Fábula XXII

CINTIA VIÉNDOSE EN EL ESPEJO Y SU CRIADA

 

Muy divertida, Cintia

sus gracias contemplaba

mirándose al espejo

una cierta mañana.

Mas ¡ay! que derrepente

da un grito, se desmaya,

porque en su bello rostro

los colores extraña.

—¡Ay, Aminta! ¿qué es esto?

—dice a su buena Criada—;

¿qué es lo que me sucede?

Los colores me faltan.

—No se asuste, señora

—responde la bellaca—,

si hoy está más hermosa

que cuando nace la alba.

—Te equivocas, Aminta.

Pálida está mi cara,

—Señora, es aprehensión,

está usted colorada.

Sin duda que la rosa,

la púrpura y la grana,

hoy junto a sus mejillas

me parecieran blancas.

Sí, señorita, en mí,

en mí ha estado la falta,

que lavé mal la luna,

y está muy empañada.

Pero usted está tan linda,

tan arrogante y sana,

que si hombre fuera yo

ahora la enamorara.

—Bien hayas tú —responde

Cintia, y tierna la abraza—;

buen susto me has quitado,

se conoce que me amas.

Así ni más ni menos,

al vanidoso engaña

el vil adulador,

que sus faltas solapa.