CHAMORRO Y DOMINIQUÍN
SEGUNDO DIÁLOGO JOCOSERIO(1)
Sobre el cuaderno titulado Verdadero origen, carácter, causas, resortes, fines y progresos de la revolución de Nueva España, y Defensa de los europeos en general, y especialmente de los autores de la aprehensión y destitución del virrey don José de Iturrigaray en la noche del 15 de septiembre de 1808, contra los falsos calumniadores que los infaman, y atribuyen al indicado suceso a opresión, agresiones y ofensas de su parte contra los americanos, la desastrosa revolución que ha asolado este reino(2)
CHAMORRO: ¡Oh, buen Dominiquín! ¿Cómo va?
DOMINIQUÍN: De los diablos, hombre; estoy que me lleva Barrabás.(3)
CHAMORRO: ¿Y por qué, Dominiquín?
DOMINIQUÍN: ¿Cómo por qué? Por ese maldito papelote titulado: Verdadero origen,etcétera.
CHAMORRO: Yo no sé qué tenga de malo ese papel. A mí me parece florete regular,(4) de muy blanca tez, muy bien batido,(5) muy bien impreso, de un precio moderado, y que nos da algunas noticias interesantes que se habían quedado archivadas en el secreto. Conque ya verás que no es tan malo como lo pintas.
DOMINIQUÍN: Anda a pasearte.(6) Si estás hoy de bufón, yo estoy que me quemo de cólera.
CHAMORRO: ¡Pues, hombre! ¿Por qué me he de enojar yo con un papel que lejos de hacemos ningún mal nos proporciona diversión e instrucción?
DOMINIQUÍN: Estás cansado, Chamorro, y creo que no es prudencia el contestarte. Dime, ¿has leído ese cuaderno?
CHAMORRO: Sí, señor, de cabo a rabo.
DOMINIQUÍN: ¿Y no adviertes lo impolítico y odioso de sus dos objetos?
CHAMORRO: ¿Cuáles son, que nos [sic] los he advertido?
DOMINIQUÍN: El primero, justificar la prisión del señor Iturrigaray;(7) y el segundo, denigrar a los americanos.
CHAMORRO: ¿Y eso qué tiene de malo?
DOMINIQUÍN: ¡Niñería! ¿Conque pretender justificar la rebelión contra la primera autoridad del reino, y el agraviar una nación entera, te parece poco?
CHAMORRO: Ya se ve que sí, y no sólo me parece poco, sino que me parece bien, político y seguro en las actuales circunstancias.
DOMINIQUÍN: ¡Vaya!, que tú estás hoy decidido a chancearte.
CHAMORRO: No me chanceo. Pues no ves que en justificándose la prisión del señor Iturrigaray, ya no les será difícil a los independientes justificar su facción.
DOMINIQUÍN: No puede ser eso.
CHAMORRO: Tal vez no podrá ser, pero el caso no puede ser más igual y aun con ventajas por parte de nuestros emprendedores. Oye: si cuatro particulares europeos, pretextando que la necesidad no está sujeta a las leyes comunes(¡escandalosa máxima, si se toma en toda su extensión!), diciendo que no sólo ellos, sino el pueblo favoreció su facción; alegando fidelidad al rey y acusando el gobierno de sospechoso, pueden legitimar el atentado de deponer a un virrey, de reclusarlo, secuestrarle sus bienes, levantar tropas, conferir el virreinato a quien quisieron y trastornar todo el orden político de la noche a la mañana, ¿por qué no ya trescientos hombres, sino miles de ellos, usando las mismas voces y valiéndose de los mismos pretextos, no podrán atentar contra este mismo gobierno, variándolo a su antojo y haciendo cuanto puedan impunemente, con tal que digan, como siempre lo han dicho, que reconocen a Femando VII por rey de España y de las Indias?(8)
DOMINIQUÍN: El argumento es terrible, y para condenar a los insurgentes es necesario condenar también a los que atentaron contra Iturrigaray, porque los casos son muy parecidos.
CHAMORRO: Así es, y por unos principios muy sencillos se prueba hasta la evidencia lo criminal de su prisión, a pesar de los capciosos sofismas con que pretende santificar tamaña maldad su apologista en su abultadísimo cuaderno.
DOMINIQUÍN: Dímelos por si hubiesen quedado algunos que, más por ignorancia que por malicia, osaren otra vez defender en público semejante alevoso atrevimiento.
CHAMORRO: En primer lugar, la deposición de un empleo es de hecho una pena grave que induce desconcepto en la persona depuesta; la prisión pública es otra pena, y el secuestro de sus bienes otra no menos grave. Ahora bien, para imponer una pena grave, es necesario que el individuo a quien se impone esté, cuando menos, convencido de delito grave; es así que esto puntualmente faltaba en el señor Iturrigaray, luego, legalmente, no se le pudieron haber impuesto tres graves penas, pues éstas recayeron no sobre un delito probado, sino sobre unas sospechas infundadas.
En segundo lugar, sólo el juez competente puede aplicar una pena en castigo de un delito; y aunque lo hubiera habido en aquel virrey, ¿qué autoridad tenían cuatro comerciantes sobre él para deponerlo, aprehenderlo y secuestrarle sus bienes? Sólo el rey y la nación, en quien reside la soberanía,(9) pudieran, en caso probado de delito, haberlo depuesto.
DOMINIQUÍN: Es verdad, pero en ese tiempo ¿no se dijo que lo había depuesto el pueblo de México?
CHAMORRO: Es cierto que no sólo se dijo, sino que así se imprimió y se informó a España, pero se dijo, imprimió e informó falsamente. Los rotulones que amanecieron fijados en las esquinas prueban el atolondramiento con que procedieron los delincuentes. Decían: "Habitantes de México. La necesidad no está sujeta a las leyes comunes. El pueblo se apoderó anoche de la persona del excelentísimo señor don Josef Iturrigaray", etcétera. ¡Qué contradicción! ¡Qué absurdo no se nota en estas pocas líneas! Si el pueblo prendió al virrey, ¿a quién le avisan? A los habitantes de México, según parece, ¿pero de qué otros puede componerse el pueblo mexicano, sino de sus habitantes?, a no ser que se quiera persuadir: o que en aquel tiempo el pueblo de México eran trescientos europeos, o que sus habitantes, no inclusos en este pueblo, eran ingleses, dinamarqueses o japon[es]es; porque solamente delirando de este modo puede concebirse cómo ignoraba el pueblo lo mismo que hizo.
Yo creo que al revés hubieran salido mejores los rotulones, esto es, que hubieran dicho: "Pueblo de México: anoche algunos de tus habitantes se apoderaron del virrey." Así se habría dicho una verdad.(10)
DOMINIQUÍN: Pero esa verdad era la que no les convenía decir. El caso era hacer creer que lo había hecho el pueblo.
CHAMORRO: Pero ¿a quién se le quiso persuadir esa mentira? Al mismo pueblo no podía ser, así porque no lo hizo, como porque contra él se asestaron los cañones en Palacio(11) y en la Inquisición;(12) del pueblo se guardaba la persona del virrey con tropas ignorantes, y a todo individuo del pueblo, sin distinción de sexo ni clase, insultaban los de las chaquetas,(13) gritándoles: ¡Abajo!, cuando siquiera pasaban sobre las banquetas(14) de Palacio, Moneda,(15) etcétera. Así trataron estos mis señores al pobre e inocente pueblo, con cuyo nombre quisieron poner a cubierto su atentado.
DOMINIQUÍN: Eso es innegable, todos lo vimos, y no se puede desmentir. Pero el apologista dice que el señor Iturrigaray se indultó y que las Cortes le concedieron el mismo indulto que a los rebeldes de América. Así lo dice, pero no lo prueba; antes del mismo decreto, dado en la Isla de León en 29 de noviembre de [1]810, se deduce todo lo contrario. Esto es, que las Cortes mandaron: "se sobresea (son palabras del real decreto) en la causa formada con motivo de la infidencia que se le atribuye" (al citado virrey). Luego es más claro que la luz, que las Cortes no sólo no hallaron un delito de que indultarlo, pero ni mérito para continuar la causa.
En todo el decreto no se lee una sílaba que suene a indulto. Esto no es otra cosa que el perdón de un delito probado, y tan lejos estuvieron las Cortes de creer el que se suponía en Iturrigaray, que en su mismo decreto lo indemnizan, y manifiestan desconfiar de la integridad de sus acusadores. Por eso dice: "se sobresea en la causa formada con motivo de la infidencia que se le atribuye", por no decir que se le achaca.
DOMINIQUÍN: Bien, dejemos este punto. Demasiado clara está la inocencia del señor Iturrigaray y la enorme equivocación y criminales recursos de sus enemigos; pero dime, ¿no te llenaste de indignación al leer el groserísimo, insultante e impolítico folletón titulado: Manifiesto a todas las naciones por el superior gobierno de Nueva España trabajado por don Ramón Roca el año de 1816 e impreso en el de 1820?(16)
CHAMORRO: Yo no, ¿por qué me he de incomodar por esa friolera?
DOMINIQUÍN: ¡Cáspita! ¿Friolera llamas a semejante libelo infamatorio?, ¿no ves cómo en él se insulta sin rebozo a todos los cabecillas de la revolución?(17)
CHAMORRO: Y muy bien hecho es insultar al enemigo. ¿Quién les mandó ser insurgentes? Se hubieran estado quietecitos en sus casas y nadie se hubiera metido con ellos; pero fueron revoltosos y cobardes, ambiciosos y desavenidos, tiranos, déspotas y quijotes. ¡Buen provecho les hagan sus honras!
DOMINIQUÍN: Yo no te entiendo: unas veces te explicas con juicio, y otras con unos despilfarros inaguantables. ¿Conque porque fueron enemigos es lícito el injuriarlos sin medida y deshonrarlos sin piedad, llamándolos facinerosos, caníbales, pérfidos, infames, fanáticos, bandidos, viles, ladrones, etcétera, etcétera? ¿Porque fueron enemigos se les ha de llamar canallas a unos,perversos a otros, vil a éste, y brutal, cerril y bestia a Morelos, sin respeto a su carácter sacerdotal?, ¿porque fueron insurgentes se les ha de sacar al público y con infamia sus defectos particulares, diciendo si éste era de oscuro linaje, si aquél era pobre y tenía drogas, si el otro era jugador, borracho o amancebado, etcétera? ¿Porque fueron insurgentes no se han de librar ni los muertos, cuyas memorias han respetado hasta los paganos? ¿Porque fueron insurgentes ni con su muerte han podido satisfacer la cruel venganza de sus enemigos? ¿Porque fueron insurgentes no están seguros de los insultos de éstos, ni aun después de no serlo y de estar restituidos a la gracia del gobierno, quietos y aun obteniendo empleos honoríficos, concedidos por las Cortes, el rey y la nación, como lo vemos en el anatematizado cuaderno, cuando se habla de los licenciados y doctores Rayón,(18) Rosains,(19) Verduzco,(20) Bustamante(21) y Quintana,(22) sin perdonar a la esposa de este último, reconocida ilustre joven,(23) por el mismo detractor de su marido?(24) ¡Oh Dios del cielo! ¿Ésta es la religión del Crucificado?, ¿ésta es la religión que no respira sino paz, caridad, misericordia y amor a nuestros semejantes?, ¿así se perdonan las injurias?, ¿así se ama a nuestros enemigos?, ¿así se cumple este precepto tan recomendado en el Evangelio que nos enseñaron nuestros padres?
CHAMORRO: Vamos, déjate de declamaciones e hipocresías. Así, así es como se ha hecho y como se debe hacer con los insurgentes. Por sólo serlo o haberlo sido, se les deben arrasar sus intereses, prostituir sus hijas y mujeres, quemarlos vivos, deshonrarlos muertos y sentenciarlos para siempre a los infiernos sin perjuicio de la causa. ¿Qué piensas, bribón, que es cosa de juguete, y pecadillo de parvedad de materia ser insurgente?
DOMINIQUÍN: No seas majadero, ¿cómo me ha de parecer bien la impolítica, la tiranía, la barbarie, la venganza, el robo, los asesinatos, los sacrilegios y demás vicios horrorosos con que comenzó y continuó la insurrección por los más de sus progenitores y secuaces? Yo sería un estólido si sólo porque fueron mis paisanos desconociera sus maldades, y fuera un pícaro imperdonable si por esta razón apologetizara sus crímenes horrendos. No, Chamorro, no. Estoy muy lejos de tanta necedad y malicia. Por el contrario. He sido siempre y seré un eterno acusador de sus maldades. Yo amo al hombre de bien de todo el mundo, respeto el mérito y la virtud donde la encuentro y abomino la perfidia aun en mí mismo.
Pero no por esto dejo de conocer que es la prueba de la más concentrada venganza, del odio más implacable y de la alma más negra, zaherir y lastimar con tanto empeño la memoria de los que fueron nuestros enemigos vivos, y que quizá ahora muertos muchos de ellos, mediante la piedad de Dios y su buena disposición, acaso estarán rogándole por los mismos que no se cansan de infamados.
Así que también veo con horror que esta venganza se extiende a los que fueron nuestros enemigos y son en el día nuestros amigos. Semejantes procedimientos, llenos de sangre, criminalidad y bajeza, no se conforman con la cultura del siglo, con la caridad cristiana, ni con la generosidad española, y aunque yo no cargo esta fea culpa a los españoles, porque ellos no la tienen de lo que el año de [18]16 y éste han hecho cuatro de sus paisanos, se los quiera decir a todos para que otro día ni auxilien la publicación de semejantes producciones, ni menos las alaben o defiendan, sino que las abominen y detesten, considerándolas como subversivas, sediciosas, incendiarias y propias solamente para extender la desunión, la desconfianza, el odio y la rivalidad entre españoles europeos y americanos, cuyo fruto no puede ser otro que la exaltación de la ira, con la que el día menos pensado nos matemos unos a otros, nuestras hijas y mujeres se prostituyan en las plazas, nuestros bienes sean dilapidados por el furor de un pueblo justamente irritado, nuestras casas derribadas hasta los cimientos y nuestros cadáveres arrastrados en triunfo por las calles públicas, acaso por los mismos que se saciarán con nuestros intereses. Éstos serán los frutos que deben esperarse de semejantes papasales concebidos con malicia, producidos con odio y escritos con sangre. Dios aleje de nosotros semejantes momentos tan terribles como justamente temidos.
CHAMORRO: ¡Qué escrupuloso estás y qué profundo! Yo te voy desconociendo, Dominiquín. El otro día estabas más tonto y más egoísta, y ahora te me has volteado de repente. Hablas con tal cual prudencia y no respiras sino sentimientos de justicia y humanidad. ¿En qué puede consistir una transformación tan repentina? Qué... la verdad, ¿has cumplido este año con la Iglesia?
DOMINIQUÍN: Tú no eres mi padre para que yo te dé satisfacción, pero la razón y el amor a la patria es capaz de hacer hablar a los muertos.
CHAMORRO: Ciertamente que tú tienes mucha razón, y tu amor a la patria se conoce en la pintura tan negra que acabas de hacer de tus paisanos, que, aunque no quieras, lo son los insurgentes de que hablamos.
DOMINIQUÍN: Yo no he hablado de ellos sino de sus vicios públicos, y no es lo mismo declamar contra éstos que contra los que los cometieron. El hombre delincuente no por serlo deja de ser hombre, y, por lo mismo, acreedor a nuestra consideración, mas el delito siempre nos debe ser odioso. La gran cosa es poner en mal el vicio y compadecernos de la persona. Parcere personis dicere de vitiis.(25)
CHAMORRO: ¿Eso más?, ¿pedante es el señor Dominiquín? Si digo, hermano, que has venido chulo. No sé cómo no te reviento.
DOMINIQUÍN: Muchas gracias, pero si yo he venido escrupuloso, chulo, pedante, profundo y todo lo que quieras, tú estás intolerable de faceto(26) e irónico, pues no puedo creer que piensas como hablas.
CHAMORRO: ¿Cómo no? ¡Por vida del cuadernazo de que hablamos!, que es cosa que estimo tanto como tú abominas, te juro que te hablo deveras y te aseguro que haces muy bien en declamar, voz en cuello,(27) contra los malditos insurgentes, pero ten presentes sus maldades para jamás compadecerlos, ni salir con la batea de babas(28) de que si por insurgentes nos es lícito insultarlos, desenterrando para esto las cenizas de los muertos y ultrajar el honor de los vivos, aunque muchos de ellos estén en el día reconciliados con el gobierno; porque el pecado de insurgente, a lo menos en los tiempos de los cristianos y piadosos Venegas(29) y Calleja,(30) se consideró tan grave que los comandantes del ejército real (exceptuando bien pocos) los abominaban de muerte: no se daba cuartel a nadie, se mataban a sangre fría multitud de ellos, entrando a la parte en la mortandad los que no eran ellos, esto es, cuantos se hallaban cerca de ellos, porque el pecado de insurrección se hizo contagioso y trascendental.(31) Así que después de una batalla quedaban nuestras tropas a pelotones desordenados, indisciplinados, espantados y que tenían todo lo acabado enados, ponían las partes al gobierno avisándole que los campos habían quedado sembrados de cadáveres.
DOMINIQUÍN: En efecto, la animosidad y la venganza de los más de los comandantes llevaban la muerte y el exterminio por todas partes, pero no sólo eso, también llevaban las semillas de la desunión y el odio al gobierno español, como lo vemos. Ya el señor Iturbide está recogiendo la cosecha de aquellas mortales siembras.(32) ¿Crees tú que si, en lugar del señor Venegas, hubiera venido el excelentísimo señor Apodaca al principio de la revolución, ésta hubiera progresado ni tenido los resultados que ahora tiene? De ninguna manera, porque con su prudencia y rectitud hubiera contenido el escandaloso y desenfrenado despotismo de las tropas y de los más serios tribunales;(a) y con su carácter de dulzura y humanidad hubiera acallado a los quejosos, resarcido a los perjudicados y economizado la sangre americana, como lo ha hecho, y por lo que su nombre será siempre grato a los americanos, y en cada uno de ellos contará en todos tiempos con un amigo que no dudará morir por defenderlo.(33)
De esta manera no se habrían aumentado los crímenes, el odio y la malhadada antipatía entre ambas clases de españoles, ni se hubiera pretendido calmar ira con ira, sangre con sangre y fuego con fuego. ¡Horrorosa y detestable máxima de los tiranos que han creído apagar con sangre la llama de las sublevaciones! ¡Horrorosa máxima, repito, tan cruel como impolítica, y tan probada como poco segura!
Las fermentaciones populares se deben sofocar con la piedad y la justicia, no [con] el terrorismo y la crueldad. En ningunos tiempos conceden las leyes de Indias más franquicias a los virreyes para prodigar indultos que en los de conmociones populares. El que quiera, lea sobre esto la Política indiana de Solórzano.(34)
Es el mayor error querer inspirar a los pueblos confianza en los gobiernos, adhesión a los gobernantes y amor al sistema a fuerza de crímenes, robos, asesinatos y tiranías. A la multitud es más fácil destruirla que corregirla de este modo. Doscientas familias arruinadas por la muerte fría de doscientos hombres, no en el acto de la guerra, sino en un patio como cochinos y acaso sin delito, están muy lejos de producir un buen vasallo ni un ciudadano pacífico, sino al contrario, quinientos, mil o más enemigos, cuantos fueren los hijos, hermanos, parientes y amigos, de los así asesinados y robados. Éste es un hecho de que tenemos a la vista muchas dolorosas experiencias.
CHAMORRO: ¡Qué cierto es eso, Dominiquín!, y por eso, si se tarda en venir el señor Apodaca dos años más, seguramente se encuentra sin qué hacer, porque no halla sino escombros de ciudades y huesas de cadáveres.
DOMINIQUÍN: Al paso que íbamos, así habría sucedido, pues no parece sino que los insurgentes en nombre de la patria, y las tropas en nombre del rey, se habían empeñado en acabar con todo el reino.
CHAMORRO: Yo me acuerdo de un cuentecillo muy acomodado a nuestro caso. Érase un hombre entrecano que tenía dos amigas; una que le daba dinero, y otra, gusto. Ambas lo querían mucho y lo peinaban con frecuencia; la vieja le quitaba los cabellos negros para que se le pareciera, y la muchacha le quitaba las canas para que no pareciera viejo; y con esta santa diligencia, dentro de breve tiempo, entre la vieja y la muchacha dejaron a nuestro hombre más calvo que la ocasión,(35) porque no le dejaron un cabello. Mas esto lo hicieron al tiempo de peinarlo, esto es, al tiempo de limpiarle la cabeza de todo piojo malandrín que lo molestaba. Ya se ve que le hicieron un daño; pero dizque se lo hicieron por su bien.
Así iba sucediendo a la América con sus defensores y con los tutores de los derechos del rey: todos iban dando cuenta de ella, bajo las lisonjeras expresiones de amor a la patria y fidelidad al soberano, cuando, en los más, no obraba tal amor ni tal fidelidad, sino la ignorancia, el egoísmo, la venganza y el sórdido interés.
No parece sino que, ambos partidos, en los tristes gobiernos de los Venegas y Callejas, se las apostaban a cuál de los dos destruía y aniquilaba el reino primero. Así es que ni un solo crimen horroroso cometieron los insurgentes, como asesinatos, robos, depredaciones, incendios, estupros, sacrilegios y otros géneros de maldades de que no tuvieran imitadores o maestros en las tropas, y para que veas que no hablo de memoria, escucha este paralelo de crímenes públicos cometidos por ambas clases de partidos, a ver qué diferencia notas...
DOMINIQUÍN: No, Chamorro, cuando las cosas son públicas no es necesario referirlas cada rato. A más de que semejante manifestación de crímenes es odiosa, impolítica y vergonzosa aun a los mismos delincuentes.
Fuera de esto, sería inoportuna y peligrosa en el día, porque a ¿qué fin viene el repetirnos hoy lo que las tropas (en su mayor parte) hicieron ayer?, ¿se puede remediar lo mal hecho? No. Lo que puede conseguirse es remover los ánimos e irritarlos con la memoria de los agravios que quizá muchos habrán olvidado y perdonado.
CHAMORRO: Esa juiciosa reflexión debería haber hecho el señor Juan Martiñena, antes de habernos irritado con su folleto descomunal,(36) acordándose que quien tiene de vidrio su tejado, no debe apedrear al del vecino;(37) que en riñendo las comadres, se descubren las verdades;(38) que las suciedades, mientras más se revuelven, más apestan; y que, como cantaba una muchachilla la otra noche, es muy cierto que a todos nos interesa sepultar en el silencio las faltas ajenas, siquiera para que los agraviados no publiquen las nuestras. La coplilla era ésta:
¿Para qué andas publicando
viva bien o viva mal,
si todos en esta vida
tenemos por qué callar?
DOMINIQUÍN: Ella es vieja, pero bien acomodada. En efecto, yo no sé quién fue más impolítico; si don Ramón Roca en haber escrito ese Manifiesto tan injurioso y lleno de insultos y mentiras, o don Juan Martín que nos lo ha regalado con otro celemín de ellas.
CHAMORRO: Yo creo que el señor Martiñena; porque Roca era un pobre atenido a los auspicios de Calleja,(39) cuyo gobierno ya sabemos lo justo, suave y benéfico que fue a los americanos. Era casi como necesario que Roca condescendiera con aquellas ideas, siquiera para no decaer de su gracia, bien que él necesitaba poco; pero el editor actual, bien empleado y bien acomodado, ¿qué necesidad tuvo de agriarnos y malquistarse, aun con los europeos sensatos, dándonos unas noticias odiosas, vertidas con la más negra ponzoña, y cabalmente en unos tiempos delicadísimos y en los que, lejos de lastimar la memoria con el recuerdo de unos hechos sangrientos y feroces, que debían sacar otros iguales, no debíamos conspirar todos, sino a consolidar la unión entre americanos y europeos, que es lo único que puede salvarnos en la tempestad que amenaza y en que ya nos hallamos envueltos?
¿Quién sin una cabeza destemplada podría traernos de los cabellos el folleto de Roca, que entre muchas inepcias e imposturas no se olvidó de tocar los derechos de conquista, derechos que sólo pudieron existir en los tiempos de los usurpadores tiranos; derechos contra los que reclama la razón:, la justicia, los más célebres publicistas y la ilustración del siglo XIX? ¡Conquista!, ¡Colonia!, ¡dependencia ciega!... Nombres abominables a todo el que conoce que nació para ser libre según la ley. ¿Y esto se imprime en México después de que el monarca no quiere ni que exista un monumento que recuerde un servil vasallaje? ¿Esto se publica cuando una numerosa porción de americanos están disputando la independencia con las armas? ¿De semejantes expresiones o palabras se hace mérito y alarde en los días en que se insiste en sostener los derechos del hombre libre? Siquiera porque se sabe que nos son odiosas tales voces, se debían olvidar acordándose de que en casa del ahorcado no se ha de mentar la soga.(40)A un reino que acaba de entrar en el rango de los derechos de la soberanía, no es política acordarle que fue esclava, ni aun las debilidades de algunos de sus hijos, sino inspirarle con tensión las ideas de las nobles virtudes, único camino por donde llegan los mortales al templo del honor y de la gloria.
DOMINIQUÍN: Dices bien; si fuera posible, sería de desear que hasta los nombres de los delitos se olvidaran; pero ya que esto no puede ser, no recordemos nuestras mismas flaquezas, no nos agraviemos unos a otros sacándonos nuestros delitos. Acordémonos que, como dijo un pagano:
Nemo sine crimine vivit.
Nadie hay que no sea delincuente ante Dios, ante los hombres o ante su misma conciencia, y el mejor hombre es el que tiene menos delitos, pero no hay uno que no tenga alguno de ellos.
No olvidemos tampoco que hay tiempos de hablar y tiempos de callar;(41)que si se debe saber todo lo que se dice, no se debe decir todo lo que se sabe, cuando de decirse se sigue perjuicio a nuestros semejantes, ora sea disfamándolos, ora concitándolos al odio unos con otros, como está prácticamente sucediendo en nuestros días.
Si no se publica el cuaderno del señor Martiñena, no se irritan los americanos, tontamente y de montón,(b) contra los europeos, sólo porque los autores y editores lo fueron y son; si no se irritan, no escribe un americano con fuego y cólera otro papel que ha irritado a los europeos contra los americanos, y si unos ni otros no estuvieran irritados entre sí, no temiéramos todos los efectos de la ira, del odio y la venganza que inspiran los resentimientos particulares, porque el amor propio ofendido es muy delicado, y en estas crisis hace el hombre lugar a las pasiones más viles y que deshonran su dignidad. Hay cosas que es menester callarlas y es una gran virtud guardar silencio sobre ellas, como decía Ovidio:
Eximia est virtus prestare silentia rebus.
CHAMORRO: Sobre que estás hoy endemoniado de serio y de pedante. Por más que hago por distraerte de tus tétricas ideas, de cuando en cuando, con mi genio festivo y socarrón, no puedo conseguirlo. Tú temes muchas funestidades(42) por el principio del papelucho que impugnamos, creyendo que todos los americanos aborrecen de muerte a todos los europeos, y todos éstos a nosotros. Temes que cuando menos lo esperemos haya un movimiento intestino en México, que todos andemos a balazos y puñaladas, y que el Ejército de las Tres Garantías entre como en su casa, mediante nuestras santas diligencias de malquistarnos, odiarnos y destruirnos, ¿no es eso?
DOMINIQUÍN: Sí, señor, eso es lo que temo, lo que temen los juiciosos, y lo que probablemente sucederá, si no se unen la opinión y los corazones.
CHAMORRO: Pues eres una bestia, y perdona la injuria en cambio del desengaño. Es verdad que se dice y ha dicho que los europeos hacen acopios de armas, que depositan sus caudales en lugares seguros, que tratan de conspirar a zarra zarra(43) contra nosotros, y aun adelantan a señalarles por punto de reunión la Ciudadela.(44)
Pero, Dominiquín, entiende que éstas son voces dentro, vagas y de portales o cafés, que a nadie deben imponer. En pensando con juicio y con criterio, se desvanecen los fantasmas.
Dime, miserable, ¿no adviertes que cada uno sabe irse a su casa; que todos tenemos el corazón y el mondongo(45) en una misma parte; que los ricos aman más su vida que los pobres, porque aquéllos la pasan con más placer y éstos con afanes; que una facción de este tamaño necesita protectores ricos que expusieran sus familias, sus intereses y sus vidas antes que otros; que es muy numeroso el pueblo de México, que con estas hablillas está ya sobre sí; que aun permitido y nunca concedido el caso de que hubiera diez o doce ricos europeos, de malditísimas entrañas, que compraran y comprometieran a mil de sus paisanos para esta hazaña, para este degüello tan cacareado, se llevarían un chasco de los diablos, pues aunque el pueblo descuidado sufriera la primera descarga del furor, en dos minutos volvería sobre sí como fiera irritada y no quedaría un solo europeo que no fuera víctima de su rabia, renovándose la catástrofe de las Vísperas Sicilianas, con el total perdimiento de sus familias e intereses? Pues tal había de ser el resultado de semejante caso, infaliblemente, y esto ninguna cuenta les ofrece.
Conque, aun cuando hubiera uno que otro tan destornillado de cerebro, que como el valeroso manchego emprendiera tamañas aventuras, al hacer estas reflexiones, se había de desmayar y se le habían de caer las armas de las manos, porque su triunfo era quimérico y su ruina segura. Un pueblo irritado es una fiera insaciable de la sangre enemiga.
Conque ríete de esas hablillas proferidas por los pícaros serviles, que tratan de fomentar el odio y de consiguiente la desunión europea y americana, al tiempo mismo que aun los que se quieren hacer independientes, proclaman y juran defender las vidas y propiedades de los europeos. Sería la más negra perfidia suponerlos capaces de un atentado semejante.
DOMINIQUÍN: Algo me convencen tus razones, pero como se asegura que son los mexicanos muy cobardes, creo que todos correrían en este caso y se dejarían degollar como cochinos.
CHAMORRO: Si todos fueran tan cobardes como tú, yo no lo dudo, pero no lo son, y si no fuera impolítica, yo te citara ejemplares mexicanos antiguos y modernos por los que calificaras su valor; pero solamente quiero convencerte de que, en tal caso, lo tendrían con razones filosóficas que tú ni nadie será capaz de desmentir. Atiende y atiende bien.
Una pasión destruye otra pasión. Éste es un principio que nadie lo ha negado; y así, un celo vehemente destruye el amor, la ambición, la mezquindad y el deseo de conservar la vida, el temor de perderla; luego, según estos principios, un pueblo, por cobarde que fuere, viéndose acosado con ventaja, y que no tuviera medio entre morir o defenderse, debería escoger este último partido. Esto no se sujeta a la teoría; la experiencia nos da pruebas repetidas de su certeza. ¿Qué hizo el pueblo de Madrid el memorable dos de mayo? Acometer al ejército francés en defensa de su libertad. Ello es cierto que perecieron muchos españoles en las bayonetas de Napoleón, pero, ¿cómo salieron los franceses?, destrozados y reducidos al estado de no poder sujetar a este pueblo vencido en ningún tiempo. Daoiz, Velarde(46) y otros héroes echaron los cimientos de la libertad española en este día a costa de sus vidas. Murieron, es verdad, pero murieron con gloria, y desarmaron los tronos del duque de Berg y José I, quienes tuvieron que salir de España porque temieron a un pueblo que aunque dominado, los odiaba.
Esto hicieron los madrileños acosados del miedo y entusiasmados con el deseo de su libertad política, y ¿crees tú que los mexicanos no harían lo mismo en semejante lance? Siendo de notar que los madrileños arrostraron con un ejército numeroso, extraño, que no tenía conexiones de sangre, idioma ni costumbres con los españoles (que es una reflexión interesante), con un ejército disciplinado y aguerrido; y aquí se lucharía en tal caso con un pelotón de imprudentes, sin orden, subordinación, táctica ni desintereses. Lo que es decir que a costa de cien o doscientos americanos inermes y desprevenidos, no quedaría un solo europeo, como te he dicho.
Así que no seas tan cobardón ni tan crédulo. No tienen tales intenciones los europeos, ni las pueden tener; y si hay alguno tan malo y decidido a morir de la pedrada de un encueradillo(47) de un barrio, que lo emprenda, veremos cómo sale.
Pero no des crédito a esas patrañas; son originadas por los enemigos de la unión y el orden, y propagadas por tontos majaderos; mas así que haya un solo europeo que piense con tal barbaridad, quiero que me lo claven en la frente.(48)
DOMINIQUÍN: ¿Luego tú no crees que hay[a] muchos españoles que no nos pueden ver y que quisieran ver nuestras cabezas donde nos ven los pies?
CHAMORRO: ¿Cómo puedo dudar eso cuando una larga experiencia nos lo recuerda, y el maldito papelón del señor Martiñena es uno de los documentos irrefragables?
DOMINIQUÍN: Estos sentimientos provoca en todo buen americano el descomedido cuaderno que no queremos impugnar, porque un paisano de sus autores y editores (Iriarte) nos dice que a
ciertos autores
de obras inicuas,
los honra mucho
quien los critica.(49)
Nada de lo que se ha dicho ni se dirá se hubiera impreso, si no se nos hubiera inquietado y amargado tan procazmente.
CHAMORRO: Sin embargo, Dominiquín, es preciso no confundir a los malos europeos con los buenos. En todas partes hay de todo, y siempre es más abundante lo malo que lo bueno. Hay muchos americanos y europeos malos, ruines e ingratos, pero hay también muchos buenos, y es menester respetar a muchos malos por el mérito de pocos buenos, y disculpar a los malos con su misma ignorancia.
La maldita antipatía, o casi general aborrecimiento mutuo que se tienen europeos y americanos, no proviene de otra cosa que de la envidia de éstos, del orgullo y altanería de aquéllos, y de la ignorancia de todos.
¿Por qué Juan Europeo ha de querer tratar con cierto aire de protección y dominio a Pedro Americano, considerándose un conquistador y a Pedro su esclavo? ¿Por qué muchos europeos nos han de hablar, la barba sobre el hombro y con cierto despejo, y como majestad que advertimos y detestamos con razón? ¿Pues, y qué no conocen que sabemos que son deudores a la plata de la América y a nuestro vil abatimiento de la grandeza extraña que nos aparentan? Extraña digo, porque muchos que han muerto condes y marqueses en mi tierra, nacieron labradores y gañanes en la suya. Verdad tan cierta que un autor español dijo en sus sátiras (zahiriendo el orgullo de sus paisanos que volvían de la América ricos y soberbios a su patria) el siguiente verso:
Aquel que en el coche ves
mirando a todos con ceño,
dé gracias a un extremeño
que hubo por nombre Cortés.
Es decir, si Cortés, atrevido aventurero, no se hubiera apoderado de la América,(50) el europeo que hoy se pasea por Sevilla o Valencia, por Barcelona o por Madrid mirando a sus paisanos con gravedad de príncipe, sería un gallego cargador o un asturiano pastor.(c) Esto dijo un europeo hombre de bien, y esto conocerá y confesará todo hombre de bien, aunque no sea europeo. ¿Pues a qué viene ese orgullo, esa grandeza y majestad con que algunos tratan a los americanos, cuando muchos los conocieron pepitas antes que fueran melones?(51) Así se malquistan ellos y hacen odiosos a muchos de sus paisanos que son verdaderamente señores por sus cunas y finos procederes, con quienes nos unimos de corazón. Yo mismo puedo presentar muchos europeos que me aman y que piensan como yo. Este regaño va a los tontos, soberbios y nada más, quedando en su lugar el respeto, aprecio y consideración que los americanos debemos a los buenos.
Tampoco faltan bastantes americanos ignorantes y preocupados que aborrecen a todos los españoles sin distinguir a los buenos de los malos, sólo porque nacieron del otro lado del mar, o porque algunos de sus paisanos han sido perjudiciales en América, o porque tienen la fortuna de que ellos se ven privados, acaso por su culpa.
Semejante procedimiento es abominable y repugnante a todo hombre de juicio. Que aborrezcamos a los que directamente nos dañen, no debemos, pero pase; mas que aborrezcamos a los buenos por el perjuicio que hagan o hayan hecho los malos, es una injusticia que no cabe ni en el mismo tribunal de Pilatos. Esto es lo que se llama el pecado del ratón.(52) A pesar de estas verdades, hay por desgracia americanos y europeos que arrostran con ellas y se aborrecen de muerte; pero los españoles necios y soberbios, y los americanos tontos o envidiosos aborrézcanse y mátense enhorabuena: poca falta harán en nuestra sociedad; mas el común de americanos y europeos buenos no se aborrezcan, no se maten por capricho ni por una maquinal antipatía. Advirtamos que todos somos unos, que todos tenemos un principio, que de nuestra suerte no somos árbitros, que es una preocupación aborrecernos unos a otros porque no nacimos bajo una zona, porque no profesamos una religión, porque no hablamos un idioma ni tenemos unas mismas costumbres. Así es que el hombre a nadie debe aborrecer aunque sea de distinto país, aunque hable distinto idioma, aunque profese distinta religión, y aunque tenga distintos usos y costumbres, ¿qué será siendo españoles y americanos unos en sangre, religión, idioma, usos y costumbres? Será la última prueba de la maldad y la ignorancia.
A más de esto, en todos tiempos es funestísima la desunión, pero en los presentes, en los que las opiniones políticas se hallan divididas, y apenas hay dos que concuerden y piensen de una misma manera sin diferencia alguna, son más temibles los efectos de la desunión de que hablamos, porque ésta no es desunión de opiniones, sino de voluntades. Desunión fatal que, fermentando en secreto, se aumenta cada día y nos empuja hacia nuestra mina con violencia.
Alerta, pues, americanos y europeos: no nos fascinemos, no obedezcamos las pasiones ruines que nos agitan, antes que a la razón arreglada, ese rayo divino con que el Padre de las Luces ha querido ilustrar nuestros entendimientos; para que no obremos por instinto como el bruto. Despreocupémonos unos a otros, y amémonos de veras, siquiera por nuestra mutua conservación. No le busquemos ruido a nuestra vida, bastantes enemigos la acechan sin cesar. No sólo innumerables enfermedades son las conductoras de la muerte, ésta se halla sembrada en los mismos placeres y socorros de la vida; de manera que atendiendo filosóficamente los peligros que nos rodean, parece que el vivir es un milagro.
Siendo esto así, y estando por todas partes cercados de la muerte, de la que al fin no escapará ninguno, ¿a qué es llamarla por la posta,(53)conciliándonos enemigos con nuestras rivalidades impolíticas? Si el principio de la muerte está dentro de nosotros mismos, ¿para qué es irla a buscar en los filos de las espadas ni en la violencia de la pólvora? Dejémosla que venga naturalmente, que a fe que no se tardará en el viaje, y entre tanto, procuremos vivir en paz y tranquilidad los días que la Providencia nos conceda, amándonos y sirviéndonos mutuamente, no haciendo a otro el más mínimo daño, antes sí, el bien posible. De esta manera la rectitud de nuestras conciencias nos proporcionará la verdadera felicidad temporal, precursora segura de la eterna.
DOMINIQUÍN: No ha estado de lo peor el sermoncillo. ¡Ojalá todos se penetren de esas verdades, y uniformando la opinión con tan humanos y religiosos sentimientos, deponiendo toda mezquina odiosidad y antipatía, en vez del fusil homicida, coronados de rosas y, con los ramos de la verde oliva, cantemos algún día mil dulces himnos a la santa paz que apetecemos.
México, mayo 25 de 1821.
Chamorro. Dominiquín.
(1) México, Imprenta de don Mariano Ontiveros, 1821.
(2) Primero cotejamos este título con el que aparece en una "Refutación al cuaderno intitulado Verdadero origen, carácter, causas", etcétera, que J. E. Hernández y Dávalos recopiló, con el número 290, en Colección de documentos para la historia de la guerra de independencia, México, José Mª Sandoval, Impresor, 1877 (Biblioteca de "El Sistema Postal de la República Mexicana"), t. I, pp. 889-899. Dicha refutación está firmada por El Amigo y Defensor de los Buenos Europeos, y trae los datos de publicación del Verdadero origen: "Impreso en la Oficina de D. Juan Bautista de Arizpe en 1820 y publicado en estos días." Hay una pequeña variante entre el título que copió Lizardi, y el título real: "y Defensa de los europeos en general residentes en ella" [el subrayado es nuestro]. También corroboramos el título en la Colección Lafragua de la Biblioteca Nacional, con la misma variante; título y datos de imprenta van al frente de XVII páginas, que pertenecen solamente a una "Introducción." No conseguimos el cuaderno completo.
(3) llevárselo a uno la trampa, el tren, o la retuntuncha, o... hasta Judas o el demonio; en este caso, Barrabás; es estar yéndole mal en negocios, o en general, sufrir adversidades. Santamaría, Dic. mej.
(4) florete. Papel de primera calidad, por ser más blanco y lustroso.
(5) batir. En la fabricación del papel, cortar el trapo antes de ponerlo en las pilas, o bajo los cilindros, dejando a un lado el que se halla en malas condiciones.
(6) anda a paseo. Frase que se emplea para despedir a alguien con enfado, desprecio, disgusto o por burla.
(7) José de Iturrigaray (1742-1815), 56º virrey de la Nueva España. "Durante su gobierno la agitación en México a favor de la Independencia llegó a un período crítico. El Ayuntamiento de México, abundando en las ideas que predominaban en España, respecto a desconocer la autoridad emanada del gobierno impuesto por Napoleón, invitó al virrey a que reuniera a los delegados de los ayuntamientos y que formara un congreso a la manera de las Cortes Españolas. La exposición presentada con este motivo al virrey y atribuida a los licenciados Azcárate y Primo de Verdad, tocaba cuestiones de derecho público que hasta entonces no se habían tratado en México. Iturrigaray se mostraba a acceder a lo expuesto por el Ayuntamiento, y entonces los oidores y los partidarios del antiguo régimen formaron un complot capitaneado por D. Gabriel Yermo [...]. En la noche del 15 a1 16 de septiembre de 1808, 300 dependientes que formaban el cuerpo de voluntarios, se introdujeron al palacio; aprehendieron al virrey y su esposa, y le llevaron preso a la Inquisición, en tanto que la virreina era encerrada en el convento de San Bernardo." Fue embarcado para España y ahí fue absuelto del cargo de traición, pero condenado a pagar, por malversación, una importante multa. Alberto Leduc, Luis Lara y Pardo y Carlos Roumagnac, Diccionario de geografía, historia y biografía mexicanas, op. cit., pp. 485-486.
(8) Fernando VII. Cf. nota 74 a Chamorro y Dominiquín... independencia...
(9) La soberanía reside esencialmente en la Nación. Articulo 3, capítulo I, título I de la Constitución Política de la Monarquía Española.
(10) A las siete de la mañana del día 16 de septiembre de 1808 apareció, fijada en las esquinas, una proclama: "HABITANTES DE MEXICO DE TODAS CLASES y condiciones: la necesidad no esta sujeta à las leyes comunes. El pueblo se ha apoderado de la persona del Exmô. Sr. Virey: ha pedido imperiosamente, su separación por razones de utilidad y conveniencia general: han convocado en la noche precedente à este dia el Real Acuerdo, Ilmo. Sr. Arzobispo, y otras Autoridades: se ha cedido à la urgencia, y dando por separado del mando à dicho Virey, ha recaido, conforme à la Real Orden de 30 de Octubre de 1806, en el Mariscal de Campo. D. Pedro Garibay, interin se procede à la abertura de los pliegos de Providencia: està ya en posesion del mando: sosegaos, estad tranquilos, os manda por ahora un Xefe acreditado y à quien conoceis por su providad. Descansad sobre la vigilancia del Real Acuerdo: todo cedera en vuestro beneficio. Las inquietudes no podràn servir, sino de dividir los ànimos, y causar daños que acaso seràn irremediables. Todo os lo asegura el expresado jefe interino, el Real Acuerdo y demas Autoridades que han concurrido. México 16 de Septiembre de 1808. Por mandado del Exmô. Sr. Presidente con el Real Acuerdo, Ilustrísimo Sr. Arzobispo y demas Autoridades. Francisco Ximenez." Dicha proclama apareció en la Gazeta de México, extraordinaria, del viernes 16 de septiembre de 1808 a las doce de la mañana (t. XV, núm. 97, p. 679). Enrique Lafuente Ferrari, El virrey Iturrigaray y los orígenes de la Independencia de Méjico, prólogo de Antonio Ballesteros Boretta, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, 1941, p. 255.
(11) Palacio Nacional. "Lo que en los tiempos de la Conquista se llamó la casa Nueva de Moctezuma, ocupaba todo el espacio que hoy comprende el Palacio Nacional, la antigua Universidad [...] y la Plaza del Volador. Todo ese terreno fue cedido por Carlos V a Cortés por cédula fechada en Barcelona a 27 de julio de 1529, en la que se dice lindaba al frente con la Plaza Mayor y calle de Ixtapalapa [luego Flamencos y actualmente José María Pino Suárez]; al Sur con la de Pedro González Trujillo y Martín López [después Rejas de Balvanera y hoy Venustiano Carranza); al Norte con la de Juan Rodríguez Álvarez (hoy de la Moneda), y al E. con la calle pública. Al llegar las primeras autoridades a la colonia no tuvieron casa en qué vivir y se aposentaron en la de Cortés, donde hoy está el Monte de Piedad. El virrey Don Luis de Velasco pidió a la Corte un edificio para residencia de él y de sus sucesores, y entonces se compró a Don Martín Cortés en 33 000 pesos el terreno de que acabamos de hablar, exceptuando el de la ex-Universidad y Plaza del Volador, por escritura fechada en Madrid el 19 de enero de 1562." A. Leduc; L. Lara y P. C. Roumagnac, Diccionario de geografía, historia y biografía mexicanas, op. cit., p. 731.
(12) Edificio de la Inquisición. Situado en el ángulo noreste de la plazuela de Santo Domingo; en la esquina de la Perpetua (hoy primera de Venezuela) y Santo Domingo, que por mucho tiempo fue conocida como la "esquina chata". "Ha servido en diversas épocas para la lotería, para cuartel, para las cámaras del Congreso; fue Palacio del Estado de México cuando tuvo la ciudad por capital; sirvió para que se estableciera la primera escuela lancasteriana, intitulada el 'Sol'. Vendida por el gobierno del Arzobispo Posadas, sirvió de morada a los alumnos del Colegio Seminario desde 1850 hasta 1853." A. de Valle-Arizpe, Historia de la Ciudad de México, op. cit., pp. 296-297. Albergó también la Escuela de Medicina y actualmente forma parte del Patrimonio Universitario.
(13) chaquetas. Apodo con el que eran conocidos los partidarios de los españoles. Existe también el término chaquetear, o sea voltearse, pasarse de un bando a otro, sobre todo en política. Santamaría, Dic. mej. "Este modismo, como muchos otros, tuvo su origen en la Guerra de Independencia en México: los insurgentes dieron en llamar 'chaquetas' a los criollos que permanecieron fieles a la dominación española, quizá por la típica chaqueta que como indumentaria bélica usaban los realistas, como consta en casi todos los historiadores contemporáneos a ella." José Trinidad Laris, Historia de modismos y refranes mexicanos, Guadalajara, Editor Fortino Jaime, 1921, pp. 103-104.
(14) banqueta. Acera de la calle a orillas de la fila de casas. Santamaría, Dic. mej.
(15) Casa de Moneda. Se estableció por real orden el 11 de mayo de 1535. Al principio se llamó Fundición y estaba ubicada en la esquina de la primera calle de la Monterilla (actualmente 5 de Febrero), junto a la Diputación. Comprado el palacio de la familia de Hernán Cortés, en 1562, la Casa de la Moneda se trasladó a ese lugar. En 1567 se mandó que se colocara junto a las Casas Reales. En 1729 se hizo necesario construir un local apropiado y la obra se terminó en 1734. Este edificio situado en la esquina de las calles de Moneda y Correo Mayor es, ahora, el Museo de las Culturas. En 1847 el gobierno arrendó un edificio para establecer la Casa de Moneda en la calle del Apartado.
(16) Manifiesto a todas las naciones por el superior gobierno de Nueva España,México, Oficina de don Juan Bautista de Arizpe, 1820.
(17) Cf. la nota anterior. Escrito en 1815, el título completo del libelo es el siguiente: Manifiesto que el gobierno superior de Nueva España, constituido por su legítimo soberano el señor don Fernando VII y representado por el virey don Félix María Calleja, hace a todas las naciones contra las falsedades calumnias y errores que han producido los rebeldes de México en un papel intitulado: El Supremo Congreso Mexicano a todas las naciones, escrito en Puruarán a 28 de junio de 1815.
(18) Ignacio López Rayón, cf. nota 6 a Tentativa de El Pensador...
(19) Juan Nepomuceno Rosains (1782-1830). Caudillo insurgente.
(20) José Sixto Verduzco (1770-1830?). Sacerdote que además fue doctor borlado de la Universidad de México. También fue rector del Colegio de San Nicolás. Se unió como jefe militar a los caudillos de la insurgencia.
(21) Carlos Maria de Bustamante (1774-1848). Historiador, periodista y político mexicano. Fundó y dirigió El Diario de México. En la lucha por la independencia participó al lado de Morelos. Autor de varias obras, entre las más importantes:Galería de príncipes antiguos mexicanos (1821) y Cuadro histórico de la revolución mexicana (1843-1846).
(22) Andrés Quintana Roo (1787-1851). Abogado mexicano que participó en la lucha al lado de los insurgentes. Propagó los ideales independentistas en elSemanario Patriótico Americano y en el Ilustrador Americano. Presidió la Asamblea Nacional Constituyente, en donde se hizo la Declaración de la Independencia, en 1813. En el gobierno de Iturbide fue subsecretario de Relaciones. Se desposó con Leona Vicario, una de las heroínas de la Independencia.
(23) Leona Vicario (1787-1842). Fortino Ibarra de Anda escribió lo siguiente: "La primera periodista mexicana fue doña Leona Vicario, heroína de la Independencia. Mandaba noticias desde la Ciudad de México a los campos insurgentes, y las recibía de allá para transmitirlas a los periódicos de 'El Pensador' y las hojitas volantes que publicaban 'Los Guadalupes' [...]. En 1808, es decir, a los diez y nueve años de edad, tomó parte en la conspiración contra el virrey Iturrigaray, y después, en 1810, seguía conspirando en combinación con 'Los Guadalupes'. Era amiga o, por lo menos, conocía bien a Fernández de Lizardi y a don Carlos María de Bustamante, periodistas de aquella época." Fortino Ibarra de Anda, El periodismo en México. Las mexicanas en el periodismo, 2ª ed., con un nuevo capítulo de Concha de Villarreal, México, Editorial "Juventa", 1937, t. II, pp. 31 y 42.
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