COMUNICADO

Lunes 29 de noviembre de 1813(1)

Educación de niñas

Señor Pensador: Usted que ha consagrado sus trabajos literarios al bien de sus semejantes con el justo deseo de su ilustración, no dudo que se complacerá en publicar, por medio de su periódico, que una señorita de esta capital, de una educación y principios cuales se requieren para desempeñar el alto ministerio de la educación pública de las niñas, tiene abierta desde hoy una escuela pública con este objeto, previo el permiso del Ayuntamiento constitucional. En ella trata esta señorita de que se instruyan las niñas que quieran remitírsele, en los interesantes artículos de lectura, escritura, cuentas, parte de la historia sagrada, gramática castellana y costura, todo con la posible perfección y bajo los planes más sencillos y exactos que puedan proporcionarse a la capacidad de las educandas.

Estos ramos de educación, que por lo común se han visto hasta el día con algún abandono, reduciendo la enseñanza de las niñas a sólo la escritura y la costura, van a fundar esta escuela con el grande objeto de adelantar las luces entre nuestros conciudadanos, pues una niña, sea cual fuere la suerte a que la destine la providencia divina en la sociedad, tiene que constituir la parte más esencial de una familia. La educación de los niños, dice el ilustrísimo Fenelón, se lleva, y con razón, con el mayor cuidado, al paso que en la de las niñas se ha puesto hasta ahora muy poco, en el bajo concepto de que no es menester que sean sabias, que basta que sepan gobernar su casa, porque las ciencias han hecho a muchas ridículas; pero todas estas razones no deben prevalecer ya en una nación ilustrada para privar a las mujeres de aquellas ideas que convienen a su respectiva clase. En lo económico, pueden algún día llegar a ser madres de familias, y nada les es más interesante en esta caso que el saber escribir y contar para manejar sus intereses más de cerca para dirigir con más acierto la educación de sus hijos y para adquirir aquellas nuevas ideas que tanto contribuyen a formar el corazón y a despejar el entendimiento de las preocupaciones que siguen regularmente a la ignorancia y a la estupidez.

No contribuye menos para formar el corazón de las niñas el estudio de la historia sagrada, como el fundamento de la religión cristiana. Los señores Fleuri y Fenelón, dice Rollin, son de sentir que el estudio de la historia sagrada, sin hablar del gusto que se encuentra por lo bello y grande de los sucesos, y que la hace por esta razón mucho más útil a las niñas, es el modo más seguro y sólido de instruir con fundamento y para aprender para siempre las cosas de la religión; parece que con esto se retardaría la enseñanza de las niñas en sus labores o costuras; pero como ambas instrucciones se tratan de combinar en la escuela de esta señorita, abrevian en cierta manera el estudio del catecismo común, en que los misterios y doctrinas están separados de los hechos. San Agustín, en su admirable obra que tiene por título Del modo de enseñar a los instruidos, prescribe la enseñanza de la historia santa para el estudio de la religión, y ningunas necesitan mejor de este estudio con ideas puras y exactas que las niñas que han de ocupar un lugar muy distinguido en las futuras familias.

Ve usted pues, señor Pensador, los fundamentos que han de apoyar los planes de esta benemérita joven que ha tomado a su cargo uno de los empleos más útiles a la patria y que la hacen digna de los particulares reconocimientos de los sabios y virtuosos. Las madres de familia, que por sus ocupaciones domésticas o porque no tienen aquel talento necesario para educar a sus hijas, quieran confiar su instrucción a esta señorita, tendrán en su escuela por corta contribución, prometiendo todo cuanto le sea posible para una educación fina y religiosa. Usted publíquelo así en su apreciable periódico, seguro de que contribuye al bien de las niñas, que serán algún día el ornamento de la patria, comunicando sus luces y virtudes a sus hijos y familia. Entre tanto disponga usted de la voluntad de su atento servidor.

Blace

El paraje en donde se pone esta señorita es en la Alcahicería,(2) callejón de la Olla,(3) casa de nuestra señora de Guadalupe, número 9.


Reflexiones sobre el anterior artículo

Señor de Blace: Ciertamente es digna de la recomendación de usted la señorita que ha emprendido la fatigosa y nunca bien pagada tarea de instruir a nuestras mexicanitas en algo más que lo que hasta el día se ha acostumbrado.

El pensamiento de la maestra joven es sobremanera recomendable y el objeto que se propone no puede ser más interesante a la sociedad. ¿Pero usted cree que las señoras de esta capital, aprovechando como es debido la oportuna ocasión que se les presenta para dar a sus hijas una instrucción no vulgar, se apresuren a encargársela a esta señora? Yo no sé lo que sucederá, ni el éxito que ha de tener, así el deseo de la citada como la recomendación de usted. Lo que sí puedo asegurar, según mi experiencia y la que aquí se llama civilización, el año [18]13 del siglo XIX, es que, si el anuncio que insertamos en este periódico fuera de alguna currilla afrancesada, inventora o disponedora de modas, o de alguna saltatriz, que abriesen escuelas para enseñar a bailar o componerse las niñas, o de alguna opereta o comedión insulso (de los que nos regalan cada día), vería usted frecuentada, o la casa de la maestra o el corral del Coliseo de las niñas de primero, segundo y tercer orden. Pero para aprender a leer bien, escribir con ortografía, hablar con acierto, entender su religión por principios, saber algo de lo que ha sucedido en el mundo antiguo y moderno, etcétera, etcétera, me parece que no habrá lugar.

Con que una mujer común sepa hacer unos chiles rellenos, coser una camisa, bordar al tambor y dar una escobada, ya tiene lo que necesita para casarse y quedarse tan mula como antes (perdone usted mi locución que es acre, natural y verdadera). Con que una señorita del alto kirio sepa aliñarse al estilo del día, tocar el fortepiano y bandolón, cantar una polaca, danzar con compás un campestre y bailar una contradanza sin escrúpulo, etcétera, etcétera, ya tiene lo preciso para ser mujer de algún rico lujurioso y tonto, y madre de unos animales soberbios y brutos, lo más parecidos a los hombres.

Bien veo que la comparación es algo cáustica; pero usted, amigo, no podrá menos de conocer cuánto es justa y merecida, porque ¿qué otra cosa puede ser la sucesión de unos entes débiles por naturaleza y abandonados por educación, cuales son las mujeres y señoritas de nuestros días? No ignoro que nuestro México abriga en su seno algunas de éstas que, habiendo nacido con un entendimiento despejado, han tenido la singular dicha de tener unos padres sabios y activos, que se han apresurado a cultivar aquellas tiernas plantas desde la infancia y hoy lucen ellas las tareas de sus padres; pero esto es raro, al paso que es común ver y tratar muchas señoras que no son capaces de desempeñar otro papel que el de mujeres, y esto con infinitas nulidades.

La materia es muy vasta; otro día la trataremos pro dignitate. Por ahora veremos qué aprecio saben hacer las mexicanas de la instrucción de esa joven, que es acreedora por su aplicación y buenos deseos del digno título de benemérita de la patria.

El Pensador

 


(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.

(2) la Alcahicería. La alcaicería es ahora primera calle de la Palma.

(3) callejón de la Olla. El segundo callejón del Cinco de Mayo era de la Olla. Tiene entrada por la avenida del Cinco de Mayo y salida en ángulo recto a la calle de la Palma.