdad, ya recobrada de los pasados sustos, vestidas de rosa sus mejillas, y apartando los divinos corales de su boca, con la mayor entereza y majestad habló de esta manera.
Emperador augusto, Soberano Congreso, ilustre pueblo. El silencio con que habéis esperado mis palabras es un seguro indicio de vuestra bella disposición para escucharlas. ¡Satisfacción feliz!, pues de nada sirviera que hablara la Verdad faltando quien atentamente la perciba. Aprovechando yo esta favorable coyuntura, nada común en semejantes días ni circunstancias, tengo el honor, augusto joven, de dirigiros la palabra. Acaso no faltará quien, pendiente de mis labios, espere una elocuente y encomiástica oración, en la que, apurando los primores del arte de decir, preconice las proezas de vuestra majestad, encarezca sus virtudes, ensalce su celo religioso, y, haciéndolo descender de otra naturaleza superior a la humana, lo divinice con una sacrílega apoteosis. ¡Cuánto se engaña quien piense que he de hablaros de este modo!
Los oídos de vuestra majestad yacen a esta hora fatigados con el peso de tanta adulación, y seguir adulando su persona, no sería sino insultarlo con descaro. Además que el idioma de la pura Verdad está en oposición con el de los mezquinos lisonjeros. Sería destruir mi intento el imitarlos. El idioma que yo hablo es claro, pero sublime; respetuoso, pero franco; bastante familiar y siempre nuevo. Entreténganse los que quieran en brindar a vuestra majestad venenosos narcóticos en las doradas cuanto falsas copas de la excesiva adulación. Felicítenle enhorabuena su exaltación al trono del Imperio Mexicano; mientras yo le presento los antídotos contra el fatal beleño.
Vuestra majestad ha sido raro en todo. Raro en haber sabido vencerse. Ésta es su mayor gloria; y mientras así lo haga, tal hazaña será el anuncio más seguro de su felicidad, y la que llevará su nombre lleno de gloria más allá del sepulcro pavoroso. Ha sido raro vuestra majestad en la rapidez con que corrió el círculo de sus pasados méritos. Lo ha sido en el tino con que dictó sus providencias, en lo encadenado de sus triunfos, y en el fin glorioso que ha tenido. La suerte de vuestra majestad no es comparable sino con la de Napoleón el grande. ¿Napoleón he dicho?... ¡Santo Dios! Éste es el modelo que yo deseara que imitase vuestra majestad en cuanto a sus virtudes; y su caída el más terrible ejemplo que temiera para jamás abusar de su poder, ni imitar sus miras ambiciosas de gloria y majestad.
En medio de la grandeza del trono se hallan los príncipes abrumados con obligaciones importantes, con agitaciones de espíritu terribles y rodeados de inminentes peligros. Las coronas brillan, pero pesan; las púrpuras adornan pero arrastran. Ciertamente que los emperadores y reyes no son sino los primeros esclavos de la patria, adornados con éste o aquel dije y autorizados por todos para sacrificar su quietud, su comodidad y su salud por cada uno de sus súbditos y conciudadanos. ¡Oh qué caro que cuestan tan altas dignidades!
Muy bien conoce esto vuestra majestad, por tanto, apenas se vio proclamado emperador cuando nos manifestó estar desengañado y reconocer lo grave del cargo que tiene sobre sí, y lo fútil del premio o recompensa de tal cargo. Por eso dijo en su discurso del 21 de mayo: "De una vez, mexicanos: la dignidad imperial no significa más que estar ligado con cadenas de oro, abrumado de obligaciones inmensas; eso que llaman brillo, engrandecimiento y majestad son juguetes de la vanidad... El príncipe es para el pueblo y no el pueblo para el príncipe." Jamás olvide vuestra majestad estas máximas en la práctica y yo le aseguro que siempre será feliz con el Imperio.
Vuestra majestad ha entrado a navegar en un mar proceloso y necesita brújula que lo dirija. Ésta soy yo. Sí, señor, familiarícese vuestra majestad con la Verdad, dé orden para que no se le embarace la entrada y será salvo vuestra majestad en los peligros.
Una de las desgracias de los reyes es el empeño con que los aduladores tratan de ocultarles la Verdad. Aun los que por obligación deben decírsela, se abstienen temerosos de no ofender la majestad. De aquí es que a nadie se engaña más fácilmente que a los reyes. En tiempo del marqués de Esquilache,(4) pasando el señor Carlos III de Madrid a Zaragoza, en una de las aldeas de su tránsito, se juntó el pueblo, y al ver a su rey comenzó a gritar: pan, señor, pan. Era el caso que su favorito, el marqués, tenía abarrotados los trigos por aquellos contornos, con lo que el pan estaba carísimo y aquellos pobres pereciendo de necesidad. Por fortuna acompañaba al rey un hombre de bien, a quien preguntó qué querían. El sujeto le informó de la buena obra del ministro, y enternecido Carlos III, él mismo les ofreció que a su vuelta, dentro de tres días, tendrían trigo barato, con lo que se consoló aquel pueblo.
Inmediatamente libró orden a Esquilache para que en el momento, y sin ningún pretexto, pusiese sus trigos en venta pública al precio corriente. ¿Quién había de creer que esta real orden y de un Carlos III no había de ser obedecida? Pues así fue. El mismo privado pasó a acompañar al rey de vuelta de Zaragoza, quitóle del lado a su acusador, pasó el coche otra vez por el mismo pueblo, quien viéndose burlado en sus esperanzas, esforzó con más ahínco la voz quejándose de no ver remediado su mal. Carlos III preguntó a su privado: ─¿Y ahora qué pide el pueblo?─Nada señor, respondió Esquilache, le dan a vuestra majestad las gracias por el favor que han recibido. Así engañó este ministro al rey en sus mismas barbas, y el infeliz pueblo no percibió la beneficencia de su monarca.
Al leer esta anécdota, alguno preguntará que ¿por qué no se quejó el pueblo e informó a su rey de aquel engaño? Es fácil la respuesta, y téngala vuestra majestad bien presente, porque los reyes no saben sino lo que sus ministros quieren que sepan. Por eso conviene que los reyes no sean inaccesibles, ya porque pertenecen al pueblo, y ya porque son responsables de los daños que se le siguen por sus ministros; daños que no cometen e ignoran. Estos eran los pecados ocultos y ajenos de que el santo rey David pedía a Dios que lo perdonara: ab occultis meis munda me, et ab alienis parce servo tuo.(5) Pero si no los han cometido y no los saben, ¿por qué han de ser responsables de ellos? Porque debían saberlos, debían abrir la puerta a la Verdad e indagar la conducta de sus ministros, para que éstos temiesen obrar mal y no obrasen. De que se sigue que si el monarca es indolente o inaccesible, franquea a sus subalternos cuanto lugar han menester para cometer bajo seguro las iniquidades que quieran; iniquidades de que responderán los reyes ante el Ser Supremo.
"Oíd reyes, les dice en el capítulo 6 de la Sabiduría, oíd, reyes, y entended: aprended vosotros, jueces de la tierra. Oíd los que mandáis los pueblos, y os gloriáis de ver bajo vuestra dirección muchas naciones. El Señor es quien os ha dado la potestad: el Altísimo es quien os ha concedido ese poder, y Él mismo examinará vuestras obras y escudriñará vuestros pensamientos... Un juicio severísimo se hará a todos los que mandan... A vosotros, pues, dirijo mis palabras, para que aprendáis la sabiduría y no os apartéis de ella."(6)
Tal es, señor, el razonamiento con que Dios amenaza a los que mandan; mas yo no veo que les encargue otra cosa sino que oigan y sepan; pero ¿cómo sabrán ni aprenderán la sabiduría si no oyen? ¿Y a quien oirán?, ¿a sus paniaguados, a sus aduladores, a sus parásitos? No, sino a sus pueblos, a los pobres y generalmente a cuantos necesiten que los oigan.
Por esto creo que sería muy acepto a Dios y muy en pro de la patria que vuestra majestad quitase una hora cada día a sus atenciones y se prestase a audiencia pública. Así lo acostumbraron los emperadores romanos, y así lo exige la naturaleza del cargo. Octaviano Augusto daba audiencia ordinaria, no sólo de día, sino parte de la noche, y cuando su salud estaba quebrantada y no podía salir al tribunal, lo hacía de una silla de manos en que lo sacaban a una sala (Suetonio in vita. Octaviano Augusto).(7)
Esta sola diligencia basta para contener en sus deberes a los ministros y demás dependientes de la justicia, pues aunque como hombres se quieran extraviar, el temor de ser descubiertos ante vuestra majestad los ha de retraer de su intención. Además que el pueblo, acostumbrado a tratar familiarmente con su rey, así como el hijo con su padre, le cobrará amor, y éste se aumentará cada día naturalmente. En las rancias monarquías absolutas era dogma que los reyes se sacramentaran o se escondieran de sus pueblos. De aquí los sumilleres de cortina(8) y otros ridículos ceremoniales; pero en las monarquías moderadas, donde el rey es el primer ciudadano, amigo y padre de sus súbditos, se hace como necesaria la popularidad en tal sistema. La majestad hace temibles los reyes, y del temor al odio hay poco trecho. La popularidad los hace amables.
Bien le quisieron inspirar esta máxima, aunque hipócritamente, a Fernando VII, los enemigos de la libertad española, y en efecto, a su vuelta de Francia se hizo demasiado popular; mas como no estaba acostumbrado, pronto se olvidó de serlo y no tardó en tornar a su antiguo ensoberbecimiento; pero tampoco tardó la nación en moderarlo, pasando al extremo de abatirlo.
Ni le digan a vuestra majestad que la dignidad de emperador se opone a la popularidad de ciudadano. Todo tiene remedio; en éste consiste la virtud; en declinando a cualquier extremo, ya es vicio. Ni queremos a vuestra majestad dulce, empalagoso como miel, ni agrio como limón. El agridulce es el sabor más sensual; pero en caso de declinar, que sea a lo dulce.
Si vuestra majestad se digna admitir la idea de la audiencia pública, economizando los trenes y ceremoniales imponentes, le aseguro que vivirá más instruido en las interioridades de su imperio, la justicia estará mejor distribuida, vuestra majestad más amado y el pueblo más gustoso y satisfecho. ¡Cuánto no sabrá vuestra majestad! ¡Qué temor no tendrán los que administran la justicia y manejan la hacienda pública, sabiendo que si tuercen aquélla y malversan ésta, cualquiera puede descubrirlos a vuestra majestad! ¡Cuánta confianza no depositará el pueblo en su augusta persona! ¡Qué amor no le tendrán todos y cada uno de los ciudadanos al saber que diariamente tiene el paso franco para hablar a su emperador, a su amigo, a su conciudadano, a su Abimelec(9) o su rey padre, que éste es el nombre o epíteto que debe vuestra majestad adquirir y conservar. Los decatólicos, piadosos, castos, hermosos, sabios, justicieros y santos, los da la preocupación, la adulación, la naturaleza, el siglo y el temor. Pero el de Abimelec o rey padre del pueblo es el mejor, el más digno, el único que ha de merecer vuestra majestad, porque en él (cuando la nación lo da y no se toma) se cifran todas las virtudes del buen príncipe.
Oyendo vuestra majestad a sus hijos, amigos y conciudadanos, lo conocerán, y conociéndolo, se atraerá el amor y respeto de los americanos, tan dóciles y amables que adoraban en los monarcas españoles... ¡ah!, en los monarcas españoles, en cuyos gobiernos fueron tan trabajados, los respetaban como a dioses, y este amor y veneración lo tributaban gustosos, no a sus personas que no conocían, sino a los Tiberios y Cacos [sic] que enviaban a mandarlos,(a) y lo extendían a sus retratos materiales. ¿Qué no harán con un emperador elegido a su gusto, digno de serlo por haber sido libertador, por ser su paisano, su amigo, y cuando sepan que le pueden hablar sin desconfianza ni temor, sino como a su emperador y su padre? ¡Oh, es natural que lo adoren con el alma!
Ni le digan a vuestra majestad que el tiempo que dé de audiencia pública, lo pierde; antes lo economiza. ¡Cuántas horas le ahorrarán en oír, leer escritos, extractos de documentos, dictar decretos e imprimir su augusto nombre! Cada palabra de vuestra majestad es un decreto, y para arrancar esa palabra escrita, ¡qué de pasos, dinero, sonrojos, demoras y vejaciones no gasta y sufre un pobre pretendiente, y más si solicita sin justicia! En este caso, después de presentado la primera vez, pasa su instancia de tribunal a tribunal, de ministerio a ministerio. Enviarlo a estas partes, si le tocan jefes indolentes o soberbios, es lo mismo que despacharlo de Herodes a Pilatos. Aquí lo entretienen, allí le ponen plazo, en esta parte lo regañan; en la otra no lo dejan entrar, y al fin de todo, después de haberlo embromado cuatro, cinco o más meses, se eleva a vuestra majestad, mal informado su ocurso, el que se va encontrando el interesado, en ésta o aquélla secretaría con el fatal decreto de no ha lugar. Yo hablo, señor, éste es el lance de darse a satanás.(10) Cuánto menos quejosos salieran los pretendientes si vuestra majestad, impuesto de su poca o ninguna justicia, los desengañara en el momento, teniendo vuestra majestad un estilo seductor, capaz de dejar contento al que le niega. No se me oculta que hay decretos que requieren trámites y detención: no hablo de éstos, sino de esotros que recaen las más veces sobre frioleras. Éstos sería bueno despacharlos ejecutivamente, o, cuando más, dentro de tercero día.
¡Tristes de los emperadores que no pueden tener una hora libre!, pero más infelices los considero cuando advierto que no pueden tener amigos en toda la significación de la palabra. El verdadero amigo mío es otro yo; ¿y quién podrá ser otro Agustín I? Un privado. ¡Desgraciado de vuestra majestad si lo tuviere! El mismo día que el pueblo lo conozca, le perderá el amor, el respeto y la confianza. A él y no a vuestra majestad se dirigirá; todo lo que él gane, pierde vuestra majestad en la opinión común. Si por su medio se logran los destinos, los honores y las rentas, tendrá el pueblo a vuestra majestad como a rey de farsa. Al privado serán las oblaciones; a vuestra majestad los desprecios. Tal alternativa llenará al favorito de orgullo y de poder, del que abusará en poco tiempo, precipitando en la desgracia al Imperio con su emperador y con él mismo. No se olvide vuestra majestad de un padre Lacroy, jesuita, confesor de la reina madre;(11) no de un conde duque de Olivares,(12) no de un Esquilache, no de un Godoy,(13) sin salir de la pequeña España. No es tiempo de aparentar erudición, si no yo le haría ver cuántos emperadores y reyes han sido víctimas de sus más bien conceptuados validos.
No quiero decir que vuestra majestad no se fíe de ninguno. Esto es imposible, pues no lo puede todo. Lo que dice la Verdad es que a nadie entregue vuestra majestad su corazón. Ame a todos sin especializarse con ninguno, para no causar celos a los otros. ¡Tal debe ser la amistad en el trono! Cuantos rodearen a vuestra majestad le dirán que son sus amigos, que le desean su bien y que morirán gustosos por sostenerlo. De todos recibirá iguales elogios, iguales acatamientos y humillaciones. Todos le hablarán un mismo idioma, usarán un mismo ceremonial, un mismo respeto; condescenderán con las ideas de la majestad, sean las que fueren, y será todo lo mismo. Los que amen a vuestra majestad me ocultarán por temor de no desagradarlo; los otros por malicia, interés o adulación. ¿De quiénes podrá fiarse vuestra majestad cuando no puede distinguir el algodón del armiño? Todo es blanco. Así que desconfíe vuestra majestad de todos y de ninguno, o más claro: desconfíe de todos, sin darle a conocer a ninguno su desconfianza. Conozca vuestra majestad a sus amigos, estudiando el mundo en los hombres, no en los libros. Éstos están llenos de embustes, paralogismos, sofismas y preocupaciones de los siglos en que se escribieron. Vuestra majestad tiene el gran libro de la naturaleza, invariable en sus principios, medios y fines para todo.
Estudie vuestra majestad en los hombres. Platón decía: "para que los pueblos sean felices, o los filósofos han de ser reyes, o los reyes han de ser filósofos."(14)Por ventura, vuestra majestad es filósofo, no como ergotista de escuela sino como conocedor del mundo; por eso le digo que estudie al hombre en todos sus tomos en la grande obra titulada Historia de la naturaleza.(b) Los miserables príncipes (permítame vuestra majestad esta expresión para alarmarlo contra los lisonjeros), ni pueden tener amigos ni distinguir los que lo son, por las razones dichas; les es preciso desconfiar de todos. ¡Qué compromiso!
Pero en esta desconfianza consiste la felicidad de sus imperios, yerren ellos por sí y no yerren por consejos ajenos cuando éstos se opongan a la razón o las leyes de la naturaleza. En tal caso, esto es, cuando el príncipe sea malo y determina mal, siente el pueblo mucho menos gravamen, que cuando sus ministros y sus consejos son malos. Cuando el rey es malo y obra por sí, es uno; cuando los consejos y ministros son malos, obran como muchos y hacen mayor mal. El pensamiento es de Capitolino, citado por el político Narbona.(15)
Deseará vuestra majestad una regla para distinguir los amigos de los aduladores. Yo os la daré: en lo particular despójese de la majestad con los que le parezcan mejores. Tantéelos: mire si los que trata son de los que ha elevado, si no necesitan o le piden, si aspiran a ser más de lo que son, y si jamás se oponen a su gusto. Propóngales alguna vez uno que otro absurdo disfrazado en traje de justicia, y si lo apoyan, desconfíe. No es amigo del príncipe el que siempre contemporiza con sus ideas, sino el que a la vez le va a la mano con entereza respetuosa.
Aunque hasta ahora en vuestra majestad haya resplandecido el trato dulce, la afabilidad y beneficencia, es menester que esté muy sobre sí para [no] degenerar de estas virtudes en el alto lugar que ocupa en la nación. Al revestirse el hombre de una nueva dignidad, no se desnuda de las viejas pasiones; antes éstas suelen extenderse y romper los resortes de la razón. Estados mudan costumbres, dice el común proloquio, y es una verdad que se ve cumplida cada día. ¡Cuántos de los que ayer estaban arrinconados y abatidos, hoy, a merced de la ciega fortuna, se ven tan hinchados y soberbios que no sólo desconocen a sus antiguos camaradas, sino que les hablan con alta protección o no les hablan, quizá, a los mismos que lo[s] socorrieron en su miseria! ¿Y por qué tal mudanza?, ¿en qué se funda tan altiva vanidad? En unos galoncitos, en dos bordados, en un usía hueco de significación, y en unas plumas pintadas que carcome la polilla en cuatro días. Pues si unos adornos tan rateros bastan para llenar a algunas almas pequeñitas, en términos de hacerlas reventar de aire como el sapo, ¿cómo no será capaz de trastornar la alma más grande el aparato ostentoso de la majestad?
El brillo de la corona deslumbra; lo pesado del cetro adormece el brazo más robusto; la elevación del trono desvanace; el humo de la adulación impide ver las cosas como son; las repetidas aclamaciones obstruyen los oídos de los reyes para que no perciban la verdad, y la púrpura, a su parecer, cubre éstos y mayores defectos. Un monarca es el ídolo de la nación; pero muy propenso a ser como los dioses, hechuras de los hombres, que tienen ojos y no ven, oídos y no oyen, manos sin ejercicio y pies sin movimiento. En tal estado de grandeza y elevación se necesita todo el socorro de la filosofía para no degenerar, ni dejarse llevar de la altivez y orgullo.
Yo con placer conozco que tiene vuestra majestad una alma grande, incapaz de dejarse sorprender con tan mágicas y pasajeras ilusiones; sin embargo, nunca están por demás estos recuerdos. También advierto que éste no es el idioma con que hablan los hombres a los emperadores; pero es el de la Verdad, y el que se deben acostumbrar a escuchar si quieren ser felices. El deseo de que vuestra majestad lo sea por muchos años, me hace recordarle lo que sabe. Más daño hacen los aduladores a los reyes y a los pueblos, que los enemigos armados. De éstos se pueden precaver con bayonetas, de aquéllos es muy difícil precaverse, porque no se conoce el enemigo, y además brindan la cicuta mortal en la dorada copa de la seducción y la lisonja. ¡Cuántos reyes subieron a los tronos inocentes, humanos y benéficos, y se precipitaron pervertidos por sus falsos amigos! Nerón, discípulo de Séneca, era tan piadoso en el principio de su reinado que cuando tenía que firmar alguna sentencia de muerte, se enternecía y solía exclamar: "¡oh quién no supiera escribir!", y después fue un monstruo de crueldad y tiranía. Él mató a su maestro, a su mujer, a miles de sus amigos, a su misma madre, y no satisfecha su rabiosa sed de sangre humana, incendió a Roma, y tan horrorosa catástrofe fue objeto alegre de su bárbara diversión.(16)
Deseara yo, señor, que nunca dejara vuestra majestad de sus manos las vidas de Pedro el Grande, de Federico II, de Carlos XII, rey de Suecia, el emperador José II y del inmortal Napoleón. En la historia de estos monarcas se presentan muy al vivo las pasiones sublimes, los grandes vicios y virtudes, los peligros y el arte de evitarlos, el carácter general de los pueblos y la política de conquistar los corazones.
Vuestra majestad advierte el poco o ningún aprecio que debe hacer de las alabanzas que le dieren, porque es general ritualidad del mundo alabar, mientras viven, a los emperadores y reyes, sean los que fueren. Así alababa Roma a los Trajanos, Aurelios, Antonios y Octavianos, como a los Tarquinos, Tiberios, Nerones y Calígulas. Siempre son sospechosos los elogios que se tributan a los príncipes en vida, como que los puede arrancar la adulación o el miedo. No así los que se les consagran después de sus días. Éstos siempre son verdaderos, como legítimos frutos de su mérito.
De esto no deben olvidarse los monarcas, como ni de que ellos mismos con sus acciones aparejan, mientras viven, el lienzo en que ha de pintar la historia eternamente su retrato. Ni uno tenemos de cuantos reyes ha habido, entrando los santos, que sea perfecto, porque no lo han sido los originales. Quien quiera un rey perfecto, búsquelo en el cielo, pues en la tierra no se halla; y nos holgaremos de ser menos malos que otros, ya que no nos es dado el ser enteramente buenos.
Pero no basta que vuestra majestad se abstenga de hacer mal, es necesario que haga bien, porque la beneficencia es prerrogativa característica de los príncipes. Monarca mezquino sólo para sí, y cuyas grandezas y opulencias no refluyan sobre sus súbditos, es lo mismo que sol entre nubes. Convencido de esta verdad, el emperador Trajano era tan benéfico que tenía por perdido el día que no hacía un beneficio particular, diciendo diem perdidimus.(17)
Dos caminos se presentan a vuestra majestad para hacer bien: el de la caridad y el de la justicia, por ambos puede hacerse amable a sus súbditos. Por la caridad, porque esta virtud moral, elevada a teológica por nuestra religión, no fue desconocida a los paganos. Trae su origen de la naturaleza y su premio lo percibe al instante el corazón benefactor. Nada hay que satisfaga más a una alma sensible que el recuerdo del bien que ha hecho y la gratitud de los beneficiados que arrancó de las garras de la miseria. ¿Y quiénes de los mortales tienen más facilidad para hacer bien y gozar las bendiciones de los hombres que los emperadores que, sin sacar un real de su bolsillo, pueden hacer dichosos a mil desgraciados e infelices? "Astro benéfico" llama Séneca a los reyes, y Latino Pacato(18) en su panegírico a Teodosio, dice: "no tiene el príncipe ninguna felicidad mayor que haber hecho felices, terciar por la pobreza, vencer la fortuna y darles nuevos hados a los hombres." Casiodoro dice: "los beneficios son los que subliman los reinos, y el mismo dueño de la liberalidad puede crecer perennalmente, si procura que sus súbditos se engrandezcan no habiendo cosa más excelsa que el saber hacer dichosos." "Entonces será el príncipe dueño del pueblo, cuando sea benéfico, y que aquél que viene de Dios se muestra liberal." Díjolo un obispo de Chile, citado por Solórzano en su Emblema 78. ¿Pero qué más? Nebidem llama la Escritura a los príncipes; y Jesucristo, por san Lucas (22, 25), construye benéficos y dice: "los reyes de las gentes dominan en ellas, y los que tienen potestad sobre las mismas son llamados benéficos." Séneca, en su epístola a Opio, dice que "es mucho mejor fortificar el Imperio con beneficios que con armas." Sería tocar el pedantismo si quisiera amontonar dichos y autoridades antiguas para confirmar a vuestra majestad en lo que tiene tan bien sabido, sobrándole con acordarse que los príncipes en nada pueden parecerse a Dios (salva la debida proporción) sino en la misericordia con los malos, y en la beneficencia con los infelices.
Pero si deben ser benéficos por caridad, deben serlo aún más por justicia, dando a cada uno lo que es suyo. Esto es, premiando el mérito y la virtud donde la encuentren, no comprando hombres con hombres, sino méritos con méritos; pesando éstos en la balanza de Astrea y adjudicando los premios a quien más los mereciere, sea quien fuere. De suerte que el grado, el empleo, la distinción, la cruz y los honores, los dé únicamente la justicia y nunca el empeño, el paisanaje, el favor, el interés, ni la amistad. Premiar así es lo más parecido a la economía de Dios, ante quien no hay acepción de personas: darle a Pedro lo que en justicia toca a Juan, es lo último de la tiranía. Premiar a los que no sirven y arrinconar a los beneméritos, es el modo de fomentar ingratos y conciliarse enemigos: es el arte más fácil de recomendar el vicio y hacer odiosa la virtud.
Esta falta de tino en los reyes para premiar ha sido de todas las naciones y tiempos. Eurípedes(c) dice: "Por esta perecen muchas repúblicas, cuando el valor acertado y valeroso no consigue nada de premio más que el negligente." "Amenaza gran desesperación a los buenos ─dice Jenofonte(d)─ cuando con el premio no se ven distinguidos de los ociosos." "Quita el premio al trabajo, decía otro, y quitarás la gana de trabajar." Aunque el trabajar por la patria es lo más glorioso, y aunque nos es obligatorio, desmayan los ánimos cuando ven despreciado el mérito. Por eso cantó Ovidio (libro 2, de Ponto):
"El decoro, el obrar bien
cuando recompensa no hallen,
no mueven, porque ser buenos
enfada siendo de balde."
Y Horacio decía:(e)
"O es la virtud nombre vano,
o que pide con razón
el docto y sabio varón
premios y honores, es llano."(19)
Por esto, señor, os aconseja la Verdad que premiéis la virtud donde la halléis, especialmente si se halla en los militares y en los sabios. Éstos son los fanales, aquéllos la defensa de la patria. Por ésta sacrifica el literato su salud, su bienestar y su vida en el bufete, y por la misma el soldado en la campaña. El estudioso enseña a los hombres sus derechos, los del emperador, los de la patria; y el militar defiende con la espada esos derechos.
Un pueblo ilustrado dará soldados héroes que peleen por su libertad, con honor y por el lauro de la gloria marcial. Un pueblo ignorante dará máquinas semovientes, hombres inmorales, verdugos de la humanidad que pelearán forzados como esclavos, o atraídos por el pre[st] y el cebo del pillaje. ¿A qué ejército de éstos se atendría vuestra majestad? Un imperio sin sabios ni soldados es una gran casa de vecindad compuesta de mujeres débiles e ignorantes, incapaces no sólo de resistir la irrupción de unos ladrones; pero ni de conservar la paz entre ellas mismas. El Espíritu de la Verdad increada recomienda estos individuos de que he hablado, cuando dice por el Eclesiástico: "dos cosas afligen mi corazón: el soldado valeroso que perece de hambre, y el hombre entendido y despreciado."(f)
Sería también, señor, muy interesante, que vuestra majestad, lo mismo que el Soberano Congreso estuviesen muy sobre sí para no dejarse sorprender del fanatismo religioso, o sea de la hipócrita ignorancia disfrazada con el augusto traje de la religión católica, pues lo mismo será dejarse engañar de este monstruo, que abrir la puerta a la esclavitud civil y zanjar el sepulcro de nuestra ruina.
La religión, aun considerada como invento humano, es tan necesaria para mantener el buen orden en los Estados, que Plutarco dijo que "una república puede permanecer sin jefes ni leyes; pero no sin religión." Y en efecto, apenas la historia nos presenta hombres reunidos en sociedad, cuando nos los presenta religiosos. Las ideas de Dios, del culto que se le debe, de premios y castigos después de la muerte, de expiaciones, sacrificios y ministros, parece que nacieron con el hombre.
Pues si tan necesaria es la religión, aun inventada, falsa y llena de delirios, ¿cuánto más no será la revelada por el mismo Dios, la verdadera y pura de errores y supersticiones gentílicas? Tal es, o debe ser la religión católica, de la que alguno nada católico ha dicho ser la más conveniente al hombre, aun si fuera una invención política.
Ciertamente, la religión cristiana es la que más se conforma con la ley natural, y donde no es igual, quiere y preceptúa que los hombres sean héroes en obsequio de sus semejantes. Su Divino Fundador apuró, permítaseme esta palabra, apuro toda la virtud de que es capaz el corazón humano, cuando mandó a los cristianos excusar los litigios, aun con pérdida de sus propios intereses, juzgar piadosamente de sus prójimos, disimularles sus imperfecciones, perdonar las injurias, hacer bien al que les hace mal, socorrer a los necesitados y amar a sus semejantes, sean los que fueren, como ellos se aman a sí mismos. ¡Oh!, si los cristianos hubieran observado constantemente estos preceptos, no hubiera otra religión en todo el mundo que la suya. Pero, por desgracia, estos divinos mandamientos se leen elogiados en sus libros, se oyen proclamar en sus púlpitos; mas no se ven cumplidos en la práctica.
Introducidos en la Iglesia de Dios el interés, la codicia y el orgullo, destruyen los cristianos con las obras lo mismo que predican con las palabras. A ellos les acomodan mucho estos preceptos para percibir de los demás el fruto de su observancia; mas no para cumplirlos con sus semejantes. Así es que el vengativo quiere que lo perdonen, mientras él no perdona; el avariento quiere que le den, cuando él a nadie socorre; el soberbio quiere que se le humillen, aunque él sea con todos orgulloso; el lascivo quiere que le respeten su mujer, cuando él no respeta las ajenas, y así todos.
Lo peor es que muchas veces tratan de hallar apoyo para sus vicios en el mismo Evangelio que les prescribe lo contrario. No ha mucho rato que estaba un fanático persuadiendo a vuestra majestad los más desatinados errores, llamando en su favor a Dios, la religión y la Escritura; porque los fanáticos o malos cristianos, que son innumerables, quieren que la religión dé para todo, o que sea elástica, de modo que les venga ancha o ajustada, chica o larga, según el interés que tienen en acomodarla a sus pasiones. En la Escritura encuentran fácilmente textos y autoridades para probar cuanto se les antoja. En obsequio de tan bella intención, truncan unos, desfiguran otros, y los interpretan todos conforme su voluntad.
Los miserables mortales tienen el fatal secreto de engañarse unos a otros; empero, a la Verdad jamás la engañan. Yo penetro sus corazones y dentro de ellos mismos les reprendo sus extravíos. El fanático que poco hace predicaba a vuestra majestad, persuadiéndole mil errores y crímenes, y ahora me escucha lleno de temor y confusión, sin osar levantar la cara en mi presencia,(g) es un hipócrita ambicioso que aspira a ser inquisidor general del Imperio, como que este empleo es muy a propósito para lograr con todas sus rentas, honores y preeminencias, no menos que la mitra primada de la Corte de México.
He aquí vuestra majestad ilustrísima el celo apostólico que animaba a ese simoniaco para declamar, como declamó contra la relajación de costumbres y soñada decadencia de nuestra religión católica. No haya curatos pingües, prebendas, canonjías, dignidades ni mitras ricas, y veremos si hay tanto apóstol declamador contra los liberales, filósofos, jacobinos y masones, a quienes ni entienden ni saben refutar... Aquí se limpió el rostro la diosa, suspendiendo un poco la oración, como para tomar aliento.
Aprovecharon este paréntesis dos viejas que estaban tras de mí, de las que una decía a su compañera: ─¡Ay niña!, seguramente que ya no tarda un año el día del juicio. ¿No ves cómo blasfema esa mujer? (No conocían las viejas a la Verdad, por eso la trataban de esa mujer). ─Sí, niña, decía la otra (entre las dos niñas bien contarían, sin echar por copas,(20) sus ciento y cincuenta navidades). ─Sí, niña, decía, yo estoy escandalizada, deseando salir de aquí para irme a reconciliar cuatro ocasiones.(21) No hay duda: el mundo se quiere acabar. ─Yo no me espanto, decía la primera viejecita, de que esta mujer hable con tal descaro, sino de la paciencia con que la oye el emperador. Míralo qué sereno escucha las herejías... y esto que nos decían que era tan bueno, y que venía a defender la religión, que fue lo primero que juró en el Plan de Iguala(22) y qué sé yo qué más; pero ¿a que no pone la santa Inquisición? ¿A que no restituye los padres jesuitas? ¿A que no de[s]tierra los armazones,(h) ni manda a esa loca habladora, hereja y descomulgada a la Madalena de Puebla, o siquiera a las Arrecogidas de San Lucas?(23) ─Ya se ve que no, decía la otra beata, ¡qué ha de hacer!, si contra los pobres frailes todos son unos y se cobijan con una mesma frezada. Hay [sic] verás como todo se queda como estaba, o tantito peor. Bien dicen, cedacito nuevo...(24) Los primeros días nos daba esperanzas el emperador, pero ora, como ya agarró, de nada se acuerda. Todo se volverá liberal y muy sujeto a las Cortes... ─No, no mientes las Cortes para nada, exclamaba la vieja mayor; con las Cortes no hay que contar; sobre que mi confesor, doña Paquita, el barbero del señor cura de Tontonatepeque,(25) la sobrinita del reverendo padre Motolinía,(26) tío Sancho el sacristán y hasta nana Chora, me aseguran que las Cortes se componen de jacobinos, armazones y brujos; ¿qué esperanzas quieres que tengamos en las Cortes si ya croque lo van volteando a su majestad? Yo no tengo más esperanzas que en señor san Agustín, abogado de la herejía,(i) y en la Santísima Trinidad, que afirme su fe. ─Déjate de san Agustín, respondía la vieja, ni de la Santísima Trinidad ni nada, si donde está mi madre santa Rita no hay quien pinte,(27) sobre que es abogada de imposibles. Por eso, niña, no dejes de andarle su novena,(28) porque yo creo que es un imposible que dejemos de venir a ser armazones, lo mismo que los españoles, franceses, los de Ingalaterra, y los ángulos... ─¿Quieren ustedes callarse?, ¡con dos mil demonios!,(29) les dije harto enfadado, que están hablando más que una cotorra y no me dejan oír a la Verdad. ─Ahora sí estamos bien, me respondió la una; ¿qué es usted de palacio o manda en nuestras bocas? ─Ni uno ni otro; pero es un dolor que se confundan las bellezas de la Verdad con los desatinos de ustedes. ─No nos lo avise, ¿con que aquí está hablando la Verdad? ¿Pues no le digo?, la verdad de los armazones habla aquí, no la Verdad de Dios; que ésa nomás en los púlpitos y en los confesionarios habla. ─Pues, señoras, si ustedes no callan, llamaré un centinela y diré que están hablando mal del emperador y del Congreso, a bien que hay testigos que las han oído; con que ustedes sabrán lo que hacen.
Esta amenaza bastó para cerrar aquellas bocas de burro, y percibí el eco dulce de la diosa, que con su natural dignidad decía: ─Sí, señor, el orgullo hizo déspotas a los reyes, y la ambición fanáticos y tiranos a los sacerdotes... No a todos, pero sí ciertamente a muchos. Los monarcas llegaron a necesitar de la autoridad eclesiástica para que los permitiera y sostuviera en el trono, y los pontífices dominaron tanto a los reyes que los quitaban y ponían a su antojo, relajando a sus vasallos el juramento de fidelidad cuando les parecía, de modo que entonces cualquier papa podía decir de los reyes de la cristiandad: per me reges regnant.(30)(j)
Siendo como precaria de la Iglesia la autoridad real, se deja entender que de ésta disponía el clero alto a su placer. De aquí los privilegios, fueros, inmunidades y prerrogativas bien merecidas por la dignidad de su ministerio; pero de las que se abusó con escándalo y daño de los pueblos.
En cambio, el estado eclesiástico, prevalido de la común ignorancia y fanatismo, proclamaba sobre toda autoridad, después de la suya, la de los reyes, enseñando a los pueblos que venían inmediatamente de Dios, que en ellos residía la soberanía, que era herejía pensar que las naciones eran soberanas ni podían ser libres, pues los reyes eran dueños y señores absolutos de las vidas y propiedades de los hombres; que éstos eran sus vasallos o esclavos nacidos para obedecer y sufrir, aun cuando el rey fuese un tirano, pues lo contrario sería resistir a la ordenación divina.
Éstas y semejantes máximas servilísimas, contrarias al derecho natural y a la dignidad del hombre, se imprimían en los libros, se predicaban en los púlpitos y se inspiraban en los confesionarios, con cuya santa diligencia se fomentaba impunemente el despotismo de los reyes.
Los de España, no contentos con tan oportunos apoyos, adoptaron establecer un Tribunal que, bajo la apariencia de santo, encubriese sus caprichos, velase sobre la seguridad de sus personas, mantuviese al pueblo en la más sórdida ignorancia y los obedeciese ciegamente. Para tener gratos a los agentes de su tiranía, los colmaron de honores y riquezas, arrancaron de la silla apostólica unos privilegios inauditos. Portugal imitó a España, su vecina, y los americanos gimieron bajo el yugo del Santo Oficio, como que eran colonias de la España.
La Inquisición correspondió tan fiel al soberano encargo, que primero prohibía un libro que contuviese una proposición liberal, que propendiera a reclamar del rey algún derecho, que otro que virtiese herejías. ¡Qué digo libros!, ni proposiciones ambiguas eran permitidas contra el rey; antes en siendo en su favor, aunque fuesen contra la religión, se toleraban. Ex-sacerdote llamó otro sacerdote al señor cura Hidalgo en un impreso.(31) Esto es contra la fe; pero no se espantó la Inquisición. Se predicó en los púlpitos mil veces que no alcanzaba la misericordia de Dios a los insurgentes. Esto es contra la esperanza, pero la Inquisición lo oía con gusto. Por fin, por las prensas se disfamó e injurió al héroe sacerdote Morelos, después de muerto, esto es contra la caridad, mas la Inquisición no habló palabra, pero ni ningún obispo ni provisor. ¿Y por qué se dismulaba por la Inquisición y por los pastores de Israel que se profanase con tanta impudencia la cátedra de la verdad eterna, que se le pusiesen cotos a la misericordia divina, que se traficase en los confesionarios con el sigilo sacramental, denunciando y haciendo denunciar a los insurgentes, que se infamase al prójimo sacerdote públicamente, y que se imprimiesen blasfemias contra la fe, esperanza y caridad, virtudes fundamentales de nuestra religión? ¿Por qué, pregunto, fueron estos disimulos y tolerancias? Los que hoy excomulgan públicamente a un ciudadano honrado, sólo porque hizo unas observacionesjuiciosas sobre las bulas de unos papas que hace mil años que murieron,(32) y cuya crítica en nada los ofende, ¿cómo no manifestaron igual celo contra los que ofendían al Ser Supremo y escandalizaban a los fieles, predicando e imprimiendo herejías e impiedades contra la católica religión. ¡Ah!, que es bien fácil la respuesta. Se trataba de lisonjear a Fernando VII, como que en virtud del patronato proveía las mitras, canonjías, curatos y otras piezas eclesiásticas; se querían hacer valer sus pretendidos derechos sobre los de la naturaleza; se procuraba destruir a los defensores de la patria a toda costa, llamándolos rebeldes, traidores, cismáticos, herejes y excomulgados. Éste era el empeño, y así pasaba por alto la jurisdicción eclesiástica cuanto conducía a realizarlo, aunque fuesen herejías y blasfemias manifiestas, como lo vimos y no se puede desmentir.(k)
Muy dolorosos son, señor, estos recuerdos, pero es preciso hacerlos para que en ningún tiempo, y menos en el glorioso reinado de vuestra majestad, se vuelvan a repetir tales excesos. Vuestra majestad conoce bien que los malos príncipes seculares, hostigando a los pueblos, hicieron odioso el gobierno monárquico; y los malos príncipes eclesiásticos, apoyando el despotismo de aquéllos y abrumando a los hombres con exacciones importunas, hicieron despreciables a los ministros del santuario. Contra unos y otros declamaron los sabios de la Europa, más bien que contra el trono y el altar. Quiero decir: declamaron contra los monarcas déspotas, por déspotas, no por monarcas. Buena prueba es la íntima amistad de Diderot y Voltaire con Federico II y otras testas coronadas de la Europa. Así declamaron contra la parte corrompida del clero, como que lo consideraban fautor del despotismo; pero no contra el culto, que es lo que podemos entender por el altar.
Es verdad que algunos se produjeron impíamente y con el mayor desprecio hacia los sacerdotes; la Verdad ni debe ni puede disculpar esas blasfemias ni esos sacrílegos sarcasmos, hijos de una opinión extraviada en lo político y religioso; pero sí puedo decir con sentimiento que, si hay sacerdotes despreciados, ellos se han hecho despreciables con su conducta relajada y escandalosa; o, por mejor decir, Dios los ha hecho. No soy yo quien lo digo. Oíd, señor, a la Verdad eterna por la boca de su profeta: "Vosotros (dice a esa clase de sacerdotes) os habéis apartado del verdadero camino y habéis escandalizado a muchos acerca de la observancia de la ley... por lo que yo os he hecho despreciables... a todos los pueblos." Vos autem recessistis de via, et scandalizastis plurimos in lege... Propter quod et ego dedi vos contemptibiles... omnibus populis (Malachias, capítulo 2).(33)
Y en efecto, señor, ¿qué aprecio hará el pueblo de un eclesiástico que le predica humildad y pobreza, viéndolo rico y siempre ambicionando honores y dinero? ¿Cómo ha de creer al cura que le predica caridad y es un tirano de sus feligreses? ¿Cómo le ha de persuadir que la castidad es virtud angélica el ministro que...?, y así de todo.
Pero si la conducta de algunos eclesiásticos(l) escandaliza a los pueblos, más los irrita el orgullo con que ven a los seculares y las rastreras adulaciones y torcidos fines con que tratan de religionar el corazón de los príncipes para ser disimulados dueños de los imperios. Pero es tarde ya para estas diligencias. Los hombres han conocido que las naciones no son patrimonio de los reyes ni de los sacerdotes. Quieren monarcas padres que las amen y cuiden, no tiranos que las opriman y destruyan. Las ovejas de Jesucristo apetecen pastores que las reduzcan al redil y las apacienten cariñosos; no lobos que las devoren, ni mayordomos que las esquilmen.
La soberanía es la absoluta libertad del hombre, de suerte que cada uno es soberano de sí mismo de cuanto está bajo su dependencia. De la misma manera la soberanía de la nación es la libertad de la nación; y así como la soberanía o libertad de Pedro no puede residir esencialmente en Juan, así la libertad o soberanía de la nación no puede residir en un monarca.
Aún más: Pedro puede enajenar su soberanía o libertad haciéndose esclavo de Juan; pero una nación no puede, porque su soberanía, que es el conjunto de las libertades de cuantos ciudadanos la componen, es inajenable e indivisible, y morirá como traidor a la nación cualquiera que conspirase a hacerla esclava o a menoscabarla su libertad. Últimamente: una nación puede perder su libertad o su soberanía, pero jamás los derechos de recobrarla. Dígalo México que, bajo la dirección de vuestra majestad acaba de romper los grillos que la habían oprimido tantos años, y en el instante pasó de esclava a soberana.
Vea ahora vuestra majestad ilustrísima si le aconsejará bien quien le persuada a disolver el Congreso de Cortes, porque es rey absoluto por Dios. Es verdad que los reyes reinan por Dios, así como todo se hace porque lo permite y concurre como causa primera, omnia per ipsum facta sunt. Por esto es vuestra majestad emperador por la Divina providencia; pero conforme al orden natural, vuestra majestad es emperador porque la nación lo proclamó, y confirmaron su voluntad soberana sus legítimos representantes.
En esta virtud, es un sacrilegio persuadir a vuestra majestad que no está obligado al juramento que ha prestado de ser monarca constitucional y sancionar las leyes que dictare el Soberano Congreso; porque esto es justo y necesario, y vuestra majestad juró con verdad. Así es que el dicho juramento tiene todos los requisitos necesarios para ser lícito y obligatorio en todo tiempo, pues fue prestado por vuestra majestad con verdad, con justicia y con necesidad. Cualquiera que persuada a vuestra majestad otra cosa, es su enemigo que, para hacer su negocio, trata de arruinarlo y abrirle el sepulcro bajo sus mismos pies.
Para que esto jamás suceda, haga vuestra majestad que todos obedezcan las leyes, siendo el primero en respetarlas. Vuestra majestad es superior a todos; pero la ley es superior a vuestra majestad. Los reyes de Lacedemonia eran como constitucionales, y era tal su respeto a la ley, que, admirándose Jerges de queDamarato,(34) siendo rey, se hubiese dejado desterrar por la república, respondió: "Es que en Esparta la ley es más poderosa que los reyes."
Concluyo, señor, suplicándole a vuestra majestad encarecidamente y con el debido acatamiento, que no olvide mis humildes consejos: que se popularice cuanto pueda; que ahorre el aparato imponente de la majestad; que se haga más padre amoroso de todos sus súbditos que grande emperador de algunas almas bajas e interesables; que, granjeando amigos a miles, no se particularice con ninguno; que desprecie los lisonjeros y se guarde de las trampas de los hipócritas; que reconozca en el Soberano Congreso a la nación y el más firme apoyo de su inviolabilidad; que haga respetar la ley con su ejemplo; que observe fielmente su juramento y sus palabras, y que si es posible, se porte como presidente conciudadano emperador, ya que es posible, y aun cosa hecha mil veces en el mundo, que haya repúblicas con monarcas... ¡Oh heroico Agustín!, yo me lisonjeo al asegurar a vuestra majestad que si observa estas advertencias, hijas sinceras del amor reverente y desinteresado que os profeso, vuestro Imperio será feliz, seréis el ídolo de los mexicanos, el cielo os llenará de bendiciones, vuestra vida, después de cien años, se reputará efímera, vuestra muerte será tranquila, vuestra memoria pasará sentida y elogiada de gente en gente, y la corona del trono del déspota desgraciado Moctezuma se eternizará en las gloriosas sienes de los felices y liberales descendientes de ITURBIDE. Dije.
Cuando pensé que el emperador se manifestara, aunque sin razón, displicente con la Verdad, vi que se puso en pie con semblante afable y cariñoso, y como cortesano galán le extendió la real mano, la subió al trono, le dio un estrecho abrazo y la sentó a su lado. Mi corazón no cabía en sí de gusto al ver que un emperador abrazaba la Verdad y la honraba tanto. ¡Extraña cosa en los emperadores!, y fue tal mi alegría, que la conmoción de mis espíritus me despertó... ¡Oh, si siempre soñara estas felicidades a la patria y a su augusto libertador!
NOTA
No me canso de repetir que la Verdad declama en común contra los abusos sin señalar personas. El que no sea cófrade que no tome vela, que ninguno lo llama. Menos haya quien quiera denunciar este papel por servilismo, fanatismo, adulación o encono con el autor. Sépanse que se las van a ver con la Verdad, que a nadie teme. El señor don José María Covarrubias,(35) diputado por Guadalajara, quiso denunciar el papel anterior a éste, o lo denunció. No surtió efecto su intención; pero es vergüenza que un diputado mexicano, en el siglo XIX, en el año segundo de nuestra libertad, y en las primeras Cortes, pida licencia al Soberano Congreso para ejercer el odiosísimo empleo de acusador. ¿Qué no le fuera más honroso batirse conmigo con la pluma? Yo lo deseo para aprender.
OTRA
Habiendo advertido la aceptación con que este público ha recibido mi Segundo sueño, y que no bastó la impresión para satisfacer el gusto de todos cuantos desean tenerlo, he resuelto reimprimirlo junto con el primero, que mereció igual aprecio. Será la reimpresión de buena letra, y se darán los ejemplares a la rústica; pero para verificarlo es necesario que los señores que gusten se subscriban en la librería de don Mariano Galván,(36) siendo el precio de la subscripción a los dosSueños(37) de un peso. En la alacena de Sánchez, puesto de la Gaceta(38) y alacenas de José María Rocha(39) y el Cieguito en el Portal de Mercaderes,(40) se hallará a nueve reales,(41) encuadernado en papel pintado, el Segundo sueñoentero (desde mañana), lo que se avisa en inteligencia de que no hay más ejemplares sino los que tienen dichos individuos.
OTRA
Se fijó el precio de la subscri[p]ción a este papel en dos y medio reales, creyendo que sacase tres pliegos; ha sacado cuatro, aumentando 25 pesos(42) 4 reales la impresión. Si los señores que han dado dos y medio quisieran dar un real más, como lo han dado los últimos, ayudarán prudentemente a los costos, y a los que no quieran se les dará su papel como se les ofreció.
(1) México, Oficina de Betancourt, 1822.
(2) Agustín de Iturbide. Cf. nota 7 a De don Servilio al clamor...
(3) Primer Congreso. Cf. nota 36 a Segundo sueño...
(4) Leopoldo de Gregorio, marqués de Squillace o Esquilache (¿-1785). Político español, de origen italiano. Ministro de Carlos III de España, inició una política de modernización urbana de Madrid. En 1776 fue desterrado de España por provocar el famoso motín cuya pretensión era introducir innovaciones en la indumentaria de los madrileños: imposición de la capa corta y el sombrero de tres picos, en lugar de la capa larga y el sombrero chambergo que se venían usando.
(5) Purifícame de mis yerros ocultos y perdona a tu siervo los ajenos. Sal. 18, 14.
(7) "Administró la justicia por sí mismo con asiduidad, y algunas veces hasta por la noche. Cuando estaba enfermo juzgaba desde una litera colocada frente al tribunal, o en su casa y en el lecho." "Octavio Augusto" (Apartado XXXIII) en Suetonio, Los doce césares... y Obras completas de Petronio [trads de Jaime Ardal y Tomás Meade], Bs. As., Librería El Ateneo, 1951 (Colección Clásico Inolvidables), p. 70.
(8) sumiller de cortina. Eclesiástico destinado para asistir a los reyes cuando van a la capilla, correr la cortina del camón o tribuna y bendecir la mesa real en ausencia del capellán del palacio.
(9) Abimelec. Que quiere decir "mi Padre es rey". Es el nombre de cinco personajes del Antiguo Testamento (Gn. 21, 20-21, 22-34. Gn. 26, 1-34. Jue. 9. Sm. 21, 11-16. 1 Cr. 18, 16).
(a) Exceptúense aquellos virreyes en quienes no predominó el interés ni tiranía. El duque de Linares, el señor Bucareli, Gálvez y Revillagigedo son ejemplos [Fernando de Alencastre Noroña y Silva, duque de Linares y marqués de Valdefuentes (1641?-1717). 35° virrey de la Nueva España (1711-1716). Hizo un estudio de las condiciones sociales del país, que transmitió como "Instrucción" a sus sucesores. Estableció la cárcel de la Acordada; construyó el acueducto de los Arcos de Belén y fundó la ciudad de Linares, en Nuevo León. Antonio María de Bucareli y Ursúa (1717-1779). 46° virrey de la Nueva España (1771-1779). Fue teniente general de los reales ejércitos y gobernador de La Habana, donde construyó los fuertes del Morro y de Atarés. Fue un gran administrador, hizo crecer considerablemente las rentas públicas y dio gran impulso al comercio. Abrió el Hospicio de Pobres y reconstruyó el de dementes de San Hipólito. A él se debe la terminación de los fuertes de San Juan de Ulúa y Perote. Hizo construir el Paseo Nuevo al que se le puso su nombre. Matías de Gálvez (1717-1784). 48° virrey de la Nueva España (1783-1784). Calificado como un hombre de bien, muy desinteresado, "tan sencillo en sus modales y trato, que más parecía un honrado labrador de tierra de Málaga, que era su ejercicio antes de la elevación de su hermano, que la persona que representaba al soberano." L. Alamán, "Historia de la dominación española en México", en Diccionario universal de historia y de geografía, op cit., t. V, p. 887. El virrey de Gálvez hizo mucho por mejorar las calles de la capital; también hizo limpiar las acequias. Juan Vicente de Güemes-Pacheco y Padilla, segundo conde de Revillagigedo (1740-1799). 52° virrey de la Nueva España. Su gestión fue tan afortunada y activa que dictó en ella una serie de medidas con el objeto de organizar la vida de la colonia].
(10) Quedar en poder del diablo, es decir, irritarse en demasía.
(11) La misma frase ha sido repetida por Lizardi en varias ocasiones, con una particularidad: confundió la personalidad de Guillermo de Croy con la del padre Nithard. Las variantes de la frase han sido las siguientes: "Pudiéramos citar otros excesos de un Guillermo Croy, de un padre Everardo, confesor de la reina madre, y de muchos otros" (El Pensador Mexicano, tomo I, núm. 5, en Obras III, op .cit., p.61); "la